Capítulo 17 #2
—Isa, de cara —musitó sin levantar la mirada, aunque alargó la mano para acariciar la runa, con una simple línea vertical surcando su centro—.
Representa un cese de las actividades, una congelación.
Como la semilla enterrada en la nieve que debe esperar paciente a que llegue la primavera para brotar de nuevo.
Esta es la única que aligera algo mi corazón.
—Perth, la muerte de alguien cercano —soltó a bocajarro.
—¡No! —grité y me derrumbé. De un manotazo violento esparcí las runas por el suelo—. No lo consentiré —gemí agónica.
—Y Wird, la runa blanca —continuó la anciana como si aquellos guijarros malditos siguieran en sus posiciones—. Representa el poder cósmico del destino, algo inesperado va a ocurrir y lo que está predestinado que ocurra no se podrá evitar.
Entonces, se volvió hacia mí con la mirada rota por el dolor. Su rostro pareció envejecer, el sufrimiento tenía ese don.
—Wird también es una página en blanco —repliqué furiosa—. Y yo escribiré en ella, cambiaré su destino. Gunnar no va a morir. Partiré ahora mismo y…
—Gunnar no va a morir.
Me interrumpió con escalofriante serenidad. Abrí los ojos desmesuradamente, sin saber si reír o llorar, la sorpresa y la confusión hicieron mella en mí. Esta vez fue la mano de Eyra la que sostuvo mi hombro.
—Estas runas hablan de ti.
Sentí como si cayera en un pozo negro, estrecho, profundo y maloliente.
Llevé mis manos hacia mi vientre y me abracé.
No, me dije, nadie nos hará daño. No lo permitiré.
La negación que brotaba de cada poro de mi piel sacudía también mi cabeza, ponía voz en mis labios y una furia ensordecedora en mi alma.
—No —susurré—. Eso no va a pasar.
Eyra me tomó por los brazos con fuerza y me sacudió con vigor.
—Entonces huye, muchacha, monta en el primer caballo que encuentres a tu paso y parte rumbo a un puerto que te devuelva a tu tierra, al-Andalus, de donde no debiste salir.
La negación permanente de mi cabeza tomó más brío.
—Nunca lo abandonaré —musité ya sumida en el llanto.
—Lo harás; si te quedas, la muerte te llevará.
—Pero todavía estoy a tiempo, los avisos… Seré cauta, sé quién es mi enemiga.
Eyra agitó la cabeza, parecía a punto de desplomarse.
—Tu corazón ya te había avisado, ¿verdad?
Ahora las runas, mi don, todo indica que el destino se cumple.
Primero las advertencias, Fehu, Uruz, Turisaz, luego Rad, el viaje al otro mundo, Kano y Perth, el fin, la muerte, pero esta Isa.
—Hizo una pausa en la que consiguió forzar una sonrisa breve y titilante—.
Sí, Isa es el renacimiento del cuerpo y la mente, la semilla que brota y germina en un páramo nuevo más propicio, verde y fértil.
Renacerás, muchacha, y él contigo. Eso es cuanto te queda, un ajado tablón a la deriva en un océano embravecido, pero un agarre al fin y al cabo.
Las lágrimas cuajaban mi rostro como los surcos de un sembrado, continuos e interminables.
—Si mi destino está marcado, ¿por qué huir?
Eyra tardó en contestar, lloraba en silencio.
—Nunca se debe dejar de correr a pesar de saber que el camino se acaba, nunca hay que dejar de luchar por una causa perdida; si no, el hombre no sería tal, ni la humanidad progresaría.
Y, sobre todo, porque a pesar de las estrellas y los designios divinos, siempre hay un resquicio angosto por el que colarse.
Es lo que se conoce como el libre albedrío.
Si tus puertas están cerradas, pues golpéalas, empújalas, aráñalas, pero no te quedes parada, eso nunca.
Si tienes que irte, planta batalla, muere como un guerrero.
—Lo haré, te juro que lo haré, pero no será huyendo —prometí embargada por una fuerza desconocida, una fuerza gobernada por la rabia, pero también por una determinación serena y firme. De alguna y sorprendente manera el miedo desapareció. No obstante, quedó el dolor y no por mí, sino por él.
Eyra pareció leer mi rostro como un libro abierto.
—Gunnar irá tras de ti.
Aquello fue como una bofetada traicionera.
—Acabas de decir que vivirá —increpé vehemente.
Eyra asintió con semblante vencido.
—Sí, pequeña, volverá ileso de la guerra, pero cuando mueras, morirá contigo, ambos son uno.
Mi corazón de madre ya llora su pérdida, mi don trae visiones a mi mente.
Lo veo abrazado a tu cuerpo inerte, gritando impotente, llorando desgarrado, maldiciendo al cielo y a todos sus habitantes inmortales; lo veo pidiéndome que acabe con su sufrimiento, y a mí posando en sus labios un veneno letal e indoloro.
Cerró los ojos, contrajo su expresión y dejó escapar un gemido que intentaba sofocar un sollozo.
—Le di la vida y se la quitaré como lo hice con su padre. Soy el verdugo de mi propio corazón, ¿acaso hay designio más infame?
—Entonces no lo hagas: ayúdalo, dale fuerzas para vivir.
