Capítulo 17 #3
A menudo cerraba los ojos; entonces, acariciada por el sol evocaba mi tierra, mi origen.
Veía las polvorientas calles de Toledo azotadas por el abrasador calor del mediodía de agosto, escuchaba el rumor del Tajo serpenteando entre los numerosos puentes pedregosos, perdiéndose en sus meandros y descansando perezoso en un ribazo oculto.
Rostros amados surgían ante mí con sonrisas sempiternas.
Cada instante, cada sensación, por insignificante que pareciera, era paladeada hasta la saciedad, masticada con lentitud y engullida con placer.
Tras todo eso, un soterrado matiz rebelde bullía agazapado en un rincón de mi alma, presto y dispuesto a atrapar un asidero.
Un rostro, no tan amado, se plantó frente a mí con una sonrisa indescifrable.
—Necesito hablar contigo —comenzó Ada.
Una suave brisa levantó uno de sus ingobernables rizos; le ocultó en parte el rostro. Ella, con gesto brusco, lo acomodó tras la oreja. Con semblante apremiante me tomó del brazo y me alejó unos pasos de mis guardianes.
—Ya no escuchan, ¿qué tienes que decirme?
En tres semanas su actitud había cambiado radicalmente.
Tal vez por la ausencia del hombre que la convertía en mi rival, tal vez porque Ragnar ganaba terreno; de cualquier modo, agradecí no tener que lidiar con su genio.
De manera habitual se acercaba a ofrecerme consuelo y buscaba consejos y conversación.
Quería creer que había ganado una amiga, ella me había pedido perdón por sus arranques; yo de corazón olvidé agravios y desconfianza: después de todo no era mi verdugo.
—Se trata de Sigrid, algo trama.
Otro aviso.
—Cuéntame lo que sepas —la insté.
—Anoche la escuché hablar con su madre. Han mandado un emisario hacia la contienda en busca de Ulf; le piden regresar con urgencia para hacerse cargo de un obstáculo importante.
Me miró significativamente.
—Eres tú, ¿verdad? Planean matarte.
—Al menos ya sé qué esperar y de quién —repliqué con frialdad.
Ada abrió desmesuradamente sus oscuros ojos.
—¿Lo sabías? —inquirió boquiabierta—. ¿Y estás ahí tan tranquila?
Señalé con la cabeza a los hombres que aguardaban pacientes tras de mí.
—¿Por qué si no iba a llevar vigilancia intensiva?
—Bueno, y ¿qué piensas hacer?
—Defenderme, por supuesto.
Ada tenía la boca tan abierta que temí que se le desarticulara la mandíbula.
—¿Defenderte dices? Por favor, huye ahora que estás a tiempo. Marcha junto a tu esposo; él te protegerá.
Sonreí. Jamás imaginé escuchar esas palabras de su boca. Ada me mirada como si hubiera perdido el juicio.
—Él ya tiene bastante con proteger su propia vida.
Ella tomó mi mano entre las suyas: su expresión preocupada me conmovió.
—Entonces yo te ayudaré —se ofreció—. Sé que tienes a esos dos ogros gigantescos a tu servicio, pero ninguno puede camuflarse como yo. Estaré alerta y te mantendré al tanto de lo que descubra.
—Uno de esos ogros es tu esposo —le recordé.
Miró al mencionado con el ceño fruncido, pero al cabo suavizó su expresión y consiguió dedicarle una burda sonrisa.
—Por eso lo sé —se limitó a contestar con un dejo de tristeza.
—¿Tan infeliz te hace?
Negó con la cabeza, permaneció pensativa, como ausente, hasta que su pequeña nariz se arrugó en un mohín testarudo.
—La verdad es que me estoy acostumbrando a él, pero… es… tan grande y rudo.
Sonreí de nuevo, aquella confidencia era otro paso en la dirección correcta.
—Ellos son así, pero poseen un corazón límpido y noble. Son desproporcionados incluso en sus sentimientos.
Asintió, en sus mejillas se encendió un pequeño y sonrosado fuego que me llevó a adivinar que hablaba en un sentido físico literal.
—Muchas elevarían plegarias a los dioses —bromeé.
Sin poder evitarlo, solté una carcajada. Ada, contagiada, también rio, atrayendo la atención de los hombres. La pasmada expresión de Ragnar no hizo sino incrementar nuestras carcajadas.
—No irás a decirme que es como su cabeza, ¿no? —prorrumpí entre risas, señalando la alopécica cabeza del guerrero.
—Casi… —contestó entre lágrimas, sus carcajadas le impedían proseguir.
—Ahora entiendo por qué andas tan despacio.
Ada se dobló en dos convulsionada por la risa.
—A veces no puedo ni dar un paso —logró articular.
Tras el último y descontrolado acceso de carcajeo conseguimos calmarnos. Ada se secaba las lágrimas con la manga de su túnica.
—Hacía tanto tiempo que no me reía así —confesó.
—Es estupendo, ¿no es cierto? Deberías hacerlo más a menudo, es la mejor terapia que conozco para casi todo.
—Sin duda —confirmó—. Ahora me doy cuenta de lo equivocada que estuve contigo y lo injusta que fui. El día que me encontraste cambió mi suerte.
Un brillo extraño destelló en sus ojos. Enseguida me vi catapultada hacia su delgado cuerpo y envuelta en un abrazo cálido y agradecido.
