Capítulo 15 #4
—Soy vieja y he vivido mucho. Lo que la vida me ha enseñado es que cuando una cosa se tuerce, raras veces se endereza; más bien acaba desplomándose en el suelo.
La caída unas veces es lenta y otras apabullantemente rápida.
No te fíes de ella. Si con el tiempo se demuestra que estaba equivocada, me pondré de rodillas y te suplicaré perdón. De verdad, ardo en deseos de hacerlo.
Trémula y angustiada fijé la vista en los novios, que recibían felicitaciones.
El arrebolado rostro de Ada no estaba fijo en su reciente esposo, sino en Gunnar.
Sentí un puño apretando inmisericorde mi corazón.
¿Cómo podía haberme equivocado tanto? ¿Sería capaz de hacerme daño?
¿La envidia y los celos era capaces de emponzoñar tanto un alma?
Eyra apoyó la mano en mi hombro; me apretó con fuerza.
—La vigilaré de cerca. Estaremos muy alerta. Aunque creo que lo mejor sería mandar a Ragnar una temporada con su hermana a las montañas del Norte. La distancia suele poner las cosas en su sitio —aconsejó, aunque sin mucha convicción.
Asentí e intenté sonreírle, ni siquiera supe si lo conseguí.
Mis ojos no se apartaban de Ada. Comprobé horrorizada cómo se comía a Gunnar con la mirada, cómo se acercaba a él incluso de manera inconsciente.
Y cómo su marido intentaba atraerla sin conseguirlo; ella siempre lo evitaba.
Al diablo, le pediría a Gunnar que se librara de ella.
Odié mi impulsividad por encima de todos mis otros defectos.
Un grupo de hombres irrumpió en la sala para acercarse a Gunnar. Eran guerreros; por lo que me susurró Eyra, de otra región. Se retiraron a una esquina y conversaron con semblantes graves. Algo sucedía.
Tras un instante, se los invitó a beber. Ocuparon un largo banco.
Sumida en funestos pensamientos me senté cerca del fuego con una jarra en la mano. Inmediatamente, empecé a sudar. Me libré de la capa.
Mi mente giraba una y otra vez sobre el mismo tema imaginando mil maneras de solucionar el problema.
Hasta esa misma mañana, cuando había hablado con Ada, jamás se me había ocurrido pensar en que pudiera perjudicarme de una manera directa.
El coqueteo con mi hombre era tanto un reto como una ofensa, pero de ahí a lo que Eyra sugería había una gran distancia.
Sin embargo, ya instalado el temor en lo más profundo de mi ser, resultaba del todo imposible intentar ayudarla.
No iba a arriesgarme por nada del mundo.
Sentí una presencia a mi lado. Un guerrero se sentó junto a mí y me sonrió seductor.
—¿De dónde has salido?—preguntó curioso.
—Del mismo sitio que tú, imagino.
El hombre prorrumpió en carcajadas, casi se cae del banco.
Cuando terminó de reírse me miró y entonces advertí que era muy atractivo. De cabellos rubios y largos, hermosos ojos celestes, boca generosa y un hoyuelo juguetón en la barbilla.
—Una mujer hermosa con sentido del humor; no creía que esas dos condiciones pudieran darse a la vez.
—Ni yo que un hombre pudiera hablar y pensar al mismo tiempo. Primero una cosa, luego la otra, ¿o era al revés?
De nuevo rio con ganas y se acercó un poco más a mí. Me separé. Él de nuevo se desplazó hacia mí.
—Creo que este banco acaba en esa pared, así que si sigues huyendo de mí solo conseguirás quedar atrapada —me advirtió socarrón.
—Entonces no te acerques a mí.
—Eso es mucho pedir. Hace mucho tiempo que no contempló a alguien como tú. Realmente me tienes fascinado. Cuando entré y te vi me dije: muchacho, no ha sido un viaje perdido después de todo.
Esta vez fui yo la que sonreí.
—Me temo que te equivocas.
Sus bellos ojos se clavaron en los míos ejerciendo todo su poder de seducción; sin duda, eran su arma más efectiva, aunque inocua para mí.
—Te vi junto al fuego, pensativa, terriblemente sensual, y me dije que no podía malgastar esa oportunidad. Realmente eres un placer para los ojos.
—Parece que hablas mucho contigo mismo, ¿no? ¿Por qué no sigues haciéndolo y me dejas en paz? —propuse.
El apuesto guerrero se retiró un mechón de la frente para luego sonreírme de manera deslumbrante. Su pendenciera mirada bajó hasta mi escote. Me mordí el labio inferior, dado que mis encantos estaban más que expuestos.
—No puedo complacerte en eso, pero sí en muchas otras cosas.
—Gracias, pero estoy bien servida.
Aquello le pareció gracioso. Empecé a temer que estuviera mal de la cabeza. O era tan engreído que no aceptaba una negativa por respuesta o no había recibido nunca una.
—Será mejor que te largues si no quieres que mi esposo te aclare ese punto con mucho menos delicadeza que yo.
Rio de nuevo y, en contra de mis advertencias, se acercó hasta pegarse a mí.
—¿Crees que un esposo celoso es rival para mí? Puedo jactarme de ser el mejor guerrero de estas tierras; no en vano he tenido el mejor maestro. Si tu esposo se atreve a aparecer, no tardarás en enviudar, lo que me facilitará los planes, ya que pienso llevarte conmigo.
Resoplé mortalmente aburrida.
—Oh, por favor, otro secuestro no —me burlé, aunque no pareció notarlo.
