Capítulo 15 #2
—Bien, exceptuando el momento de despertar. Estar en ayunas me provoca náuseas, así que engullo como un oso famélico. Además, duermo como un lirón y estoy cansada todo el tiempo.
Eyra soltó una carcajada; me condujo frente al hogar.
—Muchacha, eso significa que todo va bien. Alrededor de la cuarta luna llena todo se normalizará, incluso estarás rebosante de energía. Entonces es cuando de verdad se disfruta del embarazo.
Si no hubiera sabido que tenía un hijo, aquello sin duda la habría delatado. Resultaba obvio que hablaba por experiencia.
—Habrías sido una madre maravillosa.
De hecho, y aunque en su difícil papel de sierva, lo había sido.
—El pasado no cuenta —se apresuró a zanjar el tema—. Ahora lo único importante es que por fin voy a poder disfrutar de tener un bebé en mis brazos.
La emoción tiñó su voz. Ahora que esperaba un hijo, ni me atrevía a imaginar verlo nacer y que me lo arrebataran de los brazos. Aquello, sin duda, rozaría peligrosamente la locura, un dolor de tal magnitud debía de ser atroz.
—Serás su abuela. Porque para mí eres como una madre. Lo criaremos juntas.
Si se acostumbraba a ese apelativo, tal vez fuera más fácil que algún día aceptara el de madre.
—Oh, chiquilla, todavía no lo puedo creer. Hasta hace apenas un instante, vagaba como un alma en pena y ahora, mírame, tengo el espíritu y la ilusión de una jovencita.
Nos sentamos en un banco frente al hogar todavía con las manos prendidas.
—Será mejor que te acuestes un rato, no quiero que tu esposo se disguste conmigo; además hay mucho trabajo que hacer. Pero prométeme que mañana reservarás un ratito de tu tiempo para mí. Quiero saber todo lo que te ha pasado, con pelos y señales, ¿entendido?
Sonreí y me apoyé cariñosamente en su hombro.
—Mañana te lo contaré todo—prometí.
—Anticípame algo —suplicó muerta de curiosidad—. ¿Te encontraste con Rashid?
—Sí.
La anciana ahogó una exclamación. Una mano aleteó inquieta sobre su pecho.
—Ya me había casado con Gunnar; por cierto, nos casó Halldora.
—¡Oh! —exclamó notablemente alarmada.
—A pesar de estar profundamente enamorada de Gunnar y de haberme convertido en su esposa, necesitaba despedirme de los míos, explicarles mi decisión. Sabía que no iba a ser fácil, pero nunca imaginé que pudieran complicarse tanto las cosas.
Bostecé y estiré los brazos desperezándome. Ahí estaba de nuevo aquella maldita somnolencia que me robaba más de la mitad del día.
—¿Cómo de complicadas?
—Amina y Ulf con un grupo de guerreros nos atacaron en el campamento de Rashid que enloqueció y me secuestró. Gunnar, entonces, junto a sus hombres y otros guerreros atacaron el barco en el que iba y me recuperó. Luego te ampliaré los detalles.
—No voy a pegar ojo. Quiero hasta la última pincelada del relato.
Bostecé de nuevo sin poder evitarlo. Entonces, Eyra descompuso su asombro en una mueca algo avergonzada.
—¡Te estoy entreteniendo y no te tienes en pie! Acuéstate, Freya. Ya habrá tiempo para que satisfagas la curiosidad de una vieja.
Caminamos hasta la cabaña. Me acompañó hasta que me tendí. Luego, se inclinó con una sonrisa conmovedora y me besó en la frente. Sus ojos rezumaban dulzura.
—Te he echado de menos.
—Yo también.
Salió con paso ligero como una chiquilla juguetona llena de vitalidad.
Sonreí. ¿Estaría mi balanza por fin equilibrada? Recé para que así fuera.
* * *
Gunnar ordenó traer una gran tina redonda, que fue llenada con innumerables cubos de agua caliente. Eyra me proveyó de esencias y afeites florales, jabón y peines de concha.
Había anochecido. La única fuente de luz provenía del hogar, que crepitaba reconfortante en el centro de la estancia. Tras un sueño reparador, la perspectiva de un baño perfumado resultaba más que deseable.
Cuando me sumergí en el agua humeante, pensé que pocas cosas había tan placenteras como un baño espumoso; con algunas excepciones, claro.
Fue una de esas excepciones la que irrumpió en la cabaña; apoyada en la puerta con los brazos cruzados sobre su pecho me contempló extasiado.
—¡Si Heimdal, dios de la luz y centinela de los dioses te viera ahora, abriría para ti el Bifröst, el puente del arcoíris para que entraras en el Asgard!
—¿Eso qué significa?
—Significa que eres la tentación hecha carne, una diosa provocadora y sensual que pide a gritos que la complazcan.
—Que yo sepa, no he pedido nada, de momento.
—Tus ojos lo piden —susurró—. Y yo soy un hombre débil y complaciente.
La mirada efervescente de mi esposo aumentó varios grados mi ya elevada temperatura corporal. Verlo desnudarse con premeditada lentitud aceleró mis latidos. Mi piel ya clamaba sus caricias. Recorrí su magnífico cuerpo con los ojos, embebida del poder y la fuerza que manaba.
