Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 15
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Capítulo 15

El regreso

Escuché el mar antes de poder verlo.

Los guerreros habían optado por una ruta de interior, más larga y pedregosa, a través de sendas casi intransitables.

Sin embargo, era la más segura dadas las letales intenciones de nuestros enemigos.

Cuando llegáramos, Gunnar pensaba organizar una guardia permanente además de mandar patrullas para rastrear los alrededores.

Lo único que lo preocupaba era dejarme sola cuando por fin su jarl se rebelara contra el rey. Aunque sospechaba que Ulf también acudiría a la batalla, la presencia de Amina y su obsesión por acabar conmigo lo desquiciaba; barruntó llevarme con él y dejarme al cuidado de su rey.

Descendíamos por la última colina rumbo a la parte de atrás de la empalizada que cercaba el pueblo. La construcción se irguió ante nosotros entre frondosos helechales, enhiestos abedules y hayas centenarias.

Nos acercábamos a los pesados portalones.

Gunnar mostró su irritación al comprobar que el puesto de vigía estaba vacío. Nadie nos anunció.

—¡Estúpidos! Si quisiéramos arrasar el pueblo solo se enterarían cuando tuvieran mi espada en su cuello. Y por Thor que lo haré.

Erik soltó una carcajada; Thorffin sonrió como si saboreara la idea.

—No estaría mal que les diéramos una buena lección a esos bellacos —opinó.

Gunnar asintió malicioso; sus ojos chispearon de diversión.

Los hombres se adelantaron para ejecutar su particular escarmiento, mientras Ada y yo recorríamos los últimos metros paseando en completo silencio. La muchacha, con expresión huraña, observaba la entrada a su nuevo hogar.

Débiles rayos de sol filtrados por el espeso follaje doraban las dentadas hojas de los helechos, traspasándolas con su luz y mostrando cada nervadura.

Motitas de polvo suspendidas en los haces dorados otorgaban al bosque un matiz mágico.

A nuestros pies, la bruma se arremolinaba entre los pequeños arbustos.

El canto melodioso de dos herrerillos que revoloteaban en pleno cortejo detuvo a Ada que, embelesada, admiraba el vistoso plumaje azul y amarillo de las aves.

—Es un hermoso lugar para vivir —comenté deseosa de romper el disgusto de la joven.

—Cuando se es dichosa todo parece maravilloso —se quejó.

Resoplé y la observé fijamente. ¿Era posible que fuera tan testaruda?

—Recuerda que nadie te ha obligado a venir.

Se retiró un rizo de la frente y lo colocó detrás de su oreja, luego me devolvió una mirada sardónica.

—Sabes que no tenía otra opción.

—Y eres tan necia que, en lugar de adaptarte a tu nueva situación de buen talante, prefieres gruñir y negarte cualquier posibilidad de ser feliz.

Esta vez sonrió con desdén.

—¿Ser feliz con ese animal? ¿Lo has visto? Es un gigante horrible, ni siquiera soporto mirarlo.

—¿Entonces por qué coqueteabas con él?

—No lo sé.

Yo sí lo sabía. Porque quería camuflar ante mí el interés que sentía por Gunnar.

Sospechaba que además quería garantizarse un aliado para lograr establecerse en Skiringssal cerca del hombre que realmente anhelaba.

Sin embargo, sus planes fueron modificados con mi intervención, y ahora debía cargar con un marido que no deseaba.

—Ragnar es un buen hombre. Aunque no sea un Adonis, tampoco es un ogro. Posee cierto encanto cuando se lo conoce.

—Entonces quédatelo tú —me increpó—. ¡Ah no, olvidaba que tú sí tienes un Adonis, que te idolatra!

¡Qué cinismo! ¡Qué puede saber alguien como tú de la soledad, de la indiferencia, del desprecio!

¡Tú que consigues que dos hermosos hombres se disputen tu amor!

¡Tú que por donde vas prendas a los hombres con tu belleza!

¡Tú que nunca has vivido el desamor y el rechazo!

Aléjate de mí, me da asco tanta perfección.

En realidad, no estaba tan encaprichada con Gunnar como imaginaba.

Era la envidia en estado puro la que la gobernaba.

La compadecí. Al tiempo sentí la necesidad de acercarme a ella de alguna forma; no iba a resultar fácil superar su rechazo, pero yo me había hecho cargo de ella y lo asumiría a pesar de todo.

—No te discuto que soy afortunada en el amor.

Pero también atraigo la maldad y la envidia.

He sufrido sus iras y desmanes en mi carne, en mi alma.

He aprendido que en esta vida Dios da, al tiempo que quita.

A veces pienso que la vida es como una balanza: un platillo para las venturas y otro para las tragedias.

Cuando uno de ellos pesa más, la providencia lo compensa de inmediato, hasta hallar el equilibrio.

—Si es como dices —apuntó—, mi platillo para las desdichas ya casi debe rozar el suelo y todavía estoy esperando que caiga algo en el otro lado.

Le sonreí con ternura.

En ocasiones, personas acostumbradas a sufrir asumían desesperanzadas que ese era su destino.

Se encerraban tanto en esa convicción, que ni siquiera advertían de las puertas que se abrían invitadoras al cambio.

