Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Gunnar negó con la cabeza, aunque su expresión meditabunda barruntaba sobre el asunto.

—Tengo muchas formas de amenazarlas sin tocarles un solo pelo de la cabeza, pero conozco la pérfida astucia de Ingunn; nunca revelará la verdad.

En realidad, puedo asegurarte que seré yo el amenazado.

Creo que lo mejor será aceptar su palabra por el momento, pero te aseguro que no darán un paso sin que yo lo sepa.

Bajé la mirada asolada por la frustración. Gunnar deslizó un dedo bajo mi barbilla obligándome a mirarlo de nuevo.

—Confía en mí, amor mío; vamos a desenmascararlas.

Me abracé a él. El calor que manaba de su pecho era el bálsamo que necesitaba.

La dulce caricia de sus manos sobre mi espalda, la poderosa fuerza de sus brazos rodeándome como el aura protectora de un ángel guardián.

El aroma almizclado y viril que manaba de él como un hechizo subyugante despertaba mis instintos y calmaba mis temores.

Protegida y segura, amada y venerada, así me sentía; entonces pensé que la podredumbre que destilaban la envidia y la codicia no sería capaz de carcomer aquel vínculo que unía nuestras almas.

No. Incluso si ese niño era de él, no podría separarnos.

Sigrid obtendría la tutela de un padre, pero jamás al hombre.

—Voy a doblar la guardia —comentó contra mi pelo.

Alcé la mirada y vi una honda preocupación que le consumía el semblante.

—A este paso vas a ir a la guerra tú solo —rezongué irónica.

—No podré marcharme sin estar seguro de que estás completamente a salvo.

—Ulf ya estará con las tropas del jarl y Amina estará con él.

—No podemos estar seguros de eso, pero ahora existe una nueva amenaza con la que no contaba.

Sacudí la mano quitándole importancia y me forcé a sonreír.

—Sigrid no se atrevería a atacarme; sabe que ahora está en la mira.

Gunnar apretó la mandíbula y me miró con gravedad.

—Para Sigrid y su madre, el único obstáculo que se interpone en sus aspiraciones eres tú. Ahora, que dice llevar un hijo mío, cree estar más cerca de conseguir su propósito. Querrán que ese niño sea mi único descendiente.

Aquellas palabras me helaron la sangre. No iba a pasar de nuevo aquel infierno.

Esta vez estaría más que alerta, lo que no evitó que se me formase un nudo en la garganta.

Un velo oscuro y frío contrajo las facciones de Gunnar y caí en la cuenta de que eso era precisamente lo que temía.

Tragó saliva con dificultad y a sus ojos asomó una firme determinación.

—No tengo otra elección —murmuró—; hasta que regrese, voy a desterrarlas a la aldea más recóndita que exista.

Aquello trajo a Eyra a mi cabeza. La similitud entre las dos historias resultaba escalofriante. No podía permitir que se repitiera.

—No; creo que es más sensato tenerlas cerca y bien vigiladas. Después de todo, puede que lleve a tu hijo en su seno.

Gunnar frunció el ceño, pero asintió; de repente, me abrazó con más fuerza, como queriéndome fundir dentro de sí mismo.

—Los dioses no nos lo están poniendo fácil, pero, si ese el precio por tenerte, Freya, lo pagaré con gusto; nada es demasiado si la recompensa eres tú.

Apresó mis labios y lo sentí temblar. Un viento inesperado se arremolinó a nuestro alrededor agitando y entremezclando nuestros cabellos con briznas arrancadas y hojas secas, sacudiendo con vigor nuestras ropas.

—Hasta el viendo nos une —musitó Gunnar.

—¿Y quién puede contra el viento y el destino? —inquirí.

—Nadie —contestó.

* * *

Sin embargo, subestimé el poder del mal.

A última hora de la tarde, con un sol huidizo de color cobre que pincelaba los campos con bermellón y oro, la telaraña que había empezado a formarse, se cerró para atraparnos en sus viles hilos plateados.

La araña, con rostro angelical y hermosos ojos celestes, me interceptó cuando regresaba a la cabaña. Su madre la acompañaba.

—Queremos hablar contigo —comenzó Ingunn con mirada aviesa y sonrisa soterrada.

Con las manos firmemente apoyadas en las caderas me enfrente a ellas.

—Si la idea es comunicarme la noticia del embarazo, lo siento. Gunnar ya me ha puesto al corriente y aceptaré de buen gusto lo que disponga; si es otra cosa, no siento el menor interés.

Intenté franquearlas, pero me cerraron el paso. La sonrisa de Sigrid me puso alerta.

—Puedo asegurarte que esto sí va a interesarte —auguró con malévola expresión. Aquella sempiterna sonrisa estaba acabando con mis nervios. Decidí mostrarme calmada e indiferente.

—Lo dudo —repliqué, con un leve matiz de aburrimiento impreso en mi voz—. Estas artimañas ya no surten ningún efecto: soy la esposa de Gunnar, le pese a quien le pese.

—Una esposa que se verá obligada a abandonarlo —espetó Ingunn imitando la pérfida sonrisa de su hija.

Las miré alternativamente; pensaba que habían perdido el juicio. Les dediqué una sonrisa deslumbrante.

