Capítulo 18
El regreso
Consulta del doctor Valmoral.
Grité y grité al tiempo que caía en el vacío.
En mitad de la caída sentí unas violentas sacudidas.
Al fondo, un lejano murmullo de voces crecía en intensidad.
Las molestas sacudidas también se acentuaron.
Alguien zarandeaba mis hombros con vehemencia.
Comencé a enfadarme y, de pronto, pensé si aquello era posible.
¿Los muertos se enfadaban? ¿Dónde estaba?
Seguro que en el infierno, aquel ajetreo que tronaba en mis oídos no podía ser otra cosa.
—¡Vicky, despierta, cariño, despierta!
¿Quién era Vicky? ¿Y por qué me molestaban a mí?
—¡Déjela o entrará en estado de shock! —ordenó otra voz.
—Ahora, Victoria, despertará relajada y tranquila.
Recordará su vida anterior junto a la actual; su mente permanecerá clara y despejada.
Se sentirá descansada y aceptará su nuevo mundo.
Cuando cuente regresivamente, abrirá los ojos.
Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno. ¡Despierta!
Entreabrí los ojos. Sentí los rayos del sol antes de verlos.
Cuando logré levantar totalmente los párpados, comprobé que eran del color del bronce bruñido.
Era el sol del ocaso. Confundida, miré a mi alrededor.
Muebles extraños, no, aquello era una mesa, y eso otro una vitrina, más allá una estantería.
Estaba en un despacho. Me incorporé violentamente.
Frente a mí había dos rostros preocupados. Uno joven y otro anciano. Dos hombres intrigados. El joven me sonrió con familiaridad.
—¿Sabes quién soy?
Un nombre me vino a la cabeza: “Alex”. Como si un rayo me fulminara, los recuerdos volvieron a mí. Todo en orden. Dos vidas completamente distintas en siglos alejados, seguidas y tan separadas. Más de diez siglos de distancia.
—Alex —contesté lacónica.
El nombrado soltó el aire contenido y me abrazó.
—Excelente, todo en perfecto estado —comentó el anciano.
Su nombre también afloró a mi cabeza.
—¿Cómo se encuentra, señorita?
—Confundida, doctor, y profundamente desolada.
El hombre se ajustó los anteojos y se mesó el cabello cano con gesto nervioso.
—¿Y sabe por qué?
—Me encuentro terriblemente sola.
Permaneció un largo instante en silencio, mirándome; luego asintió para reafirmarse algo a sí mismo y, tras otra larga pausa, repuso:
—Es algo completamente normal. Su vida anterior la ha golpeado con fuerza.
En toda mi carrera jamás había escuchado un relato igual, tan intenso y detallado.
Permítame decirle que tuvo una vida increíble, hermosa y atroz a un tiempo, pero única y especial.
Tanto que dejará una huella perpetua en su interior.
No tiene otro remedio que vivir con ello.
Fue hacia un magnetófono y lo desconectó con aire triunfal.
—Todo está aquí, señorita; toda su vida como Leonora de Castro está aquí. Créame si le digo que su hipnosis removerá ciertos círculos incrédulos de la profesión. Un relato tan vívido, tan exacto, con tanto sentimiento. Me ha puesto los pelos de punta, querida. Ha sido una experiencia increíble.
—Pero, doctor —interrumpió Alex—, las pesadillas, ¿desaparecerán? El cambio de personalidad, todos los trastornos que ha estado sufriendo, ¿la dejarán en paz? ¿Volverá a ser la que era?
El doctor sonrió beatíficamente, sus vivaces ojillos se posaron en mí.
—Me temo que la respuesta es no. Me trajo a la consulta a una mujer. Ahora se lleva a dos.
La mirada horrorizada de Alex se desplazó del doctor a mí. Me sentí como un bicho raro, un espécimen a investigar.
—Eso no es lo que nos prometió —rezongó enfadado.
El doctor negó con la cabeza, fue hasta su escritorio y tomó su libro de notas.
—Les prometí averiguar la causa, y lo hice.
Pero la mente humana tiene tantos corredores y recovecos, que, por muchas salidas que uno tapie, no hay ninguna seguridad de contener una reacción.
Es científicamente y humanamente imposible vaticinar qué ocurrirá con ella, cuál de sus dos personalidades o vivencias permanecerá más arraigada.
Aunque espero, por el bien de los dos, que sea esta.
No obstante, joven, no hay ninguna seguridad; más bien me inclino a pensar que tardará en acostumbrarse a su vida actual.
—Entonces ¿por qué diablos no borró esa otra vida de su memoria? —inquirió a voz en grito.
—Esa vida luchaba por salir a la luz. Lo habría hecho de una manera u otra. Suele pasar cuando hay algo inacabado, un vínculo especial, un anhelo incumplido. Por lo que hemos vivido aquí, ambos sabemos de qué se trata.
—No irá a creer que…
El doctor, se acomodó en su sillón y cruzó con elegancia las piernas al tiempo que cargaba su pipa de caoba.
