Los Tres Rostros del Crimen Capítulo 19
64%

Capítulo 19

Tercer interrogatorio: Mason

Mason Kopelman no fue citado por cuarta vez.

Se presentó.

A las nueve menos cuarto de la mañana del seis de noviembre entró por la puerta principal del Departamento de Policía de Oshkosh, cruzó el vestíbulo, se acercó al mostrador y le dijo a la agente de recepción que venía a ver al detective Brenner.

—¿Tiene cita?

—No.

—¿Su nombre?

—Mason Kopelman.

La agente Ruiz tardó cuatro segundos en reaccionar.

Después descolgó el teléfono sin apartar los ojos de él y marcó la extensión con la mano izquierda, buscando las teclas a tientas.

Tom bajó las escaleras de dos en dos.

Lo encontró de pie en el vestíbulo, con las manos en los bolsillos de un anorak azul, mirando un tablón de anuncios sobre prevención de incendios domésticos: un cartel con una alarma de humo dibujada y el eslogan del programa estatal de sustitución de baterías.

Era exactamente la misma cara.

Esa fue la primera cosa que pensó Tom, y le produjo una sensación desagradable en la nuca. Llevaba tres semanas mirando fotografías de esa cara. Había pasado cincuenta minutos con esa cara en la sala A el jueves y otros cincuenta y uno el sábado.

Y ahora la tenía delante por tercera vez, en un cuerpo distinto, con un anorak barato y unas zapatillas que no había limpiado nunca.

—Detective Brenner —dijo Mason.

—Señor Kopelman.

—He recibido tres citaciones. Perdón por el retraso. He estado fuera.

—¿Dónde?

—Por ahí.

Tom lo miró un segundo de más.

—¿Viene con abogado?

—No.

—¿Quiere uno?

—No.

—Puedo asignarle uno de oficio y podemos esperar el tiempo que haga falta. Puedo esperar tres horas si es necesario.

—Lo sé —dijo Mason—. No quiero.

—¿Entiende que tiene derecho a—?

—Detective. —No fue brusco—. Sé perfectamente qué derechos tengo. He tenido mucho tiempo para leer sobre el tema. No quiero abogado y voy a firmarle lo que haga falta para que eso quede claro y no le den problemas después.

En la sala A, sentado, con un vaso de agua delante que no tocaría en las siguientes dos horas y trece minutos, Mason Kopelman firmó la renuncia a asistencia letrada.

Letra pequeña. Regular. Sin temblor.

Tom encendió la grabadora.

—Seis de noviembre de 2024, nueve horas cero dos minutos. Detective Thomas Brenner. Comparece de forma voluntaria y sin asistencia letrada, habiendo firmado renuncia expresa, Mason Kopelman, treinta y siete años, con domicilio en Madison, Wisconsin.

Dejó el bolígrafo.

—Señor Kopelman, ¿sabe por qué está aquí?

—Sí.

—Dígamelo usted.

—Porque ha muerto Sarah Chen y usted cree que la maté yo.

Tom no esperaba que empezara así.

Había ensayado seis aperturas distintas en el coche aquella mañana y ninguna servía ya.

—¿La mató usted?

—No.

—¿Dónde estaba el catorce de octubre entre las ocho y las once de la noche?

—En mi casa.

—¿Alguien puede confirmarlo?

—No.

—¿Ni una llamada, ni un correo, ni una conexión a internet, ni un pedido?

—Estuve leyendo.

—¿Qué leía?

—Un libro sobre pájaros.

Tom lo miró un segundo de más por segunda vez en veinte minutos.

—¿Sobre pájaros?

—Sobre migración de aves en los Grandes Lagos. Me lo dejó una vecina. —Mason no había cambiado de postura desde que se sentó—. Puede pedírselo. Se llama Wanda Kaminski, vive en el 2B. Se lo devolví el día quince por la mañana.

Tom lo apuntó.

