Los Tres Rostros del Crimen Capítulo 14
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Capítulo 14

El año en que Mason dejó de esconderse

Marcus le mandó un mensaje a las nueve de la mañana: «Felicidades. Un abrazo». Michael le mandó otro a las once y cuarenta: «Felicidades». Sin punto final.

Eleanor lo llamó por la tarde y hablaron ocho minutos.

—Sigue ahí lo del canalón —dijo Eleanor.

—Ya.

—Desde 2008.

—Lo sé, mamá.

—No te lo digo por eso.

—Ya lo sé.

Mason colgó, se sentó en el borde de la cama y estuvo dos horas sin moverse.

El gato subió, se le puso encima de las rodillas y se durmió, y él no lo tocó ni una vez.

Lo que pasó aquel año no fue una escalada.

Fue lo contrario.

Fue un desmontaje.

En febrero dejó de correr.

Llevaba dieciséis años corriendo ocho kilómetros cada mañana por el paseo del lago Mendota, en invierno con dos capas térmicas y frontal, y una mañana simplemente no se levantó a las 6:40.

A la semana siguiente tampoco.

En marzo cambió las zapatillas de sitio: las metió en el armario del pasillo, debajo de una caja, para no verlas al salir.

En abril dejó su trabajo.

Escribió un correo de tres líneas y dio dos semanas de preaviso.

Su jefa de equipo, una mujer de Denver llamada Corinne Baptiste que solo lo había visto por videollamada en cuatro años, le contestó a los once minutos pidiéndole que se lo pensara, que le mejoraba el salario un veinte por ciento y le daba dos meses sabáticos, y que era el mejor ingeniero de sistemas que había tenido nunca.

Mason contestó: «Gracias, Corinne. No es por el trabajo».

Y ella no volvió a escribir, porque hay respuestas que se entienden.

Corinne Baptiste declaró por videoconferencia en marzo de 2025 y tuvo que parar dos veces.

En mayo empezó a leer sobre sí mismo.

Esa es la parte que Rachel Kim consideraría clínicamente más importante de todo el caso, y la que Tom Brenner encontraría, meses después, en el historial del navegador de un portátil incautado en un trastero de metro y medio por dos.

Cuatrocientas once búsquedas entre el 3 de mayo y el 28 de septiembre de 2024.

Manuales de psiquiatría forense. Artículos de revistas indexadas sobre trastorno antisocial de la personalidad. Entrevistas con criminólogos. Actas de congresos. Tres tesis doctorales completas descargadas en PDF.

Y, en cuarenta y una ocasiones, publicaciones firmadas por M. Kopelman, doctor en Psicología Clínica.

Mason leyó todo lo que su hermano había publicado en veinte años.

No buscaba cómo no ser detectado.

Ese fue el detalle que a Rachel Kim le heló la sangre cuando revisó el historial: ni una sola búsqueda sobre técnicas forenses, sobre ADN, sobre procedimiento policial. Ni una.

Buscaba un nombre.

El 12 de junio le escribió a Marcus.

Fue el único mensaje largo que su hermano recibió de él en cinco años, y Marcus lo conservó, y en noviembre lo entregaría impreso a la policía con las manos temblando tanto que se le cayó al suelo del despacho de Tom Brenner.

«Marcus.

Llevo dos meses leyendo tus cosas. Los papeles que publicas y los libros que citas. También el capítulo del manual de 2019, que está muy bien y que supongo que nadie te ha dicho que está muy bien.

He leído todo lo que he encontrado sobre lo que soy, que es bastante más de lo que pensaba, y he llegado a una conclusión que creo que ni tú ni yo esperábamos.

No hay nada roto.

Toda la literatura da por supuesto que hay un daño. Una lesión, un trauma, un déficit, una privación temprana, un golpe en la cabeza a los seis años. Que en algún momento algo se estropeó y lo que queda es el hueco.

Y yo he buscado mi hueco durante veinte años, Marcus. Con seriedad. He buscado el momento exacto en que se rompió algo.

No existe.

No me pasó nada que no os pasara a vosotros dos.

La misma casa. El mismo padre. La misma madre en la misma cama con las mismas cortinas cerradas.

El mismo colegio, la misma maestra, el mismo bosque.

El mismo ADN hasta el último par de bases: lo he mirado, hay artículos sobre trillizos monocigóticos y somos el caso de manual.

Y tú te dedicas a curar gente. Y Michael a sacarla de la cárcel. Y yo hago lo que hago.

Eso significa una de dos cosas. O es aleatorio, que es insoportable y además convierte a todo el mundo en una moneda al aire.

O yo no soy un error del sistema.

Soy una opción del sistema.

Llevo treinta y siete años escondiéndome de una cosa que no es una enfermedad. Y no pienso seguir haciéndolo.

No me llames.

M.»

Marcus lo llamó nueve veces esa noche.

