Los Tres Rostros del Crimen Capítulo 20
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Capítulo 20

El hombre que nadie echó de menos

Tom volvió a subir las escaleras y ya sabía por dónde empezar.

—Rachel. Si hay una sexta, ¿quién es?

—Es pronto para—

—No es pronto. Llevamos cuatro días de retraso y acabo de dejar salir por esa puerta a un hombre que ha matado a cinco personas.

Fue a la pizarra y cogió el rotulador.

—Tenemos cinco. —Escribió mientras hablaba—. Jennifer Matthews, la exnovia. Victoria Sánchez, la trabajadora social. David Chen, el abogado que iba a inhabilitar a Michael. Allison Park, testigo del caso Harrison. Sarah Chen, la abogada del caso Harrison.

Golpeó la pizarra con el canto del rotulador.

—Tres de los cinco orbitan alrededor de lo mismo.

—El caso Harrison.

—El caso Harrison. —Trazó un círculo que englobaba tres nombres—. Y dentro de ese caso hay exactamente una persona que sigue viva y a la que Mason Kopelman debería tener más ganas que a ninguna otra en el mundo.

Rachel se puso de pie muy despacio.

—Bradley Harrison.

—Bradley Harrison.

Tom ya estaba descolgando el teléfono.

—Jenkins. Necesito localización actual de Bradley Alan Harrison, nacido en torno a 1979, registro de delincuentes sexuales del estado de Wisconsin. Ahora mismo, no dentro de una hora.

Colgó.

—Detective —dijo Rachel—. Si va a por Harrison, no encaja.

—¿Por qué no?

—Porque Harrison es el culpable evidente.

Rachel se acercó a la pizarra y se quedó delante del círculo.

—Piénselo. Todo lo que ha hecho este hombre en veinte años ha sido ir a por gente que el sistema considera inocente.

—Fue señalando—. Una trabajadora social que cerró un expediente.

Un abogado que escribió un artículo de cinco páginas.

Una letrada que ganó una moción. Una chica de veintidós años que rompió con él.

—Vale.

—Ninguno de ellos cometió un delito, detective. Ni uno. Ese es el patrón entero y es lo único coherente de todo el caso: Mason Kopelman mata a personas a las que nadie más considera culpables. Esa es su tesis. Esa es toda su tesis.

Tom se detuvo con la mano todavía sobre el teléfono.

—Entonces Harrison no le sirve.

—Harrison no le sirve para nada. —Rachel se giró—.

Matar a un violador convicto no demuestra su tesis.

La destruye. Cualquiera mataría a Bradley Harrison, detective.

La mitad de los jurados de este estado le darían las gracias.

Eso no es una acusación contra el mundo: es un linchamiento normal y corriente y no significa nada.

El teléfono sonó a las 12:14.

—Brenner.

—Soy Jenkins. Bradley Alan Harrison, cuarenta y cinco años. Registro activo desde 2003, con obligación de comparecencia cada catorce días. Última dirección verificada: el Lakeview Extended Stay de Beloit, habitación 118, un motel de larga estancia de esos donde la gente vive por semanas.

—Bien. Dame la comparecencia más reciente.

—Ahí está el problema. —Jenkins bajó la voz—. Su última comparecencia fue el dieciocho de octubre. La siguiente le tocaba el primero de noviembre. No apareció.

Tom miró el reloj de la pared.

—¿Y qué se hizo?

—Se abrió un aviso administrativo.

—¿Y?

—Y nada, Tom. —Se oía a Jenkins pasar páginas—. Es un incumplimiento de registro. Le mandan una carta certificada a la última dirección. Si en treinta días no responde, un juez firma una orden. Eso es todo. Nadie va a buscarlo. Nadie llama a nadie. La carta salió el lunes.

—Llevamos diecinueve días.

—Llevamos diecinueve días.

Tom colgó despacio y se quedó mirando la pared.

—Diecinueve días —repitió Rachel, en voz baja—. Detective, si se lo llevó el mismo día que faltó a la comparecencia, ese hombre lleva diecinueve días con él.

—Usted acaba de decirme que Harrison no le sirve.

—He dicho que no le sirve como víctima.

