Capítulo 17 #5
Mi primer objetivo era Rashid, sus hombres se acercaban demasiado aprisa.
No tenía mucho tiempo. Vislumbré la abertura en la roca, aquella delgada brecha iluminada por un vibrante resplandor anaranjado que parecía extender su brillante mando hacia la arena.
Más parecía la antesala del infierno que mi única salida.
Más allá de la playa, las crestas de las olas también reflejaban aquel infierno de llamas.
Entonces reparé en el peñasco: una imagen se grabó en mi cabeza.
Sonreí. En ese mismo peñón, por la cara que daba a la aldea, Gunnar había desatado la pasión que sentía por mí a los pocos días de mi llegada.
Recordé con lujo de detalles la pelea con Amina en la orilla y cómo Gunnar me amonestaba con la excusa de llevarme hacia ese montículo rocoso, cómo me aprisionó contra él y me devoró con la boca.
De nuevo cerré los ojos y sentí sus labios sobre los míos.
La sensación era tan vívida que gemí. Abrí los ojos.
Las lágrimas escaparon. Lo amaba tanto, lo necesitaba tanto.
Mi amor, pensé, nunca te olvidaré, esté donde esté.
Ese fue mi último pensamiento humano. El animal que llevaba dentro emergió de las profundidades, más furioso y hambriento que nunca.
En un único movimiento liberé el puñal y giré con la velocidad del rayo.
Rashid, en ese momento, volvía la cara hacia mí.
La hoja sesgó su rostro. El tajo en diagonal surcó el lado derecho de su cara, desde el nacimiento del pelo hasta la barbilla. La sangre manó de la carne rasgada.
Rashid soltó un alarido y se derrumbó sobre sus rodillas con las manos cubriendo su maltrecho rostro.
Libre de su presa, y ante la asombrada expresión de Ada, me lancé sobre ella.
La sujeté por detrás. Rodeé su cuello con mi brazo presionándole la garganta.
Apunté el puñal hacia la vena que palpitaba enloquecida en la fina piel y susurré con frialdad:
—Creí que eras más lista. No se debe desear lo imposible.
Ejercí algo más de presión hasta que la escuché gorgotear y silbar por falta de oxígeno.
—Tendrás una muerte rápida —siseé—, aunque no será por piedad, sino por falta de tiempo.
Mi mano no titubeó. Rebané su garganta con lenta precisión.
La sangre salió a borbotones como una grotesca fuente escarlata incesante, espesa y cálida. Su hedor metálico inundó el aire salado y húmedo de la noche. El cuerpo de la muchacha se convulsionaba contra mí; pude sentir cómo la vida se escapaba de él. La sujeté con más fuerza.
Miré al frente. Los marineros se habían dividido en dos grupos. Uno atendía a Rashid y el otro corría hacia mí. Eran tres piratas bereberes sucios y peligrosos; no tendría ninguna oportunidad si me enfrentaba a ellos.
Solté el cuerpo ya inerte de Ada. Corrí y grité como alma que lleva el diablo. Gritaba su nombre una y otra vez.
La abertura estaba cada vez más cerca, al igual que los pasos de mis perseguidores. La brisa con regusto ahumado y salobre agitaba mi cabello y mi ropa. Podía escuchar el aliento agitado, jadeante, de los piratas. Aquello trajo otro recuerdo a mi mente.
El día que intenté escapar de él. Corría a través de las marismas de Gades. También en esa ocasión escuché sus fuertes pisadas ganar terreno, su aliento tras de mí, su mano agarrando mi capa. Cayó sobre mí y me inmovilizó contra el barro. Llovía. Nuestras miradas quedaron enlazadas.
El corazón se me encogió de nuevo. Lloré de rabia y ansiedad. Aquella imagen, rostro contra rostro con la lluvia acariciándonos, envolviéndonos. Casi la sentí en mi piel. Anonadada, descubrí que gotas de agua golpeaban mi rostro. Había comenzado a llover.
Corrí con más ahínco. Contuve el aliento cuando una mano rozó mi espalda. Salté hacia delante y trastabillé con unas piedras. Aquello casi me hizo perder el equilibrio.
La mano entonces agarró mi túnica. Grité y lancé una patada que logró su objetivo, un gemido de dolor y mi liberación. Casi había llegado. El corazón me saltaba del pecho y mis pulmones gemían doloridos. Agaché la cabeza. Gruñí agarrándome a la desesperación. Un último esfuerzo.
Entonces alcancé mi objetivo. No miré atrás, pero sabía que ellos estaban muy cerca. Una voz tras de mí me heló la sangre. Era casi un aullido desesperado.
—¡Shahlaa!
No pude evitar girar. No podía creer que, herido como estaba, pudiera continuar persiguiéndome.
Así era. Recordé una frase de mi madre: “No hay reto inalcanzable ni meta imposible que la terquedad no logre”.
Aquello imprimió fuerza renovada a mis piernas y aire extra a mis pulmones.
Atravesé la oquedad como una centella. Salí a la amplia playa que llevaba al embarcadero. Ante mí se desarrollaba una batalla.
Relinchos de caballo, alaridos de dolor infrahumano, entrechocar de metal, demonios de pelo largo y ensangrentado despedazándose entre sí. Cuerpos mutilados, retorcidos, amontonados. Oscuridad rota por hebras rojizas y una lluvia fina, pero persistente.