Cuando alcé la vista, tropecé con la mirada celosa de Gunnar que parecía echar humo por las orejas. Sin armar un escándalo, intentaba zafarse de los guerreros que lo asaltaban con preguntas. Pero, a cada paso que daba en mi dirección, un hombre le salía al encuentro con algún asunto que atender.
Me levanté para huir de mi admirador, pero me sujetó por la muñeca, se levantó y, tomándome por la cintura, me pegó a él.
—No vas a ir a ningún sitio, encanto; no sin mí. Tus ojos me han hechizado. No podré dormir si no es contigo.
—Entonces quédate en vela hasta que se te sequen los ojos y se te caigan, lo mismo me da. Pero si no me sueltas ahora, vas a lamentarlo.
Simuló una expresión afligida; al cabo sonrió.
—Eres una mujer cruel.
—No más que mi esposo, te lo aseguro.
En contra de mi consejo, se inclinó y me besó. Al instante, un aullido feroz tronó a mi espalda.
—¡Hiram, acabas de cavar tu tumba: suelta a mi esposa!
El guerrero me soltó de inmediato cuando vio a Gunnar avanzar hacia él. Toda su arrogancia se desvaneció para ser sustituida primero por confusión, después la sorpresa y por último el terror más absoluto.
—¿Este es tu esposo?
Asentí y empecé a compadecerlo.
Gunnar llegó a su altura. Le propinó un puñetazo tremendo. El guerrero cayó impulsado sobre el banco. En lugar de devolver el golpe, optó por humillarse cayendo de rodillas con la cabeza inclinada. ¿Dónde estaba el joven pretencioso de hacía un momento?
—Suplico tu perdón, maestro. Jamás me habría atrevido si hubiera sospechado que ella era suya.
Los miré alternadamente y, entre asombrada y divertida, comprendí su rápida rendición. Gunnar era su maestro de armas, el único mejor que él en esas lides.
—¿Así me pagas mi instrucción, maldito bribón? —increpó Gunnar; después se encaró conmigo—. Tú, maldita sea, ¿por qué no le dijiste que eras mi esposa?
—Le dije que estaba casada y que me dejara en paz.
—Eso no es suficiente, eres la esposa del hersir ; te deben un respeto, maldición —siseó furioso.
Me tomó del brazo y me llevó a un rincón, pero, antes de hacerlo, espetó una amenaza contra Hiram.
—Todavía no he acabado contigo.
Los ojos del guerrero mostraron espanto. Habría reído si no fuera porque tenía que lidiar con el malhumor del agraviado.
—Le di un desplante tras otro; no sabía que más hacer.
Los verdes ojos de mi esposo bullían de rabia y de celos.
—Podrías haberte levantado para venir en mi busca.
—Era lo que acababa de hacer, pero él me lo impidió. ¿Cómo iba a saber que se atrevería a besarme?
Gunnar, sin soltarme los brazos, me acercó más a su pecho.
—Deberías saberlo. ¿Acaso no te he dicho mil veces que eres toda una tentación para cualquier hombre que se precie de serlo? ¿Acaso no sabes que la flor más hermosa es la que atrae más insectos?
Sin más diatribas se abalanzó sobre mí y me besó.
—Debo tomar un buen empacho de ti, antes de que parta.
Lo miré petrificada.
—¿Tan pronto? Acabamos de llegar —me quejé.
—El jarl se ha rebelado contra el rey; en este momento, marcha hacia sus dominios con otros dos clanes subversivos —informó frunciendo el ceño—.
Reclama la presencia de todos sus guerreros.
Lo que no sabe es que el rey Halfdan el Negro lo ha tenido vigilado, conoce su ejército y lo dobla en número.
La batalla ya está escrita. Yo estaré allí para aclarar a ese malnacido quién ha sido su verdugo.
Quiero ver sus ojos antes de que lo ensarte con mi espada.
Una vez cerrada esa puerta, iré tras los Ildengum.
—Pero tu correrás doble peligro —le recordé alarmada.
Gunnar sonrió, sus ojos me acariciaron.
—Volveré —prometió—. Nunca he tenido tantos motivos para hacerlo.
Me lancé a sus brazos y lo estreché con fuerza. Cerré los ojos y supliqué a cualquier dios que pudiera escucharme, cualquiera que fuera su nombre, que me lo devolviera sano y salvo.
—¿Cuándo partirás?
Gunnar deslizó su dedo índice por mi mejilla y lo afianzó bajo mi barbilla.
—Mañana al anochecer. Tengo muchas cosas que disponer. Dejaré un nutrido grupo de guerreros para defender la aldea con órdenes expresas sobre tu seguridad. Todavía tengo que convencer a Thorffin de que se quede. Le necesito aquí para que me sustituya, solo confío en él.
Hizo una pausa, cuando volvió a hablar lo asaltó la tristeza.
—No sé cuánto tiempo estaré fuera. Tener la certeza de que estarás segura es cuanto necesito para estar tranquilo y centrado.
No soporto estar lejos de ti, pero esa es una agonía que debo sufrir, un último obstáculo que saltar para que podamos vivir en paz de una buena vez.
Freya, me duele el alma solo de pensar las noches que pasaré sin ti.
Necesito que me aprovisiones bien, para poder acudir a los recuerdos.
—Entonces, vamos, no perdamos el tiempo —lo urgí—; voy a demostrarte cuánto te amo, y cuánto voy a echarte de menos.
* * *
Despertamos enlazados, desnudos y plenos.