Y esa fue la primera de las once cosas verificables que Mason Kopelman dijo aquella mañana, y las once resultaron ser ciertas.

—Señor Kopelman, voy a enseñarle unas fotografías. Algunas son desagradables.

—De acuerdo.

Tom sacó las mismas nueve que le había puesto a su hermano cuatro días antes y las colocó del mismo modo, en el mismo orden, boca arriba.

Mason las miró.

Y Tom, que llevaba diecinueve años observando a gente mirar fotografías de cadáveres —culpables, inocentes, familiares, testigos, periodistas—, tuvo que reconocer que no había visto nunca nada parecido.

No hubo repulsión.

No hubo interés morboso, que es una cosa que se detecta enseguida porque hace que la gente se acerque un centímetro.

No hubo la sobreactuación de horror de los culpables ni la palidez auténtica de los inocentes.

Mason Kopelman miró las fotografías de una mujer torturada durante tres horas con exactamente la misma expresión con la que había mirado, quince minutos antes, un cartel sobre alarmas de humo.

—¿Qué ve? —preguntó Tom.

—¿Es una pregunta del interrogatorio?

—Sí.

Mason tocó una de las fotos con el dedo índice y la giró un poco hacia sí.

La del rectángulo de velas.

—Veo que quien hizo esto no tenía prisa —dijo—. Y veo que no disfrutó.

—¿Cómo lo sabe?

—Por las velas.

—Explíquemelo.

—Están puestas en un rectángulo, con los lados paralelos a las paredes. —Mason señaló con la uña—. Si disfrutas, haces un círculo. La gente que disfruta hace círculos porque quiere estar dentro de algo. Un círculo tiene centro y el centro es donde estás tú.

—¿Y un rectángulo?

—Un rectángulo no tiene centro emocional. Solo tiene área. —Levantó la vista—. El rectángulo solo sirve para ver bien.

Tom sintió el vello del antebrazo por debajo de la camisa.

—Continúe.

—Y los cortes.

Mason acercó otra fotografía, la del antebrazo izquierdo, y la puso al lado de la primera.

—Están hechos por alguien que quería que la conversación durase. Empiezan superficiales y bajan un milímetro cada vez, y eso significa que había una escala prevista antes de empezar. —Se echó atrás—. Eso no es placer, detective. Eso es paciencia. Son cosas distintas y la gente siempre las confunde.

—¿Y sobre qué querría conversar alguien durante tres horas?

—Sobre lo que ella era.

—¿Y qué era?

—Una mujer que sabía perfectamente que Bradley Harrison era un animal —dijo Mason— y que lo devolvió a la calle por cuarenta minutos de retraso en un registro de custodia.

En la sala contigua, Rachel Kim dejó de escribir a mitad de una palabra.

—¿Cómo sabe usted lo de los cuarenta minutos? —preguntó Tom.

—Está en la transcripción del juicio.

—Las transcripciones de 2003 no están digitalizadas.

—No. —Mason asintió—. Están en el archivo del condado de Racine, en papel, en cajas. Hay que solicitarlas por escrito, pagar una tasa de cuarenta y dos dólares y esperar once días.

—¿Las solicitó usted?

—Sí.

—¿Cuándo?

—El diecinueve de agosto. Me llegaron el uno de septiembre.

Tom se quedó muy quieto.

—Señor Kopelman, ¿entiende usted que acaba de decirme que en agosto de este año solicitó por escrito, con su nombre y pagando una tasa, la transcripción completa de un juicio en el que participó una mujer que fue asesinada seis semanas después?

—Sí.

—¿Y no le parece que eso requiere una explicación?

—Se la estoy dando.

Mason apoyó las dos manos abiertas sobre la mesa.

—Detective, no le voy a mentir. No he mentido en toda la mañana y no pienso empezar, y usted va a comprobar todo lo que le he dicho y va a ver que es verdad. —Lo miró—. Pero tampoco voy a decirle lo que usted quiere.

