Capítulo 16
Vientos de tormenta
Cuando busqué a Gunnar, lo encontré amonestando severamente a Hiram sobre lo primordial que era averiguar a quién se quería seducir antes de hacerlo.
Reprimí una sonrisa; esperé a que el sermón llegara a su fin. Cuando los hombres repararon en mí y vi sus rostros, no pude dejar de esbozarla.
El increpado demostró su inconsciencia sonriéndome abiertamente. Gunnar frunció el ceño y resopló con resignación.
—¡Largo o conseguirás que olvide a tu familia! —exclamó amenazante.
El apuesto Hiram asintió sin dejar de mirarme embobado.
—¿Estás sordo o has perdido el juicio? No, mejor no me contestes —gruñó malhumorado—. Aparta tus ojos de ella —insistió.
—Ya te he jurado que no me acercaría a tu esposa, no estoy tan loco —concedió—. Pero no he dicho nada acerca de mirarla, sería como prohibirme que contemple un amanecer en las montañas, pocos pueden resistirse a disfrutarlo.
El bufido de Gunnar fue el impulso que necesitaba el guerrero para alejarse. Sacudió la cabeza y se acercó reprobador.
—No eres muy oportuna. Su disculpa parecía impecable hasta que apareciste.
—Aunque te esfuerzas, no te ves muy ultrajado; me agrada saber que he suavizado tu carácter.
Su mirada esmeralda brilló con picardía.
—¿Eso crees? Pensé que anoche te había demostrado lo duro que puedo llegar a ser. Me asombra que todavía puedas caminar —se jactó.
—Y a mí, que tengas ganas de sermonear; si mal no recuerdo esta mañana saliste con una sonrisa de oreja a oreja.
—Ese idiota no puede arruinarme el humor. Además, para ser justos, no puedo castigar a alguien por intentar hacer lo que yo mismo hice.
Le sonreí y le planté las palmas de las manos en su fornido pecho.
—Estás resultando un hombre muy justo, Gunnar el Temible.
—Sí, y por tu culpa voy a perder mi apodo.
Me estrechó contra él y apresó mi boca.
—¡ Hersir !
Gunnar se despegó a regañadientes de mi boca y miró por encima de mi cabeza.
Olaf segundo, hijo del fallecido Olaf el Sabio, se acercó a nosotros evidentemente alterado y molesto.
Problemas, sospeché, y empecé a comprender el verdadero alcance de la responsabilidad de un hersir .
Todos le cargaban sus problemas y cómodamente aguardaban su decisión para alegrarse o quejarse según considerasen.
Lo compadecí y, al mismo tiempo, lo admiré; una punzada orgullosa me atravesó.
—Veo que comienzas a entender la acritud de mi carácter.
—Te amo con acritud incluida.
Los dejé para encontrarme con Jimena, Blanca e Inga, que plantaban remolacha en el huerto principal.
Al percatarse de mi presencia, sonrieron; sin embargo, noté un atisbo de incomodidad en sus rostros.
Aquello me desconcertó. Imaginé que mi actual posición les provocaba algo de confusión y que tal vez consideraban que debían ofrecerme el respeto adecuado a mi cargo.
Así que, para convencerlas de que nada había cambiado, me remangué, tomé algunos brotes y me dejé caer de rodillas junto a ellas.
—Será mejor que dejes eso para nosotras si no quieres que los demás comiencen a criticar que no estás echa para el cargo —aconsejó Inga.
—Tú no eres una esclava y trabajas como la que más —argüí.
—Pero tampoco soy la esposa del hersir —rebatió.
Asentí y me detuve a contemplarlas.
—Puedo ser muchas cosas, pero sobre todo soy una amiga, y eso no va a cambiar. Soy una igual; me gustaría ser tratada como tal.
Las tres rieron más aliviadas, pero sentí que algo iba mal.
Se comportaban algo rígidas, como midiendo sus palabras, e intercambiaban miradas cómplices y gestos casi imperceptibles.
Me huían la mirada con demasiada frecuencia y contestaban mis preguntas de manera mecánica, sin entrar en detalles.
Incluso llegué a sorprender una mirada compasiva que me lanzó Jimena. ¿Qué estaba ocurriendo?
A pesar de mi jovialidad no conseguí bajarles la guardia. Frustrada terminé mi surco y con una excusa me levanté para buscar a Eyra; ella me pondría al corriente.
Sin embargo, no bien hube recorrido la mitad del trayecto hacia el prado donde imaginaba que Eyra estaría ordeñando, una turbadora escena me detuvo en seco.
Gunnar sacudía fuera de sí los hombros de Sigrid.
La mujer lo miraba igual de furiosa con los ojos arrasados en llanto.
Su dorada melena se agitaba con el viento y los gritos llegaban hasta mí desvaídos, envueltos en el silbido de una ráfaga.
No pude descifrar la conversación, pero una inquietud punzante me atenazó el pecho.
Sin pensarlo, me escondí tras el árbol más próximo y atisbé curiosa.
Oteé subrepticiamente con el alma en vilo.
La furia de Gunnar iba en aumento, al mismo ritmo que el tono de su voz.
Los lamentos de la mujer, por el contrario, bajaban de intensidad hasta que la vi caer de rodillas con la cabeza gacha y los hombros temblorosos.
No pude aguantar más. Salí de mi escondite y caminé hacia ellos.
Fuera lo que fuera tenía derecho a enterarme.
No me oyeron acercarme.
