Capítulo 30
Lo que pasó con los otros dos
Fue sin abogado, sin acuerdo previo y sin avisar.
Pidió cita en el mostrador como cualquier ciudadano y esperó cuarenta minutos sentado en una silla de plástico del pasillo, con el maletín en el suelo entre los pies.
Habló durante tres horas y once minutos.
Declaró que en marzo de 2008 obtuvo por vía administrativa el expediente de servicios sociales 94-1187, que lo llevó a la casa familiar de Merritt Avenue un sábado por la mañana y que se lo puso delante a su hermano Mason sabiendo exactamente lo que estaba haciendo y con qué finalidad.
Declaró que le proporcionó el nombre completo, la profesión y el municipio de residencia de Victoria Sánchez.
Declaró que después de su muerte revisó rutas, horarios y ubicaciones de cámaras, y que en dos ocasiones concretas le indicó a su hermano qué elementos debía eliminar y por qué.
Firmó la declaración en veintiuna páginas, inicialando cada una.
El fiscal le preguntó, ya al final, por qué lo hacía.
Michael Kopelman contestó una sola frase, que consta en el acta:
—Porque me lo pidió mi hermano y es lo único que me ha pedido en su vida.
El juicio empezó el 9 de julio de 2025.
Y el 24 de julio, el jurado del Estado de Wisconsin contra Michael Kopelman comunicó a la jueza que no podía alcanzar unanimidad.
Once a uno para condenar.
El motivo fue exactamente el mismo que él le había explicado a su hermano ocho meses antes, en una sala de visitas de letrados, con tres carpetas alineadas sobre una mesa de metal:
Una confesión extrajudicial no corroborada no sostiene una condena en el estado de Wisconsin.
Y no había absolutamente nada que corroborara la suya.
El expediente 94-1187 era un documento público que cualquier afectado podía solicitar, y su solicitud constaba registrada y pagada.
La sociedad de Delaware que pagaba el trastero era legal, estaba al corriente y él no había tenido nunca la llave.
Las rutas, las cámaras y los horarios eran conocimientos generales de cualquier penalista con quince años de ejercicio.
No había ni un correo, ni un mensaje, ni una llamada, ni un testigo.
Y el único hombre en el mundo que podía corroborarlo todo se negó a declarar contra él.
Mason Kopelman invocó su derecho a no autoincriminarse, alegando el recurso que tenía pendiente ante el tribunal de apelación del estado, y el juez lo admitió en dos minutos.
Fue el último acto de Mason Kopelman en todo el asunto.
Y nadie supo nunca —ni Marcus, ni el fiscal, ni Rachel Kim en su informe posterior, ni el propio Michael— si lo hizo para proteger a su hermano o para castigarlo.
La fiscalía decidió no repetir el juicio el 2 de septiembre de 2025.
El Colegio de Abogados del estado de Wisconsin fue considerablemente más rápido.
Le retiró la licencia el 4 de agosto de 2025 por conducta incompatible con el ejercicio de la profesión, en un procedimiento que duró once días, porque para eso su propia confesión bastaba y sobraba.
Michael Kopelman salió del edificio del tribunal el 12 de septiembre de 2025 por la puerta principal, con traje gris, sin esposas y sin licencia.
Había cuarenta y siete periodistas en la escalinata.
Todos le hicieron alguna variante de la misma pregunta.
No contestó a ninguno. Bajó los escalones, cruzó la calle y se metió en un taxi.
Hoy trabaja como administrativo en una empresa de logística de Racine. Lleva el control de albaranes de entrada. Cobra cuarenta y un mil dólares al año, que es aproximadamente lo que ganaba David Chen en 2013.
Vive en un apartamento de un dormitorio a doce minutos andando de la oficina.
Y todos los sábados coge el coche y conduce hasta el centro penitenciario de Waupun.
Y todos los sábados le deniegan la visita, porque su hermano lo tiene excluido de la lista de visitantes autorizados desde el 15 de marzo de 2025.
Va igual.
El funcionario de la garita, un hombre llamado Aldrich, le dijo una vez que no hacía falta que viniera, que la lista no iba a cambiar y que se lo podía llamar por teléfono.
Michael Kopelman le contestó que ya lo sabía.
