Capítulo 15 #5
Había sido una noche intensa e inolvidable, cargada de sentimientos, promesas, placer y despedidas.
Tras todos nuestros apasionados encuentros, Gunnar apoyaba la cabeza en mi vientre: le susurraba a su hijo amorosas palabras y consejos que me hacían reír.
Cuando terminaba, me dedicaba una mirada orgullosa que me hinchaba el corazón de gozo.
A continuación, extendía sus consejos a mi persona.
Me recomendó encarecidamente que llevara siempre una daga en el cinto y que, por nada del mundo, fuera sola a ningún lugar.
Además, que evitara ponerme vestidos atrevidos y que recogiera mi cabello en un estirado moño y lo cubriera con un paño insulso.
También añadió que tenía permiso para matar a cualquier hombre que intentara cortejarme. No pude reprimir las carcajadas.
—¿Alguna cosa más?
Se rascó la barbilla, pensativo, y finalmente concluyó:
—Intenta salir lo menos posible.
Bufé. Gunnar rio conmigo.
—Toda precaución es poca —arguyó—. Sin embargo, sí hay algo que quiero pedirte o al menos que consideres.
En su tono y en su semblante se reflejó la importancia de aquel ruego.
—No quiero angustiarte, pero ambos sabemos que existe la posibilidad de que no regrese con vida. Si eso llega a pasar, me gustaría que mi hijo se criara aquí, en mis tierras. Sé que puede parecer egoísta, pero es solo que me haría feliz. Aunque, por supuesto, tú decides.
Lo abracé con fuerza y plasmé un beso en su cuello.
—No me marcharía porque, si lo hiciera, perdería también los recuerdos. Jamás permitiré que eso ocurra. Además, nunca arrancaría a mi hijo de sus raíces.
Y de su abuela, pensé. Aquel pensamiento trajo consigo un deber pendiente que debía solucionar.
—Ahora he pasado a ser un bárbaro con suerte. He debido de hacer algo maravilloso para tener semejante recompensa.
Cuando Gunnar marchó rumbo a sus obligaciones, me levanté con una única idea en mente. Eyra.
* * *
La encontré atendiendo a los animales.
Esparcía heno con ambas manos en un amplio y enérgico movimiento semicircular.
A pesar de su cuerpo enjuto, rebosaba una fortaleza fuera de lo común.
De pronto, caí en la cuenta de que no era una anciana, a pesar de las muchas arrugas que lucía.
Sin duda, el trabajo duro al aire libre junto con los tristes avatares de su vida le había arrebatado la lozanía; sin embargo, emanaba una seguridad apabullante a pesar de su condición, clara evidencia de su noble linaje.
Me acerqué a su espalda y la escuché decir:
—Muchacha, habrás de esperar que terminé.
—¿Cómo sabías que era yo?
—El sigilo no es tu principal cualidad. Las otras mujeres están demasiado atareadas a estas horas, así que solo podías ser tú.
—Déjame ayudarte entonces.
Eyra se volvió y me sonrió condescendiente.
—Freya, ahora eres la esposa del hersir , ya no puedes ensuciar tus manos.
Me dirigí hacia una esquina del cobertizo y tomé un tridente.
—Las ensuciaré si quiero. Como esposa del hersir , nadie puede impedírmelo, ¿no? —repliqué con una sonrisa.
Eyra sacudió la cabeza sonriente y continuó con su tarea.
—Como desees, si no quieres disfrutar de los privilegios de tu nuevo cargo, peor para ti.
Dispusimos a los animales en sus respectivos cercados, nos sacudimos los restos de paja adheridos a nuestras ropas. Eyra sacó de un cesto un buen trozo de pan de centeno y arenques ahumados.
—Bien —masculló a mitad de un bocado—. Cuéntamelo todo.
—Sé que fuiste tú quien delató al padre de Gunnar —solté a bocajarro.
Eyra agrandó los ojos y casi se atragantó.
Comenzó a toser con violencia hasta que la golpeé en mitad de la espalda y logró escupir un arenque a medio masticar. Jadeó un instante. Cuando recobró la compostura, me miró con rencor.
—¿Te has propuesto acabar conmigo? —increpó incrédula.
—Gunnar se marcha antes del anochecer; para entonces, quiero una respuesta.
