Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 17
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Capítulo 17

Cuando el infierno abre sus puertas

Toda la aldea se concentró al alba para ver partir a sus guerreros.

Las mujeres sonreían entre lágrimas. Los niños somnolientos lanzaban guijarros, aburridos, deseosos de liberarse de tanto abrazo y beso de sus progenitores para embarcarse en sus juegos.

El viento del Norte se arremolinó a nuestros pies, ondeando túnicas y sayas, acariciando cabellos y tiñendo de color las mejillas de los congregados.

El frío contacto resultó como la acerada caricia de un puñal, inesperada y sobrecogedora.

Los asistentes se encogieron en sus capas y se frotaron las manos depositando el vaho de sus bocas en un mismo ademán.

Los guerreros, ya en sus monturas, ofrecían un aspecto extraordinario.

Sobre enormes alazanes, hombres también descomunales mostraban sus armas variopintas y pesadas.

Tocados con yelmos y escudos, lanzas, mazas y espadones, miraban a sus congéneres con gravedad, dolorosamente conscientes de que algunos no regresarían.

En ese momento, un guerrero avanzó con paso decidido y se detuvo delante mío.

Unos ojos rasgados del color de los helechos se clavaron en mí.

Gunnar nunca había estado tan impresionante.

Rezumaba tal poder, que la gente guardó silencio como si se encontraran frente a un dios.

Llevaba puesto el yelmo de metal de forma cónica con una protección rectangular para la nariz, de forma que resaltaba sus ojos, la boca y la mandíbula confiriéndole un aspecto temible.

Sus cabellos se agrupaban en una trenza gruesa a su espalda.

Lucía una cota de malla hasta las rodillas, calzas negras y unas botas de piel curtida.

Un amplio cinturón ajustaba su talle; de la cadera colgaba el cinto en el que funda y espada formaban una diagonal tras él.

Sobre sus poderosos hombros una, una capa roja ribeteada de pelo de nutria ondeaba a su espalda.

Solté el aliento. En verdad, parecía un dios.

Estaba tan salvajemente apuesto, emanaba tanta fuerza, que su sola visión paralizaba.

Era la imagen del guerrero por excelencia.

Deseé detener el tiempo, abrazarlo y no soltarlo nunca.

Miré su boca, por fin sonrió para quitarle algo de gravedad a su expresión.

—Creí que anoche habías tenido suficiente de mí para una larga temporada —susurró apenas.

Deseaba besarlo, pero me limité a acariciar su mentón cuadrado y firme.

—Nunca tendré suficiente de ti —contesté en el mismo tono.

Los ojos le chispearon, pero borró la sonrisa para dirigirse a su pueblo.

—El rey me reclama —comenzó—. Empieza una nueva era en la que los clanes y tribus deben decidir su destino.

Se acabaron los déspotas sanguinarios, los rufianes que tras su condición de jarl devastan y saquean a su gente.

Todos los habitantes jurarán pleitesía al rey, sean de la condición que sean, y rendirán cuentas de sus actos. Ninguno quedará impune de sus crímenes.

Las voces del pueblo se alzaron vitoreando a su líder.

—Marchamos a la guerra para imponer un nuevo orden, más justo; para vengar agravios e injusticias y para procurar una paz definitiva entre nuestros pueblos. Entregaremos nuestras vidas por la causa.

Una nueva ovación recorrió el prado en el que el ejército aguardaba. Finalmente se volvió hacia mí, y me taladró con la mirada. Tras dudar apenas un instante, se quitó el yelmo y me tomó de la cintura.

—Volveré —prometió—. Entonces no podrás librarte de mí, ni para ir a ordeñar.

—Júralo —musité.

No contestó, al menos, con palabras. Tomó mis labios en medio de la estruendosa aclamación de sus hombres. Después se arrodilló y depositó un beso en mi vientre.

—Me hace tan feliz saber que, pase lo que pase, estoy dentro de ti.

Me abracé con fuerza a su pecho y paladeé cada caricia.

Imprimí en mi memoria hasta los pequeños eslabones metálicos que surcaban su cuerpo.

Cerré los ojos y percibí el aroma terroso de los campos, la humedad del aire, la fragancia de los arces, el canto de las cornejas y el piafar de los caballos inquietos, pero, por sobre todas las cosas, su olor, que me caló los huesos.

—Tuyo —murmuró contra mi pelo.

Alcé el rostro; con una sonrisa afectada, acerqué mi boca a la suya y proferí en un murmullo:

—Tuya.

Entonces, con evidente esfuerzo, se separó a desgano. Se puso el yelmo y montó el alazán negro como la noche. En ese instante una figura enjuta se abalanzó sobre él.

Era Eyra, que le entregó una especie de pergamino arrugado y atado con una cinta escarlata. Gunnar, extrañado, se inclinó para hablarle. La anciana le susurró al oído. Poco después, la mujer desapareció entre la muchedumbre.

Gunnar sacudió las riendas con suavidad y me buscó con la mirada.