—¿Y qué es lo que quiero?

—Que confiese.

—¿Debería?

Mason lo miró.

Y por primera vez en toda la entrevista, algo se movió detrás de aquellos ojos.

Tom lo vio y no supo qué era.

Le llevaría cuatro meses entenderlo, y lo entendería en el suelo de un cementerio, con las rodillas mojadas.

—Le voy a hacer yo una pregunta a usted —dijo Mason—. ¿Puedo?

—Adelante.

—Michelle Wolcott.

Tom no dijo nada.

—¿La ha ido a ver? —preguntó Mason.

—¿Cómo dice?

—El cuerpo. ¿Ha ido usted a verlo?

—He visto las fotografías.

—No es lo mismo.

—No —admitió Tom—. No lo es.

—Estuvo siete años en una tumba con un número por nombre.

—Mason no había levantado la voz ni una vez—.

Siete. Su madre se llama Dolores y vive en Kenosha, a cincuenta y cuatro minutos en coche de esa tumba.

Nadie fue. Ni la policía de tres condados, ni el estado, ni la abogada que la destrozó en una sala en 2003.

—Alguien fue —dijo Tom.

—Sí.

—¿Quién?

Silencio.

—Señor Kopelman, ¿quién fue?

Mason se echó hacia atrás en la silla y cruzó los brazos por primera vez en la entrevista.

—Detective, usted quiere resolver un asesinato —dijo—. Yo estoy hablando de otra cosa. Y hasta que no entienda que son dos conversaciones distintas, vamos a seguir aquí toda la mañana y ninguno de los dos va a sacar nada.

—Entonces ilústreme. ¿De qué está hablando usted?

—De que hay dos clases de personas que dejan cadáveres detrás.

—Dígame las dos.

—Las que los ponen ahí —dijo Mason— y las que pasan por al lado y siguen andando.

—¿Y?

—Y ustedes solo persiguen a las primeras.

—Eso es porque las segundas no cometen delito.

—Ya lo sé —dijo Mason Kopelman—. Ese es exactamente mi problema.

La entrevista duró dos horas y once minutos más.

Tom probó cuatro estrategias distintas y ninguna funcionó.

Probó el silencio prolongado: Mason esperó sin incomodarse, mirando la mesa, durante los dos minutos y cuarenta segundos que Tom aguantó.

Probó la confrontación directa con los nombres de las cinco víctimas: Mason reconoció conocer a cuatro de ellas y explicó de qué, y en los cuatro casos su explicación era verificable y resultó ser cierta.

Probó la empatía: Mason la reconoció como técnica en voz alta, sin ningún reproche, y dijo que la entendía y que siguiera si le resultaba útil.

Y probó, al final, la única cosa que le quedaba, que fue decirle la verdad: que sabía que había sido él, que no podía demostrarlo, y que los dos estaban perdiendo la mañana.

—Sí —dijo Mason—. Eso ya lo sabíamos los dos a las nueve y cuarto.

A las 11:20 se levantó, dio las gracias, se puso el anorak y se fue caminando.

Tom lo vio salir por la puerta de cristal del vestíbulo, cruzar el aparcamiento bajo un cielo blanco y bajo, y subirse a un Honda gris de dieciséis años con una abolladura en la puerta del copiloto.

Y se quedó ahí de pie junto al mostrador, con las manos en los bolsillos, sabiendo exactamente tres cosas.

Que ese hombre había matado a cinco personas.

Que no tenía absolutamente nada con lo que retenerlo ni un minuto más.

Y que lo peor de las tres —lo que le iba a impedir dormir aquella noche y las once siguientes, lo que no le contaría nunca a Jenkins, ni a Rachel hasta mucho después, ni al psicólogo del departamento— era esto:

Que durante dos horas y trece minutos, sentado frente a él en la sala A, Mason Kopelman le había caído bien.