Capítulo 17 #6
Quise cerrar el corazón a su súplica y no pude. Porque las frases que había cinceladas en él eran más numerosas que las ofensas delineadas en la arena. El amor lo enloqueció; dicen que un loco es como un niño, impulsivo y caprichoso.
El dolor que antes me había sacudido regresó, más punzante. Llevé la mano hacia mi costado y gemí. Entonces entendí su mirada, sus palabras. Me había condenado.
Miré la sangre que teñía mis dedos, oscura y densa. Me había apuñalado en el costado mientras gritaba alertando a Gunnar. Mi destino había quedado sellado. Las runas no mentían. Volví a mirarlo, peleaba en silencio con la muerte aguardando mi respuesta. Su sufrimiento era desgarrador.
Asentí.
Las lágrimas velaron sus ojos, dibujó una dulce sonrisa y se rindió. Expiró pronunciando mi nombre.
Gunnar tenía los dientes apretados, el rostro contorsionado por la furia, mientras seguía hundiendo su ensangrentada espada en el cuerpo sin vida de Rashid.
Cuando reparó en el rostro pétreo y desfigurado de su enemigo se detuvo.
Siguió su mirada perdida hasta mí y recuperó el control.
Saltó como impulsado por un resorte hasta donde me hallaba tendida y, con sumo cuidado, me incorporó entre sus brazos.
Miró conmocionado mi rostro; la preocupación lo taladró.
—Estás empapada en sangre —observó con voz chirriante.
—La mayoría no es mía —contesté en un intento por ignorar el dolor y la frustración que crecían a partes iguales—. Además, tú no estás mucho mejor.
Gunnar contempló un instante mis ropas rasgadas y los largos mechones pegajosos por la sangre reseca. Se encogió de hombros.
—El lobo ha hecho un buen trabajo, ¿eh? —mencionó con orgullo, aunque su semblante titilaba conteniendo el llanto—. Aún estoy temblando, nunca he sentido un terror tan intenso.
Sonrió ya entre lágrimas. Me abrazó con tanta fuerza que no pude contener un agudo gemido.
Sobresaltado me separó de su pecho y, con el corazón acelerado inspeccionó mi cuerpo.
Sentí la delicadeza de su mano sobre mí acercándose a la herida del costado.
Alcé la cabeza y la observé con detenimiento.
Era pequeña pero profunda. La sangre manaba lenta, pero incesante.
Estaba en el costado derecho en la mitad superior del torso. Rashid sabía lo que hacía.
De súbito me vi catapultada de nuevo hacia su pecho. Me abracé a su cuello y me levantó con premura. Como si lo persiguieran todos los demonios del averno, corrió por la playa hasta el pueblo con un gesto desesperado en su hermoso rostro.
Escondí el mío en la curva de su cuello y apreté los dientes. Las sacudidas de la carrera imprimían agujas en mi cintura; el dolor se extendía amenazando arrebatarme el conocimiento. Luché contra la negrura que tiraba de mí. Me aferré fuertemente a él.
—Te pondrás bien, amor mío, te lo prometo —jadeó a la carrera, sorteando cadáveres y saltando obstáculos como un atleta, poderoso y grácil aún en su impetuoso apremio.
Cerré por un momento los ojos y sentí su fuerza. Los atronadores latidos de su corazón, el calor que manaba de su hercúleo pecho; todo en él era de una vitalidad sublime. No podía dejar que me siguiera. Iba a perderlo: aquel dolor hacía palidecer al sufrimiento físico y al pánico a la muerte.
Llegamos al centro del poblado y se detuvo en mitad de aquel esperpéntico espectáculo.
—¡Eyra! —aulló.
Las cabañas a nuestro alrededor eran devoradas por un fuego frenético y voraz. Los supervivientes abrazaban a sus seres queridos perecidos en la batalla. Llantos y desolación inundaban la noche. Gunnar, tras recuperar brevemente el resuello, gritó de nuevo, con una voz potente y rasgada.
—¡Madre!
Aquel rugido feroz tuvo su recompensa. La mujer apareció en la entrada de su cabaña, una de las pocas intactas. Parecía más anciana que nunca marchita; derrotada avanzó a trompicones hacia nosotros.
—¡Rápido, pásala dentro!
Gunnar se precipitó desesperado en el interior, me depositó en un camastro y se arrodilló a mi lado.
Eyra me miró con el semblante demudado y contenido.
En sus ojos vi de nuevo la verdad: el fin.
El sufrimiento de la mujer era tan patente que terminé pensando que era yo la afortunada.
Se inclinó sobre mí. Puso una mano sobre mi frente y me susurró.
—Espero que estés preparada para el viaje.
Asentí y, a continuación, escrutó mi herida. En su rostro vi la confirmación de mi suerte. Después se enfrentó con su hijo.
—Es sangre negra —constató empapando su dedo índice en ella—. No puede hacerse nada. Su segundo órgano más vital está dañado severamente. Tendrá una muerte lenta. Se irá apagando como una vela, no sufrirá mucho.