—Juro por los dioses que es tuyo —sollozó la muchacha en forma entrecortada.
Gunnar también tenía la cabeza baja y la sacudía al parecer vencido.
—Solo Loki es capaz de jugarme esta mala pasada. No, no puede ser —musitaba casi con desesperación.
—¿Qué no puede ser? —inquirí con el corazón en un puño.
Pocas veces había visto a Gunnar tan afectado por algo ajeno a mí.
A decir verdad, la inquietud comenzó a ahondar en mi pecho de manera alarmante.
Ambos me miraron con la sorpresa reflejada en el rostro.
A Gunnar lo asaltó el miedo y la ansiedad; a Sigrid, una vil satisfacción, que supo ocultar con premura.
La joven miró a Gunnar con fingida humildad y bajó la cabeza en espera de la aclaración que yo exigía.
Me pareció imaginarla sonriendo tras su dorada cortina de pelo que le ocultaba convenientemente el rostro.
—Sigrid, vuelve a tus obligaciones —ordenó con firmeza.
La muchacha, obediente, se puso en pie y se alejó a toda prisa. Fijé la mirada en su rostro torvo y ceñudo y me puse frente a él.
—¿Qué diablos está pasando?
Gunnar sostuvo mi mirada. Parecía intentar calibrar mi reacción y, para asegurarse de que lo escucharía atentamente, me tomó por los hombros.
—Primero quiero que sepas que esto no cambia nada en lo que respecta a nosotros.
—Me estas asustando —confesé.
—Te amo —agregó—; tú y nuestro hijo siempre serán lo primero en mi vida.
—Pero… —repliqué alterada. Notaba el pulso en la sien martilleando incesante.
Gunnar llenó su pecho de aire y me miró con decisión; el verde profundo de sus ojos se oscureció.
—Sigrid acaba de informarme que espera un hijo mío.
Sentí como si el mundo hubiera desaparecido bajo mis pies. El vacío amenazó con arrastrarme, negué con la cabeza. Aquello no podía estar pasando.
—No es posible; solo fue una vez, no podemos tener tanta mala suerte. —De pronto, otra posibilidad me secó la garganta—. Dime que solo fue aquella única vez —le rogué con voz estrangulada.
Intenté zafarme de él, pero sus fuertes manos se cerraron en mis brazos.
—Te juro por todo cuanto soy que solo estuve con ella aquella noche. Ahora dime que me crees. ¡Dímelo!
Vi temor en sus ojos, pero también la verdad. Algo más sosegada asentí y él aflojó la presión, aunque no me soltó.
—Puede ser de otro, ¿lo has pensado?
—Más que pensarlo, rezo para que aparezca el verdadero padre. Sin embargo, solo nos queda esperar. —Hizo una pausa y agregó—. Aunque el niño no se parezca a mí, no puedo tener la certeza de que no sea mío, de modo que…
Aquella declaración dividió mis sentimientos. Por un lado, me enorgulleció su sentido del deber, su responsabilidad, su nobleza. Por otro, saber que estaría unido a esa alimaña despreciable me revolvía el estómago y me oprimía el pecho. Suspiré y bajé la mirada, me sentía iracunda e impotente.
Alzó mi barbilla; la súplica que vi en su rostro me conmovió.
—No pienso consentir que me abandones.
Su voz estaba tan tensa como la cuerda de un arco. Me asombró aquella inseguridad y me enfureció más, si cabía, que imaginara aquella posibilidad.
—¿Crees que lo haría?
—Es todo cuanto temo en este mundo. Creo que no lo harías en tu estado natural, pero ahora estás furiosa y eres impulsiva. Quizás estés pensando en castigarme, aunque la culpa de todo la tienes tú.
Sentí la sangre hirviendo en mis venas como lava volcánica. Sí, aquel maldito y estúpido baile que lo llevó a la locura. Entonces debí haber arrancado a Sigrid de sus brazos para ocupar su lugar. La odié con toda mi alma.
—Pudiste haberte controlado —le recriminé airada.
—Quería olvidarte, borrarte de mi alma; estaba desesperado y te odiaba por jugar con mis sentimientos, pero fui yo el estúpido.
—De nada sirven los reproches. No podemos volver atrás; sin embargo, tengo ganas de matar a alguien.
Gunnar sonrió, liberó el aire contenido y me abrazó con fuerza.
—Creo que ese hijo no es tuyo —repuse contra su pecho.
—También tengo esa sospecha; ella siempre quiso atraparme.
Sin embargo, ha llegado tarde, no esperaba que regresara casado.
Olaf me contó que, poco después de marcharme, ella les contó a todos que esperaba un hijo mío y que me casaría con ella.
Ya se daba aires de mujer del hersir y andaba pavoneándose junto a su madre.
No esperaba que regresara contigo. Se derrumbó cuando lo supo, por eso no acudió anoche a la fiesta.
Dicen que ha pasado la noche llorando su desdicha.
—No ha llorado suficiente —repliqué indignada—. Esto no es más que una treta, puede que incluso ni esté preñada.
—No creo que una cosa así pueda simularse mucho tiempo. Además, si ella es estúpida, te aseguro que su madre no lo es. Ella no da un paso sin el beneplácito de Ingunn.
Aquello encendió una chispa en mi cabeza.
—Entonces, sin duda, ella es la artífice de todo. Tal vez, si pudiéramos presionarla, podríamos conseguir que nos revelara el nombre del verdadero padre de su nieto.