Eyra se mostró confusa y desconcertada, pero también alerta. Sus ojos oscuros se entrecerraron sagaces.
—Bien, ¿qué sabes? —comenzó.
—Sé que Gunnar es tu hijo, el que Kodram te arrebató.
Eyra respiró profundamente y cerró los ojos.
Sabía cuán doloroso le resultaría sacar a la luz recuerdos tan devastadores, pero era necesario.
Gunnar podía no regresar. Aunque ese pensamiento me secaba el alma, debía otorgarle el conocimiento de la verdad.
Así que empecé mi relato; de mis labios brotaron las palabras de Halldora, incluida su historia.
Acabé por la marca de nacimiento que ambos compartían como muestra inequívoca de su herencia.
Cuando terminé, Eyra permanecía con los ojos cerrados y el rostro en una mueca de profunda desazón.
—¿Por qué no se lo has contado a él? —Su voz languideció, parecía rendida.
—Primero quería escucharte a ti. Necesito saber si consientes en que la verdad se sepa.
La mujer se irguió y, cuando abrió los ojos, vi una determinación feroz.
—No consiento, no, de ninguna manera; ahora menos que nunca.
—Gunnar tiene derecho a…
—¿A qué? —me interrumpió furiosa—. ¿A qué le destroces la vida? No te creía tan estúpida.
—¿Eso crees que pasaría? —inquirí asombrada—. Conocer a su verdadera madre sería un regalo.
Eyra bufó y se puso en pie. Caminó de un lado a otro como un animal acorralado, de la misma forma que hacía su hijo cuando algo lo contrariaba.
—No lo entiendes —gimió—. No entiendes nada.
Por mi culpa, su padre y su hermano murieron en una emboscada.
Aunque no imagines cuánto me arrepiento de eso, no puedo cambiarlo.
Lo odiaba. —Su voz se quebró—. Y lo odio aún hoy en la misma medida en que lo amé.
Primero me arrancó el corazón para pisarlo ante mis ojos; luego me arrebató el alma llevándose a mi hijo.
Se paró frente a mí con los brazos en jarras y el rostro distorsionado por el dolor.
—¿Sabes? Cuando me echó de sus tierras, tuve que comer hojas como los animales, larvas y roedores que cazaba con mis manos y que comía crudos, ya que no tenía con qué encender un fuego.
Dormía al raso con una mísera capa. Bebía aguas estancadas que me provocaban horribles retortijones.
Cuando logré llegar a un pueblo, nadie quiso ayudarme.
Mendigué comida y me alimenté de sobras e inmundicia.
Poco a poco, mi estado fue tan evidente que la gente comenzó a apiadarse de mí.
Me permitieron trabajar para ellos a cambio de sustento y cobijo.
Di a luz en un cobertizo como este, tan solo acompañada por las bestias.
Mi mundo era negro, vil y aterrador; mi corazón, tan solo un deshecho, pero cuando lo vi todo cambió.
Era un bebé fuerte en contra de lo que temía, fuerte y hermoso como ninguno.
Entonces mi corazón de nuevo latió; lo hizo con más fuerza que nunca.
Me juré que seguiría adelante por él, que lucharía hasta dejarme la piel, que encontraría misericordia en mi corazón porque una cosa está clara, Freya, si vives con odio, eres tú la que languideces, la otra parte vive feliz sin dedicarte un solo pensamiento.
Era un principio, y mi vista sobre el mundo cambió radicalmente.
No sabes cuánto disfruté de él, cuánto amor inundaba mi corazón hasta que el causante de todas mis desgracias apareció de nuevo para darme la última estocada.
Se presentó ante mí sin un atisbo de compasión, exigiéndome que le entregara a su hijo, que estaría mejor con él, que viviría como hijo de un gran líder y no de una esclava sin recursos.
No tuve ninguna oportunidad; a pesar de que peleé como una fiera, tuvo que dejarme inconsciente para poder llevárselo.
Ni siquiera puedo narrarte lo que sentí.
Tan solo te diré que enloquecí en toda la extensión de la palabra.
Vagué por los bosques como un alma en pena.
Es lo que era: un espíritu consumido por el odio y el dolor, unas veces llorando y gritando, otras susurrando y rogando a unos dioses sordos, ciegos y crueles.
