Capítulo 18 #2
Llegué y subí los peldaños de dos en dos con impaciente ilusión.
Abrí la puerta. Me detuve en el umbral del recibidor.
Mis ojos se clavaron en el primer cajón.
Me acerqué y acaricié el frío pomo de bronce.
Era una pieza isabelina restaurada por mí; sin embargo, en ese momento, se había convertido en el cofre del tesoro más hermoso del mundo.
Abrí despacio el cajón, con un nudo en el estómago.
Los raíles se deslizaron con suavidad. La luz de la ventana iba tragando poco a poco la penumbra del interior del cubículo.
Un destello dorado iluminado por el sol arrancó lágrimas a mis ojos.
Ahí estaba mi anillo de bodas, mi morgingjölf .
Lo tomé entre mis manos y lo contemplé con devoción.
Las serpientes enlazadas y encaradas de ojos refulgentes.
Una, con ojos de esmeralda; otra, con ojos ámbar.
Nosotros, unidos hasta el fin. Solté un sollozo mientras deslizaba el anillo en mi dedo.
Ahora sí lo sentía. Cerré los ojos y alcé la mano hacia mi boca, besé la sortija imaginando sus labios.
¡Cómo deseaba abrazarme a él! ¿Pero dónde estaba?
Si sabía dónde vivía, ¿por qué no me buscaba?
Unos abruptos golpes en la puerta volatilizaron mis cavilaciones. La sangre se convirtió en un líquido efervescente que cosquilleó cada rincón de mi ser. Ya giraba con el corazón en la boca cuando escuché la voz de Elena. Todas las burbujas desaparecieron en una amarga decepción.
—¡Sé que estás ahí! Abre la puerta si no quieres que la derribe. No aceptaré más negativas, ¿me oyes?
—Sí —mascullé apática—. Te he oído; yo y todo el edificio.
Abrí la puerta y la miré. Su pelo rojo me hizo sonreír, podría ser la hermana guapa de Inga la Roja.
—¿Por qué pones cara de estúpida? ¿Acaso has perdido el juicio? Sí, eso tiene que ser, porque de otra manera no tiene excusa tu comportamiento.
Entró como una tromba; lanzó su abrigo al perchero.
—Adelante —repuse cuando ya estaba casi en el salón.
La encontré tirada en mi sillón tecleando en el mando de la tele.
—Ponte cómoda —añadí sarcástica.
—¿Tienes el canal Divinity? —inquirió ceñuda.
Me senté en el sillón de enfrente y la observé. Ella sí era una burbuja chispeante y divertida.
—Creí que venías a tirarme de las orejas.
—No dudes que lo haré —respondió—. Pero quiero ver el último capítulo de Sex and the city .
Resoplé aburrida. Me fijé en los sobres que llevaba en la mano.
—¿Es una nueva moda? —pregunté divertida.
Elena frunció el entrecejo, confundida.
—Llevar la correspondencia como si fuera un abanico.
Masticaba chicle y estalló una pompa para contestar.
—¡Ah, esto! —Alzó los sobres como si los viera por primera vez.
Luego, sus ojillos avellanas chispearon traviesos una sonrisa coqueta jugueteó en sus labios.
—No, es tu correo. Me lo dio un tipo en la puerta. Me preguntó que si conocía a la del segundo izquierda, y le dije que sí. —Hizo una pausa y silbó—. ¡Y qué hombre más guapo! Es un adonis.
—¿Otro? ¿Cuántos llevas en tu colección?
—Muchos, por fortuna, pero ninguno como este, te lo aseguro. Es un ejemplar único. Apuesto lo que quieras a que es extranjero, un ruso o alemán, algo así, porque un rubiazo así no es de aquí, seguro. Además, tiene acento.
El corazón se me detuvo. A ese paso me iba a dar un infarto antes de encontrarlo.
—¿Cómo has dicho?
—Eso: que tu cartero es bellísimo.
Me levanté como una centella y salí del apartamento. Bajé las escaleras como poseída por el espíritu del coyote hasta llegar a la puerta. Pero el correcaminos había volado. Recorrí la calle una y otra vez, asomándome en cada esquina, pero nada, ningún gigante rubio a la vista.
De pronto una voz chillona llegó hasta mis oídos. Elena estaba asomada al estrecho balcón de mi casa.
—¡Ey, amiga, no sabía que estuvieras tan desesperada! —gritó a pulmón.
Alcé la cabeza. Mi sola mirada le cerró la boca. La gente nos observaba. Cuando regresé, la encontré, esta vez sí, abanicándose con las cartas y sonriendo intrigada.
—¿Quieres darme eso de una maldita vez?
Le arranqué los documentos. Los miré curiosa y malhumorada.
—¡Qué humos! Es lo que tiene la abstinencia.
Preferí guardar silencio y revisé la correspondencia para intentar serenarme.
—Además, he venido a eso, a que le des al pobre Alex una oportunidad. ¿O creías que venía por mí? Nada de eso, si no quieres ser mi amiga, peor para ti. —Hizo una pausa y agregó—: resulta que yo sí quiero, y ya sabes que siempre me salgo con la mía. Así que ¿qué te pasa ahora?
Las cartas cayeron a mis pies. Mis temblorosas manos solo agarraban con fuerza aquel papel.
Era un pasaje de avión a Oslo solo de ida.
