Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 17 #4
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Capítulo 17 #4

—¿Desde dónde los viste llegar? Dijiste que viste sus antorchas. Es obvio que entraron por el bosque, y solo hay una forma de ver eso: desde las atalayas. Ahora, miserable rata vil e infecta, dime ¿qué hacías tú en lo alto de una atalaya? No, no me contestes; lo haré yo por ti: matabas al vigía.

Ada no contestó directamente, pero lo hizo su silencio.

—Después tú o tus aliados se encargaron de abrir el portón de entrada. Solo me queda una cuestión por discernir. ¿Por qué?

—Por monedas de plata, por la libertad, por envidia, por odio. ¿Necesitas más motivos?

De toda su atroz exposición, solo lo primero llamó mi atención.

—Explícame lo de la plata, ¿quién te pagó?

—Yo.

Aquella voz melodiosa logró el efecto esperado, la sorpresa. Me volví como envuelta en una pesadilla, con movimientos lentos y pesados. No podía creer lo que veía. Ada aprovechó aquella interrupción para escapar.

El hombre que había salido de entre los peñascos debía de estar a millas de allí; sin embargo, caminaba lentamente hacia mí con mirada penetrante y porte altivo.

Sus oscuros ojos se detuvieron en Ada. Asintió satisfecho, como muda aprobación a su trabajo.

Entonces levantó una bolsa pesada y se la entregó.

—Aquí acaba nuestra sociedad, pequeña gala —murmuró en árabe.

Yo todavía no podía salir de mi asombro, parpadeaba en un vano intento por negar aquella visión. Sin embargo, era real. Ahí estaba aquel rostro apuesto, que tanto había adorado en otro tiempo, Rashid, mi otrora amor, trocado en pesadilla.

—¡Tú!

Algo se iluminó en mi cabeza y, con suma claridad, vi otra pieza encajada.

Ada, carcomida por la envidia y la necesidad de poseer a Gunnar, había formado alianza con la otra parte, de manera que ambos salieran beneficiados.

Ella fue quien le había dicho a Rashid que yo lo nombraba en sueños haciéndole creer que en el fondo todavía sentía algo por él.

Aquello provocó el secuestro y mi posterior violación.

Sentí la mirada de Rashid fija en mí, pero cubierta de una máscara de frialdad que no había visto antes.

—Veo con claridad cómo funciona tu mente, Shahlaa, cómo intentas descifrar el extraño acuerdo entre la pequeña y yo.

Alcé la daga y la sacudí en un amplio movimiento circular.

Rashid frenó su avance; no obstante, sonrió.

—Te has convertido en toda una guerrera, ¿eh? Tendré que domarte. No imaginas las ganas que tengo.

—¡Ni un paso más, maldito! —escupí entre dientes.

El resplandor de la luna arrancó destellos de la afilada hoja.

—Ada se presentó ante mí cuando mi corazón roto sangraba tu pérdida, pero Alá, en su infinita sabiduría, tendió su mano hacia mí, otorgándome su favor.

Ella quería a tu hombre y yo a ti. Para asegurarme su lealtad, le ofrecí dinero.

Ya sabes que ante todo soy un comerciante.

—Sonrió ladino y continuó—. Cuando me golpeaste —frunció levemente el ceño y se tocó la coronilla—, me llevaron al camarote.

La astuta Ada se coló en él mientras me robaban la mercancía.

Me ayudó a recuperar la consciencia y me puso al tanto de la situación.

Entonces forjamos el plan. Puse un hombre que hacía de intermediario entre ella y yo.

Unos hombres aparecieron tras él con turbantes blancos. Sus marineros. Otro agujero surgió en mi corazón.

—¿Y mi tío?

—¡Oh, sufrió un desagradable accidente! Cayó por la borda.

Ciega de furia y odio me lancé contra él. Descargué mi daga hacia su pecho. Él saltó hacia atrás con la agilidad de un gato; la hoja se deslizó por su antebrazo. La sangre comenzó a empaparle la manga.

Aquello no me detuvo. Me abrí de piernas y flexioné las rodillas para conseguir más estabilidad al tiempo que me inclinaba veloz hacia delante moviendo la daga en círculos letales.

Rashid esquivaba cada ataque, concentrado en mi siguiente movimiento.

—Lo haces muy bien, preciosa, vamos, ven por mí.

Apreté con fuerza la mandíbula y decidí fijar mi objetivo en su costado.

Así que salté hacia el lado contrario engañándolo y, sin dilación, esperando su regate, lo sorprendí justo donde quería.

Enfilé mi brazo hacia su cuerpo y logré clavarle más de media daga en la cintura.

La sangre comenzó a brotar oscureciendo sus ropas.

La cara de Rashid se encogió entre el dolor y el asombro.

Me había subestimado. No obstante, no era una herida mortal.

Sus hombres comenzaron a rodearme, pero a una señal de Rashid se detuvieron.

—¡Es mía!

De pronto, escuché una voz lejana gritando mi nombre. El corazón me dio un vuelco en el pecho. Ahora fue él quien aprovechó mi desconcierto. Saltó sobre mí como un tigre; me derribó sobre la arena. La daga se perdió en la noche.

Tendido sobre mí, inmovilizó mis manos por encima de mi cabeza y mis piernas bajo las suyas. Con la nariz pegada a la mía susurró:

—Mía o de nadie.