Imaginaba que era como estar en el fondo de un pozo oscuro y lúgubre durante un tiempo indefinido, incapaces de mirar hacia arriba para atisbar si la tapa estaba abierta.

En el caso de que vieran una salida, con seguridad la creerían producto de su imaginación y se perderían de nuevo en su desdicha. Ada era un buen ejemplo de ello.

—Cuando la vida te golpea duramente durante mucho tiempo —comencé—, primero peleas, después solo te cubres, pero al cabo de un tiempo ni siquiera evitas los golpes.

Te acostumbras tanto a ellos que, cuando no los recibes, ni siquiera te das cuenta, entumecida como estás.

—Hice una pausa y me planté frente a ella—.

Nadie te golpea ahora, tan solo tú misma.

Si no puedes ver cómo tu platillo de las bonanzas empieza a descender, no es culpa mía, te lo aseguro.

Déjame ser tu amiga; si con el tiempo sigues sin soportarme, no te molestaré más; lo juro.

Me pareció ver la sombra de una sonrisa en su rostro, una sombra que murió rápidamente; no obstante, sentí que aquel pequeño e incipiente brote podía ser un principio.

—De momento, prefiero que no me dirijas la palabra —pidió—. Si siento que debo decirte algo, me acercaré yo.

Asentí. Necesitaba tiempo; de eso íbamos a estar bien colmadas.

Sentí alivio y cierto regocijo cuando unos sonidos nos detuvieron.

Eran gritos y… risas; sí, agudas carcajadas provenientes de la aldea.

Aceleramos el paso y traspasamos los pesados portones.

Sorteamos unas cuantas cabañas hasta llegar al centro.

En la gran explanada vimos cómo la gente vitoreaba a los guerreros.

El recibimiento con seguridad iba a durar todo el día.

Cualquier excusa era buena para una fiesta.

Ada miraba boquiabierta; su expresión fue imitada por casi todos los que repararon en nosotras. De pronto, se hizo el silencio.

—Esta noche se celebrará una boda —anunció Gunnar.

Todos los ojos se clavaron en mí. Fue Thorkel quien dio un paso al frente.

—No pretenderás casarte con una banshee , ¿no, gran hersir ?

Gunnar se enfrentó a él. Le sacaba más de una cabeza y la amplitud de su pecho sombreó el rostro enjuto del hombre.

—Esta noche es Ragnar quien se casará, yo no podría hacerlo… dos veces.

Gunnar sonreía con los brazos en jarras. Seguidamente sacudió su cabeza para que me acercara. Así lo hice.

—Presento a mi esposa. —Me rodeó la cintura y me apretó contra él—.Y el próximo que la llame banshee tendrá que buscarse otro lugar donde vivir.

Al silencio le siguieron los murmullos y cuchicheos. La expectación creada fue sustituida por los pasos apresurados de mis amigas que corrían en mi dirección con el semblante demudado por la impresión.

Blanca, Jimena e Inga se abalanzaron sobre mí estrechándome entre sus brazos.

—¡Dios te ha devuelto! —exclamó Jimena emocionada.

Alcé el rostro sonriente y entonces la vi.

Eyra, con el rostro macilento y surcado de lágrimas, nos observaba incrédula. Meneaba la cabeza. Caminaba vacilante por la impresión; con cada precario paso que daba, sus labios se curvaban hacia arriba. Para cuando llegó hasta nosotros, su sonrisa era deslumbrante.

Miró a Gunnar con un sentimiento que finalmente comprendí. Cuando puso los ojos en mí, una nueva lágrima rodó por su ajada mejilla.

—Su esposa —musitó—. Creo que tienes muchas cosas que contarme.

La abracé y percibí cada hueso de su cuerpo. Había perdido mucho peso. Clara evidencia de la tristeza en que la había sumido nuestra ausencia. Me juré cuidarla y mimarla para compensar todo lo que le había sido arrebatado. No pude resistir dar la otra noticia.

—Y muy pronto la madre de su hijo.

Eyra abrió la boca muda de asombro. No era la única que había escuchado aquello y, como una ola que se desliza perezosa por la orilla, la nueva se extendió entre la gente.

—Un hijo —repuso perpleja—. ¡Voy a ser…!

Abuela, pensé para mí. La felicidad más absoluta suavizó cada arruga y sus ojos vivaces chisporrotearon de júbilo.

La estreché de nuevo entre mis brazos, mientras Gunnar nos observaba encantado.

Ragnar se acercó y llevó a su prometida de la mano. La muchedumbre se cerró en torno a ellos. Gunnar habló:

—Eyra, sé que ardes en deseos de hablar con Freya, pero necesita descansar. Ha sido un viaje duro, y esta noche habrá una gran fiesta; se oficiará una boda, pero se celebrarán dos. Mi gente deseará compartir mi dicha.

Luego, estampó un fuerte beso en mis labios y giró.

—Sin embargo, puedes acompañarla mientras dispongo una guardia y ultimo los preparativos para el festejo —repuso por encima de su hombro.

Lo observamos alejarse. Mi corazón se estremeció cuando vi la expresión orgullosa de Eyra. Tan cerca de su hijo y al mismo tiempo tan lejos.

—Es un hombre feliz —comentó—. Nunca lo había visto así.

Me dirigió una mirada agradecida; luego, me tomó de las manos.

—Dime, ¿cómo te encuentras?