Capítulo 15
Lo que había debajo del muelle
Estaba de pie junto a la ventana de la sala de reuniones, con un café de máquina y la grabación del hotel congelada en el portátil, en el fotograma exacto de la mano izquierda.
—Detective Brenner.
—Soy Ana Villareal, sargento del Departamento del Sheriff del condado de Racine. Me han pasado su solicitud de anoche.
—¿Cuál de ellas? Mandé tres.
—La de exhumación de una parcela común del cementerio municipal. —Ruido de papeles—. Detective, antes de seguir necesito preguntarle una cosa. ¿Usted cómo supo que había que mirar ahí?
Tom se sentó en el borde de la mesa.
—No lo supe —dijo—. Lo dedujo el asesino y yo fui detrás de él.
—Explíquemelo.
—Sarah Chen defendió a un violador en 2003.
La víctima era una chica de diecinueve años, Michelle Wolcott.
Después del juicio, Michelle desapareció del mapa administrativo del estado.
—Tom se pasó la mano por la cara—. Llevo tres días buscándola porque quien mató a Sarah Chen la buscó primero.
Y si él la encontró, sargento, yo puedo encontrarla.
Al otro lado hubo un silencio de varios segundos.
—La encontramos ayer a las cuatro de la tarde —dijo Villareal—. Pero no en el cementerio.
Tom se puso de pie.
—¿Perdón?
—La tumba de indigente número 4-118 está registrada a nombre de una mujer no identificada recuperada del lago en marzo de 2016.
Eso es lo que hay en el papel. —Ruido de páginas otra vez—.
Ayer abrimos esa parcela porque su solicitud venía firmada por un fiscal y porque a mi capitán le pareció más fácil cavar que discutir con un detective de Oshkosh a las once de la noche.
—¿Y?
—Y encontramos el ataúd exactamente donde tenía que estar. En su cuadrícula, a la profundidad correcta, con la placa de identificación en su sitio. —Una pausa—. Y estaba vacío.
Tom no dijo nada.
—Detective, ¿sigue ahí?
—Sigo aquí.
—El terreno está intacto. Es hierba de ocho años, con raíz. No hay señales de excavación reciente en un radio de veinte metros. Sea lo que sea que pasó, pasó en el momento del enterramiento o muy poco después.
—¿Y dónde está ella?
—Ahí es donde se pone feo.
Tom oyó cómo la sargento cerraba una puerta al otro lado de la línea.
—Anoche a las 23:32 recibimos un aviso al 911.
Voz masculina, teléfono de prepago comprado en efectivo, cuarenta y un segundos de duración.
Dio unas coordenadas debajo de un muelle derrumbado en la orilla sur del embarcadero viejo.
—Bajó la voz—. Enviamos una unidad a las seis de la mañana. Acabamos de sacar restos humanos.
—¿Cuántos?
—Uno. Femenino. Adulto joven. Envuelto en lona industrial y sujeto con cadena a un pilar de hormigón sumergido.
—Otra pausa—. Detective, la lona es nueva.
La cadena es nueva. El candado es nuevo y tiene el precinto de la marca todavía.
Quien la puso ahí no la puso en 2016. La puso hace tres o cuatro semanas.
Tom cerró los ojos.
—La sacó de la tumba —dijo.
—¿Cómo dice?
—La sacó de la tumba y la volvió a poner donde alguien tuviera que encontrarla. —Abrió los ojos—. Sargento, ¿en el aviso dijo algo más? ¿Tiene la transcripción?
—La tengo delante.
—Léamela. Entera. Palabra por palabra.
Ruido de teclas.
—«Debajo del muelle sur del embarcadero viejo, a doce metros de la orilla, atada al segundo pilar.
Se llamaba Michelle Wolcott. Tenía diecinueve años cuando la agredieron y veintinueve cuando la mataron.
Estuvo siete años en una tumba con un número por nombre a cincuenta y cuatro minutos en coche de la casa de su madre.