Alcé la mano a modo de despedida. No dejó de mirarme hasta que arrió a su caballo para partir envuelto en una nube de polvo.

Sus hombres lo siguieron. El sonido atronador de cientos de cascos retumbó bajo nuestros pies.

No tardaron en desaparecer tras la primera colina.

Suspiré y reprimí la intensa desazón que me quemaba el pecho.

Aun flanqueada por Thorffin y Ragnar, mis guardianes, me sentía sola y terriblemente indefensa.

No bien me volví, me topé con la mirada soterrada de Sigrid.

Capté el mensaje a la perfección. Ahora tocaba averiguar las trampas que me aguardaban, los planes malignos de mis enemigas.

Debía ir por delante si quería tener alguna oportunidad, encomendarme a mis protectores no sería suficiente.

No lo sería, me repetí al percibir la expresión depredadora de mi contrincante.

Debía dejar suelto al lobo de manera sistemática, siempre alerta y desconfiado.

Por el momento, ardía en deseos de hablar con Eyra.

La encontré en mi cabaña. En cuclillas, observaba unas piedras redondeadas esparcidas por el suelo.

Cada una mostraba en la superficie agrisada un símbolo.

La anciana cerraba los ojos, profería en apenas un susurro una entonación ininteligible y lanzaba otras tantas.

Cuando los abrió, su rostro se demudó. Justo en ese instante, reparó en mi presencia. Su pálido semblante mostró entonces el horror que sentía. Descompuesta, negó con la cabeza. De nuevo, fijó su mirada contrita en las piedras.

No era la primera vez que veía utilizar runas.

Pero nunca a Eyra. Entonces recordé que ella había vaticinado mi presencia en el destino de Gunnar.

Ahora nuevamente consultaba la suerte de su vástago.

No obstante, su rostro me congeló el alma.

Algo realmente horrible iba a pasar, de eso no había duda.

Con el corazón martilleándome en el pecho, me acerqué a ella y miré el despliegue de runas sobre un tapiz índigo.

No las conocía bien, sabía que eran veinticinco y que su significado cambiaba si caían de cara o invertidas.

Lo que tenía ante mí no eran buenas noticias.

La mayoría eran invertidas a excepción de dos.

—Quiero saber lo que ves —exigí con voz estrangulada.

Posé la mano en mi pecho como si con ello pudiera detener el aleteo de aquella mariposa incómoda y agitada.

—¿Estás segura? —inquirió con firmeza a pesar de su expresión titubeante.

Asentí incapaz ya de hablar. La sangre se me agolpó en los oídos.

—Bien, soy el oráculo. Tengo ese don desde que recuerdo.

Visionaria, o como quieras llamarlo, para mí ha sido una maldición.

—Hizo una pausa y fijó su mirada perdida en las piedras—.

Solo he consultado las runas tres veces en mi vida y, a excepción de una, las demás fueron una tortura.

Las piedras no mienten, ni los astros. Ellos sellan el destino de los hombres.

Y el que veo aquí… —Tragó saliva y cerró los ojos con la expresión de derrota más devastadora que jamás había visto—.

Es inútil luchar contra él; tan solo queda aceptarlo.

Alzó la mano invitándome a arrodillarme junto a ella.

—Esta es Fehu —comenzó señalando una piedra ovalada suave y lisa con una línea vertical más oscura en el centro, de la que partían dos líneas paralelas oblicuas a la central—. Como ves, está invertida, y eso advierte de un riesgo, hay que estar en guardia.

Su largo y huesudo dedo acarició la superficie pulida de la roca en actitud reverente.

—Esta otra es Uruz —siguió y señaló una con el símbolo de un cuadrado a excepción del lado inferior simulando una puerta—. También invertida, lo que alerta de la pérdida de oportunidades. Es necesario romper con el pasado para cambiar el destino.

—Otra invertida, Turisaz. —Su símbolo era una P acabada en pico—. La suerte no está de cara, es necesario tener mucha cautela y atención.

Su dedo se movió sobre una que conocía, As. Sentí el corazón bombeando lentamente y, en cada latido, una aguja lacerándome.

—Como ves, también está al revés. Y eso indica claramente engaños, mentiras y embustes. Se está forjando una trampa pegajosa como la telaraña de una tarántula de la que no se podrá salir si caes en ella. Por eso, tantos avisos.

Frunció los labios en un rictus tenso que crispó su semblante. La insondable tristeza de sus ojos se clavó como puñales en mi pecho.

—Esta está de cara, Rad, indica viajes y movimiento.

Suspiró como si el peso del mundo descansara sobre sus hombros.

—Y esta es Kano. —Señaló la que mostraba el símbolo de una punta de flecha—. Por desgracia, también invertida. Caminos que se cierran, fin, término ruptura.

Bajó la cabeza; el cabello largo y blanco le cubrió el rostro como un sudario. Alargué el brazo y deposité mi mano en su hombro, animándola a continuar.