Los Tres Rostros del Crimen Capítulo 28
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Capítulo 28

Estado de Wisconsin contra Mason Kopelman

No hubo juicio en el sentido en que la gente entiende esa palabra.

La jueza Marion Ekwueme le preguntó tres veces, en tres formulaciones distintas, si comprendía las consecuencias.

—Las comprendo, señoría.

—Señor Kopelman, quiero que entienda que este tribunal no puede aceptar una declaración de culpabilidad que no sea voluntaria, informada e inteligente. ¿Alguien le ha presionado para hacer esto?

—Mi hermano ha intentado presionarme en sentido contrario, señoría. Durante cuatro meses.

Hubo un murmullo en la sala y la jueza esperó a que pasara.

—¿Comprende que renuncia a su derecho a juicio por jurado?

—Sí.

—¿Comprende que la pena que este tribunal puede imponer es la máxima prevista y que no existe acuerdo que limite mi discreción?

—Es exactamente por eso que lo hago, señoría.

Lo que sí hubo, del 11 al 14 de marzo, fue la vista de determinación de pena.

Cuatro días. Diecinueve testigos. Ciento once periodistas acreditados el primer día y cuarenta el último.

Y eso fue lo que salió en los periódicos.

Barbara Patterson subió al estrado el martes por la mañana, a las 10:15.

Setenta y nueve años, viuda desde 2019, con un bastón de aluminio y un vestido azul marino que le quedaba grande porque se lo había comprado en 2016.

Tardó dos minutos en llegar desde la puerta de la sala hasta el estrado.

Un ujier tuvo que sostenerle el papel, porque le temblaban demasiado las manos para leerlo sola, y ella se disculpó dos veces por ello.

Era una hoja suelta, grapada al final de una libreta de espiral de tapa azul que había pasado trece años en el desván de una casa de Oshkosh y tres en el desván de otra en Green Bay.

—Léalo en voz alta, por favor, señora Patterson.

—«Dieciséis de mayo de 1995. Marcus mató al pájaro por compasión y se rompió. Mason lo vio hacerlo y aprendió algo. No sé qué. No sé cómo decir esto sin que suene a locura».

Bajó el papel.

La sala estaba en completo silencio.

—Señora Patterson —dijo el fiscal—. ¿Por qué no comunicó esto a nadie?

—Lo intenté.

—¿Cómo que lo intentó?

—Fui hasta la puerta del despacho de mi directora un miércoles por la mañana. Puse la mano en el picaporte. —Barbara Patterson miró hacia la mesa de la defensa, donde estaba sentado un hombre de treinta y siete años al que había enseñado a multiplicar—. Y me di la vuelta.

—¿Por qué?

—Porque me imaginé la conversación entera antes de entrar. Yo tenía cincuenta años y veintidós de experiencia, señor. Y si hubiera entrado ahí a decir que un niño de ocho años me daba miedo, me habrían mandado a casa a descansar. Con toda la amabilidad del mundo.

—¿Y hoy?

—Hoy tengo setenta y nueve años y ya no me importa lo que piensen de mí.

Se agarró al borde del estrado.

—Aquel niño me daba miedo. Y tenía razón. Y he tardado veintinueve años en poder decirlo en voz alta y aquí lo digo.

Marcus Kopelman declaró el miércoles.

Cinco horas y cuarenta minutos, con dos recesos.

Se había declarado culpable en enero de seis cargos de encubrimiento y obstrucción y estaba pendiente de sentencia. Su declaración fue voluntaria y sin ningún acuerdo de inmunidad, contra el consejo de su abogada, que lo hizo constar en acta.

Vino esposado, con dos agentes, y le quitaron las esposas para subir al estrado.

Contó la llamada de las 3:40 de la madrugada del 8 de noviembre de 2004.

Contó el aparcamiento del parque Warner y la farola rota. Contó el capó frío y la sudadera gris. Contó las cuatro bolsas de supermercado en el maletero de su hermano.

Y contó el Denny's de la carretera 151 y la palabra vale.

—¿Cuánto tardó en decirla? —preguntó el fiscal.

—No lo sé. Unos segundos.

—¿Y cuánto tiempo lleva pensando en esos segundos?

—Veinte años, cuatro meses y siete días.

En el receso de la tarde, el fiscal cambió de línea.

—Doctor Kopelman, usted es psicólogo clínico especializado en trauma complejo. Ha tratado a ciento cincuenta y siete pacientes de forma gratuita en seis años, unas mil doscientas horas sin facturar. ¿Por qué?

—Porque estaba pagando.

—¿Pagando qué?

—Tres muertes. —Marcus miró al jurado—. Llevaba la cuenta. No en papel. En la cabeza. Cuántas personas hay que ayudar para compensar a tres que están muertas por tu silencio.

—¿Y llegó a alguna cifra?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no funciona así.

Se le quebró la voz por primera vez en cinco horas.

—Yo se lo explico a mis pacientes dos tardes por semana, señor. Les digo: lo que le hicieron a usted no se cancela haciéndole cosas buenas a otras personas. La moral no es una balanza. Es un registro. —Tragó saliva—. Y a las nueve cerraba el local y me iba a casa y hacía exactamente lo contrario.