—¡Vaya! Cuánta imaginación. —Chasqueé la lengua y miré tras ellas con impaciencia—.Tengo mejores cosas que hacer que escuchar los delirios de dos serpientes. Fuera de mi camino.

Hice ademán de alejarme cuando Ingunn me agarró del brazo con una fuerza inesperada.

—Ni se te ocurra moverte si no quieres que corra a decirle a Gunnar quién es su verdadera madre —siseó triunfal.

Contuve la respiración como si me hubieran golpeado. Retrocedí aturdida y cerré los ojos maldiciendo al destino. Las arpías me observaban. Parecían disfrutar de cada reacción. Recompuse cuanto pude mi expresión y me zafé de Ingunn con notable desprecio.

—¿De dónde has sacado ese embuste? —gruñí.

—De ti —confesó—. Estaba en el establo cuando hablabas con Eyra. Había pasado la noche allí lamentando mi suerte, cuando entraste para cambiármela. Gracias, sucia bastarda, nunca te estaré suficientemente agradecida.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal.

De pronto tuve la sensación de que el mundo se ralentizaba.

Fui dolorosamente consciente de cada latido, de la repentina sequedad de mi garganta, de la pesadez de mi estómago y, sobre todo, de la expresión victoriosa de mis oponentes.

Cada sensación se entremezcló en un revoltijo de emociones que disparó mis manos hacia el cuello de Sigrid.

—Si te atreves a decir una sola palabra, acabaré contigo.

Ingunn agarró mi melena por detrás y estiró hasta lograr separarme de mi presa. Chillé y me revolví contra ella dominada por la furia.

—De ti depende que guardemos silencio —musitó entre dientes—. Tan solo debes cumplir una condición.

—Si tanto quieres a Gunnar, no podrás negarte —intervino Sigrid a mi espalda—. Deberás marcharte de aquí para siempre; para cuando él regrese deberás estar muy lejos.

—No pienso abandonarlo, jamás —les grité y lentamente fui retrocediendo; necesitaba ganar tiempo.

El pulso me bombeaba alocado en la sien y sentí cómo la cabeza me daba vueltas. Ni loca me marcharía, pero tampoco iba a permitir que alguna de ellas le lanzara la noticia sin piedad. No obstante, sabía que si accedía demasiado deprisa, sospecharían inmediatamente, así que mantuve mi indignación.

La maliciosa sonrisa de Ingunn, y la perfidia oscura y escalofriante que destellaba la mirada de la hija, me convencieron de estar frente a dos almas viles, dos demonios escapados del averno.

Sus rostros de belleza casi angelical, sin duda, eran una máscara mordaz que ocultaba la fealdad de sus almas.

No obstante, ahora veía con total claridad la monstruosidad en su interior.

Me estremecí e involuntariamente retrocedí. Ellas, como aves de presa, se cernieron sobre mí con el triunfo reflejado en el semblante.

—No tienes alternativa, estúpida —escupió Sigrid rebosante de odio.

—Si me voy, ¿cómo sabré que se cumplirá la promesa? —repliqué.

—Nunca lo sabrás —adujo Ingunn—. Pero te aseguro que ninguna querrá atraer la cólera de Gunnar; bien al contrario, ya que pronto tendrá que desposar a mi hija.

Solté una carcajada que borró de un golpe las sonrisas de mis oponentes. Era mi turno y no pensaba dejar escapar esta oportunidad. Solté al lobo.

—¿Desposar dices? ¡Nunca imaginé mentes tan obtusas!

¡Nunca! —grité con toda la ferocidad que pude reunir—.

¡Jamás se casará contigo, pobre criatura miserable y ruin!

Aunque yo muera, aunque tú seas la última mujer sobre la faz de la Tierra, nunca se casaría contigo porque te detesta, porque no dejará de amarme mientras viva, porque mi recuerdo permanecerá inalterable en su corazón.

Compuse un mohín de desprecio y la observé detenidamente, de arriba abajo, con evidente repulsa.

—Te tomó borracho, furioso conmigo, lleno de rencor y amargura. ¿Enarbolas eso como un triunfo? Resultas patética. Déjame decirte una última cosa: sé que ese hijo no es suyo y tengo pruebas. Así que, si tienes algo de inteligencia, ambas mantendremos la boca cerrada.

Mantuve la decisión en mi mirada y, asombrada, descubrí como el color abandonaba el rostro de Sigrid. El labio inferior comenzó a temblarle. Una ira cegadora oscureció sus ojos. Había tirado la piedra al aire completamente a ciegas y había dado en el blanco.

La mano de su madre se alzó con rapidez estampándola contra mi mejilla. Un calor palpitante se extendió por mi rostro y, antes de que pudiera pensarlo siquiera, mi propia mano devolvió el agravio.

—¡Maldita! —aulló rabiosa Ingunn con los ojos lacrimosos—. ¿Cómo te atreves?

—¿A defenderme? —inquirí feroz.

—Juro que me las pagarás —amenazó—, pero ahora quiero que me demuestres lo que acabas de decir o que tomes tus cosas y te largues de una vez y para siempre.

—Veo que no lo niegas —repuse dirigiéndome a Sigrid, que permanecía lívida—. ¿Acaso no es eso una prueba en sí misma?

—Lo niego —estalló por fin, aunque algo tarde.

Negué con la cabeza; forcé una sonrisa compasiva.