Interludio
Sarah Chen, la última semana
Sarah Chen no quería ir a Oshkosh.
Llevaba tres semanas buscando la forma de no ir. Había intentado que fuera un asociado, había intentado moverlo a la sesión de primavera y había intentado, el jueves anterior, inventarse un conflicto de agenda que su propia secretaria desmontó en catorce segundos.
—Tiene usted la semana entera libre.
—Tengo la revisión del caso Bergstrom.
—El caso Bergstrom se cerró en agosto.
Sarah Chen suspiró.
—Resérveme el hotel —dijo.
Tenía cuarenta y ocho años. Era socia directora del área penal de un despacho de ciento diez abogados en South Wacker. Había estado en tres portadas de revistas del sector, la última en 2022, con un traje que odiaba y una postura que le había costado cuarenta minutos.
Se había divorciado dos veces. La primera en 2007, de un arquitecto. La segunda en 2018, de otro abogado, lo cual, según le dijo su hermana Wendy en la única conversación sincera que tuvieron sobre el tema, «era previsible desde el primer día, Sarah, hasta para mí, y yo vivo en Arizona».
No tenía hijos. Lo había decidido en 2004 y no se había arrepentido nunca, y estaba cansada de que la gente diera por hecho que sí.
El lunes 7 de octubre trabajó once horas.
El martes, doce.
El miércoles salió a las siete y media y fue al cine sola a ver una película que no le gustó, y se fue a los cuarenta minutos, y se compró un helado en la calle Clark y se lo comió andando, y aquella noche durmió ocho horas, cosa que no le pasaba desde julio.
El jueves 10 de octubre, a las 16:20, le devolvió la llamada a su hermana.
Fue la última conversación de las dos y duró seis minutos.
Wendy le contó que su hija menor había entrado en un equipo de natación. Sarah le contó que tenía que ir a Wisconsin a dar una ponencia sobre inteligencia artificial y descubrimiento de prueba, y que había escrito nueve páginas y no le convencía ninguna.
—¿Y de qué va?
—De que las máquinas van a poder leer cuatro millones de documentos en una tarde y de que eso va a cambiarlo todo.
—Suena bien.
—Suena a que dentro de diez años nadie va a poder esconder nada —dijo Sarah—. Y no sé si eso es bueno.
—¿Por qué no iba a ser bueno?
Sarah Chen se quedó un momento con el teléfono en la oreja, mirando por la ventana de la planta veintidós.
—Porque me he pasado la vida buscando lo que la gente escondió mal —dijo—. Los cuarenta minutos. La firma tardía. El sello que falta. —Se rió sin ganas—. Si las máquinas lo encuentran todo, yo no sirvo para nada.
—Sarah, tú no buscas eso.
—Sí que busco eso, Wendy. Es literalmente lo que hago.
Hubo un silencio de esos.
—Te tengo que dejar —dijo Sarah—. Te llamo el domingo.
—Vale.
No la llamó el domingo.
El viernes 11 hizo algo que quedó registrado en el sistema del despacho y que a Tom Brenner le costó cuatro días entender.
A las 21:40 de la noche, desde su terminal, Sarah Chen abrió el archivo digitalizado del caso Estado contra Harrison.
Era un expediente de 2003, escaneado en 2011 durante una migración de archivos, y desde entonces nadie lo había abierto.
Estuvo dentro cincuenta y un minutos.
No imprimió nada. No descargó nada. No envió ningún correo.
Solo lo leyó.
Y a las 22:31 lo cerró y se fue a casa.
Tom Brenner encontró ese registro el 21 de octubre y lo miró durante mucho rato.
Porque no encajaba con nada.
Nadie sabía todavía que Mason Kopelman había solicitado esa misma transcripción en agosto.
Nadie sabía que la había recibido el 1 de septiembre.
Y nadie iba a saber nunca por qué Sarah Chen, un viernes por la noche, tres días antes de morir, se quedó cincuenta y un minutos leyendo el caso que la había hecho famosa.
—Es una coincidencia —dijo Jenkins.
—Puede ser.
—Tom, la gente relee sus casos.
—Veintiún años después no.
Rachel Kim tenía otra teoría y no la dijo hasta enero.
—Creo que alguien le habló de él.
—¿Cómo?
—Creo que alguien la contactó antes. Por correo, por teléfono, en una de esas jornadas. Alguien le mencionó el nombre de Michelle Wolcott y ella no le dio importancia en el momento, y tres días después se sentó a mirarlo.
—Eso no lo podemos probar.
—No —dijo Rachel—. Pero explicaría dos cosas.
—¿Cuáles?
—Por qué abrió el expediente un viernes por la noche. —Rachel lo miró—. Y por qué se subió a un coche voluntariamente riéndose con alguien a quien reconoció.
El lunes 14 de octubre, Sarah Chen condujo tres horas hasta Oshkosh.
Llegó al hotel Riverside a las 15:40. Se registró en la habitación 412. Deshizo la maleta.
A las 18:00 asistió a la sesión inaugural.
A las 19:30 cenó en una mesa larga con once colegas y una ponencia insufrible de fondo, y se tomó dos copas de un Cabernet mediocre y dijo tres veces que estaba cansada.
A las 20:15 salió al vestíbulo a llamar a su hermana, que no le cogió el teléfono.
Wendy Chen estaba en la ducha.
Vio la llamada perdida a las nueve menos veinte y decidió devolvérsela al día siguiente, porque eran las ocho y cuarto en Wisconsin y las seis y cuarto en Arizona y su hija tenía entrenamiento.
Esa es la parte con la que Wendy Chen vive.
En la habitación 412 del hotel Riverside, la policía encontró una maleta a medio deshacer, un neceser, un cargador de móvil y nueve folios grapados sobre el escritorio.
Era la ponencia.
Estaba corregida a mano, en rojo, con la letra rápida de alguien que trabaja de pie.
En el margen de la página siete, junto a un párrafo sobre la capacidad de los sistemas automatizados para detectar irregularidades procesales en archivos históricos, Sarah Chen había escrito cuatro palabras que nadie ha sabido nunca cómo interpretar y que Tom Brenner tiene enmarcadas en su despacho de asesor, en una fotocopia, junto a una hoja de una libreta verde:
«¿Y si hubiera mirado?»