Los Tres Rostros del Crimen Capítulo 6
21%

Capítulo 6

El pacto

Marcus estaba en su primer año en la Universidad de Wisconsin, en una residencia de la calle Langdon, en una habitación doble que compartía con un chico de Eau Claire llamado Petey que aquella noche estaba en casa de su novia.

Llevaba dormido cuarenta minutos cuando el móvil vibró sobre el escritorio, moviéndose dos centímetros sobre la madera.

—Necesito que vengas —dijo Mason.

—¿Qué hora es?

—Necesito que vengas ahora. Y necesito que vengas solo.

Había algo en su voz.

Marcus lo pensaría después mil veces, en terapia, en sus propias sesiones con pacientes, a las cuatro de la madrugada de los años siguientes, y siempre llegaría a la misma conclusión:

No había miedo.

Había una especie de nitidez. Como si Mason estuviera más despierto de lo que había estado nunca. Como si acabara de quitarse algo de encima.

—¿Dónde estás?

—Aparcamiento del parque Warner. La zona de atrás, la que da a los árboles.

—Mason, ¿qué—?

Colgó.

Marcus condujo veinte minutos con las manos frías.

Se puso el abrigo sobre el pijama, cogió las llaves del Escort de segunda mano que le habían comprado en agosto, y por el camino se dijo cuatro o cinco cosas, todas ellas tranquilizadoras y todas ellas falsas.

Que Mason había bebido. Que había tenido un accidente pequeño y no quería llamar a papá. Que se había peleado con alguien en un bar y le daba vergüenza. Que había roto algo.

Se saltó un semáforo en ámbar en la esquina de Gorham y pensó, con una lucidez que le duró tres segundos, que llevaba tres años esperando esta llamada sin saber que la esperaba.

El aparcamiento estaba vacío salvo por el Corolla de su hermano.

Faltaba una farola —la habían roto en verano y no la habían repuesto— y esa zona quedaba completamente oscura, cosa que Mason sabía perfectamente porque los tres habían aparcado ahí docenas de veces.

Mason estaba sentado en el capó, con las manos entre las rodillas y los hombros caídos hacia delante.

Llevaba una sudadera gris que Marcus reconoció inmediatamente porque era suya, de la universidad, con el escudo descolorido.

—No enciendas la linterna del móvil —dijo Mason cuando lo oyó acercarse.

—¿Qué has hecho?

—Siéntate.

—Mason, ¿qué has hecho?

—Marcus. —Levantó la cara por primera vez—. Siéntate, por favor.

Marcus se sentó en el capó, a un metro de él.

El metal estaba frío a través del pijama. El motor llevaba apagado el tiempo suficiente para haberse enfriado del todo, y esa fue la primera información objetiva que Marcus procesó sin querer: su hermano llevaba ahí más de una hora.

Y entonces Mason se lo contó.

Todo. Sin adornos, sin justificaciones largas, sin llorar, en un tono que a Marcus le recordó —y esa asociación lo perseguiría durante el resto de su carrera— al de un paciente describiendo un síntoma en una primera consulta.

Se llamaba Jennifer Matthews. Veintidós años. Estudiante de enfermería en el Madison Area Technical College.

Llevaban cuatro meses viéndose. Ella había roto en septiembre y él lo había aceptado sin discutir, y después había descubierto —Mason no explicó cómo y Marcus no preguntó nunca— que Jennifer había estado contando cosas sobre él a sus amigas.

Que le daba miedo. Que había algo raro en él. Que a veces se despertaba a las tres de la mañana y él estaba despierto, mirándola.

—Y era verdad —dijo Mason—. Eso es lo que no entiendes. Era todo verdad. Yo hacía eso.

—Mason—

—Pero ella lo contaba como si fuera un chiste. Como si yo fuera un chiste que se cuenta en una cocina con vino. —Se miró las manos—. Y una de esas amigas me lo contó a mí. Riéndose.

—¿Dónde está? —preguntó Marcus.

Mason no contestó.

—Mason. ¿Dónde está Jennifer?

—En la carretera de la mina. A unos ochocientos metros de la curva grande. —Una pausa—. El coche está en la cuneta. Va a parecer que se salió.

Marcus se bajó del capó y vomitó al lado del coche.

Vomitó tres veces, y después siguió teniendo arcadas cuando ya no le quedaba nada, y después se quedó de rodillas en el asfalto con la frente apoyada en el metal frío del parachoques, respirando.

Mason no se movió.

No se acercó. No le puso una mano en la espalda. No le trajo agua.

Y esa quietud fue lo que finalmente le hizo entender a Marcus que su hermano no estaba en shock.

Que su hermano estaba esperando.

—Tienes que entregarte —dijo Marcus, todavía de rodillas.

—No.

—Mason, tienes que—

—Escúchame. —Y por primera vez en toda la noche, la voz de Mason se movió—.

Si me entrego, esto se acaba. Yo me acabo.

¿Lo entiendes? No existe una versión de esto en la que yo cumplo unos años, salgo y arreglo mi vida.

Tengo diecisiete años. Van a pedir que me juzguen como adulto y lo van a conseguir, y voy a morir dentro.

—Has matado a una persona.

—Sí.

Lo dijo sin una sola vacilación. Sin bajar la voz. Sin buscar una palabra más suave.

Y esa fue la primera vez en su vida que Marcus Kopelman sintió miedo físico de su propio hermano: no del hecho, sino de la facilidad con que la frase le había salido de la boca.

—¿Por qué me has llamado a mí? —susurró—. ¿Por qué no a Michael?

—Porque Michael va a decir que sí sin pensarlo —dijo Mason—. Y necesito que alguien lo piense.