Rachel se sentó despacio en el borde de la mesa.

—Ay, Dios.

—¿Qué?

—Que no lo quiere como víctima. —Levantó la cara—. Lo quiere como testigo.

La orden de registro del domicilio de Mason Kopelman se firmó a las 17:50 de aquel mismo día por una jueza de guardia del condado de Dane que hizo cuatro preguntas y no puso ninguna pega.

Entraron a las 19:20.

El apartamento estaba vacío y limpio.

No vacío de muebles: vacío de vida. Sin ropa en el armario salvo tres perchas desnudas. Sin comida en la nevera salvo un bote de mostaza. Sin papeles, sin extractos, sin facturas, sin fotografías.

La cama estaba hecha con las esquinas metidas.

El gato, Nueve, estaba en casa de la vecina del 2B desde hacía nueve días, con dos meses de comida pagados por adelantado, la cartilla veterinaria al día y una nota:

«Wanda: me tengo que ir. Vuelvo o no vuelvo. Si no vuelvo, quédeselo, ya está todo pagado. Se llama Nueve y le gusta la ventana de la cocina por las tardes. Gracias por el libro de los pájaros. M.»

Wanda Kaminski, setenta y nueve años, leyó esa nota en voz alta en un tribunal el 13 de marzo de 2025 y tuvo que parar dos veces.

El detalle del gato —la comida pagada, la cartilla al día, la ventana de la cocina por las tardes— fue lo que le heló la sangre a Tom más que ninguna fotografía de todo el caso.

Porque significaba dos cosas a la vez, y las dos eran malas.

Que sabía que no iba a volver.

Y que le importaba el gato.

El trastero del sótano, alquilado desde 2011 a nombre de una sociedad de responsabilidad limitada de Delaware constituida por Michael Kopelman, tardaron cuatro minutos en abrirlo con una cizalla.

Metro y medio por dos. Sin luz propia. Un estante metálico vacío.

Y en el suelo, una caja de plástico gris de las de guardar ropa de invierno, con la tapa puesta.

La abrieron con la cámara grabando.

Dentro había once objetos.

Cada uno dentro de una bolsa de congelación transparente, cerrada, con el aire sacado. Cada bolsa con una etiqueta adhesiva blanca escrita a mano con letra pequeña y regular.

Estaban ordenados por fecha.

Una tarjeta de biblioteca del condado de Dane, plastificada, a nombre de Jennifer L. Matthews. Etiqueta: «Jennifer Matthews. 8-XI-2004».

Un reloj de mujer, de correa metálica, parado. Etiqueta: «Victoria Sánchez. 9-VIII-2008».

Un par de pendientes pequeños, de oro. Etiqueta: «Victoria Sánchez. 9-VIII-2008».

Un bolígrafo de despacho, azul, con el logotipo de una clínica jurídica de Milwaukee. Etiqueta: «David Chen. 3-XII-2013».

Una pulsera de identificación hospitalaria, cortada, del hospital Bellin de Green Bay. Etiqueta: «Allison Park. 2-IX-2019».

Y la sexta.

La sexta fue la que hizo que Tom Brenner apoyara una mano en la pared de hormigón del sótano.

Una placa de identificación de metal, oxidada, de unos ocho centímetros, con un número grabado a golpe:

4-118.

La etiqueta decía:

«Michelle Wolcott. Nadie fue».

Nadie dijo nada durante unos segundos. Se oía el zumbido del fluorescente del pasillo del sótano.

—Detective —dijo la técnica de escena, que estaba de rodillas junto a la caja—. Hay algo debajo. El fondo es falso.

Levantó una lámina de plástico gris del mismo color que el resto de la caja, cortada a medida.

Debajo había un disco duro externo de dos terabytes, negro, con el cable enrollado alrededor.

Y encima, sujeta con una goma elástica de las de oficina, una hoja de papel doblada en cuatro.

Tom la desdobló con la punta de un bolígrafo.

Dos palabras, en el centro de la hoja, con la misma letra pequeña y regular:

PARA brENNER.

El fluorescente zumbaba.

—Sabía que veníamos —dijo Rachel.

—Sabía que veníamos —dijo Tom—. Y llevaba sabiéndolo desde agosto.