Gunnar negaba con la cabeza. Sus hombros comenzaron a sacudirse, su expresión a crisparse. Y entonces estalló.
—¡No!¡Malditos todos! Maldigo una y mil veces.
Aullaba al cielo, retando a sus dioses. Aquello me rompió el alma.
—¡No lo consentiré!
Entonces bajó la cabeza y estalló en sollozos violentos. Me abrazó y me acunó mientras continuaba profiriendo una única palabra: “no”, de forma incesante.
Se separó de mí. Su mirada me taladró. Nunca sus ojos habían sido tan verdes y límpidos. Quise sumergirme en ellos como en un estanque encantado en lo profundo del bosque. En ellos encontré paz e intenté transmitírsela.
—Te amo, amor mío; lo seguiré haciendo allí donde vaya. No tengo miedo, ya no, pero tienes que vivir por mí. Tienes que ser fuerte, todavía tienes una larga vida por delante.
El dolor y la determinación que vi en sus ojos me paralizaron.
—No, no podré. No. No quiero, ¿lo oyes? —sollozó y apretó los dientes como si el sufrimiento fuera insoportable—. Tú eres mi alma. Mi todo, mi luna, mi sol y mis estrellas. Eres a quien rezo, por quien respiro y cuanto necesito. Si me dejas, iré a buscarte y te encontraré; juró que lo haré.
Le sonreí. Eyra lo supo siempre.
—Bésame —supliqué.
El letargo comenzaba a hacer mella en mí.
Gunnar tomó mis labios con la intensidad del condenado, con desesperación, agonía, ansiedad y pasión.
Abrí mi boca para él y dejé que su lengua enloquecida me devorara.
Era como si quisiera imprimir en mi maltrecho cuerpo su esencia, su vitalidad.
Enredé mis manos en su cabello. Saqué fuerzas de flaqueza para atraerlo más: quería meterlo dentro de mí.
El beso fue una lucha vana por fundirnos el uno en el otro. El ímpetu comenzó a abandonarme. Él notó mi debilidad y me soltó, pero sin apartar mi rostro del suyo: sus ojos enrojecidos se embebían de mis facciones, casi con reverencia.
—Mírame, amor mío, quiero ver esa luz dorada hasta el final, sumergirme en ella. Quiero que me recuerdes, ¿lo oyes? No me olvides, te buscaré a través de los tiempos, pero tienes que esperarme. Jura que lo harás.
—Lo juro.
Fue mi alma la que contestó. Mi ser entero gritaba de angustia y le pedí al Creador que nos uniera de nuevo en otra vida.
No lo olvidaría nunca, ni siquiera en la muerte.
Si volvía a nacer, lo buscaría incansable, y él a mí.
Estábamos unidos para toda la eternidad, unidos hasta el fin de los tiempos.
—Te esperaré —tartamudeé.
Luché contra el cansancio, contra la negrura opresiva que me cercaba, contra el sopor frío que conquistaba cada palmo de mi cuerpo.
—Siempre volveremos a estar juntos.
—Sí, mi amada Freya. Retaré a todos los dioses del Asgard si es necesario, pero te encontraré de nuevo. —Hizo una pausa para recuperar la voz rota por los sollozos—. Mi amor, estás tan bella incluso en tu partida.
* * *
De repente me alzó en brazos y salió de la cabaña. Eyra, envuelta en llanto, nos siguió. En la intemperie, rodeados de luz y oscuridad, de vida y muerte me alzó hacia el cielo.
—Me arrebatan a mi esposa y a mi hijo —clamó—. Pero habrá un día en que los recuperaré. ¡Los reto malditos, vengan por mí!
Me bajó, me acurrucó entre sus fuertes brazos.
Vencido, se sentó en el lodo conmigo en su regazo.
La lluvia lavaba nuestras heridas. Su mano acarició el hijo moribundo que abultaba mi vientre.
Tan solo cinco lunas de gestación. Pero yo lo cuidaría, él también volvería. Juntos los tres, felices para siempre.
Con las miradas atrapadas, enlazadas como la hiedra a un roble, sentí los primeros estertores de la muerte sacudiéndome.
Mi visión se nubló, y se convirtió en un círculo estrecho y nebuloso.
Una luz intensa y blanca, brillante e hipnótica como una mañana nevada, parecía llamarme, la seguí.
Atrás vi a Gunnar constreñido en una mueca agónica, escuché su alarido y recé por él.
Una mano pequeña, casi diminuta se cobijó en la mía.
Sonreí. Anduve sobre el sendero de luz convencida del reencuentro.
Iría tras de mí. Su madre lo ayudaría y me encontraría, no tenía ninguna duda.
El camino se cortó en seco. Ante mí surgieron rostros conocidos y risueños. De pronto caí y floté: floté en la nada.
Pero no estaba sola.