Los Tres Rostros del Crimen Capítulo 7
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Capítulo 7

Tom Brenner

Tom Brenner se despertó con la mejilla pegada a la fotografía de una chica muerta.

Se despegó la cara del papel con cuidado —por costumbre profesional, no por respeto— y comprobó que no hubiera dejado marca ni humedad en el borde. Después volvió a meter la fotografía en su funda de plástico y la funda en la carpeta.

Llevaba once años trabajando en ella en sus horas libres, que eran todas.

El reloj de la pared marcaba las 6:47. La chaqueta seguía puesta. En la papelera había dos envoltorios de máquina expendedora y un vaso de café del día anterior, o del anterior a ese.

Le dolía el cuello de una manera nueva, en un punto concreto a la izquierda de la tercera vértebra, y Tom archivó ese dolor donde archivaba todos los demás.

El teléfono sonó.

—Brenner.

—Soy Jenkins.

Y ahí hubo una pausa de dos segundos que Tom notó inmediatamente.

—Tenemos un cuerpo.

Dieciséis años en delitos violentos le habían enseñado a Tom que Jenkins no hacía pausas.

Jenkins era un hombre de sesenta y un años que había estado presente cuando sacaron de un lago a una familia de cuatro en 2011 y que aquella misma noche lo había contado en su cocina comiendo pizza de peperoni, con la boca llena, mientras su mujer ponía la mesa.

—¿Dónde?

—Cabaña abandonada. Lago Winnebago, lado este, término municipal de Black Wolf.

Tres millas desde la carretera por camino de tierra.

—Ruido de papel—. El propietario fue a revisar la parcela ayer por la tarde.

Es un tipo de Fond du Lac que la heredó en 2019 y no había vuelto desde entonces. Se encontró la puerta abierta.

—¿Y por qué me llamas a mí y no al detective de guardia?

—Porque el de guardia es Kowalczyk y lleva cuatro meses en el puesto.

—Jenkins.

—Porque cuando lo veas vas a entender por qué te he llamado a ti.

Tom colgó y se quedó un momento mirando el teléfono en la palma de la mano.

Después cogió las llaves.

Condujo treinta y cinco minutos hacia el este, por carreteras que se iban estrechando hasta convertirse en dos surcos de grava paralelos con hierba en el centro.

La radio estaba apagada.

Tom nunca ponía la radio yendo a una escena.

Había leído una vez, en una revista de la sala de espera de un dentista, que muchos cirujanos escuchan música durante las operaciones, y le había parecido monstruoso, y después había pasado tres semanas dándole vueltas a por qué le parecía monstruoso y no había llegado a ninguna conclusión satisfactoria.

Usó el trayecto para vaciarse.

Ese era el método que le había enseñado su primer sargento, Ed Vanacek, en 2003: llegas vacío, sales lleno. No traigas nada tuyo a la escena. No traigas tu divorcio, ni tu hipoteca, ni tu hija, ni tu hermana. La escena no tiene sitio para ti.

Vanacek murió en 2016 de un cáncer de páncreas que le duró siete semanas.

Tom había fingido seguir su método durante veintiún años.

La verdad era que traía a su hermana a todas partes.

Sarah Brenner tenía diecinueve años cuando la encontraron en el garaje de la casa de sus padres, en Neenah, el 4 de febrero de 2002. Estudiaba segundo de Magisterio. Tocaba el clarinete, mal, con una constancia que a Tom le había parecido siempre admirable.

La conclusión del forense del condado de Winnebago fue suicidio. Había una nota. La letra era suya y un perito lo confirmó. El toxicológico era coherente. La disposición de la escena era coherente. Todo era coherente.

Todo excepto que la nota decía lo siento mucho, papá.

Y su padre llevaba cuatro años muerto.

Tom lo señaló. Tenía veintidós años, era agente de patrulla con siete meses de servicio y no tenía ninguna autoridad sobre nada, y lo señaló tres veces ante tres personas distintas.

Las tres se lo explicaron con distintos grados de amabilidad. El detective encargado, que era un hombre decente y que se tomó veinte minutos con él, le dijo que el dolor hace cosas raras, que la gente escribe a los muertos más de lo que se cree, que él había visto notas dirigidas a perros.

Puede que tuviera razón.

Veintidós años después, Tom seguía sin saberlo, y ese era exactamente el problema: no que estuvieran equivocados, sino que nadie había mirado lo suficiente como para poder afirmar que tenían razón.

Su matrimonio se disolvió despacio bajo el peso de esa aritmética.

Su exmujer —también Sarah, una coincidencia que su terapeuta había querido explorar en 2015 y que Tom había declinado explorar con una frase que después le pareció reveladora: no es un tema, es un nombre común— se lo dijo un domingo por la tarde con una claridad que él siempre le agradeció:

—No estás casado conmigo, Tom. Estás casado con la idea de que si trabajas lo suficiente, algo se va a arreglar hacia atrás.

Katie tenía siete años cuando se fueron a Madison.

Ahora tenía dieciséis. Habían pasado dos años desde su última conversación de más de cuatro frases, y esa había sido en el aparcamiento de un restaurante, y había terminado con Katie diciendo vale, papá, no pasa nada, que es la frase que dicen los hijos cuando ya no esperan nada.

El camino terminaba en un claro.

Tres coches patrulla, la furgoneta del forense del condado, cinta amarilla estirada entre dos abedules jóvenes. Un agente de uniforme apuntando matrículas en una tablilla con la capucha puesta.

Y detrás, la cabaña.

Madera gris sin pintar. Tejado hundido en la esquina noreste.

