Los Tres Rostros del Crimen Capítulo 27
83%

Capítulo 27

El argumento que ganaba

Michael Kopelman solicitó una visita profesional y se la concedieron.

Técnicamente era abogado colegiado en ejercicio. Técnicamente el interno la había autorizado por escrito. Y técnicamente las comunicaciones entre abogado y cliente están protegidas, lo cual significaba que la cámara de la esquina grababa imagen pero no sonido.

Michael sabía las tres cosas antes de rellenar el formulario.

Fue la primera vez que los dos hermanos se veían en cinco años y un mes.

La sala de visitas de letrados medía dos metros y medio por tres. Una mesa de metal atornillada al suelo. Dos sillas también atornilladas. Paredes de bloque pintadas de un verde institucional que en algún momento de los años ochenta alguien debió de considerar tranquilizador.

Michael llegó veinte minutos antes y esperó de pie.

Mason entró con el mono naranja y los grilletes en los tobillos, escoltado por un funcionario que le quitó las esposas de las manos y salió.

Se sentó.

Los dos hermanos se miraron durante unos segundos.

—Estás más delgado —dijo Michael.

—Aquí se come mal.

—¿Duermes?

—Cuatro horas. —Mason se encogió de hombros—. Está bien. He dormido peor fuera.

Michael abrió el maletín, sacó tres carpetas y las alineó sobre la mesa de metal con los bordes paralelos, un gesto que Mason le había visto hacer desde que tenía diecinueve años y que en aquella sala resultó casi insoportable.

—Voy a defenderte.

—No.

—Mason—

—He dicho que no.

—Escúchame diez minutos. —Michael puso la mano abierta sobre la primera carpeta—. Diez. Después dices lo que quieras y me voy y no vuelvo a pedir una visita.

Mason se echó atrás en la silla.

—Diez minutos.

Michael miró el reloj de la pared, comprobó la hora y empezó.

—La acusación tiene seis cargos. De esos, cuatro son insostenibles y te lo voy a demostrar uno por uno.

Abrió la primera carpeta.

—Matthews, 2004: cerrada como accidente de tráfico por el sheriff del condado de Dane.

Sánchez, 2008: cerrada como robo con violencia por Appleton.

Park, 2019: cerrada como intoxicación accidental por el forense del condado de Brown.

Chen, 2013: cerrada como suicidio por el forense del condado de Milwaukee.

Levantó la vista.

—Cuatro expedientes cerrados por cuatro jurisdicciones distintas. Cuatro forenses. Ningún cuerpo exhumado, ninguna prueba física, ningún testigo.

—Tienen lo que escribí.

—Tienen lo que escribiste. —Michael asintió—. Que es una confesión extrajudicial no corroborada. En el estado de Wisconsin, una confesión no corroborada no sostiene una condena por homicidio. Regla del corpus delicti, aplicada en este estado desde 1957 y confirmada en 2011.

—¿Y?

—Y eso significa que los cuatro caen en preliminar. No en juicio: en preliminar. En cinco semanas.

Cerró la carpeta y abrió la segunda.

—Wolcott no es tuya. Wolcott es de Harrison y él lo ha confesado en cuarenta y una horas de grabación que la fiscalía va a usar contra él. Lo tuyo ahí es profanación de sepultura y ocultación de cadáver.

—¿Cuánto es eso?

—Tres a diez.

—Y Sarah Chen.

—Sarah Chen es la única de verdad —dijo Michael—. Y es la que me deja dormir por las noches.

Abrió la tercera carpeta.

—El material epitelial bajo la uña del anular derecho. Perfil completo, veinticuatro marcadores.

—Es mío.

—Es de los tres.

Michael puso el dedo sobre una hoja.

—La doctora Ferraro va a tener que subir al estrado y decir bajo juramento que ese perfil corresponde a un varón de la familia Kopelman. Y yo me voy a poner de pie y le voy a hacer una sola pregunta: ¿cuál de los tres?

—Y ella dirá que no lo sabe.

—Y ella dirá que no lo sabe, porque es una científica honesta y porque es la verdad.

—Michael pasó la hoja—. Y después le preguntaré si existe alguna técnica validada por los tribunales de este estado que permita distinguirnos, y tendrá que decir que no.

Y después le preguntaré si la muestra tiene calidad suficiente para una secuenciación de genoma completo, y tendrá que decir que no.

—Y entonces qué.

—Y entonces llamo a Marcus al estrado.

Mason no dijo nada.

—Y le pregunto si estuvo en Wisconsin la noche del catorce de octubre. —Michael habló despacio—. Y le pregunto si tiene coartada. Y no la tiene, Mason. Su mujer estaba en Boston, en un congreso, y sus hijos estaban dormidos. Cero testigos.

—Sigue.

—Y después subo yo. Y digo bajo juramento que soy genéticamente indistinguible de los dos, y el fiscal me destrozará durante una hora con la coartada de Chicago, y da exactamente igual.

Cerró la carpeta.

—Porque a esas alturas el jurado ya tendrá delante a tres hombres con el mismo ADN y ninguna forma de saber cuál.

Silencio.

—Duda razonable —dijo Michael—. No es un truco y no es una trampa. Es lo que es. Está en la Constitución y yo no la puedo evitar aunque quiera.