Llamé a la muerte para que viniera a buscarme; tampoco en eso tuve suerte.
Al final, me encontró una mujer que se apiadó de mí y me llevó a su casa con su familia.
Allí, a su cuidado, pasé una larga temporada, enfrascada en el trabajo para no pensar. Pensar dolía.
Eyra se sentó de nuevo en un ademán derrotado, los recuerdos recuperaban el color carcomiendo su entereza. Las lágrimas surcaron su rostro.
—Después de un tiempo, y perdidas todas la esperanzas de volver a verlo, el destino lo puso de nuevo en mi camino.
Marché con mis amos a Skiringssal a vender unos vellones de lana.
Entonces lo vi. El hombre que tanto mal me había hecho vivía feliz con su amada esposa y sus hijos.
Aquello fue demasiado para mí. Cualquier sentimiento dormido despertó con una fuerza arrolladora.
Pero el que predominó fue el odio, un odio visceral, dañino y hambriento.
Vi a mi hijo, un muchachito de apenas nueve años, hermoso y grande, correr hacia Bera, la mujer que me lo había quitado todo.
Descubrí que tenía un hermano pequeño, un año menor y la rabia explotó dentro de mí.
Habían tenido otro hijo y, seguramente, tendrían más mientras que yo estaba sola y muerta en vida.
Así que lo hice. Me vengué. Equivocada, creí que, si arruinaba su vida, aplacaría el dolor de la mía, pero fue más bien al contrario- Por ende, asesinaron al hermano de Gunnar.
Deseé morir de nuevo. Cuando descubrí que Bera había muerto también y que Gunnar quedaba huérfano, marché a Skiringssal.
Poco a poco me fui acercando al muchacho con el único interés de aliviar su pena.
Los remordimientos no me dejan dormir por las noches, pero por el día estar cerca de él me daba el aliento suficiente para vivir.
Ahora que lo sabes todo, te pido encarecidamente que lo guardes en tu corazón.
Gunnar marcha hacia la batalla y su mente ha de estar centrada en ella; una noticia así lo desquiciaría, haría peligrar su vida.
Me tomó las manos y se las llevó a la boca.
—Si amas a mi hijo como dices, no le digas nada. ¿Cómo crees que se sentiría si supiera que su madre es una vulgar esclava y que, además, es la asesina de su familia? Nadie se repondría a eso.
—Pero, si conociera los detalles, podría comprender.
Eyra acarició mi mejilla y fue entonces cuando descubrí que yo había estado llorando. Sorbí y le devolví la caricia.
—Si conociera los detalles, la pena le inundaría el corazón. Un padre desalmado y una madre vengativa, no es algo como para sentirse orgulloso, ¿no? Además, ha vivido toda la vida sin saber quién soy, y así debe seguir.
—¿Pero tú no deseas que te mire como la madre que eres ni una sola vez?
—No, llevo muchos años a su lado. Me conformo con verlo y, sobre todo, con verlo feliz. Ahora lo es y mucho, gracias a ti. No deseo nada más, no podría soportar que se avergonzara de mí.
—Pero yo sé que él te aprecia, te tiene estima y te respeta.
Eyra sonrió con tristeza.
—Pero esos sentimientos son para Eyra, la esclava que lo crió, por eso no quiero perder ese papel.
La mirada suplicante que me dedicó me rompió el corazón. La abracé con fuerza. Permanecimos mucho tiempo así.
—Respetaré tu decisión, aunque tengo la certeza de que Gunnar lo entendería. Quieres protegerlo y es lógico, pero ¿por qué mantener limpia la memoria de un muerto y condenar a una viva a una vida a medias?
—Déjalo así, muchacha. Ahora soy feliz, tengo un hijo y una hija. Pronto un nieto, eso es más de lo que nunca esperé.
Asentí y di por zanjado el tema.
Eyra tenía razón, lo último que Gunnar necesitaba era enterarse de la verdad. Si alguna vez el destino deseaba que la verdad saliera a la luz, nada lo detendría; cuando eso pasara, estaría junto a él, allanando el camino del perdón y sembrando el cariño que Eyra merecía.
Lo que no sabía era que el destino se hallaba escondido tras un fardo de heno con una sonrisa diabólica prendida en el rostro.