Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

—No resultas muy creíble, querida —espeté—; me temo que no aguantarías un interrogatorio de Gunnar si él llegara a sospecharlo siquiera. Tienes suerte porque ha decidido creerte. Tu hijo tendrá un padre, porque yo querré que lo tenga, por supuesto, siempre que cuente con tu discreción.

Las mujeres se miraron atrapadas, incrédulas ante el giro que había tomado su maravilloso plan, pero aún furiosas e incapaces de asumir la derrota.

—No pienso transigir sin tener evidencias de lo que dices. ¿Quién es el padre, según tú? —insistió Ingunn.

Necesitaban la última estocada. Recé para mis adentros en no equivocar mi suposición, porque, si así era, estaba perdida. Tomé aliento y finalmente dije:

—Ulf. —Hice una pausa para observar sus reacciones y agregué—: no diré quién la vio con él, pero no dudaré en llamar a esa persona como testigo ante Gunnar si fuera necesario. Además son amantes desde antes de que yo llegara —aventuré.

Sigrid tragó saliva con evidente nerviosismo. Sus dedos crispados estrujaron el frente de su túnica. Ingunn, por el contrario, mantuvo la expresión inalterable, aunque sombría. Supe entonces que mi intuición no había sido errada.

—Lo negaremos. Diremos que es la trama de una bruja. Todos nos creerán, ya que solo has traído desgracias a este pueblo desde el mismo día que llegaste. Gunnar perderá el favor de su gente.

—Adelante entonces—musité simulando una seguridad que no sentía—.

Pero no tendré reparo alguno en confrontar a quien se atreva a molestarme.

Ni evitar mencionar que una persona astuta sabe convertir migajas en raciones.

Por el contrario, una avara, convierte raciones en migajas que luego el viento esparce dejando la nada donde antes había algo.

Con paso decidido y airoso, me alejé de ellas; el corazón me atronaba en el pecho.

Conforme me alejaba, la opresión que sentía iba en aumento.

Una sombría inquietud alertaba mis sentidos.

Algo me obligó a girar antes de doblar un recodo del camino y, cuando las vi allí, inmóviles y pálidas con los ojos fijos en mí, supe de algún modo que nada las detendría.

Iban a ser unas enemigas feroces, y el peligro surgió ante mí como un halo negro y brumoso que me envolvió en jirones, estremeciéndome con abruptos escalofríos.

Me detuve al llegar al embarcadero y respiré profundamente para llenar mis pulmones de brisa marina, en un intento por paliar el malestar que sentía.

Era una premonición aguda y sobrecogedora.

Sin pensarlo, me abracé y froté mis brazos para alejar aquel frío que me angustiaba.

Había empezado una guerra, y estaría sola para enfrentarla.

Plena y dolorosamente consciente de lo que arriesgaba, lo había visto con claridad en la mirada de mis oponentes.

Reclamaban mi vida y no descansarían hasta conseguirla.

* * *

—¿Ulf? —inquirió Gunnar frunciendo el ceño.

Asentí mientras llenaba un cuenco de estofado.

—¿Estás segura?

Asentí de nuevo. Me acerqué a la mesa depositando la escudilla humeante frente a él.

—Lo vi en sus ojos —contesté.

Frunció el ceño y sacudió la cabeza.

—Jamás reconocerá al niño; de todas las posibilidades, esa es la peor.

Me acerqué a él. Me tomó de la cintura para sentarme en su regazo. Hundí mis dedos en su melena.

—¿Peor que si el niño fuese tuyo?

—Nada puede ser peor que eso.

Acercó su boca a la mía y sonrió.

—Aunque, ahora que lo pienso, sí hay algo que puede ser infinitamente peor —susurró risueño.

—¿De veras?

Asintió y rozó levemente sus labios contra los míos.

—Que no me permitas besarte.

Deslicé mis dedos por su mejilla, le sonreí coqueta.

—Solo hay un modo de saberlo —musité en voz queda.

Gunnar se abalanzó sobre mi boca como un depredador famélico. Apenas entreabrí mis labios, sentí su lengua suave y cálida buscando ansiosa la mía, recorriendo cada rincón, saboreándome con deleite, sin encontrar solaz.

Desató en mí una pasión anhelante, mi osada respuesta lo enardeció hasta el punto de sentir sus manos rasgando mi túnica.

Despegó su boca de la mía emitiendo un gruñido sordo para alcanzarme el cuello en un suave mordisco.

Lenta y sugerentemente, fue creando un reguero de besos húmedos hasta mis pechos.

