Los Tres Rostros del Crimen Capítulo 16
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Capítulo 16

El problema del ADN

La doctora Imelda Ferraro tenía sesenta y tres años, veintinueve de ellos en genética forense, y llevaba cuatro minutos intentando explicar lo mismo de tres maneras distintas.

—Otra vez —dijo Tom—. Y esta vez asuma que soy idiota.

—No es que sea usted idiota, detective. Es que lo que le estoy diciendo es genuinamente absurdo y su cerebro se resiste, que es exactamente lo que le va a pasar al jurado.

Ferraro giró la pantalla del ordenador.

—Tenemos material genético de la escena.

Y es buen material, que en este oficio es una expresión que uso tres o cuatro veces al año.

Epitelial, recuperado de debajo de la uña del dedo anular derecho de la víctima.

Perfil completo, veinticuatro marcadores.

Sin mezcla, sin degradación relevante, sin contaminación.

—Eso es una noticia magnífica.

—Sería una noticia magnífica si su sospechoso fuera hijo único.

Tom esperó.

Ferraro se quitó las gafas y las dejó sobre el teclado.

—Los gemelos monocigóticos comparten el genoma —dijo—. Se forman a partir de un solo cigoto que se divide. En trillizos monocigóticos, que es lo que usted tiene, el cigoto se divide dos veces. El resultado son tres individuos con el mismo ADN.

—Sé lo que son unos trillizos idénticos, doctora.

—Sabe lo que son socialmente. No sabe lo que significan para mí.

Se inclinó hacia delante.

—Detective, el análisis estándar de STR, que es el que usamos en el noventa y nueve coma algo por ciento de los casos, el que los tribunales de este país aceptan desde 1994 y el que sostiene la mitad de las condenas por homicidio de este estado, no los distingue.

En absoluto. Y no es que le dé una probabilidad baja de distinguirlos.

—Entonces qué.

—Es que le da una coincidencia perfecta con los tres a la vez. Los tres son, para mi máquina, la misma persona.

Tom se quedó mirando el perfil en la pantalla, las columnas de picos que no significaban nada para él.

—¿Y si les tomo una muestra a los tres?

—Le saldrán tres coincidencias perfectas. —Ferraro volvió a ponerse las gafas—. Yo podré subir a un estrado y decir bajo juramento que el material de la escena pertenece a un varón de la familia Kopelman con una probabilidad de error de uno entre varios miles de millones.

—Eso suena bien.

—Y entonces el abogado defensor se pondrá de pie y me hará una sola pregunta.

—¿Cuál de los tres.

—Cuál de los tres. —Ferraro asintió despacio—. Y yo tendré que contestar la verdad delante de doce personas.

—Que es.

—Que no lo sé.

Tom se pasó las dos manos por la cara.

—Existe otra técnica —dijo Ferraro, más despacio—. Antes de que se vaya de aquí pensando que le he arruinado el caso.

—Le escucho.

—Se llama secuenciación de genoma completo con detección de variantes somáticas. La idea es sencilla: después de la separación del cigoto, cada embrión empieza a acumular mutaciones propias. Errores de copia. Muy pocas, pero están. Un puñado en todo el genoma.

—Entonces se puede.

—Se puede. En un laboratorio de investigación, con una muestra de altísima calidad y cantidad, con entre seis y ocho semanas de trabajo, y con un coste que no le voy a decir en voz alta porque le va a doler y porque su capitán no me va a coger el teléfono.

—¿Y?

—Y con una condición que nadie le va a poder garantizar.

—Ferraro levantó el dedo índice—. Que la muestra tenga suficiente material intacto para secuenciar el genoma entero, no solo veinticuatro marcadores.

La suya no lo tiene, detective. Es material epitelial recuperado de debajo de una uña después de tres horas y una noche entera.

Sirve para un perfil estándar. No sirve para esto.

—¿Está segura?

—Se lo puedo poner por escrito.

Tom miró por la ventana al aparcamiento.

—Entonces qué me está diciendo exactamente, doctora. Dígamelo en una frase para que se me quede.

Imelda Ferraro cerró el portátil.

—Le estoy diciendo que su prueba genética le sirve para saber quién fue —dijo—. Y que no le sirve absolutamente de nada para demostrarlo.

Tom condujo las dos horas de vuelta a Oshkosh en silencio, con la radio apagada por costumbre.

Lo que le corroía por el camino no era el problema técnico.

Era otra cosa. Era una sospecha que le había empezado en el despacho de Ferraro, alrededor del minuto once, y que se le fue haciendo más nítida a cada kilómetro:

Que alguien lo había previsto.

Que esto no era mala suerte.

Esa noche, en la sala de reuniones, con las cortinas cerradas y Jenkins ya en su casa, lo dijo en voz alta por primera vez.

—No es solo que sean idénticos —dijo—. Es que lo saben.

Rachel levantó la vista del informe que estaba leyendo.

—Explíquese.