Entre toda esa mortal barahúnda, Gunnar peleaba con ferocidad contra otro hombre.
Ulf, el traidor. Junto a ellos, el cuerpo ensangrentado de una mujer, Amina, que agonizaba tirada en la arena.
Una brecha profunda surcaba su vientre. En un último aliento de vida me divisó y clavó sus negros ojos en los míos. Fui la última testigo de su muerte.
—¡Gunnar! —grité a pulmón tendido.
Otro recuerdo me asaltó, sepultándome por su intensidad. La misma escena, con los personajes invertidos, en la lejana Isbiliya. El destino parecía mofarse de mi suerte.
Gunnar me miró y en sus claros ojos asomó el alivio.
Perdida la concentración, su oponente descargó un mandoble en su pecho.
La cota de malla absorbió el golpe, pero cayó hacia atrás.
Entonces Ulf aprovechó la ventaja para contraatacar con más energía.
Gunnar alternaba la parada de cada estoque con vistazos horrorizados en mi dirección.
Parecía desesperado por escapar del asedio de Ulf y correr a mi encuentro.
Yo continuaba corriendo, aunque a duras penas mantenía el equilibrio.
Sentía la presencia de Rashid cada vez más cerca, pero las fuerzas empezaban a fallarme.
Sentía que no era capaz de llegar hasta él.
Esa desesperación arrancaba sollozos de impotencia de mi garganta.
Las rodillas me fallaron y caí. Presurosa y asustada me apoyé en las palmas de las manos y me impulsé hacia arriba. No logré incorporarme.
El impacto me dejó sin respiración. Rashid me embistió con la fuerza de un navío a la deriva. De nuevo forcejeamos. La brecha vista desde cerca era escalofriante. Por milagro, no había dañado el ojo, pero los bordes sanguinolentos e inflamados deformaban su antaña apostura.
—Mía o de nadie —repitió.
Me debatí contra él, pero, de alguna forma, consiguió apresar mis muñecas por encima de mi cabeza con una sola mano. El claro y aterrador brillo de la locura teñía su mirada. La sangre de su rostro caía sobre el mío mezclada con la lluvia. Grité. Volví la cabeza en busca de Gunnar.
Había recibido una herida en el hombro que sangraba abundantemente. Sus ojos no se apartaron de los míos. De pronto gritó mi nombre. Echó a correr como un demonio enloquecido.
Ver a aquel gigante correr con una máscara de furia desatada en el rostro ensangrentado y desesperado haría huir a todos los dioses del Asgard, pero no al pobre loco insensato y ciego que tenía sobre mí.
Sin embargo, y desde donde estaba, vi a Ulf lanzarse tras él. Alzó los brazos con la espada en alto y descargó el golpe.
Grité de puro terror, sentí un dolor físico tan agudo que temí ver a Gunnar yacer en la arena, pero fue más rápido.
Leyó en mis ojos el peligro, se frenó en seco, posó una rodilla en la arena, bajó la cabeza y lanzó una estocada mortal hacia atrás sin ni siquiera mirar.
Ulf cayó sin vida tras él. La estocada le atravesó de lleno el pecho.
—Perdóname, mi amor, perdóname —musitaba Rashid contra mi oído—. Ahora estaremos siempre juntos.
Lo miré sin entender, confusa por sus palabras. No tuvo tiempo de añadir nada más. Un diablo rugiente se abalanzó sobre él, arrancándomelo de encima.
Rashid ni siquiera se resistió. Tumbado boca arriba con Gunnar a horcajadas, clavó su mirada en mí.
Su expresión ni siquiera se alteró cuando la hoja entró en su pecho, tan solo un leve crispamiento contrajo sus facciones.
Una inusitada complacencia pareció invadir sus últimos instantes.
Casi pude ver el amago de una sonrisa. Al tiempo que la vida escapaba de su cuerpo, pareció rejuvenecer como liberado de una agonía que lo había estado aplastando, envejeciendo un alma transida.
Durante aquella breve metamorfosis, pude ver al Rashid que conocí, al joven emprendedor, dinámico y seductor que tan feliz logró hacerme.
De nuevo sus labios formaron la frase “ Ana asif ”, lo siento.
Cuenta una leyenda árabe que, en un viaje por el desierto, dos amigos discutieron.
En el calor de la disputa uno propinó una bofetada al otro.
El ofendido escribió en la arena: “Hoy, mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro”.
Reanudaron el camino y llegaron a un oasis donde decidieron bañarse.
El que había sido abofeteado comenzó a ahogarse y su amigo lo salvó.
Al recuperarse tomó un estilete y grabó en una piedra: “Hoy, mi mejor amigo me salvó la vida”. Entonces el salvador le preguntó intrigado:
—¿Por qué después de que te lastimé escribiste en la arena y ahora en la piedra?
Sonriendo contestó:
—Cuando un gran amigo nos ofende, hemos de escribirlo en la arena, donde el viento del perdón y el olvido se encargará de borrarlo. En cambio, si nos regala algo grandioso, hemos de grabarlo en la piedra del corazón para que ningún viento de la tierra pueda extinguirlo.