Los ojos vacuos de la mujer mostraron un alma desgarrada, rota en finas hebras.
—¿Vivir sin ti? ¿Quieres que lo condene a una vida vacía?
¿Qué lo vea deambular como un fantasma doliente con el corazón sangrante?
¿Una sombra atroz del hombre que fue? No, no podría.
Sé mejor que nadie cómo es esa vida y no la quiero para él.
Al menos, yo lo tuve a él para escapar de la locura, pero él no tendrá nada.
Me sentía cada vez más cansada, la tensión se distendía dando paso al sopor. Mi alma necesitaba descansar para sollozar con más fuerza; mi cuerpo dormir, para luchar, y mi corazón… Mi corazón estaba lejos, camino a una guerra.
—Te tendrá a ti —logré decir.
—Sí, por primera y última vez me llamara madre.
Entonces vino a mi cabeza el pergamino y lo entendí todo. Las piezas iban ocupando su lugar, un lugar aterrador.
—Se lo confesaste todo en esa carta, ¿no es cierto?
—Sí; cuando regrese, necesitará una madre más que nunca.
Asentí. Sentí un regusto amargo en la boca.
—¿Sabes al menos quién acabará con mi vida?
—No será quien imaginas —contestó en un hilo de voz.
—¿Ni Sigrid, ni su madre?
Eyra negó con la cabeza.
—¿Amina? ¿Tal vez Ada?
De nuevo negó, la bilis estallaba en mi garganta inundándome en un abismo acerbo y sofocante. Los jugos del estómago se revolvían contra las paredes como olas salvajes que devoran el costado de una nave.
—Será un hombre —concluyó—. Es cuanto puedo decirte.
Entonces la negrura tiró de mí, no sentí el golpe contra el suelo.
* * *
—¿Quieres dejar de molestarme, estúpido tramposo? —rugió Thorffin.
—¿Me estás llamando tramposo? —se defendió Ragnar—. Que Thor baje del Valhalla y me golpee con su martillo si eso es cierto. Te gané limpiamente, enorme oso rojo, y lo sabes.
—Si a mover a escondidas tus figuras lo llamas ganar limpiamente, entonces sí, lo has hecho.
Ragnar se levantó ofuscado y apartó de un golpe la mesa que los separaba. Era la tercera vez que tenía que detener una pelea.
Comenzaba a aburrirme. Me maldije por haberlos iniciado en aquel juego de estrategia, el shatranj , un juego muy popular en el islam y un homenaje a la victoria de Alejandro Magno en su marcha hacia la India.
El juego constaba de dos ejércitos, cada uno con carros, elefantes, infantería y caballería en torno a un rey y su ministro.
A cada grupo de piezas se le otorgaba unos movimientos determinados mediante los cuales debía derrocar al rey contrario.
Aquel juego tan popular en al-Andalus; solo se jugaba en moradas de nobles y príncipes.
Las piezas y tableros solían ser de una finura exquisita.
Unas veces de marfil, otras de cristal de roca y piedras preciosas.
Aquí eran de madera de haya, pero bastante logradas por cierto.
—Basta, basta —proferí con voz cansina todavía tentada por dejar que se mataran el uno al otro—. Me gustaría dar un paseo, me siento algo mareada.
Se habían convertido en mi sombra, incluso hasta dormía franqueada por aquellos dos colosos. Era demencial y, sin embargo, necesario. Me puse en pie y salí de la sofocante cabaña.
Aspiré el aroma fragante de los arces y me envolví en mi chal de lana. Caminé hacia el lado opuesto de la aldea hacia el embarcadero. Solo el mar conseguía aliviar la quemazón que tiznaba cada recoveco de mi ser.
Habían pasado tres semanas desde su partida, tres semanas semejantes a tres siglos. Lo echaba tanto de menos que ya me sentía muerta antes de estarlo. Solté una carcajada abrupta pero breve que silenció a los hombres que me seguían aún en plena discusión. Los ignoré.
Durante todo ese tiempo, mi mente se había preparado para tan trágico fin.
¿Era posible aceptar la muerte cuando te sientes tan viva?
Mis manos revolotearon sobre la ya incipiente curva del abdomen, acariciándolo con mimo.
Al menos, esta vez, mi pequeño no partiría solo.
Sin embargo, a pesar del convencimiento que había caído como una pesada losa sobre mí, a veces percibía una tenue brisa de esperanza, como filtrada a través del resquicio de una puerta.
¿Sería el libre albedrío ofreciéndome una oportunidad? Quería creer que sí.
De cualquier forma, por muy alerta que estuviera, no había forma de adivinar cómo y cuándo pasaría. Solo restaba esperar y disfrutar de cada instante, de cada exhalación, de conversaciones y miradas, de sonrisas y sensaciones.
Todo cuanto me rodeaba gozaba de una dimensión nueva, más intensa y emotiva.
Resultaba desgarrador descubrir los diferentes tonos que adquiría un crisantemo con el discurrir del día y cómo el rocío tildaba de plata las hojas de las acacias y los robles, cómo les imprimía misticismo y cómo el espesor de la niebla matutina flotaba sobre los arbustos como un aura espectral e hipnótica.