Capítulo 17
Primer interrogatorio: Marcus
La sala A medía tres metros por tres y medio.
Tom la había elegido a propósito, porque era la más pequeña de las tres y porque no tenía ventana. La sala C tenía una ventana alta que daba al patio interior, y una ventana, por pequeña que sea, le dice al cerebro que existe un afuera.
Mesa de formica gris atornillada al suelo. Dos sillas de plástico. Una cámara en la esquina superior derecha con un piloto rojo que Tom no tapaba nunca, porque quería que se viera.
Marcus Kopelman llegó doce minutos antes de la hora.
Eso fue lo primero que Tom anotó, y lo anotó con interés genuino, porque en diecinueve años había visto llegar tarde a los inocentes por nervios y puntuales a los culpables por disciplina, pero casi nunca antes de tiempo.
Llegar antes de tiempo significa que llevas semanas queriendo venir.
—Doctor Kopelman.
—Marcus, por favor.
Se dieron la mano.
Tom notó la palma fría y ligeramente húmeda, y notó también que Marcus se la secó en el pantalón inmediatamente después, con un gesto rápido, avergonzado.
—Marcus. Antes de nada, tres cosas. No está usted detenido. No está acusado de nada. Y puede levantarse e irse por esa puerta en cualquier momento sin darme ninguna explicación. ¿Lo entiende?
—Lo entiendo.
—Voy a grabar. ¿Le parece bien?
—Sí.
—¿Quiere un abogado? Puedo esperar el tiempo que haga falta.
Y ahí hubo una pausa de medio segundo.
Tom la vio. La vio entera.
—No —dijo Marcus.
Tom pulsó el botón.
—Treinta y uno de octubre de 2024, diez horas cero dos minutos. Detective Thomas Brenner, Departamento de Policía de Oshkosh. Comparece de forma voluntaria y sin asistencia letrada Marcus Kopelman, treinta y siete años, con domicilio en San Francisco, California.
Dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—Marcus, ¿por qué ha venido?
—Porque me lo pidieron.
—Su hermano Michael recibió exactamente la misma petición hace cuatro días y todavía no me ha contestado. Su hermano Mason tampoco. —Tom apoyó los antebrazos en la mesa—. Le pregunto otra vez: ¿por qué ha venido usted?
Marcus se miró las manos.
—Porque ha muerto una compañera de mi instituto.
—Sarah Chen no fue compañera suya. Se graduó tres años antes que usted.
—Del mismo instituto.
—Del mismo instituto, sí. Igual que otras ochocientas personas de las que ninguna ha cogido un avión esta semana.
Silencio.
—Marcus, voy a hacer una cosa poco habitual —dijo Tom—. Le voy a decir exactamente lo que pienso, y después le voy a dejar hablar todo el rato que quiera sin interrumpirle. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Creo que ha venido desde California, en avión, dejando a dos hijos pequeños en casa, para una entrevista voluntaria de una hora sobre una mujer con la que no tenía relación.
Marcus no se movió.
—Y creo que ha llegado doce minutos antes.
Un segundo entero.
—Hábleme de sus hermanos —dijo Tom.
—¿Qué quiere saber?
—Empiece por lo más fácil. ¿Cómo son?
Y ahí Tom lo vio ocurrir.
Marcus se relajó.
Fue completamente físico: los hombros bajaron dos centímetros, la mandíbula se soltó, la respiración se hizo más larga y más profunda. Cambió de postura en la silla. Se echó ligeramente hacia atrás.
Le habían hecho una pregunta que sabía responder. Le habían hecho, por primera vez en veinte años, la pregunta que llevaba veinte años queriendo que alguien le hiciera.
—Michael es el más inteligente de los tres —dijo—. Y no lo digo por modestia ni por afecto, lo digo con precisión técnica: le hicieron un test a los once años, en el colegio, un WISC completo, y sacó una puntuación que asustó a la orientadora hasta el punto de que llamó a mi madre dos veces.
—¿Y eso qué significa en la práctica?
—Que procesa muy rápido. Que ve consecuencias a cuatro o cinco pasos vista mientras el resto de nosotros vemos una. Yo he trabajado con gente muy brillante, detective, en dos universidades. Michael está por encima.
—Vale.
—Y no tiene ninguna intuición moral. —Marcus lo dijo sin dramatismo, como quien menciona un dato clínico—. Cero. Ni buena ni mala: no la tiene. Tiene un sistema moral, que es una cosa completamente distinta.
—Explíquemelo.
—La mayoría de la gente siente que algo está mal antes de poder explicar por qué.
Eso es intuición moral y aparece hacia los cuatro años.
—Marcus junto las manos—. Michael se lo construyó.
A los quince años, con lógica, deliberadamente, como quien construye un puente.
Y funciona. Funciona muy bien la mayor parte del tiempo.
—¿Y el resto del tiempo?
—Que si le cambias un dato de entrada, te da una respuesta completamente distinta. Y no le tiembla la voz. Y no entiende por qué a los demás nos parece raro.
Tom escribía sin mirar el papel.
