Capítulo 8
Ochenta y una absoluciones
El historial profesional de Sarah Chen ocupaba mil cuatrocientas doce páginas y Tom lo leyó entero en día y medio.
Lo hizo en la sala de reuniones grande, la que solo se usaba para las presentaciones del jefe, con las cortinas cerradas y las paredes cubiertas de folios impresos pegados con cinta de carrocero, en un estado que Rachel Kim describiría dos semanas más tarde, con precisión clínica y sin ninguna ironía, como hipomanía funcional inducida por caso.
Trescientos once clientes en veintidós años de ejercicio.
De esos, ochenta y uno habían sido absueltos o habían visto sus cargos retirados. Casi siempre por vicios de procedimiento.
Ese era el patrón, y Tom tardó cuatro horas en verlo con claridad: Sarah Chen no ganaba juicios. Los desmontaba antes de que empezaran.
Tenía un talento casi artístico para la cadena de custodia. Para los plazos. Para el momento exacto en que un agente había leído los derechos y para si en ese momento el detenido estaba o no esposado. Para las órdenes judiciales redactadas con quince palabras de más.
Había escrito dos artículos académicos sobre ello. Uno de ellos era lectura obligatoria en la facultad de Derecho de Marquette.
Tom hizo una lista.
De los ochenta y uno absueltos, treinta y cuatro habían vuelto a ser detenidos posteriormente por algún delito. De esos treinta y cuatro, once lo habían sido por delitos violentos. Y de esos once, cuatro habían dejado víctimas identificables con nombre y apellidos.
Escribió los cuatro nombres en la pizarra blanca con rotulador negro.
El tercero era Bradley Harrison.
—¿Por qué ese? —preguntó Jenkins desde la puerta, a las dos de la madrugada del segundo día, con dos cafés de máquina en las manos.
—Por la frente.
—No te sigo.
Tom se levantó, cogió el rotulador y golpeó con él la fotografía pegada en el centro de la pizarra.
—MENTIRA. VERDAD. —Se giró—. No es un insulto. Piénsalo. No pone zorra, no pone puta, no pone ninguna de las cosas que escribe la gente que odia a las mujeres, y llevo diecinueve años leyendo lo que escribe esa gente. Pone dos conceptos jurídicos.
Jenkins dejó uno de los cafés sobre la mesa.
—Sigue.
—Esto no lo ha escrito alguien que odiara a Sarah Chen por ser mujer. Lo ha escrito alguien que la odiaba por ser abogada. Y no por ser abogada en general: por un caso concreto.
—Eso reduce el círculo a la mitad del estado. Esa mujer sacó a ochenta y una personas.
—No. —Tom volvió a la mesa y se sentó—. Lo reduce a alguien que sabe qué casos llevó.
Y eso no está en internet, Jenkins. He mirado.
Su web tiene tres casos destacados y Harrison es uno, pero solo el nombre del caso.
Para saber lo de los cuarenta minutos de la cadena de custodia hay que leerse la transcripción.
Y para saber lo que Harrison hizo después de salir, hay que cruzar tres registros distintos.
—Entonces buscas a alguien que ha estado investigando.
—Durante meses. Puede que años.
Jenkins entró en la sala y se sentó, cosa que no había hecho en dos días.
—Vale. Ahora dime lo que estás pensando y no me estás diciendo.
Tom tardó en contestar.
Bebió del café, que estaba malo y demasiado caliente, y dejó el vaso.
—Que no es el primero.
—¿Perdón?
—Un tipo no empieza así. —Tom señaló las fotos con la barbilla—.
Cuarenta y una velas colocadas en un rectángulo con los lados paralelos a las paredes.
La cuerda mojada antes de atarla, que es una cosa que no se le ocurre a nadie que no la haya probado.
Los párpados fijados con adhesivo quirúrgico.
La progresión de los cortes milímetro a milímetro durante tres horas sin pasarse ni una vez.
