Los Tres Rostros del Crimen Interludio
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Interludio

Jennifer Matthews, dos semanas antes

Jennifer Matthews tenía veintidós años y una libreta de tapas verdes en la que apuntaba las cosas que le daban miedo.

No era un diario. Lo había intentado dos veces y le aburría escribir sobre sí misma. Era una lista, con fecha y una línea, y la había empezado en segundo de enfermería cuando una profesora les dijo que el noventa por ciento del miedo desaparece si consigues escribirlo en una frase corta.

La profesora tenía razón un noventa por ciento de las veces.

«14 sept. Pinchar una vía en el brazo de alguien que no está sedado».

«2 oct. Que mi madre se entere de lo del préstamo».

«19 oct. Mason».

Esa era la única entrada de toda la libreta que consistía en un nombre.

Jennifer Matthews era de Rhinelander, seis horas al norte, un pueblo de ocho mil habitantes con dos semáforos y un lago. Su padre trabajaba en la papelera y su madre daba clases de piano en el salón de casa a niños que no querían estar allí.

Era la primera de su familia en ir a la universidad y llevaba cuatro años sintiéndose culpable por lo caro que era.

Estudiaba enfermería en el Madison Area Technical College, trabajaba veinte horas semanales en una residencia de ancianos de la calle Sherman y dormía seis horas cuando podía.

Le gustaba el trabajo. Esa era la parte que sus compañeras no entendían.

Le gustaban los ancianos. Le gustaba especialmente el señor Pulaski, que tenía noventa y un años, que la llamaba por el nombre de su hija muerta y al que ella le seguía la corriente porque no le costaba nada y porque el hombre se ponía contento.

—Eso es mentirle —le dijo una compañera.

—Es dejarle en paz —dijo Jennifer.

Conoció a Mason Kopelman en mayo, en una cafetería de State Street, porque él tenía un libro de anatomía sobre la mesa y ella le preguntó si estudiaba medicina.

—No —dijo él—. Me gusta cómo están hechas las cosas.

Estuvieron dos horas hablando.

Después, en noviembre, cuando ya estaba muerta, dos de sus amigas le contarían a la policía la misma versión: que Jennifer había vuelto aquella tarde diciendo que había conocido al chico más interesante de Wisconsin.

Interesante. Esa fue la palabra que las dos recordaron.

Salieron cuatro meses.

Y durante los tres primeros, Jennifer Matthews fue feliz de una manera que le daba un poco de vergüenza contar, porque era una felicidad de las que suenan tontas al describirlas: que la escuchaba.

Que le hacía preguntas de verdad. Que se acordaba de los nombres de sus pacientes y preguntaba por ellos por su nombre, incluso por el señor Pulaski, incluso semanas después.

—Es que no habla de sí mismo nunca —le dijo a su madre por teléfono en julio.

—Eso es raro, cariño.

—No, mamá. Es descansado.

El primer problema fue una tontería y ella misma lo apuntó como tontería.

Una noche de agosto se despertó a las tres de la madrugada y él estaba despierto, incorporado sobre un codo, mirándola.

—¿Qué haces?

—Nada.

—¿Llevas mucho?

—Un rato.

—¿Y no te aburres?

—No.

Ella se rió y se dio la vuelta y se volvió a dormir, y a la mañana siguiente lo contó en el descanso del trabajo como una anécdota graciosa, y dos compañeras se rieron y una no.

La segunda vez fue en septiembre.

La tercera, cuatro días después.

Y la cuarta fue la noche en que Jennifer Matthews se despertó, lo vio ahí, mirándola en la oscuridad con los ojos abiertos y la cara completamente relajada, y por primera vez en su vida sintió una cosa muy concreta y muy antigua en la nuca.

No dijo nada. Fingió seguir dormida.

Y estuvo cuarenta minutos así, con los ojos cerrados y la respiración fingida, contando.

Rompió con él el 21 de septiembre en una cafetería, a mediodía, en un sitio con gente, sin saber muy bien por qué había elegido un sitio con gente.

Se lo dijo mal. Después pensaría mil veces que se lo había dicho mal.

—Es que no sé quién eres —dijo—. Llevo cuatro meses y no sé quién eres.

Mason Kopelman se quedó callado unos segundos.

—Vale —dijo.

—¿Ya está?

—¿Qué quieres que diga?

—No lo sé. Algo.

—Tienes razón —dijo él—. No sabes quién soy. Eso es cierto y no te lo voy a discutir.

Se levantó, dejó el dinero de los dos cafés sobre la mesa, y se fue.

Y Jennifer Matthews se quedó ahí sentada, con la sensación exacta de haber hecho algo bien y de haber hecho algo cruel al mismo tiempo, que es una sensación para la que no hay palabra.

Aquella noche escribió en la libreta verde: «21 sept. Que haya sido injusta».

La entrada del 19 de octubre —la que decía solo «Mason»— es la penúltima de la libreta.

No hay explicación. Una palabra y nada más.

La policía del condado de Dane recogió la libreta el 10 de noviembre de 2004, la fotografió, la catalogó como efecto personal sin relevancia para un accidente de tráfico y se la devolvió a la familia en una bolsa de plástico junto con un reloj, unas llaves y un teléfono móvil.

Su madre la guardó veinte años en un cajón sin volver a abrirla.

La abrió el 22 de noviembre de 2024, a petición de un detective de Oshkosh que la llamó por teléfono un viernes por la noche y que le pidió disculpas cuatro veces antes de hacerle la pregunta.

La última entrada de la libreta de tapas verdes de Jennifer Matthews está fechada el 6 de noviembre de 2004, dos días antes de su muerte.

Dice:

«6 nov. Que tenga razón y no sea nada mío».

Nadie ha sabido nunca a qué se refería.

Tom Brenner tiene una fotocopia de esa página en el mismo cajón donde guarda el expediente de su hermana.

El día que Jennifer Matthews murió, el 8 de noviembre de 2004, hizo un turno de siete horas en la residencia de la calle Sherman.

Cambió catorce vías. Ayudó a comer a nueve personas. Discutió con una supervisora por los horarios del fin de semana y ganó la discusión.

Y a las seis de la tarde, antes de irse, pasó por la habitación 112 a despedirse del señor Pulaski, que llevaba tres días sin hablar y que aquella tarde tampoco habló.

Le colocó bien la manta y le dijo que volvía el miércoles.

El señor Pulaski murió en febrero de 2005 y nadie llegó a contarle nunca lo que había pasado con la enfermera que le seguía la corriente.