Capítulo 18
Segundo interrogatorio: Michael
Michael Kopelman llegó a las dos en punto.
No a las dos menos cinco ni a las dos y dos. A las catorce horas y cero minutos, según el registro de entrada del mostrador, y Tom pensó que probablemente había esperado en el coche.
Llegó con abogada.
Y lo primero que hizo al entrar en la sala A, antes de saludar, antes de sentarse, fue mirar el techo.
—¿Hay cámara?
—Grabación de audio y vídeo —dijo Tom—. La cámara está en esa esquina.
—Gracias.
Se sentó. Se desabrochó el botón de la chaqueta antes de hacerlo, con ese gesto automático de quien lleva veinte años sentándose con traje, y colocó las manos sobre la mesa con los dedos entrelazados.
Llevaba un traje gris marengo y una corbata azul oscuro sin dibujo. Se había afeitado esa mañana. Tenía ojeras que el afeitado no tapaba.
Su abogada —una mujer de unos cincuenta años llamada Denise Auerbach, que había conducido desde Milwaukee y que le costaba a Michael, según calculó Tom más tarde con una llamada, unos mil doscientos dólares la hora— se sentó a su izquierda y colocó un cuaderno amarillo tamaño folio sobre la mesa, en paralelo perfecto al borde.
—Antes de empezar —dijo Auerbach—, quiero que conste en la grabación que mi cliente comparece de forma voluntaria, que no está detenido, que no ha sido informado de que sea sospechoso en ningún procedimiento y que se reserva el derecho a interrumpir esta entrevista en cualquier momento sin expresar causa.
—Consta.
—Adelante, detective.
Tom encendió la grabadora y dijo la fecha, la hora y los nombres.
Y entonces hizo una cosa que Rachel Kim, detrás del espejo, no esperaba en absoluto y que le hizo dejar el bolígrafo sobre la libreta.
No preguntó nada.
Abrió la carpeta, sacó ocho fotografías y las fue colocando sobre la mesa una a una, boca arriba, despacio, girándolas hacia Michael, sin decir una sola palabra.
La cabaña desde fuera.
El contrachapado apilado contra la pared.
La habitación entera desde el umbral.
El rectángulo de velas.
La mesa.
El antebrazo izquierdo con la progresión de cortes.
Los párpados.
La frente.
Michael las miró todas.
No apartó la vista ni una sola vez, y eso también era información: la mayoría de la gente que ve una escena así aparta la vista al menos una vez, aunque sea medio segundo, aunque sea solo para tragar saliva. Tom lo había visto en fiscales, en jueces y en dos forenses.
Michael Kopelman examinó las ocho fotografías con la atención exacta con la que se revisa un anexo probatorio, y en la sexta —la del antebrazo— se inclinó ligeramente hacia delante para ver mejor.
—¿Es una pregunta, detective? —dijo Auerbach.
—Todavía no.
Tom colocó la novena.
Michelle Wolcott, envuelta en lona industrial, sobre la hierba de la orilla, con la cadena todavía enrollada al torso y un número de referencia en una tablilla junto al cuerpo.
Y ahí sí.
Ahí Michael parpadeó.
Fue una vez. Una sola. Un parpadeo largo, de esos que duran una décima de más.
Y a Tom le bastó.
—Esa no la esperaba —dijo.
—Detective —dijo Auerbach.
—Retiro el comentario. —Tom se sentó por fin—. Señor Kopelman, ¿conocía usted a Sarah Chen?
—Fuimos al mismo instituto. Ella se graduó en el noventa y cuatro, nosotros en el noventa y siete.
—¿Alguna relación posterior?
—Coincidimos en tres jornadas del Colegio de Abogados del estado entre 2016 y 2023.
Puedo darle las fechas si le sirven de algo.
—La voz de Michael era perfectamente uniforme—.
Nunca trabajamos juntos, nunca estuvimos en el mismo caso y nunca estuvimos enfrentados.
La saludé quizá cuatro veces en veinte años.
—¿Qué opinión tenía de ella?
—Profesionalmente, alta. Era muy buena en lo que hacía.
—¿Y personalmente?
—No la conocía personalmente, detective. Le acabo de decir que la saludé cuatro veces.
—¿Dónde estaba usted el catorce de octubre entre las ocho y las once de la noche?
—En Chicago. En mi despacho hasta las 21:40 y después en mi domicilio de Lincoln Park.
—¿Puede confirmarlo alguien?
—El registro de acceso del edificio, que se conserva noventa días.
La tarjeta magnética del ascensor, que registra planta y hora.
Dos correos electrónicos enviados desde mi terminal a las 21:12 y a las 21:33, ambos con acuse.
