Capítulo 31
La biblioteca
La biblioteca de la Institución Correccional de Oshkosh abre de nueve a once y de dos a cuatro, de lunes a viernes, y tiene cuatro mil doscientos volúmenes, seis mesas y una ventana alta que da al muro este.
Se lo dieron porque tenía un doctorado y porque el bibliotecario anterior había salido en libertad.
Cobraba veintiséis centavos la hora.
Empezó a escribir el 4 de septiembre.
No pidió permiso a nadie porque no hacía falta. Compró cuatro cuadernos de espiral en el economato a un dólar quince cada uno y un paquete de bolígrafos, y escribía dos horas al día, de dos a cuatro, sentado en la tercera mesa.
En seis meses llenó once cuadernos.
El primer día escribió una sola línea y estuvo el resto de la tarde mirándola.
«Mi hermano mató a cinco personas y yo lo supe desde la primera».
Esa sigue siendo, hoy, la primera línea del libro.
Su compañero de celda se llamaba Dwayne Ott, tenía cincuenta y cuatro años, cumplía dieciocho por atraco a mano armada y llevaba once dentro.
Durante los primeros dos meses no le preguntó qué escribía.
En noviembre le preguntó.
—Un libro.
—¿De qué?
—De lo que hice.
Dwayne Ott se quedó pensando un rato desde la litera de arriba.
—Aquí dentro todo el mundo escribe un libro de lo que hizo —dijo—. Y todos son iguales. Todos dicen lo mismo.
—¿Qué dicen?
—Que fue por algo.
Marcus dejó el bolígrafo.
—El mío no dice eso.
—Eso también lo dicen todos.
Marcus Kopelman se rió por primera vez en catorce meses, y se rió tanto que le dolió, y Dwayne Ott lo miró desde arriba con cara de no entender absolutamente nada.
Al día siguiente le dio los tres primeros cuadernos.
Dwayne Ott tardó nueve días en leerlos, porque leía despacio y porque se saltaba las partes donde había palabras que no conocía y después volvía.
Se los devolvió un jueves.
—Falta una cosa.
—Dime.
—Aquí cuentas todo lo que hiciste tú. Y cuentas todo lo que hicieron tus hermanos. Y está bien, no te estás escaqueando, eso se nota.
—¿Entonces?
—Que no dices en ningún sitio si le quieres.
Marcus se quedó callado.
—A tu hermano —dijo Dwayne Ott—. Al que mató a la gente. En doscientas páginas no dices ni una vez si le quieres o no. Y yo he leído esto entero y no lo sé, y creo que quien lo lea tampoco lo va a saber, y creo que es lo único que la gente quiere saber de verdad.
—¿Y si la respuesta es que sí?
—Pues lo pones.
—Se van a poner furiosos.
—Claro que se van a poner furiosos —dijo Dwayne Ott—. Pero es que es verdad, ¿no?
El capítulo diecinueve de El precio de decir vale se titula «Sí» y ocupa una página y media.
Es el capítulo más corto del libro y es el que citaron las cuatro reseñas.
Marcus Kopelman terminó el manuscrito el 11 de febrero de 2026.
Lo envió a doce agentes literarios por correo ordinario, desde la prisión, con sellos comprados en el economato.
Nueve no contestaron. Dos rechazaron.
Una, una mujer de Minneapolis llamada Ruth Vandermeer, le contestó a los seis días con una carta de dos líneas:
«Señor Kopelman: no sé si esto debería publicarse. Voy a publicarlo. Llámeme cuando pueda».
El libro salió el 14 de septiembre de 2026.
Vendió cuarenta y un mil ejemplares en cuatro meses.
Marcus Kopelman no ha cobrado ni un dólar y no lo va a cobrar nunca: los derechos están cedidos íntegramente y de forma irrevocable al Fondo de Asistencia a Víctimas de Delitos Violentos de Wisconsin.
No ha concedido ni una entrevista.
Rechazó veintinueve peticiones, incluidas dos de cadenas nacionales, con la misma carta de tres líneas escrita a mano:
«Gracias por su interés. El libro dice todo lo que tengo que decir y lo dice mejor que yo. No tengo nada que añadir en voz alta».
En la última página del manuscrito original —la que no aparece en el libro publicado, porque la agente le convenció de quitarla— Marcus Kopelman escribió esto:
«Empecé este libro para explicarme y he tardado once cuadernos en entender que eso no se puede hacer.
Lo único que se puede hacer es dejar constancia.
Que hubo una casa en Merritt Avenue. Que hubo tres niños con la misma cara. Que uno de ellos era distinto y los otros dos lo supimos, cada uno a su manera, y cada uno hizo con ese conocimiento exactamente lo que era.
Michael calculó, porque calcular es lo que hace.
Yo me quedé mirando, porque mirar es lo que hago.
Y no hay una sola línea en estas doscientas once páginas que sirva para devolverle la vida a Jennifer Matthews, que tenía veintidós años y una libreta verde, ni a Victoria Sánchez, ni a David Chen, ni a Allison Park, ni a Sarah Chen, ni a Michelle Wolcott, a la que ni siquiera conocí y cuyo nombre he escrito ochenta y una veces.
Si usted ha llegado hasta aquí buscando una explicación, le pido perdón. No la hay.
Si ha llegado buscando otra cosa —si ha llegado porque hay algo en su propia casa que lleva usted años sin decir en voz alta— entonces cierre el libro ahora mismo, que ya no le hace falta, y vaya a decirlo.
Yo tardé veinte años y no llegué a tiempo».