Levantó la vista.
—Eso es control absoluto de principio a fin, sin un solo error, en un sitio sin luz, sin agua y sin cobertura. Nadie tiene control absoluto la primera vez, Jenkins. Nadie. La primera vez la gente vomita, se corta, se deja la cartera.
—Entonces buscas antecedentes.
—Busco a alguien que lleva años practicando y que hasta ahora lo hacía sin firmar. —Se pasó las dos manos por la cara—. Y eso significa que están archivados como otra cosa. Accidentes. Sobredosis. Robos que salieron mal. Suicidios.
Jenkins lo miró un buen rato.
—Tom.
—No lo digas.
—Tengo que decirlo.
—Ya sé lo que vas a decir.
—Pues déjame decirlo igual. —Jenkins se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos en la mesa—.
Llevas veintidós años convencido de que hay muertes archivadas como suicidios que no lo son.
Veintidós. Y ahora aparece un caso, el primer caso grande que te cae en años, y lo primero que te sale de la boca es exactamente esa teoría.
Tom no se movió.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabes?
—Lo sé perfectamente. —Lo miró a los ojos—. Llevo dos días sabiéndolo. Me he despertado esta mañana sabiéndolo. ¿Tú crees que no he pensado en eso?
—No lo sé. Por eso pregunto.
—Y es exactamente por eso que lo voy a comprobar con datos y no con corazonadas.
—Tom empujó una hoja hacia él—. Dame patrones.
Dame nombres, fechas, expedientes. Si sale algo, seguimos.
Si no sale nada en dos semanas, lo suelto y me vuelvo a las cámaras de tráfico y a los teléfonos como todo el mundo.
—¿Lo sueltas de verdad?
—Lo suelto de verdad.
Jenkins se levantó despacio, con ese quejido de rodillas que hacía siempre.
—Voy a pedir el volcado de casos cerrados del este del estado. Veinte años.
—Veinticinco.
—Veinte, Tom. Y ya me estoy pasando. Eso son seis condados y ocho mil expedientes y me lo va a tener que firmar el capitán.
—Veinte está bien.
En la puerta, Jenkins se giró.
—¿Has llamado a tu hija?
—¿Qué tiene que ver eso?
—Nada —dijo Jenkins—. Absolutamente nada.
Y se fue.
El primer nombre útil llegó a las cuatro y diez de la tarde del día siguiente, y no vino de ninguna base de datos.
Vino de una lista de asistentes.
Sarah Chen se había graduado en el instituto Oshkosh West en 1994. Eso estaba en la primera línea de su biografía profesional y Tom lo había leído cuatro veces sin darle importancia, porque la gente se gradúa en algún sitio.
El anuario de aquel curso estaba en el archivo de la biblioteca municipal, digitalizado en 2009 por un proyecto de voluntariado que había escaneado veintitrés años de anuarios de cuatro institutos del condado y los había subido a un servidor que se caía tres veces al día.
Tom lo abrió más por agotamiento que por método.
Fue pasando páginas. Equipos deportivos. Banda de música. Coro. Club de ajedrez.
Página cuarenta y uno. Club de debate.
Veintidós alumnos en cuatro filas delante de una pizarra.
Sarah Chen estaba en la primera fila, sentada, con las manos sobre las rodillas y una expresión que Tom, treinta años después, reconoció inmediatamente como impaciencia.
Y en la fila de atrás, de pie, uno al lado del otro, con la misma frente, la misma barbilla y el mismo remolino de pelo oscuro naciendo en el mismo lado del cráneo, había tres chicos idénticos.
Tom se quedó mirando la fotografía durante un minuto largo sin parpadear.
Después bajó la vista al pie de foto.
Fila superior, de izquierda a derecha.
«M. Kopelman, M. Kopelman, M. Kopelman».
Ni siquiera el anuario había sabido cuál era cuál.