Nadie la buscó y eso también es un delito, solo que no está en ningún código».
—Villareal se detuvo—. Fin de la llamada.
No hubo respuesta a las preguntas del operador. Colgó él.
Tom se quedó de pie en medio de su despacho, con el teléfono pegado a la oreja, mirando la pizarra blanca sin verla.
—Detective.
—Sí.
—Esto no es una confesión —dijo Ana Villareal.
—No.
—Entonces qué es.
—Es una acusación —dijo Tom—. Nos está acusando a nosotros.
Rachel Kim llegó a Oshkosh esa misma tarde.
Tom no la había pedido.
La había pedido el capitán Nowak, y la había pedido por el motivo que Tom más detestaba en el mundo: porque el caso empezaba a tener prensa, porque el Journal Sentinel había publicado una pieza a doble página el domingo, y porque tener a una psicóloga forense en el equipo quedaba bien en una rueda de prensa.
Se presentó en la sala de reuniones a las cinco menos cuarto, con un maletín rígido y dos vasos de café que había comprado en la cafetería de enfrente.
Le puso uno delante.
—Solo negro —dijo—. Nadie que duerma en su oficina le pone leche al café.
Tom la miró.
—¿Quién le ha dicho que duermo aquí?
—Nadie. —Dejó el maletín en el suelo y se quitó el abrigo—.
Hay una manta doblada encima del archivador, hay un cepillo de dientes en el vaso del lavabo del pasillo y usted lleva la misma camisa que en la foto de la rueda de prensa de anteayer.
Es una camisa muy reconocible, detective. Tiene una raya azul.
Tenía cuarenta y un años. Era profesora asociada en Marquette y había trabajado en catorce casos de homicidio en once años, tres de ellos en Illinois.
Tom lo sabía porque había leído su expediente aquella mañana en veinte minutos con la intención expresa y consciente de encontrar un motivo para rechazarla.
No lo había encontrado.
—Le voy a ahorrar tiempo —dijo Tom—. No creo en los perfiles.
—Perfecto. Yo tampoco.
—¿Perdón?
—Los perfiles psicológicos aplicados a la identificación de sospechosos tienen una tasa de acierto que oscila entre lo mediocre y lo vergonzoso, y hay literatura de sobra sobre ello desde los años noventa.
—Rachel se sentó y abrió el maletín—. Yo no vengo a decirle si el asesino vive con su madre o si orina de pie.
Vengo a decirle qué le pasa por dentro a la persona que hizo esto, porque eso sí sirve para predecir lo que va a hacer a continuación.
—¿Y va a hacer algo a continuación?
—Va a hacer algo a continuación. Eso téngalo por seguro.
Tom se quedó callado unos segundos.
Después, muy despacio, retiró la silla de enfrente y se sentó también.
—Vale —dijo—. Dígame qué le pasa por dentro.
Rachel extendió las fotografías de la cabaña sobre la mesa, en orden, y las giró hacia él.
—Primero, lo que no es —dijo—. Esto no es sadismo sexual. No hay componente erótico en ninguna parte de esta escena: no hay desnudez ritualizada, no hay posicionamiento, no hay contacto. Y eso, estadísticamente, es rarísimo en un homicidio de tres horas de duración.
—Vale.
—Tampoco es ira. La ira desordena. La ira rompe cosas que no hacía falta romper y deja huellas de esfuerzo. Aquí no hay una sola cosa desordenada, detective: hay cuarenta y una velas colocadas con los lados paralelos a las paredes.
—¿Y psicosis?
—Tampoco. —Rachel señaló—. Y esto es importante, porque va a ser lo primero que alegue la defensa. Las velas no forman un símbolo. No hay pentagrama, no hay círculo, no hay cruz, no hay nada. Forman un rectángulo. Y un rectángulo no significa nada. Solo ilumina.