—Siga. Mason.
—Mason es... —Marcus se detuvo por primera vez en toda la conversación—. Mason es difícil de explicar en una frase.
—Tenemos tiempo.
—Mason mira.
—¿Qué quiere decir?
—Es lo que hace desde que nació. Y lo digo literalmente: desde el día que nació. Mi madre lo cuenta. Salió sin llorar y con los ojos abiertos y estuvo mirando la habitación. —Marcus levantó la vista—. Los otros niños interactúan con el mundo. Mason lo observa.
—Eso no suena tan grave.
—Es que no lo cuento como algo grave. Lo cuento como algo cierto. —Se inclinó un poco—. Y lo observa muy bien, detective. Es la persona más perceptiva que he conocido en mi vida, y llevo veinte años dedicándome profesionalmente a percibir a la gente. Me da vergüenza reconocerlo pero es así.
—¿Y qué es lo que ve?
—Lo que escondemos.
—¿Y qué hace con eso?
Marcus tardó cuatro segundos.
—Depende del día —dijo.
Tom no rellenó el hueco.
Ese era el trabajo, y le había costado once años aprenderlo: no rellenar los huecos. Dejó cuatro segundos más de silencio y no apuntó nada y no cambió de postura.
—Y usted, Marcus. ¿Usted cómo es?
—Yo soy el que se queda mirando.
Salió demasiado rápido.
Salió antes de que él pudiera pararlo, y Tom vio con absoluta claridad el momento en que Marcus se dio cuenta de lo que acababa de decir: los ojos se abrieron una fracción de milímetro y la mano derecha se cerró sobre el borde de la mesa.
—Explíqueme eso.
—No es nada. Es una forma de hablar.
—Marcus.
—Es una expresión. Quería decir que soy el observador de la familia, el que—
—Marcus. —Tom no levantó la voz—. Lleva usted seis minutos en esta sala. Ha dicho unas sesenta frases. Y acaba de decir la única que ha querido retirar.
Silencio.
—¿Qué es lo que se queda mirando?
En la sala contigua, detrás del espejo, Rachel Kim escribió en su libreta, subrayándolo dos veces:
«Se rompe por la identidad, no por los hechos. NO preguntar qué hizo. Preguntar quién es».
—Vamos a cambiar de tema —dijo Tom—. ¿Dónde estaba el catorce de octubre entre las ocho y las once de la noche?
—En mi casa. San Francisco.
—¿Alguien puede confirmarlo?
—Mi mujer estaba en Boston, en un congreso. Los niños ya estaban dormidos. —Marcus tragó saliva—. Ya sé cómo suena.
—¿Cómo suena qué?
—Que no tengo coartada.
—Marcus, yo no le he preguntado por su coartada.
Tom se echó hacia atrás en la silla.
—Le he preguntado si alguien puede confirmarlo. Eso se lo pregunto a todo el mundo. Se lo pregunté al propietario de la cabaña, que tiene setenta y ocho años y estaba en Fond du Lac. Se lo pregunté al cartero.
Marcus cerró los ojos un momento.
—Perdón.
—No pida perdón. Es información útil. —Tom cambió de tono—. ¿Sabe qué es lo que me tiene desconcertado de usted?
—No.
—Que se está defendiendo de acusaciones que nadie le ha hecho.
Marcus abrió los ojos.
—Llevo diecinueve años en esto —dijo Tom—. La gente inocente se enfada. Se ofende. A la media hora me están diciendo oiga, ¿qué está insinuando usted? Y la gente culpable niega, mucho y con detalles, porque cree que los detalles ayudan.
—¿Y yo?
—Usted no está haciendo ninguna de las dos cosas. Usted está haciendo una tercera cosa que veo tres o cuatro veces en toda una carrera.
—¿Cuál?
—Se está adelantando. —Tom apoyó el codo en la mesa—. Lleva veinte minutos contestando la pregunta siguiente.
Marcus no dijo nada.
Tom abrió la carpeta y sacó una hoja, que dejó boca abajo sobre la formica.
—¿Le suena el nombre de Victoria Sánchez?
Marcus se quedó muy quieto.
—Sí.
—¿De qué?
—Fue trabajadora social en el condado. Vino a nuestra casa cuando teníamos siete años.
—Murió en 2008. Robo con violencia. En Appleton.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabe?
—Lo leí en el periódico.
—¿En 2008 usted leía el periódico de Appleton?
Silencio.
—¿Le suena David Chen? —dijo Tom.
—No.
—¿Seguro? Abogado, Milwaukee, murió en diciembre de 2013.
—Seguro.
Y ahí Tom supo dos cosas a la vez.
Supo que Marcus Kopelman acababa de decir su primera mentira de la mañana. Y supo, con esa certeza física que no vale nada delante de un tribunal y lo vale todo dentro de una sala, que no era una mentira sobre lo que sabía.
Era una mentira sobre lo que podía soportar.
—Allison Park —dijo Tom.
—No.
—Jennifer Matthews.
Marcus dejó de respirar.
