Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Juntó las piernas para que pudiera apoyar la espalda en sus pantorrillas.

De ese modo, incliné la cabeza hacia atrás apoyando la nuca en sus rodillas.

La larga extensión de mi melena cayó sobre sus muslos.

Sentí sus manos masajeándome el cuero cabelludo, cerré los ojos y suspiré.

Si aquello no era el paraíso, sin duda sería su antesala.

Tras un largo instante de absoluta relajación, cambiamos posiciones e hice lo propio.

Mientras estrujaba y frotaba su cabello, emitía ruiditos placenteros.

—Mm… nunca imaginé que pudiera disfrutar tanto de un simple lavado de cabeza. Aunque debí sospecharlo; todo lo que viene de ti parece estar dotado de esa virtud. Me haces gozar hasta con una simple mirada.

—Prometí hacerte muy feliz, ¿recuerdas? —musité concentrada en mi tarea.

—Entonces no te separes de mí ni un instante.

—Vas a aborrecerme —objeté.

—¿Bromeas? La última vez que te perdí de vista casi desapareces por completo.

Entonces me juré que no te quitaría la vista de encima en lo que me restara de vida.

Y, aunque soy consciente de que por desgracia tendré que ausentarme, pienso esconderte en la cueva más recóndita que exista.

Nada ni nadie volverá a arrancarte de mi lado.

Se volvió para que lo mirara, hablaba muy en serio. Sonreí con ternura.

—Ni yo lo permitiría.

Su semblante cambió; pude ver con claridad cómo un pensamiento oscuro lo ensombrecía tensando sus facciones. Tan rápido como había aparecido se diluyó, para dejar tras él una mirada emocionada.

—Sé qué cara pondrías si me separaran de ti.

La remembranza de aquel aciago día había perdido su condición de amargura y resentimiento. Ahora tan solo era un recuerdo en un momento crucial de mi vida. Aquel que había sido el comienzo del giro del pedregoso sendero que me había conducido donde ahora me hallaba.

—No, no lo sabes —musité en apenas un hilo de voz.

Gunnar frunció ligeramente el ceño; el recuerdo lo desagradaba por una razón muy distinta: celos. Saber cuánto había amado a Rashid lo sacaba de sus casillas. Si bien tenía la certeza de mi amor por él, no mitigaba la comezón por la intensidad de mi pasado. Era hora de aclarar las cosas.

—Claro que lo sé —insistió tozudo y con un dejo de aspereza en la voz—. Tu expresión se me grabó en el alma; creo que jamás he experimentado una punzada más envidiosa en toda mi vida.

—Por eso me raptaste —repliqué—, pero aun así…

Negó vehemente con la cabeza.

—No, no por eso, te rapté porque me enamoré instantáneamente de ti; ese fue el motivo. Lo que te dije aquella vez había sido el fin, la meta, conseguir que me amaras como a él.

—Pero es que no te amo como a él —espeté.

Quedó paralizado por un instante. Luego giró, se puso de rodillas frente a mí y me tomó por los hombros con el miedo pintado en el rostro.

—¡Repite eso! —tronó.

Sonreí para calmarlo, sin conseguirlo. Sus sesgados ojos verdes se agrandaron temerosos y la angustia tildó su expresión.

La furia comenzó a surgir. Se mezcló con sus otras emociones; aquel volcán amenazaba con estallar.

Me sentí tentada de besarlo, tan fiero y apuesto, tan ardientemente enamorado, tan conmovedoramente inseguro.

—Lo repetiré —comencé despacio—: no te amo como lo ame a él. Te amo con muchísima más fuerza, tanta que me da miedo. Él fue mi luna, grande y mágica, pero tú, tu eres mi sol, cálido, inmenso y absolutamente necesario para vivir; sin tu luz, no podría existir. Eso le dije a Rashid.

Con los ojos incapaces de abrirse más y la boca haciendo juego, Gunnar me miró incrédulo.

—¿Eso… eso le dijiste?

Asentí.

—Sí, mi amo y señor, mi sol y mi todo. Por eso jamás sabrás la cara que pondría.

Mi respuesta tuvo el efecto deseado. Gunnar comenzó a soltar el aire contenido, y con él toda la desazón, los temores, las inquietudes.

Poco a poco fue liberando toda la tensión, su expresión se suavizó.

La intensidad de su mirada prendió la mía.

En ella vi mi reflejo, el de mi alma. Acto seguido me apretó en un abrazo algo violento. El aliento huyó de mis pulmones. Jadeé.

—Vas a asfixiarme, bárbaro del demonio —me quejé.

Gunnar rio con ganas, pero aflojó la presión.

—Y tú vas a matarme, creo que el corazón va a reventarme en el pecho.

De repente, una melodía llegó a mis oídos. Al unísono regresamos al mundo, envueltos en la premura por salir de la tina y vestirnos para la ocasión.

—¡La boda! —exclamé mientras me secaba—. ¿Quién va a oficiarla?

—Creo que yo —declaró mientras corría hacia el baúl con su ropa.

Lo miré divertida cuando caminó sobre un charco, aumentando peligrosamente su velocidad. Como era de esperar, chocó bruscamente contra la pared y cayó sentado al suelo.

—¡Maldición!

Unos golpes aporrearon la puerta.

—¡Gunnar! —llamó apremiante Thorffin.