El dorado resplandor del fuego bañaba los férreos músculos que surcaban su hermoso cuerpo en un parpadeante juego de luces y sombras que le conferían un brillo sobrenatural, como si se tratara de una criatura mágica venida de otro mundo, un gigante de salvaje sensualidad.
Bajé la mirada hacia su vientre acerado y continué mi escrutinio hasta la enorme exigencia que se alzaba imperante entre sus poderosas piernas.
Cuando alcé de nuevo la vista, Gunnar me regaló una media sonrisa maliciosa y se acercó con felina lentitud. Sus brillantes ojos verdes, cargados de oscuras y placenteras promesas, me estremecieron.
Se introdujo con gracilidad en la tina y se sentó frente a mí, con las largas piernas flexionadas. Después alargó un brazo y me arrastró sobre él.
El brusco movimiento provocó una ola que saltó sobre el borde y cayó estrepitosa al suelo. Le rodeé el cuello y lo besé al tiempo que sus grandes manos acariciaron la redondez de mis nalgas.
A horcajadas sobre él sentí su miembro palpitando en el centro de mi descontrolado fuego.
Él se movió adelante y atrás haciendo que aquella fricción arrancara gritos de mi garganta.
Me arqueé hacia atrás llevada por un placer infinito, disfrutando de ese enloquecedor movimiento que derretía cualquier brizna de cordura.
Me froté contra él dando rienda suelta a la pasión, jadeando enardecida.
Me rodeó la cintura, me acercó a él y tomó uno de mis pezones en su boca.
Lo succionó y mordisqueó hasta arrancar gemidos de mi garganta.
Aquella danza sexual agitaba el agua entre nuestros cuerpos, agudizaba el goce que sentíamos.
De repente, el placer estalló dentro de mí: me fraccionó en mil pedazos.
Un largo grito que me convulsionó puso a Gunnar al límite de sus fuerzas. Sin más miramientos, me penetró y tomándome rudamente por las caderas, se movió dentro de mí.
Extasiada y todavía hambrienta me moví con él.
Gunnar tomó con ambas manos puñados de mi pelo y me obligó a inclinar la cabeza hacia atrás, para apresar con voracidad mi cuello.
Me mordió y yo me sentí morir de placer.
Sentí mis pechos bambolearse contra la roca de su pecho, y el roce del vello que lo cubría contra mis enhiestos pezones relampaguearon mis sentidos hasta sumirme en una dulce tortura.
—Así, mi amor —jadeó incontrolado—; baila para mí. ¡Por Odín, no te detengas!
Buscó mi boca con ansia, casi con desesperación, emitiendo guturales gruñidos.
Me devoró descontrolado, crispado de placer.
Nuestra lenguas se entrelazaron en una batalla por alzarse con el dominio absoluto, entregadas a la misma y ardiente necesidad: aplacar el desbordante anhelo que nos sacudía como el viento que golpea las ramas de un árbol con su furia.
Me sentí al borde de un nuevo clímax todavía más violento cuando Gunnar deslizó una mano y acarició el centro justo de la tormenta.
Entonces dejó de besarme y me miró con intensidad, paladeando el brutal gozo que me consumía.
—Mira a tu dueño y señor, a tu siervo y adorador. Mía para toda la eternidad. Tuyo a través de los tiempos.
Con la mirada turbia, susurré suplicante.
—Por favor, por favor, no pares.
—No, mi amor, nunca.
Se movió de nuevo con más vehemencia hasta que alcancé un orgasmo violento y dulce al mismo tiempo. Fue como llegar a una cumbre para rodar luego pendiente abajo hasta caer en una nube esponjosa y suave.
Acto seguido, él dejó escapar un grito ahogado, un feroz gruñido de honda satisfacción y se derramó en mí. Laxos y felices, permanecimos abrazados.
No fue hasta mucho después, hasta que mi espalda húmeda comenzó a secarse, que descubrimos asombrados que habíamos volcado más de la mitad del contenido de la tina. Todo el suelo de la cabaña estaba cubierto de espuma y charcos que rielaban con el resplandor del fuego. Nos miramos y reímos.
—Creo que, si se hubiera prendido fuego la cabaña, ni nos habríamos enterado.
—No —confirmó él—. Porque habríamos estado a la misma temperatura. Me haces perder tanto la cabeza, que antes de volver a hacerte el amor tendremos que tomar ciertas medidas de seguridad.
Solté una carcajada.
—No es mala idea —bromeé—. ¿Qué se te ocurre?
Gunnar rebuscó a ciegas el irregular bloque de jabón. Mientras lo frotaba entre sus manos para crear espuma, musitó:
—Deberíamos evitar hacerlo cerca del fuego.
—Levantó un dedo—. Ni dentro de un lago.
—Irguió otro y aclaró—. Podríamos morir ahogados.
Por supuesto, lejos de cualquier objeto cortante.
—Otro más—. Y se me ocurre que, cuando lo hagamos a la intemperie, deberíamos cerciorarnos de la ausencia de animales salvajes.
Tendríamos que verificar el clima porque estoy seguro de que podría caernos una capa de nieve sin que lo notáramos, moriríamos por congelación.
—Olvida el último. —Le bajé el meñique—. Sabes que derretiríamos la nieve. Respecto a los animales salvajes, ya me ha devorado uno.
Gunnar sonrió divertido.
—Sin duda, y muy hambriento. Date vuelta, quiero lavarte el pelo.