Michael llegó cuarenta minutos después.

Estaba en primero de Derecho en Northwestern y había conducido desde Evanston a ciento cuarenta por hora por la 90, y llegó con las llaves todavía en la mano y sin abrigo.

Escuchó la historia entera de pie, con los brazos cruzados, sin interrumpir ni una sola vez.

Cuando Mason terminó, Michael hizo tres preguntas.

—¿Alguien te vio con ella esta noche?

—No.

—¿Tienes su sangre encima?

—En la sudadera. Es de Marcus.

Michael se giró hacia su hermano.

—Quítatela.

—Michael—

—Que te la quites.

Marcus se quitó el abrigo, y después la sudadera, y se quedó en camiseta a cuatro grados en un aparcamiento vacío a las cinco menos veinte de la madrugada, y Michael cogió la sudadera con dos dedos y la metió en una bolsa del supermercado que sacó del maletero de su propio coche, donde había cuatro bolsas más.

Marcus miró aquellas cuatro bolsas y no dijo nada.

No dijo nada entonces y no lo dijo nunca, y esa fue una de las tres o cuatro cosas que le impidieron dormir con normalidad durante los veinte años siguientes: que su hermano, en el trayecto desde Evanston, se había parado a comprar bolsas.

Y la tercera pregunta.

La que Marcus repetiría palabra por palabra veinte años más tarde, en una sala de interrogatorios sin ventana, con una grabadora encendida y las manos temblándole sobre una mesa de formica:

—¿Vas a volver a hacerlo?

Mason lo miró un rato largo. Diez segundos. Doce.

—No lo sé —dijo.

Y Michael asintió, como si esa fuera la respuesta correcta.

Como si mentir hubiera sido mucho peor.

—Vale —dijo—. Entonces esto es lo que va a pasar.

Lo que pasó después ocupó cuatro horas y media, y Marcus participó en todas y cada una de ellas.

Michael dirigió.

Tenía diecinueve años, tres meses de facultad de Derecho y una capacidad de organización que en cualquier otro contexto de la vida habría sido admirable y probablemente rentable.

Habló de rutas. De qué gasolineras de la 151 tenían cámara y cuáles no, información que resultó que sabía porque había estado prestando atención a cosas así desde los quince años sin ninguna razón concreta.

Habló de la diferencia entre una coartada que se sostiene y una que se rompe: que una coartada perfecta es sospechosa y que lo que hay que tener es una tarde normal y aburrida con dos o tres anclas verificables.

Habló de por qué no había que limpiar demasiado.

—Una escena impecable es una confesión —dijo, y a Marcus se le quedó grabada la frase entera, con la entonación.

Y habló de por qué había que quemar la ropa en tres sitios distintos y no en uno, y de por qué había que hacerlo el martes y no esa misma noche.

A las ocho y cuarto de la mañana, los tres estaban sentados en un reservado de un Denny's de la carretera 151, con tres cafés delante y ninguno había dormido.

Había cuatro personas más en el local. Un camionero. Una pareja mayor. Una camarera de unos cincuenta años que les rellenó las tazas dos veces y les preguntó si venían de una fiesta.

—De un funeral —dijo Michael.

—Ay, lo siento mucho, cielo.

Y se fue.

—A partir de ahora funciona así —dijo Michael, en voz baja, cuando la mujer estuvo lejos—. Mason: tú no tomas decisiones solo. Nunca más. Si notas que va a pasar algo, me llamas. A mí. Antes. Aunque sea a las cuatro de la mañana, aunque no estés seguro, aunque te parezca una tontería.

Mason asintió.

—Marcus: tú no vuelves a mirar para otro lado. Si lo ves raro, si te dice algo, si notas cualquier cosa, me lo dices a mí. Tú eres el que lo va a notar. Eres el único de los tres que nota cosas.

—¿Y tú qué haces?

—Yo me encargo de que ninguno de los dos vaya a la cárcel.

Marcus miró la taza.

El café tenía una película fina en la superficie y una marca de labios ajena en el borde que la camarera no había visto.

—¿Y eso en qué me convierte a mí? —preguntó.

—En su hermano —dijo Michael.

Marcus tenía diecisiete años.

Estaba en primero de Psicología. Había elegido esa carrera en marzo, sin saber muy bien por qué, con la idea vaga y luminosa de que quería entender a la gente para poder ayudarla, y su tutor le había dicho que tenía una intuición poco común para alguien de su edad.

Fuera empezaba a clarear sobre el aparcamiento del Denny's.

—Vale —dijo.

Esa fue la palabra.

Cinco letras. Una sílaba. Dicha a las ocho y cuarto de la mañana del 9 de noviembre de 2004, en un reservado de vinilo rojo, delante de una taza de café con una marca de labios ajena.

Marcus Kopelman pasaría los veinte años siguientes intentando averiguar si existía en el mundo suficiente bien acumulado como para cancelar una sola sílaba.

El cuerpo de Jennifer Matthews fue encontrado el 9 de noviembre a las 11:20 por un empleado del condado que iba a revisar una alcantarilla.

El informe del sheriff del condado de Dane concluyó pérdida de control del vehículo sobre superficie helada, con traumatismo craneal compatible con el impacto contra el montante de la puerta. No se apreciaron indicios de intervención de terceros.

Sus padres viajaron desde Rhinelander esa misma tarde.

Su madre insistió durante cinco semanas en que Jennifer conducía muy bien y en que aquella carretera la hacía cuatro veces por semana. Se lo dijo a dos agentes, a un forense y a un periodista local que escribió cuatro párrafos.

El caso se cerró el 3 de diciembre de 2004.

Estuvo cerrado durante veinte años, un mes y once días.