Capítulo 29
Once a uno
El juicio contra Michael Kopelman duró doce sesiones y fue, según la prensa jurídica del estado, el caso más extraño de la década en Wisconsin.
El motivo era sencillo de enunciar y muy difícil de digerir:
El acusado quería ser condenado y la ley no lo permitía.
Michael Kopelman se declaró culpable el primer día.
La jueza —Marion Ekwueme otra vez, por asignación de turno— rechazó la declaración.
Lo hizo el 9 de julio de 2025 a las 10:15 de la mañana, en una resolución oral de seis minutos que se estudia desde entonces en las facultades de Derecho del estado:
«Este tribunal no puede aceptar una declaración de culpabilidad respecto de un delito cuyo elemento material no está acreditado por ninguna prueba independiente de la propia declaración.
El señor Kopelman está confesando haber inducido un homicidio. La única prueba de esa inducción es su confesión.
La regla no existe para proteger a los inocentes de sí mismos, aunque también sirva para eso.
Existe porque un sistema que condena a partir de confesiones no corroboradas acaba, invariablemente, obteniendo confesiones.
Se rechaza la declaración. Se ordena la continuación del procedimiento con declaración de no culpabilidad de oficio».
Michael Kopelman escuchó aquello de pie, con las manos cruzadas por delante, y no dijo nada.
Su abogada de oficio —una mujer de treinta y un años llamada Priscilla Odom que llevaba cuatro años ejerciendo y a la que le habían asignado el caso porque nadie más lo quería— le susurró algo al oído.
Él negó con la cabeza.
El juicio empezó al día siguiente.
Y ocurrió una cosa que no se había visto nunca en aquel tribunal: la defensa no presentó defensa.
Priscilla Odom siguió las instrucciones escritas de su cliente, que constan en el expediente y que ella hizo constar en acta tres veces para protegerse:
No interrogar a los testigos de la acusación salvo para aclarar hechos.
No presentar peritos.
No objetar.
No formular alegato final.
—Señor Kopelman —le dijo la jueza el quinto día, en ausencia del jurado—. ¿Es usted consciente de que está renunciando a una defensa efectiva?
—Sí, señoría.
—¿Y de que eso puede constituir causa de nulidad en apelación?
—Es la única causa de nulidad que no pienso alegar, señoría.
El fiscal, por su parte, tenía un problema peor.
Tenía una confesión de veintiuna páginas, firmada e inicialada, prestada voluntariamente y sin abogado, por un hombre que sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
Y no tenía absolutamente nada más.
Llamó a nueve testigos.
Llamó a la funcionaria del archivo del condado que había tramitado la solicitud del expediente 94-1187 en marzo de 2008: confirmó la solicitud, la tasa y la fecha, y confirmó que era un procedimiento perfectamente legal al que Michael Kopelman tenía derecho.
Llamó a la doctora Ferraro, que explicó al jurado durante cuarenta minutos por qué el ADN no servía para nada en esta causa.
Llamó a Rachel Kim, que declaró como perito de la acusación y que dijo, en la frase que la defensa no objetó porque la defensa no objetaba nada:
—El acusado no apretó ningún gatillo. El acusado seleccionó una diana y se la puso delante a un arma que sabía cargada. En términos clínicos eso es inducción. En términos probatorios, señoría, no lo sé, y no es mi trabajo saberlo.
Y llamó a Marcus Kopelman.
Marcus llegó desde la prisión de Oshkosh el 17 de julio, esposado, con dos agentes.
Declaró durante tres horas.
Contó la cocina de Merritt Avenue. Contó el canalón. Contó la carpeta sobre la mesa. Contó la frase de su hermano: «yo soy abogado, no le digo a nadie lo que tiene que hacer».
Y contó, palabra por palabra, la conversación telefónica de agosto de 2008.
—¿Qué le preguntó usted?
—Le pregunté: ¿fuiste tú o fue él?
—¿Y qué le contestó su hermano?
—Me dijo: Marcus, esa pregunta no tiene una respuesta útil. Y colgó.
El fiscal dejó pasar unos segundos.
—Doctor Kopelman, ¿usted qué entendió?
Y Priscilla Odom, por primera y única vez en doce sesiones, se puso de pie.
—Protesto. Especulación.
—Ha lugar —dijo la jueza.
En la mesa de la defensa, Michael Kopelman se giró hacia su abogada con una expresión que tres periodistas describieron después, por separado, con la misma palabra: furia.
Fue el único momento de todo el juicio en que se le movió la cara.
El jurado deliberó durante seis días.
El 24 de julio de 2025 comunicó a la jueza que no podía alcanzar unanimidad.
Once a uno.
El único jurado que se negó a condenar fue el número siete, un hombre de cincuenta y ocho años, jubilado, antiguo capataz de una planta papelera de Neenah.
Concedió una entrevista a un periódico local dos semanas después.
Dijo tres cosas.
Que había creído a Michael Kopelman desde la primera página de la confesión.
Que estaba absolutamente convencido de que era culpable.
Y que, exactamente por eso, no pensaba condenarlo.
—Yo no soy abogado —dijo—. Pero la jueza nos leyó una instrucción que decía que no podíamos condenar solo con lo que él había dicho de sí mismo. Y eso es lo único que había.
—¿Y no le pareció injusto?
—Me pareció horrible.
El hombre se quedó callado un momento, según el periodista.
—Pero es que si yo levanto la mano y digo culpable —dijo—, entonces esa regla ya no vale para nadie. Y esa regla no está ahí para el señor Kopelman. Está ahí para el próximo tipo al que le saquen una confesión a las cuatro de la mañana en una habitación sin ventanas.
El artículo se tituló «El jurado número siete» y se reprodujo en catorce periódicos.
Rachel Kim lo recortó y lo pegó en la última página de su informe pericial, en la copia que guarda en casa.
Debajo escribió a mano:
«Michael Kopelman construyó su vida entera sobre esta regla.
Le costó dieciséis años perfeccionarla, catorce absoluciones y un hermano.
Y el día que quiso renunciar a ella, la regla siguió funcionando exactamente igual, porque las reglas no saben quién eres.
Eso, y no la prisión, es lo que le ha pasado a este hombre».