Los Tres Rostros del Crimen Capítulo 32
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Capítulo 32

Con la reducción por buena conducta que aplica el estado, y si nada cambia, cumplirá ocho años y cuatro meses de los doce.

Tendrá cuarenta y seis años.

Ravi tendrá dieciséis y Nila trece.

Esa es la cuenta que hace todas las noches, y no la hace con los años de condena: la hace con las edades de sus hijos. Es una manera distinta de contar el mismo tiempo y produce un resultado completamente distinto en el cuerpo.

Priya Raghunathan firmó el divorcio el 4 de noviembre de 2026.

Lo hizo en el despacho de su abogada, a las once de la mañana de un miércoles, con dos bolígrafos porque el primero no escribía.

Después salió a la calle y llamó a Marcus a la hora de la llamada autorizada, a las seis y cuarto de la tarde, y le dijo que ya estaba firmado y que no cambiaba nada.

—¿Cómo que no cambia nada?

—Que sigo yendo dos domingos al mes —dijo Priya—. Que sigues siendo su padre. Que sigo cogiendo el teléfono a las seis y cuarto.

—Priya.

—Marcus, escúchame bien porque solo lo voy a decir una vez. Yo no me estoy divorciando de ti por lo que hiciste.

—¿Entonces?

—Me estoy divorciando de ti porque estuve veinte años casada con un hombre que se levantaba todas las noches a las once y bajaba al despacho, y yo pensaba que estaba trabajando.

Marcus no dijo nada.

—Y no estabas trabajando —dijo Priya—. Estabas buscando noticias de muertes. Todas las noches. Durante cinco años. En mi casa. Con mis hijos durmiendo arriba.

—Sí.

—Yo puedo perdonar lo de 2004 —dijo ella, y le tembló la voz por primera vez—. Tenías diecisiete años y estabas aterrorizado y era tu hermano, y llevo dos años intentándolo y creo que casi puedo.

—Priya—

—Lo que no puedo perdonar es que me dejaras vivir veinte años dentro de eso sin saberlo. Que me hicieras compartir una casa con una cosa que yo no sabía que estaba ahí.

Hablaron once minutos más.

Cuando colgaron, Marcus Kopelman volvió al módulo, se sentó en la litera de abajo y se quedó quieto hasta el recuento.

Dwayne Ott, desde arriba, no dijo nada durante veinte minutos.

Después dijo:

—Tenía razón.

—Ya lo sé.

—No, digo que tenía razón en la parte buena. —Dwayne Ott se asomó por el borde—. Ha dicho que sigue yendo dos domingos. Eso lo ha dicho primero, tío. Antes que todo lo otro.

Marcus se quedó mirando el somier de arriba.

—Sí.

—Pues eso.

Marcus Kopelman trabaja en la biblioteca de la Institución Correccional de Oshkosh cuatro horas al día por veintiséis centavos la hora.

Desde febrero de 2026 hace también otra cosa que no está en ningún programa oficial y que la dirección permite mientras nadie se queje.

Los martes y los jueves, de cuatro a seis, se sienta en la tercera mesa de la biblioteca y habla con quien quiera hablar.

No es terapia. Se lo dice a todo el mundo el primer día y lo repite tantas veces que se ha convertido en una broma del módulo B:

—Esto no es terapia. Yo no puedo ejercer. Perdí la licencia en 2025 y no la voy a recuperar. Esto es un hombre sentado en una mesa que sabe escuchar.

Han pasado por esa mesa cuarenta y un internos.

Es un número que Marcus no ha buscado y del que se dio cuenta un jueves de octubre de 2026, contando en la libreta donde apunta los nombres para no equivocarse.

Cuarenta y uno.

Como las llamadas de Dolores Wolcott. Como las páginas del expediente de Sarah Brenner. Como las velas de la cabaña.

Estuvo tres días sin poder dormir.

Después se lo contó a Dwayne Ott, que le escuchó entero y que le dijo lo único razonable que se podía decir:

—Marcus, cuarenta y uno es un número. Hay muchos.

En diciembre de 2026, Marcus Kopelman recibió una carta.

Venía de Waupun.

Era la primera en veintiún meses y tenía cuatro líneas.

Decía:

«Marcus.

He leído tu libro. Me lo trajo la biblioteca en octubre y he tardado dos meses porque lo he leído despacio.

El capítulo diecinueve está mal escrito. Es el peor del libro. Se nota que lo escribiste rápido y que te daba vergüenza.

Gracias.

M.»

Marcus Kopelman leyó esas cuatro líneas de pie, en el pasillo del módulo, delante del funcionario que le había entregado el correo.

Después se apoyó en la pared.

El capítulo diecinueve de El precio de decir vale se titula «Sí».

Ocupa página y media.

Y responde a una sola pregunta, que se la hizo un hombre de cincuenta y cuatro años que cumplía dieciocho por atraco a mano armada y que leía despacio:

Si quiere a su hermano.

Marcus contestó a la carta esa misma noche.

Tardó cuatro horas en escribir tres líneas y las tiró todas.

Al final envió una sola:

«Ya lo sé. Lo escribí rápido a propósito, porque si lo pensaba no lo escribía. M.»

Mason no ha vuelto a contestar.

Marcus le escribe el primer lunes de cada mes, sin fallar uno solo, desde diciembre de 2026.

Y en cada carta, al final, pone la misma posdata:

«P.D. Sigo aquí. Los lunes».

Sabe perfectamente que probablemente no obtendrá respuesta nunca.

Y sigue escribiendo, porque a estas alturas de su vida Marcus Kopelman ha entendido por fin la única cosa que su libro entero intentaba decir y que tardó doscientas once páginas en no conseguir:

Que hay una diferencia enorme entre quedarse mirando y quedarse.