Un pedido de comida a domicilio recibido en mi portal a las 22:05, pagado con tarjeta.
Y la cámara del portal de mi edificio, que graba en bucle de treinta días y que caduca la semana que viene, así que si va a pedirla, pídala ya.
Michael no había consultado una sola nota.
—Eso es una coartada muy completa.
—Es una coartada normal, detective. Lo que pasa es que la mayoría de la gente no lleva la cuenta.
—La mayoría de la gente no la necesita.
—La mayoría de la gente no ha defendido a ciento nueve personas acusadas de delitos graves. —Michael separó las manos por primera vez—. Llevo dieciséis años sabiendo dónde estuve cada noche. Es higiene profesional. Cualquier penalista con quince años de ejercicio le dirá lo mismo.
—¿Y le ha hecho falta alguna vez?
—Dos.
Tom levantó la vista.
—¿Dos veces le ha hecho falta su propia coartada?
—2016 y 2021. Dos clientes distintos alegaron que yo les había dado instrucciones fuera del ámbito profesional. En los dos casos se archivó. —Michael volvió a entrelazar los dedos—. Puede pedir los expedientes. Son públicos.
Tom asintió despacio.
—Hábleme de Victoria Sánchez.
Auerbach levantó el bolígrafo dos centímetros de la mesa.
—Trabajadora social del condado de Winnebago —dijo Michael, antes de que su abogada pudiera decir nada—.
Abrió un expediente sobre mi familia en 1994, expediente 94-1187, y lo cerró en diciembre del mismo año sin seguimiento.
Murió en Appleton en agosto de 2008 en lo que la policía calificó de robo con violencia con resultado de muerte.
—¿Cómo sabe usted la fecha exacta en que cerró el expediente?
—Porque lo he leído.
—¿Cuándo?
—En 2008.
—¿Por qué?
—Porque tenía veintiún años, estaba estudiando Derecho, aprendí que los expedientes de servicios sociales sobre menores son accesibles para los propios afectados una vez alcanzada la mayoría de edad, y lo pedí.
—¿Y qué encontró?
Michael no cambió de tono.
—Encontré un documento oficial en el que una funcionaria del estado de Wisconsin escribió que en mi casa no existía ningún riesgo para los menores. —Una pausa mínima—. Seis semanas antes de que mi padre le rompiera la clavícula a mi madre.
—¿Y qué sintió?
—Me pareció un documento interesante.
—Interesante —repitió Tom.
—Detective, yo hablo con precisión. Es un defecto profesional. Interesante es exactamente la palabra.
—¿Se lo enseñó a alguien?
Denise Auerbach puso la mano abierta sobre la mesa, entre su cliente y el detective.
—Michael.
Silencio.
Tom esperó.
Contó mentalmente. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete. Ocho.
—Voy a interpretar eso como una negativa a responder —dijo.
—Interprételo como quiera —dijo Auerbach—. No es una respuesta y no consta como tal.
—De acuerdo.
Tom cerró la carpeta y se echó hacia atrás.
—Señor Kopelman, voy a decirle lo que pienso. Su abogada le va a decir que no conteste y usted no va a contestar, y eso está perfectamente. Pero le voy a pedir que escuche.
—Le escucho.
—Creo que su hermano Mason mató a Sarah Chen.
Creo que mató a Jennifer Matthews en noviembre de 2004, a Victoria Sánchez en agosto de 2008 y a Allison Park en septiembre de 2019.
Creo que David Chen no se suicidó en diciembre de 2013.
Y creo que Michelle Wolcott lleva ocho años debajo de un muelle porque alguien la sacó de una tumba hace tres semanas para que la encontráramos.
Michael no movió un músculo de la cara.
—Y creo —dijo Tom— que usted lo sabe todo desde hace veinte años.
—Mi cliente no va a responder a eso —dijo Auerbach.
—No he preguntado nada.
Tom apoyó los codos en la mesa.
—Señor Kopelman, ¿sabe cuál es la única cosa de toda esta historia que no me encaja?
Michael inclinó ligeramente la cabeza. Un gesto mínimo: continúe.
—Que usted está aquí.
Silencio.
—Usted no tenía ninguna obligación de venir —dijo Tom—. La citación era voluntaria y usted lo sabía antes de abrir el sobre. Su hermano Mason no ha contestado a tres y yo no puedo hacer absolutamente nada al respecto.
—¿Y?
—Y en vez de eso ha conducido dos horas, ha traído a una de las mejores penalistas del estado a mil doscientos la hora, se ha afeitado, y lleva cuarenta minutos contestándome con una precisión que no le beneficia en nada.