—Michael Kopelman es abogado penalista. —Tom se levantó y fue a la pizarra—. Lleva dieciséis años ganando juicios de homicidio con argumentos de admisibilidad de prueba. No con coartadas, no con testigos: con procedimiento. Es literalmente su especialidad y hay artículos publicados sobre ello.

—Continúe.

—Dieciséis juicios por homicidio, catorce absoluciones. —Golpeó la pizarra con los nudillos—. ¿De verdad vamos a creer que un hombre así no sabe que su propio ADN es indistinguible del de sus hermanos? ¿Que nunca se lo ha planteado en dieciséis años?

—No —dijo Rachel—. No lo vamos a creer.

—Entonces lo sabe. Y lo sabe desde el primer día. Desde antes del primer día. —Tom se giró—. Y si lo sabe...

Rachel dejó el bolígrafo sobre la mesa muy despacio.

—Entonces han vivido veinte años dentro de una protección que no tuvieron que construir —dijo—. Les vino de fábrica.

—Les vino de fábrica.

Tom escribió tres nombres en la pizarra, en horizontal, y trazó una línea entre ellos.

MARCUS. MICHAEL. MASON.

—Ese es el problema real de este caso —dijo—. Y llevo tres horas dándole vueltas y no le veo la salida. No es que yo no sepa cuál de los tres fue. Es que aunque lo sepa, cada uno de ellos es la duda razonable de los otros dos.

—Desarrolle.

—Detengo a uno. —Tom señaló el primer nombre—. La defensa se pone de pie y dice: señores del jurado, este hombre tiene dos hermanos con su mismo ADN y el Estado no puede decirles cuál de los tres estuvo en esa cabaña. Absolución.

—¿Y si los detiene a los tres?

—Peor. La defensa dice: el propio Estado admite que solo uno es culpable y reconoce que no sabe cuál, y les pide a ustedes que condenen a dos inocentes por si acaso. —Bajó el rotulador—. Absolución por triplicado, y encima con aplausos.

Se quedaron mirando la pizarra.

—Salvo que uno hable —dijo Rachel.

—Salvo que uno hable.

—Entonces la pregunta ya no es de laboratorio. Es mía.

—Sí.

Rachel se levantó, se acercó a la pizarra y se quedó un rato delante de los tres nombres con los brazos cruzados.

Después puso el dedo debajo de uno.

—Este.

—¿Por qué Marcus?

—Por tres cosas. —Se giró—. La primera: es el único de los tres que eligió una profesión que consiste, literalmente, en conseguir que la gente diga en voz alta lo que le duele. Un hombre no se hace psicólogo de trauma por casualidad, detective. Se hace psicólogo de trauma porque tiene uno.

—La segunda.

—Consulta gratuita dos tardes por semana desde 2018. He mirado los registros de su colegio profesional en California. —Rachel volvió a la mesa—. Ciento cincuenta y siete pacientes sin cobrar en seis años. Eso son unas mil doscientas horas de trabajo no facturado.

—Podría ser un buen hombre.

—Podría. Es perfectamente posible y me consta que existen. —Se sentó—. O podría estar pagando una deuda.

—¿Y la tercera?

—La tercera es la que me hace estar segura. —Rachel lo miró—. Los otros dos no vinieron cuando les citamos. Michael mandó a su abogada a preguntar por el estatus procesal. Mason no contestó al teléfono.

—Marcus contestó al segundo tono.

—Marcus contestó al segundo tono, dijo que cogía un vuelo y preguntó a qué hora tenía que estar aquí.

—Rachel se echó atrás—. Detective, en mi experiencia, cuando alguien lleva veinte años pagando una deuda que nadie le está reclamando, es porque lo único que quiere en el mundo es que por fin alguien se la reclame.

Tom miró el nombre de la pizarra durante un rato largo.

Después descolgó el teléfono de la mesa.

—Jenkins. —Esperó—. Ya lo sé que es tarde. Cita a los tres hermanos Kopelman. Por separado, el mismo día, con dos horas de diferencia entre uno y otro. —Escuchó—. No. Voluntaria. Que vengan porque quieren venir.

Colgó.

—¿Los tres el mismo día? —dijo Rachel—. Se van a avisar entre ellos. En cuanto salga el primero va a llamar a los otros dos desde el aparcamiento.

—Cuento con eso.

—¿Perdón?

—Cuento con eso —repitió Tom, y cogió la chaqueta del respaldo—. Quiero que hablen. Quiero que se pongan de acuerdo en una versión y quiero que se pongan de acuerdo deprisa y por teléfono.

—¿Por qué?

—Porque la gente que dice la verdad no necesita ponerse de acuerdo, doctora. —Se puso la chaqueta—. Y una historia coordinada entre tres personas siempre tiene una costura. Siempre. Alguno la cose mejor que los otros y ahí es donde se ve.

Rachel lo pensó unos segundos.

—¿Y si no la tiene?

Tom se detuvo en la puerta con la mano en el marco.

—Entonces tendremos un problema serio —dijo—. Porque significará que llevan veinte años ensayándola.