La primera a las 21:14. La última a las 03:41.

Mason no contestó ninguna, y no volvió a escribirle nunca más.

El 3 de julio, Mason condujo a Chicago.

Aparcó en un aparcamiento público de la calle Monroe y se sentó en una cafetería de la acera de enfrente del edificio del despacho de su hermano, junto a la ventana, durante cuatro horas y diez minutos.

Pidió un café y después un té y después nada.

No entró.

Michael no lo vio nunca y no supo que había estado ahí hasta que se lo enseñaron en un tribunal.

Pero una cámara de tráfico de la esquina de Wacker con Monroe registró su coche entrando en el aparcamiento a las 10:52, y una cámara de la propia cafetería lo registró saliendo a las 15:04, y esas dos imágenes serían, el 12 de marzo de 2025, la prueba número 44 de la acusación contra Michael Kopelman.

No probaron absolutamente nada.

El jurado no se puso de acuerdo.

El 19 de agosto, Mason localizó a Sarah Chen.

No fue difícil. Su despacho tenía web, su web tenía biografía, y su biografía tenía tres casos destacados. Uno de ellos era el Estado contra Harrison.

Le llevó once minutos.

Lo que sí requirió tiempo —seis semanas, según reconstruyó Tom Brenner en diciembre a partir de solicitudes de archivo, peajes y una tarjeta de biblioteca— fue lo otro.

Encontrar a Michelle Wolcott.

Porque Mason Kopelman no quiso matar a Sarah Chen por lo que había hecho.

Quiso matarla por lo que le había pasado a la chica de la que ella se había olvidado.

Y para eso primero tenía que encontrarla.

Tenía que averiguar que Michelle Wolcott había dejado la universidad en 2004.

Que se había mudado tres veces en cuatro años, a Kenosha, a Beloit y a Racine.

Que había trabajado en dos residencias y en un almacén.

Que en marzo de 2016 había desaparecido de todos los registros administrativos del estado de Wisconsin.

Y que nadie —ni su familia, ni la policía de tres condados, ni la abogada que la había destrozado en una sala en 2003— había ido a buscarla.

Solicitó registros por escrito. Once solicitudes en seis semanas. Pagó las tasas con giro postal.

Cruzó tres bases de datos de personas no identificadas.

Y el 24 de septiembre de 2024 encontró un registro de enterramiento de indigente en el cementerio municipal de Racine, correspondiente a una mujer no identificada recuperada del lago el 17 de marzo de 2016, sin ficha dental disponible, sin coincidencias.

Tumba 4-118.

Fue esa misma tarde.

Se quedó de pie delante de aquella placa de metal oxidada, en la parcela común, detrás del seto mal podado, durante cuarenta minutos.

Un jardinero del cementerio lo vio y lo recordó, y lo declaró en 2025, y dijo que le había extrañado porque en la parcela común no va nunca nadie, y que el hombre no lloraba ni rezaba ni hacía nada.

Solo estaba de pie.

Y ese fue, según reconstruiría Rachel Kim en el informe pericial que hizo llorar a dos miembros del jurado, el momento exacto en que aquel caso dejó de ser un caso de asesinato en serie y se convirtió en otra cosa mucho más difícil de mirar:

«El sujeto no seleccionó a la víctima final por impulso ni por acceso ni por oportunidad. La seleccionó tras un proceso de investigación documental de seis semanas, motivado por una injusticia real, verificable y no reparada.

Esto no lo hace menos culpable.

Lo hace más peligroso.

Un asesino que solamente desea matar es un problema de contención.

Un asesino que además tiene razón sobre algo es un problema de sociedad».

El 14 de octubre de 2024, a las 20:15, Sarah Chen salió del hotel Riverside de Oshkosh, donde asistía a unas jornadas del Colegio de Abogados del estado.

Llevaba abrigo azul marino y no llevaba paraguas.

Se subió a un coche voluntariamente.

La cámara del vestíbulo del hotel, una unidad de baja resolución instalada en 2017 y nunca actualizada, grabó los últimos once segundos en los que Sarah Chen estuvo viva en un lugar público.

Una mujer de cuarenta y ocho años, con abrigo azul marino, riéndose de algo que le acaba de decir un hombre al que claramente reconoce.

Tom Brenner vio esa grabación cuarenta y una veces.

La vio en el ordenador de la sala de reuniones, y en su portátil, y en el móvil a las cuatro de la mañana, y con Jenkins, y con Rachel, y solo.

Y en la número cuarenta y dos, a las 04:12 de la madrugada del 22 de octubre, con el edificio vacío y las cortinas cerradas, se dio cuenta de una cosa que llevaba una semana entera delante de los ojos.

El hombre de la grabación tenía la cara girada. No se le veía. Nunca se le vio.

Pero sostenía la puerta con la mano izquierda.