—Detective—
—Déjeme terminar, señora Auerbach. —Tom no levantó la voz ni una vez en toda la sesión—. Un hombre culpable con el nivel de su cliente no viene. Un hombre inocente con su nivel tampoco viene: manda un escrito de tres párrafos y me obliga a ir yo a Chicago.
Se giró hacia Michael.
—Usted ha venido. Y ha contestado a la pregunta de Victoria Sánchez antes de que su abogada pudiera pararle, cuando de las nueve preguntas que le he hecho hoy esa era la única que podía hacerle daño de verdad.
Auerbach se giró hacia su cliente.
—Michael.
—Está bien, Denise.
—No, no está bien. Te estoy diciendo que—
—Está bien. —Michael no la miró—. Detective Brenner, ¿tiene usted una pregunta concreta?
—Sí.
Tom la había estado guardando cincuenta y un minutos.
—¿Cuándo fue la última vez que habló con su hermano Mason?
Y Michael Kopelman —socio del despacho Brennan, Cole & Whitmore, catorce absoluciones en dieciséis juicios de homicidio, el hombre que en 2013 había hecho caer once palabras de una orden judicial y con ellas un caso entero— hizo la única cosa que Tom no había previsto en ninguno de los cuatro escenarios que había ensayado esa mañana en el coche.
Contestó la verdad.
—El treinta y uno de octubre, a las 11:58 de la mañana —dijo—. Le dejé un mensaje de voz. No me lo cogió.
—¿Qué le dijo?
—Michael. —Auerbach cerró el cuaderno amarillo de golpe.
—Le dije: Mason, se acabó. Ven a casa.
El silencio en la sala A fue absoluto.
Detrás del espejo, Rachel Kim se puso de pie sin darse cuenta de que lo hacía.
—Esta entrevista ha terminado —dijo Auerbach, levantándose y recogiendo el cuaderno—. Michael, arriba. Ahora.
Michael se levantó.
Se abrochó el botón de la chaqueta.
Y en la puerta, con su abogada tirándole del codo, se giró hacia Tom y dijo, con la misma calma quirúrgica con la que había dicho todo lo demás:
—Detective. Puramente como hipótesis académica.
—Michael, no —dijo Auerbach.
—Adelante —dijo Tom.
—Si una persona hubiera cometido cinco homicidios a lo largo de veinte años —Michael hablaba despacio, midiendo cada cláusula, exactamente como habría hablado ante un tribunal—, y si esa persona hubiera contado durante ese tiempo con algún tipo de estructura de contención externa, y si esa estructura se hubiera roto por completo en septiembre de 2019...
Se detuvo.
—¿Qué cree usted que estaría pasando ahora mismo?
Tom lo miró.
—Creo que estaría acelerando.
—Sí —dijo Michael Kopelman—. Yo también.
Y se fue.
Rachel entró en la sala A doce segundos después de que se cerrara la puerta del pasillo.
—¿Se ha dado cuenta de lo que acaba de pasar?
—Me he dado cuenta.
—Detective, ese hombre acaba de entregarle a su hermano. Bajo grabación. Con su abogada delante intentando impedírselo.
—Lo sé.
—Y no lo ha hecho por remordimiento. —Rachel caminaba por la sala de un lado a otro—. Si fuera remordimiento habría venido solo. Habría pedido hablar sin abogada. Habría llorado en algún momento de los cincuenta minutos, y no ha llorado, y no ha temblado, y no ha dudado.
—Entonces por qué.
—Porque ha perdido el control y lo sabe. —Se detuvo—. Ha venido aquí a hacer exactamente una cosa, detective, y ha tardado cincuenta minutos en hacerla: comprobar si usted es lo bastante bueno.
—¿Y?
—Y ha decidido que sí. —Rachel señaló la puerta—.
Ese último párrafo no era una hipótesis académica.
Era un informe de situación. Le acaba de decir que Mason está acelerando y que él ya no puede pararlo, y se lo ha dicho de la única manera en que un abogado puede decir algo así sin autoincriminarse.
Tom miró las nueve fotografías, todavía extendidas sobre la formica gris.
—Rachel.
—Dígame.
—Si Michael sabe que está acelerando... —Tom levantó la vista muy despacio—. ¿Cómo lo sabe?
Rachel se quedó parada en mitad de la sala.
—Ay, Dios —dijo.
—Exacto. —Tom ya estaba recogiendo las fotografías—. Michael no habla con Mason desde hace cinco años. Acaba de decírnoslo bajo grabación y con fecha y hora. Entonces, ¿en qué se basa para saber que está acelerando?
—Porque hay una sexta.
—Porque hay una sexta —dijo Tom, y cogió la chaqueta—. Y todavía no la hemos encontrado.