Junto a aquel, otro pasaje de tren a Tønsberg en el condado de Vestfold. Y otro pequeño papel manuscrito con letra inclinada y elegante: “Ven a tu hogar, Freya, ya hemos esperado demasiado.”
Casi me desplomo. Elena, alarmada por mi expresión, me sujetó con fuerza. Miré de nuevo aquel papel. Debajo de las líneas había dibujado un mapa: era una ruta en coche hasta un lugar recóndito.
Pegué los papeles a mi pecho y respiré profundamente. Por enésima vez ese día, lloraba, pero de inmensa felicidad. Quería que lo siguiera, no sabía muy bien por qué, ni qué planeaba, pero nadie en el cielo podría impedírmelo.
Sonreí entre lágrimas, miré a mi amiga y la abracé con fuerza.
—Estás para encerrarte, ¿lo sabías? —gruñó.
Entonces, estallé en carcajadas.
—Creo que tengo mucho que contarte.
* * *
Elena tiraba de una de mis maletas como si se tratara de un caballo percherón. Le hablaba malhumorada, le lanzaba patadas cada vez que la maleta perdía el equilibrio y tironeaba a trompicones.
—¿Has metido tu apartamento aquí dentro? —refunfuñó—. Hay empresas que se encargan de eso, ¿lo sabías? —Sopló furiosa un mechón de su frente—. ¡Oh!, claro que lo sabías, pero es mejor abusar de tu pobre amiga. ¿Te parece divertido verme dar patadas como una mula?
Asentí al tiempo que agachaba la cabeza, me había lanzado el bolso.
—Debería darte vergüenza —continuó—; me abandonas y encima me utilizas como mozo de carga.
Yo, que mantenía mi propia batalla con otras dos, logré lanzarle mi sonrisa más arrebatadora.
—Eres un encanto, y prometo compensarte.
El ceño de Elena se suavizó. Luego, compuso una mueca testaruda y respondió:
—¿Cómo piensas compensarme si puede saberse? Te marchas con los vikingos al otro lado del mundo; me dejas sola y desamparada.
Adelantó su labio inferior en una expresión compungida.
—¿Tú, sola? ¡Ja! Eso es imposible, por no mencionar lo amparada que estás casi todo el tiempo.
Le guiñé un ojo; ella me sonrió.
—Prometo invitarte pronto y, mientras tanto, te mandaré un souvenir.
Sus ojos se encendieron. La sonrisa maliciosa que exhibió me anticipó lo que quería de recuerdo.
Dos hombres nos contemplaron. Elena compuso su rostro y sonrió seductora.
Acto seguido, hizo el intento, sobreesforzado en mi opinión, de tirar de la maleta sin conseguirlo.
Inmediatamente, los hombres acudieron a ayudarla.
Sacudí la cabeza divertida. Elena me guiñó, cómplice, un ojo. Al pasar por mi lado la oí susurrar:
—Nunca falla.
El otro joven, igual de galante, me ofreció su ayuda. De modo que ambas caminábamos por la estación tomadas del brazo, seguidas de nuestros mozos particulares.
—El moreno tiene su encanto, ¿no crees?
Giré para contemplarlo más de cerca. Era alto y grande, bastante atractivo, de pelo oscuro y piel olivácea, con ojos penetrantes, cejas gruesas, labios perfilados, hoyuelos en las mejillas. Una barba cuidada y delgada delineaba su mentón hasta cubrirle la barbilla.
—Parece un talibán, uno de esos terroristas islámicos —repliqué.
—Por eso —alegó ella echando otro vistazo—; parece peligroso. Eso es excitante, aunque seguro que en la cama es un corderito. Sé lo que digo.
—¿Tienes que evaluar a todos los hombres con ese peculiar barómetro?
—¿Para qué sirven si no?
Sacudí la cabeza. Era inútil razonar con ella.
Llegamos a la estación. De allí, iría a la estación central, después en taxi hasta el aeropuerto; luego, vuelo directo a Oslo. La ilusión era mi compañera de viaje; la impaciencia, mi equipaje; el amor, mi transporte.
—Aquí nos despedimos —anuncié.
Elena y yo nos abrazamos con fuerza. Aspiré su perfume, agua de rosas. Cerré los ojos. Quería a aquella mujer. Una amiga como no había otra. Era como el primer rayo de sol tras la tormenta, fuerte y vigoroso. Iluminaba mi existencia, y no estaba dispuesta a perderla.
—Te escribiré —prometí—. Cuando esté instalada, podrás venir de visita cazavikingos.
Esta vez fue Elena la que rio, a pesar de tener los ojos llorosos.
—Suena bien. ¿Te imaginas? Yo, vestida de amazona, con una red gigante en mis manos, corriendo detrás de los vikingos más guapos de Vikingolandia.
Reímos alborozadas. Los ayudantes nos contemplaban. Habían depositado las maletas en el tren y aguardaban una propina de carácter más bien carnal.
—Bueno, amiga, tienes una difícil decisión por delante: ¿el talibán o el ejecutivo?
Elena giró para contemplarlos más detenidamente.
—Sin duda, el talibán: me gusta el cordero.
—Bueno, que te aproveche.
Ladeó levemente la cabeza y me contempló reprobadora.
—No te las des de mojigata.
Una voz átona chirrió por los altavoces avisando mi partida. Nos abrazamos de nuevo.
—Ve, y dile de mi parte que es un vikingo con suerte.