Duró dos segundos y medio. La caja torácica se detuvo, se quedó arriba, sostenida, y volvió a bajar demasiado despacio, con un control que solo tiene alguien que se está obligando a bajarla.
Tom no dijo nada. Miró.
—¿Marcus?
—Sí.
—¿Le suena Jennifer Matthews?
—Fue... —La voz le salió rara. Carraspeó—. Fue novia de mi hermano. Murió en un accidente de coche. En 2004.
—¿Qué hermano?
—Mason.
—¿Estaba usted en Wisconsin cuando ocurrió?
—Estudiaba en Madison.
—No le he preguntado eso. Le he preguntado si estaba usted en Wisconsin cuando ocurrió.
—Sí.
—¿Vio a su hermano esa noche?
Silencio.
El piloto rojo de la cámara parpadeó una vez, como hacía cada treinta segundos.
—Marcus. ¿Vio usted a su hermano la noche del ocho de noviembre de 2004?
Marcus Kopelman levantó la cara.
Y Tom vio, con una claridad absoluta y para el resto de su vida, a un hombre pasar por delante de una puerta abierta.
Estuvo delante de ella. Miró dentro.
Tom lo vio mirar dentro.
Y después Marcus bajó la vista a la formica gris y dijo, con una voz plana y perfectamente educada:
—Creo que sí quiero un abogado.
Tom se quedó un segundo entero sin moverse.
—Por supuesto —dijo—. Entrevista terminada, diez cuarenta y uno.
Apagó la grabadora.
Y entonces hizo la única cosa en todo aquel caso que no fue estrictamente reglamentaria, y la hizo porque llevaba veintidós años esperando a un hombre como aquel sentado enfrente.
Se levantó. Recogió la carpeta. Fue hasta la puerta.
Y con la mano en el picaporte, sin girarse, dijo:
—Marcus. Fuera de acta.
Marcus no contestó.
—En febrero de 2002 mi hermana apareció muerta en el garaje de la casa de mis padres. —Tom abrió la puerta unos centímetros—. Tenía diecinueve años. Dejaron una nota escrita con su letra, verificada por un perito, dirigida a nuestro padre. Nuestro padre llevaba cuatro años enterrado.
Silencio.
—Lo dije tres veces —siguió Tom—. A tres personas distintas. Y las tres me explicaron, con mucha educación, que el dolor hace cosas raras.
Se giró por fin.
Marcus estaba mirando la mesa.
—He pasado veintidós años sabiendo una cosa que no puedo demostrar —dijo Tom—. Sé exactamente lo que se siente. Es lo único que le voy a ofrecer hoy y no espero nada a cambio.
Salió y cerró.
En el pasillo, Rachel lo estaba esperando con los brazos cruzados y la libreta contra el pecho.
—Eso ha sido muy poco profesional.
—Lo sé.
—Y ha sido lo correcto.
Se puso a su lado y los dos se quedaron mirando la puerta cerrada de la sala A.
—Detective, ese hombre no ha pedido un abogado porque tuviera miedo de usted.
—¿Entonces por qué?
—Porque estaba a punto de decirlo —dijo Rachel—. Y todavía no ha decidido si puede vivir después.
Marcus Kopelman salió del edificio a las 11:04.
No cogió un taxi.
Caminó cuatro manzanas bajo la lluvia sin abrigo, con la chaqueta empapándosele en los hombros, cruzó la avenida en rojo sin mirar y entró en el aparcamiento público de la calle Church.
Se sentó en el coche de alquiler.
Y estuvo cincuenta minutos sin arrancar, con las llaves en la mano.
A las 11:54 marcó un número.
—Michael —dijo—. Voy a hacerlo.
Al otro lado hubo un silencio de cinco segundos.
—¿Dónde estás? —dijo su hermano.
—No.
—Marcus, ¿dónde estás?
—No te lo voy a decir. —Le temblaba la mano que sostenía el teléfono y tuvo que cambiar de oreja—. Te llamo porque durante veinte años tú has sido el que me avisaba a mí. En 2008. En 2014. Siempre tú. Hoy te aviso yo.
—Escúchame—
—Tienes cuarenta y ocho horas.
—Marcus—
—Cuarenta y ocho horas —repitió—. Haz con ellas lo que tengas que hacer.
Colgó.
Y en un despacho de la planta once de un edificio de South Wacker, en Chicago, Michael Kopelman se quedó de pie mirando el teléfono durante casi un minuto.
Después descolgó otra vez y marcó un número que no había marcado en cinco años y dos meses.
No contestó nadie.
Volvió a marcar. Y otra vez. Y a la cuarta saltó un buzón de voz con la voz plana y educada de su hermano pequeño diciendo que dejara un mensaje.
Michael Kopelman —dieciséis juicios de homicidio, catorce absoluciones, el socio más joven en la historia de su despacho— se apoyó en la mesa con las dos manos y dijo, a un buzón de voz, la frase que un fiscal del estado de Wisconsin reproduciría ante un jurado catorce meses más tarde:
—Mason. Se acabó. Ven a casa.