Los Tres Rostros del Crimen Capítulo 13
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Capítulo 13

Los cinco años

Cinco años de nada, repartidos entre tres hombres que compartían un genoma y que dejaron de hablarse el mismo mes.

Y esa nada es la parte del caso que más costó reconstruir, porque no dejó rastro: no hay expedientes, no hay llamadas, no hay correos. Solo hay cuatro Navidades y un montón de días.

Tom Brenner tardó tres semanas en reconstruir esos cinco años y lo hizo del modo más lento posible: preguntando a la gente que estaba alrededor.

En diciembre de 2019, los tres hermanos Kopelman cenaron en la casa de Merritt Avenue.

Eleanor puso la mesa para cuatro.

Hizo pavo, aunque nadie se lo había pedido y aunque llevaba diez años haciendo pollo, y tardó cinco horas.

Michael llegó a las tres. Marcus a las tres y veinte, con Priya y con Ravi, que tenía dos años. Mason a las cuatro menos cuarto, en su Honda gris, con una caja de galletas comprada en una gasolinera.

Comieron a las cinco.

Hablaron de las obras de la calle Jackson, que llevaban ocho meses. Del tiempo. De un vecino que había vendido la casa. Del colegio al que iría Ravi.

Priya Raghunathan declaró en 2025 —por videoconferencia, desde California, con un abogado presente y sin mirar a la cámara— que aquella cena le pareció rarísima.

—¿En qué sentido rara?

—En que eran tres hermanos que llevaban un año sin verse y que no se preguntaron nada. Nada personal. Ni una sola pregunta en cuatro horas.

—¿Y a usted qué le pareció?

—Yo pensé que era cosa de hombres del Medio Oeste. —Priya se quedó callada un momento—. Y ahora me paso las noches pensando en aquella mesa.

En 2020 no hubo cena. Fue el año de la pandemia y nadie viajó.

Eleanor pasó la Navidad sola. Sus tres hijos la llamaron: Marcus once minutos, Michael cuatro, Mason veintiséis.

La llamada de Mason fue la más larga de las tres y la única en la que, según le contó Eleanor a la señora Dobrowski, se hablaron de verdad.

Le preguntó si tenía bastante comida. Le preguntó si estaba tomando la medicación. Le preguntó si le había arreglado alguien el canalón.

—No —dijo Eleanor—. Sigue igual.

—Ya voy yo en primavera.

No fue.

En 2021 los tres volvieron a la mesa.

En 2022 y 2023 también.

Cuatro cenas en cinco años, todas con la misma estructura, todas de cuatro horas, todas sin una sola pregunta.

Y en esos cinco años, cada uno hizo lo que sabía hacer.

Marcus atendió a ciento cincuenta y siete pacientes gratis.

Publicó dos artículos y un capítulo de manual.

Cumplió treinta y cinco años, y treinta y seis, y treinta y siete.

Tuvo una hija en 2020 a la que llamó Nila y a la que quiso, según dijo en el estrado, «de una manera que me daba miedo, porque yo sabía lo que hay dentro de esta familia».

Dejó de beber. Empezó a correr. Se compró una bicicleta estática que usó cuatro meses.

Y todas las noches, entre las once y las doce, se sentaba en el despacho de casa a hacer una cosa que nunca le contó a nadie y que confesó en la vista de determinación de pena porque el fiscal se lo preguntó directamente:

Buscaba noticias.

Todas las noches, durante cinco años. Muertes accidentales en Wisconsin. Sobredosis. Suicidios. Robos con violencia.

Un hombre buscando en internet la prueba de que su hermano había vuelto a matar, para poder por fin no callarse.

—¿Y qué habría hecho si hubiera encontrado algo? —preguntó el fiscal.

Marcus Kopelman tardó bastante en contestar.

—No lo sé —dijo—. Y esa es la respuesta honesta y es la peor de todas.

Michael, en esos cinco años, ganó nueve juicios.

Compró un apartamento en Lincoln Park en 2021 por novecientos mil dólares y lo amuebló entero en un fin de semana con la ayuda de una decoradora, y dos años después seguía sin haber colgado un solo cuadro.

Su despacho lo nombró jefe del área penal en 2022.

Rechazó dos ofertas de otros bufetes.

Y en marzo de 2023 hizo una cosa que salió a la luz en su propio juicio y que nadie supo explicar del todo:

Constituyó un fondo fiduciario de doscientos mil dólares a nombre de una tal Doreen Matthews, de Rhinelander, Wisconsin.

Doreen Matthews es la madre de Jennifer Matthews.

Nunca supo de dónde venía el dinero. La notificación decía que era un fondo de compensación de un antiguo empleador de su hija, y ella lo creyó, y lo usó para pagar la residencia de su marido, que tiene alzhéimer.

Cuando el fiscal se lo preguntó a Michael Kopelman en julio de 2025, él contestó:

—No voy a responder a eso.

—¿Reconoce haberlo constituido?

—Reconozco haberlo constituido y no voy a responder a por qué.

Y no respondió nunca.

Y Mason.

Mason, en esos cinco años, no hizo absolutamente nada.

Esa es la conclusión de dieciocho semanas de investigación y es la parte que más inquietó a Rachel Kim.

Trabajó. Corrió ocho kilómetros cada mañana. Leyó doscientos treinta y un libros, según el registro de préstamos de la biblioteca pública de Madison, que Tom Brenner solicitó y obtuvo en enero de 2025.

Cuidó de un gato.

Subió la compra a una vecina de setenta y nueve años durante tres semanas en 2021, sin que nadie se lo pidiera y negándose a aceptar dinero.

Votó en dos elecciones.

Fue al dentista.

Y no mató a nadie durante cinco años, un mes y doce días.

—Eso es lo que la gente no va a querer oír —dijo Rachel Kim en el estrado, el 13 de marzo de 2025, en la respuesta más citada de todo su testimonio—.

Que durante cinco años este hombre fue exactamente igual que su vecino de rellano.

Que si usted lo hubiera conocido en 2022 le habría parecido un hombre tranquilo y un poco solitario, y habría tenido usted razón.

—Doctora, ¿está usted diciendo que no era peligroso?

—Estoy diciendo que era las dos cosas —dijo Rachel Kim—.

Que siempre fue las dos cosas y que las dos eran ciertas al mismo tiempo.

Y que ese es el hallazgo más incómodo de todo este caso y el motivo por el que la gente va a preferir creer que era un monstruo, porque un monstruo se distingue en un rellano.