Marcus Kopelman fue condenado el 2 de mayo de 2025 a doce años por encubrimiento, obstrucción a la justicia y conspiración.
Rechazó el acuerdo que su abogada había negociado, que lo dejaba en cuatro años con dos de condicional.
Cuando la jueza le preguntó por qué lo rechazaba, dijo:
—Porque llevo veinte años cobrando un descuento, señoría.
Priya Raghunathan solicitó el divorcio en junio de 2025 y lo retiró en agosto.
Lo volvió a solicitar en diciembre.
En marzo de 2026 seguía sin firmarlo, y su abogada había dejado de preguntarle.
Va a verlo dos domingos al mes con los niños. Conduce ochenta minutos cada trayecto.
Ravi tiene nueve años y cree que su padre está trabajando en un sitio muy lejos donde no dejan usar el teléfono. En 2026 empezó a hacer preguntas.
Nila tiene seis y ha dejado de preguntar, que es peor.
Marcus escribió un libro en la biblioteca de la prisión de Oshkosh entre septiembre de 2025 y febrero de 2026, a mano, en cuadernos de espiral, a razón de dos horas al día.
Se titula El precio de decir vale.
Tiene doscientas once páginas y no hay una sola en la que intente explicarse.
La primera línea es: «Mi hermano mató a cinco personas y yo lo supe desde la primera».
Cede la totalidad de los derechos al Fondo de Asistencia a Víctimas de Delitos Violentos de Wisconsin.
El primer cheque, en abril de 2026, fue de ciento nueve mil dólares.
El fondo emitió una nota de prensa de dos líneas aceptándolo y no volvió a mencionarlo nunca.
Eleanor Kopelman fue a ver a su hijo por primera vez el 19 de abril de 2025.
Tardó cinco semanas en conseguir que la incluyera en la lista.
Escribió tres cartas. Las dos primeras no obtuvieron respuesta. La tercera decía, según le contó después a su vecina, exactamente cuatro palabras: «Contéstame o no contestes».
A los seis días le llegó el formulario aprobado.
El trayecto desde Oshkosh hasta el centro penitenciario de Waupun son cincuenta y ocho minutos en coche, y ella no conducía desde 2011, así que la llevó la señora Dobrowski, del 1340, que la esperó tres horas en el aparcamiento con la radio puesta y un termo de café.
Nadie sabe qué se dijeron.
La conversación no está grabada —las visitas familiares no se graban en Waupun— y ninguno de los dos se lo contó nunca a nadie.
Lo único que consta es lo que Eleanor le contó a la señora Dobrowski en el coche de vuelta, a la altura de Fond du Lac, y lo que la señora Dobrowski repitió catorce meses después en un funeral, delante de once personas y un párroco:
Que su hijo le había preguntado si podía llamarla mamá o si prefería otra cosa.
Y que ella le había dicho que mamá estaba bien.
Eleanor volvió el tercer sábado de cada mes durante trece meses.
Nunca faltó a uno.
Eleanor Kopelman murió el 3 de junio de 2026, a los setenta y cuatro años, de un fallo cardíaco, en su casa de Merritt Avenue.
La encontró la señora Dobrowski a las once de la mañana, cuando fue a recogerla para ir al médico.
Estaba sentada en el sillón del salón, el de enfrente del sofá marrón, con una taza fría al lado y una carta a medio escribir en el regazo.
Tenía tres líneas y no llegó a terminarla.
El sobre estaba en la mesita, con el sello puesto y la dirección de Waupun escrita.
Marcus asistió al funeral esposado y con dos agentes, en la última fila, y le permitieron ponerse de pie durante el responso.
Michael asistió de pie, al fondo de la iglesia, cerca de la puerta, y no habló con nadie ni antes ni después.
Los dos hermanos se vieron.
No se saludaron.
A Mason no se lo permitieron.
Solicitó un permiso extraordinario de asistencia y se lo denegaron el 5 de junio por razones de seguridad, y su abogado de oficio no recurrió la denegación porque él le pidió expresamente y por escrito que no lo hiciera.
Ese mismo día, en Waupun, un funcionario anotó en el registro de incidencias del módulo B-3 que el interno 771-4402 no salió al patio ni al comedor.
Es la única anotación que existe a su nombre en dieciséis meses de internamiento.