—Creer eleva el espíritu, engrandece el alma. Sí, creo. Creo que debe cumplirse un destino; si no lo encuentra en esta vida, lo buscará en la siguiente. No descansará hasta encontrar su alma gemela, su otra mitad.
Alex negó con la cabeza, tensó los labios y frunció el ceño. Me ayudó a levantarme del diván; me acercó el abrigo.
—Ahí van sus honorarios, doctor. —Lanzó sobre el tablero de la mesa con desdén un sobre abultado.
De inmediato, el hombre se levantó, tomó el sobre y se lo devolvió.
—No voy a cobrar esta sesión. No sería digno si lo hiciera. Me han dado un material tan excelente, que debería pagarles yo.
Ya me arrastraba hacia la puerta cuando le doctor habló de nuevo.
—Comprendo perfectamente su enfado, joven, y lo disculpo. Yo también me mostraría temeroso de perder a una mujer como ella. Si es que realmente la tuvo alguna vez.
Un sonoro portazo puso punto final a la despedida.
* * *
Todo era conocido y desconocido a un tiempo. Todo nuevo y viejo. Todo era opresivo y deslucido. El tráfico, las máquinas, los edificios, las aglomeraciones, los ensordecedores ruidos, el consumismo, la hipocresía, la política, los noticiarios, y en definitiva, la rutina tediosa.
Mi alma se marchitaba.
Intentaba reanudar mi vida y fracasaba estrepitosamente.
El corazón me dolía. La soledad resultaba desoladora.
Nada me agradaba, nada me hacía sonreír, en nada encontraba gozo.
Solo era feliz por las noches, cuando soñaba: y siempre soñaba con él.
Sentía sus manos sobre mí, sus hermosos ojos felinos recorriéndome, su boca arrancándome gemidos.
Su voz grave y suave acariciándome, repitiendo sin cesar cuánto me amaba.
Veía su espectacular cuerpo desnudo junto al mío; me elevaba al paraíso.
Gunnar.
Repetía su nombre en mi mente durante el día. Lo convertía en voz en la soledad de las noches. Lo llamaba con insistencia, le rogaba que viniera por mí.
Alex no pudo competir con él. Se marchó de mi lado la primera semana tras la hipnosis.
Yo le regalé la verdad: que estaba locamente enamorada de un hombre que había muerto doce siglos atrás.
Elena tampoco aguantó mi apatía, mi desidia.
Dejó de llamarme. Fue lo mejor para todos.
La Victoria que conocían era una simple sombra, tan solo una apariencia, un envoltorio.
La mujer que ahora ocupaba su cuerpo era Freya.
Pero una Freya confundida y angustiada que vagaba en un mundo en el que no encajaba. Constantemente alerta, a la espera de una señal, un estremecimiento puntual por la cercanía de un hombre, una sensación, una mirada, pero nada.
Caminaba por las calles abarrotadas con una sensación sofocante, añorando los bosques del Norte, sus ríos, el aroma fresco de los pinos, la quietud, la paz y la parsimonia con la que la gente vivía en aquellos lares, hace tantos y tantos siglos.
Vidas más cortas, sí, pero mucho más intensas, más saboreadas.
Doblé un recodo y me di de bruces con un tipo alto y rubio. Lo miré: era bastante vulgar. No sentí ni un simple hormigueo. Se limitó a excusarse y continuó su sendero de asfalto y tedio.
Me fijaba más en los hombres altos y corpulentos.
Buscaba sin cesar unos ojos verdes. Aquello era absurdo, pues, si había renacido, lo habría hecho en un cuerpo diferente.
No obstante, en mi caso, las semejanzas eran cuanto menos apabullantes; incluso el color ámbar de mis ojos era el mismo, como si fuese un reclamo, pensé.
Entonces, reconsideré un detalle. Tal vez, si vivía en mi mismo siglo, podía haber una diferencia considerable de edad o tal vez ni se acordara de su vida anterior.
Incluso podría estar felizmente casado, con hijos.
Aquel pensamiento me derrumbó. Sentí ganas de llorar, el mundo era demasiado grande para dar con una persona que no sabía qué aspecto podría tener, ni idea de su paradero.
De pronto, una idea iluminó mi cabeza. Si yo había nacido en la misma ciudad, ¿por qué no él? Podría estar en la actual Noruega; si eso era, buscaría la sucesora de Skiringssal. Debía viajar, ¿dónde iba a encontrar un vikingo si no?
Me detuve. Un relámpago entró en mi cabeza con una imagen que aceleró mis latidos. ¿Cómo pude olvidarlo? ¡El anillo que desencadenó mi vuelta! ¡El detonante de las pesadillas! Mi anillo de bodas, las serpientes enfrentadas. Solo una persona pudo haberlo metido en mi buzón.
Él.
Las rodillas me flaquearon. Entre la confusión del regreso, la adaptación y la inmensa nostalgia, aquel importante detalle había quedado olvidado.
¡Estaba aquí! Tan cerca, que quizá había pasado a su lado.
¡Me había encontrado! Eché a correr con una sonrisa estúpida.
Tenía ganas de gritar, de llamarlo entre la multitud, de dar gracias al cielo.