—Si vuelves a darme las gracias, te vomitaré encima.
Ada me soltó y se apartó unos pasos.
—No me eches la culpa de tus náuseas.
Sonreí poseída por una satisfacción gratificante.
—Tranquila, ya me libré de ellas.
Caminamos tomadas de la mano, saboreando una amistad cargada de promesas.
* * *
Tres noches después, unos golpes en la puerta impulsaron a Thorffin fuera de su camastro. Ragnar, algo más somnoliento, se restregaba los ojos, evidentemente confuso.
—¡Por la túnica de Loki! ¿Quién perturba mi sueño? —vociferó el primero.
De una zancada llegó a la puerta y la abrió, una ráfaga de viento sacudió su roja cabellera.
—¡Nos atacan! —gritó Ada; no pude ver su rostro, pero sentí su miedo.
Me puse en pie. Corrí hacia ella.
—Es un grupo numeroso, he visto las antorchas, estoy segura de que es Ulf —explicó.
Thorffin frunció el ceño.
—¿Y cómo sabes que son enemigos? Tal vez sean los nuestros que regresan —replicó receloso—. Aunque, si fueran los nuestros, habrían sonado los cuernos de las atalayas. Y no oigo nada.
Ada, con los ojos desorbitados, miró angustiada a su esposo.
—Es cierto, llevan las espadas en alto, no hay que perder el tiempo. No sé qué ha pasado con los malditos cuernos, pero están a punto de llegar —casi gritó. De un salto se acurrucó en los brazos de Ragnar.
—Solo hay una manera de saberlo —masculló Thorffin al tiempo que salía a la carrera—. Tú quédate con ellas —ordenó ya fuera de la cabaña.
Una sola pregunta rondaba mi cabeza, una a la que no encontraba explicación y que sembraba una imagen en mi cabeza: la runa As, mentiras y engaños. Miré a Ada; me dejé llevar por mi intuición.
Palpé la daga que siempre llevaba en un cinto colgando sobre la cadera. Supe que esa noche tendría que usarla. También sentí el puñal escondido en mi bota. Los recuerdos de cómo usar las armas afloraron frescos a mi cabeza. Estaba preparada. Entonces, llegaron los gritos.
Cuando abandonamos la cabaña, el infierno iluminaba la noche.
Cientos de antorchas incendiarias caían sobre los tejados.
Guerreros a caballo descargaban mandobles a diestra y siniestra sobre hombres, mujeres y niños.
Dejaban a su paso un reguero de muerte. Por doquier cuerpos ensangrentados cubrían sembrados y senderos. Alaridos aterrados rompían la noche.
Ragnar sacó la espada y se abalanzó de un salto sobre el primer asaltante que encontró. Ada soltó un grito de espanto y se abrazó a mí.
—¡Al escondite! —lo oímos gritar al tiempo que desmontaba de un mandoble a uno de los jinetes. La sangre ya teñía su rostro.
Sin pérdida de tiempo, Ada me arrastró con ella.
Sorteamos varias monturas y corrimos entre aquel pandemónium rezando para nuestros adentros.
El fuego ya lamía las cabañas. El humo denso se nos metía en la garganta, lo que nos provocaba toses violentas.
En uno de los giros, nos topamos con Jimena, que sollozaba agazapada en un rincón de un huerto trasero.
Al vernos, salió a nuestro encuentro para unírsenos en la huida.
Íbamos hacia la playa. Ada nos dirigía mirando con ansiedad hacia un lado y otro, con los ojos enrojecidos y lacrimosos.
Corríamos por la arena húmeda, asentada, cuando escuchamos los cascos de un caballo tras nosotras.
Sentí los latidos retumbando como un eco perpetuo en mi interior.
La sangre se agolpó en mis venas. Aceleré el paso hasta que sentí arder los pulmones.
Ada y Jimena quedaron rezagadas. Mi objetivo era un peñasco con una pequeña abertura que daba acceso a otra cala.
Miré atrás. Lo que vi me frenó en seco. El guerrero había tomado a Jimena por el cabello y la arrastraba tras él dando tumbos. Sus gritos me atravesaron el alma.
De un rápido movimiento desenfundé la daga y me puse en guardia. Pero Ada me agarró con fuerza; tiró de mí, me obligó a correr tras ella.
—Ella ya está muerta —aseguró.
Jadeantes, logramos llegar al peñasco; el rumor de las olas colisionando contra el acantilado sofocaban la batahola de destrucción que habíamos dejado atrás. Ada me obligó a pasar primero y, en apenas un instante, nos encontramos a salvo en aquella playa desierta.
Ambas respirábamos agitadas, cada una contemplando el semblante de la otra. Mi primer pensamiento fue para Eyra; el segundo lo tenía frente a mí. No había tiempo que perder.
Subrepticiamente, simulé inspeccionar el lugar para colocarme detrás de ella. De un movimiento raudo, la apresé por los hombros presionando la punta de mi daga contra su cuello.
—Un solo movimiento y cubriré la arena de sangre de rata.
Ada se envaró, notaba sus latidos en mi mano.
—Porque eso eres tú, una rata inmunda y traicionera.
—Has perdido el juicio —se defendió inmóvil—. No sé de qué hablas.
—¿De veras? Entonces dime: ¿cómo sabías que nos atacaban?
La escuché tragar saliva, se frotó las manos contra la túnica.
—Ya dije que los vi llegar a la aldea —insistió algo trémula.