Mason miró las tres carpetas alineadas sobre la mesa de metal.

—¿Cuánto? —preguntó.

—Tres a diez por lo de la tumba. Con buena conducta cumplirías cuatro. —Michael no parpadeó—. Saldrías con cuarenta y uno.

—¿Probabilidad?

—Setenta por ciento de absolución en Chen. Ochenta y cinco de que los cuatro antiguos caigan en preliminar.

—Es bueno.

—Es muy bueno.

—Sí. —Mason asintió despacio, mirando todavía las carpetas—. Michael, ¿tú te oyes?

—Perfectamente.

—Me estás explicando cómo salir en cuatro años.

—Te estoy explicando cómo no morirte aquí dentro.

—Y para eso —Mason levantó la cara— tienes que poner a Marcus en un estrado, delante de doce personas y de la prensa, y hacer que un jurado se pregunte durante una tarde entera si él mató a una mujer atada a una mesa en una cabaña.

—Marcus lo aceptaría.

—Ya lo sé.

A Mason se le movió la mandíbula.

—Ese es el problema. Que lo aceptaría. Que si tú entras en esa cárcel donde está él ahora mismo y le pides eso, él te dice que sí en cuatro segundos, sin preguntar nada.

—Sí.

—Ese hombre lleva veinte años aceptando cosas por mí, Michael.

Le ha costado el hígado, el corazón, probablemente el matrimonio y ahora doce años.

—Mason se inclinó hacia delante—. Y tú lo sabes perfectamente, y aun así has metido esa carpeta en el maletín, has conducido dos horas y me la has puesto encima de la mesa.

—He traído la carpeta porque funciona.

—Has traído la carpeta porque no sabes hacer otra cosa.

Michael cerró los ojos un segundo.

—Voy a declararme culpable —dijo Mason—. De los seis. Sin acuerdo con la fiscalía.

—No puedes.

—Puedo, y ya se lo he dicho a mi abogado de oficio esta mañana.

—Mason, escúchame muy bien. —Michael levantó la voz por primera vez en veinte años, y le salió rara, oxidada, como un mecanismo que lleva demasiado tiempo sin usarse—.

Sin acuerdo es perpetua sin condicional.

Perpetua. Sin. Condicional. ¿Entiendes lo que significa eso?

No significa mucho tiempo. Significa que te vas a morir dentro de un edificio como este.

—Sí.

—¡No puedes hacer eso!

—Michael.

Mason esperó a que su hermano le mirara.

—Llevo veinte años matando gente porque decidí que existe una diferencia entre lo que la ley castiga y lo que está mal. Esa fue mi tesis entera. Eso es lo único que he dicho en cuarenta y una horas de grabación y en seis alegatos.

Habló muy despacio.

—Si ahora dejo que me saques por un tecnicismo de la cadena de custodia genética, ¿en qué me convierto?

Michael no contestó.

—En Sarah Chen —dijo Mason—. Me convierto exactamente en Sarah Chen. Y todo lo que he hecho pasa a ser lo que dirán los periódicos: que estaba loco y que buscaba excusas.

El silencio en aquella sala duró casi un minuto entero.

Se oía a alguien pasando un carro metálico por el pasillo.

Después Michael Kopelman —socio más joven en la historia de su despacho, catorce absoluciones en dieciséis juicios de homicidio— bajó la cabeza y se puso las dos manos sobre la cara.

—Michael.

—Dame un segundo.

—Michael.

—Que me des un segundo, joder.

Mason esperó.

Cuando su hermano volvió a levantar la cara tenía los ojos rojos y la voz completamente firme, porque también sabía hacer eso.

—Vale —dijo—. ¿Qué quieres que haga?

—Quiero que no me defiendas.

—Hecho.

—Y quiero que hagas una cosa más. Y esta te va a costar.

—Dila.

—Quiero que vayas al fiscal y le cuentes lo que hiciste en marzo de 2008 —dijo Mason—. Lo de la carpeta. Lo de ponérmela delante en la cocina de mamá con el agua del canalón cayendo fuera.

Michael se quedó muy quieto.

—Eso es inducción.

—Sí.

—Eso me cuesta la licencia y quince años.

—Sí.

—¿Por qué?

Y Mason Kopelman dijo:

—Porque tú también decidiste, Michael.

—Yo no maté a nadie.

—Decidiste una vez. En una cocina, un sábado por la mañana. —Se puso de pie con un ruido de grilletes—. Y llevas dieciséis años convenciéndote de que lo único que hiciste fue entregar un documento público a un familiar que tenía derecho a leerlo.

—Eso es exactamente lo que hice.

—Ya lo sé. —Mason lo miró desde arriba—. Y también es exactamente lo otro. Siempre son las dos cosas, me lo dijiste tú.

Michael no dijo nada.

—No te lo pido para castigarte —dijo Mason, más bajo—. Te lo pido porque es la única cosa en el mundo que puede sacarte de esta casa.

Golpeó la puerta con los nudillos para que el funcionario le abriera.

Y antes de salir, sin girarse, dijo la única frase cariñosa que le había dicho a su hermano en treinta y siete años:

—Fuiste el mejor de los tres, Michael. En serio. El más listo, el más rápido y el más valiente.

Se abrió la puerta.

—Simplemente nadie te enseñó nunca para qué.