Aquel que tenía sobre mí era mi verdugo. En sus ojos avellanados, titilaba un brillo de locura. Aquel no era mi Rashid. Entonces comprendí que él también había muerto ese día, el día en que me había convertido en esclava.

El hombre que tenía ante mí no era sino un burdo recuerdo, un pálido reflejo del que recordaba, pero carente de la esencia, del alma que un día tanto había amado.

Solo tenía una oportunidad y era ganar tiempo.

El libre albedrío jugaba en ese instante su carta.

La voz que me buscaba era la de Gunnar. Reprimí las ganas de llorar, casi podía escuchar los resortes de mi cerebro estrujándose en busca de una oportunidad.

—Entonces seré tuya, tuya de nuevo —musité entre jadeos.

Nariz contra nariz sentí un aliento en la boca.

—Esta vez no vas a engañarme, Shahlaa. Sé que solo es una treta, pero no va a funcionar. Ahora me odias, pero yo cambiaré eso.

Entonces sentí un acceso de rabia tan agudo que amenazó con ahogarme. Por su maldita obsesión había llegado incluso a masacrar a un pueblo. Me retorcí desesperada sin conseguir moverlo ni un ápice.

—Estás loco si crees que podré enamorarme de un vulgar asesino. ¡No sabes cuánto te desprecio! Esa gente inocente está pagando tu locura y jamás voy a perdonártelo.

Se separó apenas. Para mi horror, desenfundo su daga curva.

—Que yo sepa, no es mi gente la que está atacando el pueblo, ni siquiera fue mi idea. Todo se lo debo a Ada: los ejércitos del mundo se han perdido un gran general.

Gruñí y de nuevo me agité. Rashid, harto de mi resistencia, apoyó la daga en la base de mi cuello.

—Te conviene ser sumisa —aconsejó.

—¿Quién está atacando la aldea entonces?

—Los hombres de un tal Ulf. Ella lo ideó todo.

Entonces la aludida se acercó para arrodillarse junto a nosotros.

—Me gané la confianza de Sigrid haciéndole creer que estaba de su parte.

Ella ardía en deseos de deshacerse de ti y, bueno, yo le di la solución.

La insté a que mandara llamar a las tropas de Ulf para arrasar el pueblo y matarte durante el ataque.

Una maravillosa forma de distraer a tus guardianes mientras te arrastraba aquí, al punto de encuentro.

En su rostro azulado por la noche una sonrisa pérfida emergió con lentitud.

—Para mí vales mucho más viva. —Alzó la pesada bolsa de sarga y la sacudió arrancando un tintineo metálico—. Y con el mismo resultado: hacerte desaparecer.

—¿Tanto me odias?

La sonrisa se amplió. De pronto se inclinó y depositó un beso en mi frente.

—No, querida, no te odio, pero me estorbas. Tengo una meta y debo apartarte para llegar a ella, eso es todo.

—¡Maldita! —lo escupí—. Nunca lo conseguirás, nunca.

Ada chasqueó la lengua con sorna. Agachada, me levanto la barbilla para que viera su rostro más de cerca.

—Cuando Rashid te lleve, le haré creer que has muerto; quemaré el cadáver de otra mujer si es necesario.

Descargará toda su furia contra Sigrid y, cuando todo se calme, bueno ahí estaré yo para consolarlo.

Tendré paciencia, te lo aseguro. Con el tiempo, sentirá que me necesita; me haré imprescindible para él.

Aunque nunca llegue a amarme como a ti, será mío: eso es cuanto deseo.

—Te equivocas, no sabes cuánto —murmuré derrumbada.

Entonces, Rashid se incorporó arrastrándome con él. Me puso delante de su cuerpo sin dejar de apuntarme con la daga y me rodeó fuertemente la cintura.

—Hora de irnos —anunció.

Fingí un ataque de tos. Me doblé como sacudida por una arcada violenta. Mientras me sujetaba el abdomen con una mano, con la otra tanteé rápidamente el puñal.

Me doblé todavía más, como si en efecto estuviera vomitando. Extraje el puñal y lo escondí en mi mano. Con suma cautela oculté parte de la hoja en la manga de mi camisola.

—Creí que ya te habías librado de las náuseas —comentó Ada con sorna.

Rashid, sin soltarme la cintura, giró ligeramente la cabeza y silbó hacia sus hombres.

Una parte de mí gritaba que aceptara ese destino.

No moriría, al menos no mi cuerpo, y mi hijo nacería.

Pero otra parte me decía que mi hijo crecería junto a un asesino inmisericorde, que ambos seríamos esclavos y desdichados.

Ni siquiera tenía la certeza de que Rashid dejaría a mi hijo con vida.

Así que solo tenía ante mí un camino: soltar al lobo y clamar al Cielo una última oportunidad.

Cerré los ojos. En silencio elevé una plegaria a quien quisiera escucharla, ya fuera Alá, Jesucristo, Yahvé o los dioses del Norte: ahora solo me tenía a mí misma.

Aguardé un instante. Agucé los oídos con el corazón palpitante, anhelando con el alma volver a escuchar su voz.

Sentí que llegaría a tiempo, pero nada llegó, tan solo gritos lejanos de agonía, el crepitar del fuego que devoraba la aldea y las olas, lentas y perezosas, calmas y relajantes, cruel contraste con la tragedia que presenciaban.

Entonces tragué saliva, tal vez por última vez, y actué.