—Como se te ocurra abrir, eres hombre muerto —advirtió después de echarme un vistazo.

—Como no salgas rápido, tendremos que correr para atrapar a la novia.

—¡Lárgate! Voy detrás de ti —respondió.

Se puso una túnica corta negra con ribetes en oro, unas calzas del mismo color y un ancho cinturón que ciñó su talle. Sacudió con vigor la cabellera esparciendo una miríada de gotitas iridiscentes y me sonrió.

—Quiero que te pongas mi vestido —exigió.

Ante mi expresión desconcertada fue al baúl. Sacó la túnica que Eyra sustrajo para mí. La que llevaba la primera vez que me entregué a él.

—Dudo de que entre en ella. La primera vez apenas pude.

—Ese era su encanto; además, el amarillo te favorece.

Terminó de disponer las armas que colgaban de su cinto y se acercó con una enorme sonrisa en el rostro y una mirada ávida.

—Aunque lo que más te favorece es lo que llevas puesto ahora.

Obviamente nada. Permanecía completamente desnuda. Lo abracé y le planté un sonoro beso en los labios.

Sus brazos rodearon mi cintura cruzándola y me ciñeron contra él.

—No tardes, preciosa, puede que precise tu ayuda.

—Ve, temo que Ada se arrepienta; es terca como una mula.

—Lo sé, ya me voy.

—Vete o Thorffin derribará la puerta.

Aquel fue el impulso que necesitaba; salió presuroso. Miré la túnica amarilla de seda y filigranas doradas. De inmediato, rebusqué en el baúl una sobreveste que lo cubriera, pero no encontré ninguna.

Decidida a ocultar cuanto mostraba, me lo puse no sin esfuerzo y me cubrí con una capa marrón que até al cuello.

Se abría por delante, pero era mejor que nada.

Sacudí la cabeza frente al fuego y con las manos ahuequé la melena remarcando las ondas conforme se secaba; aún húmedo eché la cabeza hacia atrás y salí de la cabaña.

Entré en el skáli a tiempo de escuchar los votos de los contrayentes; en el vozarrón de Ragnar resaltaba la impaciencia, y en el de Ada el desagrado.

Aceptó los términos a regañadientes, así que, cuando concluyó, los presentes soltaron el aliento. Ragnar resopló evidentemente más calmado, aunque temeroso de mirar a su flamante esposa. Cerró los ojos y recitó en susurros una especie de salmo ininteligible.

Eyra, que se había acercado a mí, soltó una risotada.

—¡Oh, se está encomendando a los dioses!

—No es tan imprudente después de todo —comenté.

Eyra me observó sorprendida.

—¿Tan mala es?

—No lo creo, o no lo espero al menos. Pero esa muchacha ha llevado una vida difícil, y eso es lo que la hace difícil también. Además de testaruda y resentida.

—Si da tantos problemas, ¿por qué demonios la han traído?

Contemplé el ceño arrugado de la anciana.

—Llámalo piedad o necedad, como prefieras. Aunque hace unos días me arrepentí de haberla tenido.

Le conté todo lo acontecido y los pequeños ojos avellana de Eyra se empequeñecieron con cada detalle hasta terminar convirtiéndose en dos rendijas brillantes.

—Yo lo llamaría necedad. ¿Acaso no has escarmentado suficientemente? ¿Quieres volver a tener cerca otra Amina cuando la original todavía anda suelta?

—Por eso he forzado esta boda, además…

—Te creía más lista muchacha—me interrumpió con aspereza—. Si desea a Gunnar, estar casada con otro hombre no la detendrá. ¡Una nueva víbora en la cesta de la comida!

—Creo que no desea a Gunnar como hombre; lo que anhela es ser objeto de un amor tan incondicional como el que él siente por mí. Quiere para ella lo que yo poseo. Estoy segura de que jamás ha sido amada por nadie, bien al contrario.

—Más razón para cubrirse la espalda, muchacha tonta —me sermoneó—.

Tu buen corazón quiere ayudarla, pero bien sabes que no puedes esperar nada bueno de alguien que ni siquiera sabe ser agradecido.

No puedes cambiar la vida de alguien solo con el simple deseo de hacerlo.

La buena voluntad suele sembrar una semilla, pero nunca se sabe en qué condiciones saldrá: pútrida y maltrecha, o sana y vigorosa.

Por lo que me cuentas, la que tú has sembrado no parece dar buenos frutos.

—Al menos lo intenté. Tal vez necesite más tiempo.

Eyra bufó exasperada.

—Sí, sí… Más tiempo. No olvides que una víbora ya mordió al hijo que llevabas en tu vientre. Ahora te encuentras en la misma situación.

—¡Eyra, no te atrevas a imaginarlo siquiera! Ella sabe que Gunnar es inaccesible, ¿qué sentido tendría entonces?

—¿Sentido dices? —preguntó casi para sí, cada vez más alterada—. ¿Cuántas maldades lo tienen? Una serpiente es imprevisible, rápida y letal. No necesita un motivo para atacar, simplemente lo hace.

—Pero estás dando por hecho demasiadas cosas. No hay certeza de nada de lo que dices —repliqué algo más que molesta.

Un nudo me atenazaba la garganta y un sabor avinagrado se impuso en la boca de mi estómago. La sola posibilidad de perder a mi bebé me resultaba insoportable.