Ventanas tapiadas con planchas de contrachapado que alguien había arrancado hacía poco: se veía la madera clara alrededor de los agujeros donde habían estado los clavos, y las planchas estaban apoyadas contra la pared lateral, apiladas con cuidado, no tiradas.

Tom se fijó en eso antes de entrar.

Apiladas con cuidado.

Jenkins lo esperaba en el porche, fumando, cosa que había dejado en 2019 después de dieciocho meses de parches.

—Antes de que entres —dijo—. El forense dice entre las ocho y las once de anoche. Sin agresión sexual. Sin forcejeo.

—¿Sin forcejeo?

—Ya me dirás.

Tom entró.

La habitación principal medía unos cinco metros por seis. El suelo era de tablas anchas y en dos sitios había cedido. Olía a moho, a cera quemada y a lo otro.

Había velas.

Docenas de velas blancas consumidas hasta el suelo, colocadas directamente sobre la madera, formando un rectángulo. Un técnico las estaba fotografiando una por una con una regla graduada al lado, y llevaba, según el número que tenía escrito en la etiqueta que sostenía, cuarenta y una.

En el centro, sobre una mesa de roble, estaba Sarah Chen.

Tom se detuvo en el umbral.

Después, cuando le preguntaron —y le preguntaron mucho, primero Rachel Kim y más tarde el psicólogo del departamento y mucho más tarde su propia hija—, diría que fue el nombre. Que se enteró del nombre y por eso reaccionó como reaccionó.

Pero no era verdad. En ese momento todavía no sabía cómo se llamaba.

Fue otra cosa.

Fue la simetría.

Los brazos estaban extendidos en cruz, atados a los extremos de la mesa, y la distancia de cada muñeca al borde de la madera era exactamente la misma. Tom lo comprobó después con las fotografías y con una regla: doce centímetros a cada lado, con una diferencia de menos de un centímetro entre ambos.

Las velas formaban un rectángulo con los lados paralelos a las paredes de la habitación.

La cabeza estaba centrada respecto al eje longitudinal de la mesa con una precisión que no podía ser accidental.

Alguien había medido.

Alguien había estado ahí de pie, en aquella habitación, mirando, corrigiendo, dando un paso atrás para comprobar.

—Las heridas —dijo el forense, un hombre joven llamado Chidi Okoye, sin levantar la vista—. Mire las heridas, detective.

Tom se acercó.

Empezaban en el antebrazo izquierdo. Cortes horizontales, paralelos entre sí, separados por unos dos centímetros. Los primeros eran superficiales, apenas epidérmicos, del tipo que uno se hace con el filo de una hoja de papel.

A medida que subían por el brazo se hacían más profundos.

Y lo hacían en una progresión tan regular que Tom pensó, sin querer pensarlo, en una escala de laboratorio. En una probeta graduada. En algo que sirve para medir.

—Es gradual —dijo Okoye—. Milímetro a milímetro.

Nunca se pasa. Nunca corta nada que la mate deprisa, y créame que había ocasiones.

—Se enderezó y se bajó la mascarilla—. Detective, llevo nueve años en esto.

Esto no lo ha hecho alguien que estuviera enfadado.

Esto lo ha hecho alguien que estaba trabajando.

—¿Cuánto duró?

—Tres horas. Puede que cuatro.

Tom rodeó la mesa despacio, con las manos en la espalda.

Y entonces le vio la cara.

Los ojos estaban abiertos.

Y no estaban abiertos porque hubiera muerto con los ojos abiertos: los párpados superiores estaban fijados a la piel de la frente con algo transparente y adhesivo, aplicado con limpieza, sin excedente, sin arrastres.

Alguien la había obligado a mirar.

Y en la frente, escrito con lo que era evidentemente su propia sangre, en letras mayúsculas trazadas con el dedo índice, con una caligrafía cuidadosa y perfectamente legible incluso a metro y medio de distancia:

MENTIRA

VERDAD

Tom notó una cosa muy concreta en el pecho, a la altura del esternón.

No fue náusea. Había tenido náuseas en escenas de crimen y sabía perfectamente cómo eran.

Fue reconocimiento.

—¿Identificación? —preguntó, y le sorprendió que la voz le saliera completamente normal.

—Bolso en la silla de ahí —dijo Jenkins desde la puerta—. Sarah Chen. Cuarenta y ocho años. Abogada penalista, despacho en Chicago, socia directora. De las caras. Estaba en el hotel Riverside de Oshkosh en unas jornadas del Colegio de Abogados del estado.

Tom se giró.

—¿Cómo has dicho que se llama?

—Sarah.

Fuera, en el claro, alguien arrancó un motor y lo dejó al ralentí.

Tom Brenner se quedó de pie en aquella cabaña, en un cuadrilátero de cuarenta y una velas apagadas, mirando a una mujer llamada Sarah a la que alguien había pegado los párpados para que no pudiera dejar de mirar.

Y sintió —con una claridad absoluta, injustificable y profundamente poco profesional— que llevaba veintidós años esperando este caso.

—Quiero todo —dijo—. Cada fotografía. Cada muestra. Quiero las velas contadas y quiero saber de qué supermercado son. Quiero a los ocho vecinos más cercanos aunque el más cercano esté a cinco kilómetros. Quiero saber quién ha entrado en ese camino en los últimos seis meses.

—Tom.

—Y quiero el historial completo de casos de esta mujer desde el primer día que pisó una sala.

—Tom. —Jenkins entró y bajó la voz—. Esto no es nuestro. Chicago va a reclamarlo. O el estado.

—Ha muerto en el condado de Winnebago.

—Ya lo sé. Solo digo que te prepares para que te lo quiten.

Tom volvió a mirar la mesa.

—No lo van a reclamar —dijo—. Cuando vean esto, no lo va a querer nadie.