Tomó uno de mis pezones entre sus dientes y lo succionó con frenesí, lo que arrancó gemidos de mi garganta.

Arqueé la espalda envuelta en una bruma de placer inconmensurable.

De alguna forma, me encontré semidesnuda sentada a horcajadas sobre él con la falda arremolinada en torno a mis caderas, y sus grandes y curtidas manos masajeando mis nalgas mientras su boca tomaba mis senos alternativamente.

Sentí lava recorriendo mis venas y, cuando sus dedos encontraron el camino hacia mi pubis y se frotaron contra el húmedo botón de mi excitación, gemí enloquecida.

Ansiosa moví las caderas sintiendo en mi entrepierna la acerada inflamación de la suya.

Cuando la pasión explotó en mi interior, Gunnar no pudo esperar más. Me alzó y me embistió con brusquedad. Grité, y él me besó enloquecido para recibir mis jadeos en su boca.

—Sí; sí —gimió descontrolado—. Sí, mi amor, cabálgame, llévame a la locura.

Aceleré el trote, y Gunnar se tensó próximo al clímax. Introduje mi lengua en su boca con violencia, agarré con fuerza su melena y tiré hacia atrás tensando su cuello. Abandoné entonces su boca y, como poseída por un incontrolable impulso animal, mordí su cuello con fuerza.

Gunnar emitió un sonido sordo, mitad gruñido mitad gemido. Casi al instante soltó un grito de éxtasis, de liberación, en el que bailaron las notas del placer satisfecho, del fin de la agonía.

Lo miré a los ojos y me perdí en las profundidades verdes de su alma. Su mirada, brillante y conmovida, con un dejo de asombro se enlazó con la mía y así, sin palabras, nos transmitimos cuanto sentíamos.

—Nunca me había devorado un lobo —musitó.

Observé su cuello: me asombré de la marca amoratada de mis dientes sobre su piel. En algunas partes, incluso, podía verse la sombra rojiza de la sangre.

—¡Lo siento! Creo que perdí los estribos —me disculpé.

Gunnar retiró un mechón rebelde de mi frente y sonrió con una expresión extraña.

—Ha sido increíble —confesó—. Me sentí dominado, devorado, el placer mezclado con el dolor, zarandeado por una maraña de emociones extremas, de sensaciones enloquecedoras.

Podrías despedazarme vivo y engullirme y disfrutaría con ello.

—Hizo una pausa, su mirada se oscureció—.

A veces yo también deseo devorarte para que formes parte de mí, para tenerte en mi interior y protegerte de todo, para sentirte más cerca, para que seamos uno.

Yo… —balbuceó afectado—; yo sé que lo que sentimos no es corriente, no es el sentimiento de amor que sienten los demás por sus parejas; es diferente, más fuerte, más caótico, más intenso; casi sobrenatural.

Contorneó mi rostro con sus dedos en un movimiento perezoso y dulce que dejó un sendero cálido y hormigueante.

—Cuando me miras se me encoge el estómago, cuando me tocas siento explotar algo dentro de mí; cuando me besas, es como si flotara hacia las estrellas, pero cuando estoy dentro de ti…

Por Odín y todas las divinidades del Valhalla siento que muero un poco.

Ni siquiera sé expresar esa sensación, es como si me dejara arrastrar a un pozo oscuro, como si me arrancaras el alma para luego recuperarla más brillante y vibrante que nunca.

Estamos unidos, amor mío, por toda la eternidad, de eso estoy seguro.

Porque, de alguna forma, sé que, si uno de nosotros muriera, el otro lo buscaría hasta dar con él.

Ninguna ninfa del Asgard podría convencerme de quedarme allí.

—Ni a mi ningún ángel del paraíso —musité subyugada por lo que tronaba en mi pecho—. Ahora prepárate porque voy a subirte a las estrellas de nuevo.

Lo besé con ahínco y desesperación a sabiendas de que nunca quedaría suficientemente satisfecha, de que el hambre que provocaba en mí era interminable, insaciable, de que moría con él y renacía de nuevo, de que en verdad éramos dos almas desesperadas por fusionarse en una.

Al día siguiente, se iría y el hambre se volvería insoportable, pero la noche era larga. Exhibía un banquete irresistible de tentaciones inagotables. De repente, sentí un mordisco en mi cuello, gemí y clavé mis uñas en su espalda.

—Tu turno —susurró él—. Por lo que me has dicho, los leones también devoran a sus presas.

Y el lobo se convirtió en gacela.