—¿Y qué ha aprendido, doctor Kopelman?

Marcus tardó en contestar.

—Que no se puede compensar —dijo—. Solo se puede contar. Y he tardado veinte años en entenderlo y me he sentado en esta silla para contarlo.

Rachel Kim declaró como perito el jueves por la mañana.

Su informe tenía ochenta y una páginas, doce anexos y ciento cuarenta y seis referencias bibliográficas.

Declaró durante tres horas y cuarenta minutos y fue contrainterrogada durante cincuenta.

El párrafo que reprodujeron los dos periódicos nacionales, y que la defensa intentó excluir sin éxito, fue este:

«El sujeto no presenta psicosis, deterioro cognitivo, alteración del juicio de realidad ni ningún trastorno que afecte a su capacidad de comprender la ilicitud de sus actos.

La comprende plenamente y siempre la ha comprendido.

No existe base clínica alguna para afirmar que su conducta fuera producto de un impulso irresistible.

Sin embargo, este tribunal debería considerar un hecho incómodo que consta acreditado en autos:

Cinco de las seis muertes de este caso fueron investigadas por cuerpos policiales del estado de Wisconsin y archivadas sin sospecha.

Una sexta víctima permaneció ocho años enterrada como no identificada, con un número por nombre, a cincuenta y cuatro minutos en coche del domicilio de su madre, que llamó cuarenta y una veces a tres departamentos distintos.

El acusado no burló al sistema.

El acusado descubrió que el sistema, en determinadas condiciones, no mira.

Esa observación era correcta.

Lo que hizo con ella no lo era».

Eleanor Kopelman declaró el viernes por la mañana.

Fue la última de los diecinueve testigos.

Tardó cuatro minutos en llegar desde el banco hasta el estrado y nadie en la sala hizo un solo ruido durante esos cuatro minutos.

El fiscal le hizo once preguntas de trámite: nombre, edad, domicilio, parentesco, fechas.

Después dijo:

—Señora Kopelman, ¿desea usted añadir algo?

—Sí.

—Adelante.

Eleanor se giró en la silla.

No miró al jurado. No miró a la jueza. No miró al fiscal, que era quien le había hecho la pregunta.

Miró directamente a la mesa de la defensa, a su hijo, y le habló a él.

—Me hiciste una pregunta en la cocina de casa el seis de noviembre por la mañana —dijo—. Estabas sentado en la silla de madera, la de la ventana.

La sala se quedó en un silencio absoluto.

—Me preguntaste si alguna vez, en algún momento, pensé que podías haber salido bien.

Mason Kopelman no se movió.

—Y yo me callé —dijo Eleanor—. Y llevo cuatro meses despierta todas las noches por eso. Cuatro meses, hijo.

—Señora Kopelman—

—Déjeme terminar, por favor. No voy a tardar.

Nadie la interrumpió. La jueza Ekwueme no levantó la vista de sus notas.

—La respuesta es no —dijo Eleanor—. No lo pensé nunca. Ni una sola vez desde que tenías seis años.

Un sonido en la sala, de gente moviéndose.

—Y ahora te voy a decir lo que llevo treinta y un años sin poder decirle a nadie. Ni a los médicos, ni al cura, ni a tus hermanos.

Se le rompió la voz.

—Que no sé si nunca lo pensé porque tú eras así.

Se llevó una mano a la boca y la bajó otra vez.

—O si tú eres así porque yo nunca lo pensé.

El ujier tuvo que ayudarla a bajar del estrado y a volver al banco.

Y en la mesa de la defensa —por primera vez en cuatro días de vista, en cinco meses de prisión preventiva, en veintiún años de sala de tribunal y, según su propia madre, en treinta y siete años de vida— alguien vio llorar a Mason Kopelman.

La jueza Marion Ekwueme dictó sentencia el 14 de marzo de 2025 a las 16:20.

Cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional, más sesenta años consecutivos por los cargos restantes.

Su exposición de motivos tenía once páginas y se leyó entera en voz alta.

Hubo un párrafo que se citó durante años en las facultades de Derecho del estado, y que apareció en dos manuales de filosofía jurídica antes de 2030:

«Este tribunal ha escuchado durante cuatro días una acusación contra las instituciones de este estado.

Buena parte de esa acusación es cierta. Este tribunal la ha escuchado entera, la ha considerado, y va a ordenar que se remita copia de esta sentencia al fiscal general y a la comisión legislativa correspondiente.

Y ninguna parte de ella es una defensa.

El señor Kopelman ha argumentado, con notable coherencia y durante veinte años, que existe una diferencia entre lo que es ilegal y lo que está mal.

Tiene razón. Esa diferencia existe. Es real, es antigua y es el motivo por el que este edificio necesita jueces y no solamente reglamentos.

Pero el señor Kopelman extrajo de esa observación correcta una conclusión que no se sigue de ella: que le correspondía a él, personalmente, cerrar esa distancia con sus propias manos.

Ahí es donde dejó de tener razón.

Y ahí es donde empezaron a morir personas».