—Entonces qué es.
Rachel apoyó el dedo índice en la fotografía de la mesa.
—Es un juicio.
Tom levantó la vista.
—Mire la disposición —dijo ella—. La víctima está colocada en el centro, elevada, inmovilizada y obligada a mirar.
Los párpados no se fijan por crueldad, detective.
Se fijan porque necesita que ella vea. —Pasó a la siguiente foto—.
Y las heridas son progresivas y ordenadas porque son un procedimiento, no un desahogo.
Hay una escala. Hay una gradación. Alguien estaba llevando la cuenta.
—¿La cuenta de qué?
—Del tiempo que ella tardaba en admitir algo. —Se echó hacia atrás—. Esta persona no estaba castigando a Sarah Chen. Estaba celebrando un proceso contra ella. Con acusación, con presentación de pruebas, con interrogatorio y con sentencia escrita en la frente.
—MENTIRA. VERDAD.
—El veredicto —dijo Rachel—. Literalmente el veredicto. Dos opciones, una tachada.
Tom miró las fotos un rato largo sin decir nada.
—¿Y el segundo cuerpo? —preguntó al final—. ¿La chica del muelle?
—Eso es lo que me tiene preocupada de verdad.
Rachel entrelazó los dedos sobre la mesa.
—Detective, sacar a una víctima de una tumba anónima, trasladarla, ocultarla en un sitio distinto y después llamar a la policía para que la encuentren no aporta absolutamente nada a su seguridad.
Al contrario: multiplica el riesgo por diez.
Es la parte de todo esto en la que más probabilidades tenía de que lo cogieran.
—Entonces por qué.
—Porque quiere que alguien entienda el argumento completo. —Lo miró—. Esta persona ha pasado años matando y escondiéndolo bien. Y de golpe, este año, ha empezado a exponer. Eso no es escalada de violencia, detective. Es escalada de comunicación. Está intentando que le lean.
—¿Y qué pasa cuando alguien deja de esconderse?
—Que empieza el reloj —dijo Rachel—. Porque la única forma de que un mensaje se complete es que alguien lo reciba. Y cuando él llegue a la conclusión de que ya lo hemos recibido, va a necesitar un último acto que no se pueda ignorar.
Se quedaron callados los dos.
Fuera se había puesto a llover otra vez, esa lluvia fina de octubre en Wisconsin que no moja pero que no para.
—Detective —dijo Rachel—. Antes de seguir necesito preguntarle una cosa, y necesito que no se ofenda.
—Adelante.
—¿Por qué este caso?
—Es mi jurisdicción.
—No le he preguntado eso.
Tom la miró.
—He leído su expediente igual que usted ha leído el mío —dijo Rachel, sin apartar los ojos—.
Diecinueve años de servicio y cero bajas por enfermedad, lo cual no es dedicación, es evitación, y cualquier psicóloga que le diga otra cosa le está haciendo la pelota.
Y anteayer solicitó al condado de Milwaukee el expediente completo de un suicidio de 2013 que no tiene ninguna conexión probada con este caso.
Tom no contestó.
—Se lo pregunto porque voy a trabajar con usted —dijo ella, más suave—. Y prefiero saber ahora dónde está su punto ciego que descubrirlo en el peor momento posible.
Tom estuvo mucho rato sin decir nada.
La lluvia repiqueteaba en el alféizar.
Después se levantó, fue hasta el archivador, abrió el cajón de abajo del todo y sacó una carpeta fina, muy gastada en los bordes, con la esquina superior derecha doblada de tantas veces abierta.
No tenía número de caso.
La dejó sobre la mesa, delante de ella.
—Se llamaba Sarah —dijo—. Como ella. Tenía diecinueve años, como la chica del muelle. Y dejó una nota escrita a mano dirigida a nuestro padre.
Rachel abrió la carpeta.
—Nuestro padre llevaba cuatro años muerto —dijo Tom.