Capítulo 14 #6
—Mi cabeza me grita que no, pero, por desgracia, mi corazón dice lo contrario. Aunque parezca increíble, casi siempre gana.
—Entonces, suerte.
Sonrió algo pesaroso.
—La voy a necesitar— musitó.
Se adelantó, deseoso de cuidar de ella, pero no se atrevió a tocarla temeroso de un nuevo rechazo.
Me conmovió ver a un guerrero feroz convertido en un ser inseguro y titubeante por culpa de una muchacha que no abultaba ni la mitad que él.
También lo compadecí: aquello iba a ser un camino de espinas.
—¿Qué pretendías? ¡Podías haberte matado! —la increpé.
Los grandes ojos castaños de la muchacha se entrecerraron y sus labios se fruncieron con evidente desagrado.
—Pretendía huir de tu maldad. Si me hubiera pasado algo habría sido por tu culpa.
Aquello era demasiado. Un ramalazo de cólera me sacudió.
—¡Basta! ¿Me oyes? Se acabó.
Estampé mi puño en la mesa y la fulminé con la mirada.
—No pienso tolerar ni un agravio más. ¿Me odias porque intenté liberarte de esa bestia? ¿Porque quise ayudarte? Dime, maldita seas, ¿por qué?
—Porque tú lo tienes todo; y yo, nada —me escupió con rabia.
Tenía el rostro desencajado, la mirada nublada y los puños apretados. La fuerza de su rencor me encogió.
—Ni tendrás nada si ansías lo que otros poseen —espeté—. Valórate, quiérete y busca tu camino. No voy a obligarte a que te cases con Ragnar; a partir de ahora eres libre. Ve y haz lo que quieras. Eso sí, con una condición, quiero que escuches lo que Ragnar tiene que decirte, después tú decidirás.
De esa manera, otorgaba al guerrero la oportunidad de convencerla y a ella la de que meditara sobre lo estúpido que sería campar sola por aquellas tierras. Además, estaba segura de que recapacitaría: necesitaba a alguien que la protegiera y solo había un candidato.
Los dejamos solos. Gunnar me abrazó enterrando su cabeza en mi hombro.
—Eres tan astuta como un zorro.
—Creí que era un lobo.
—Tienes lo mejor de ambos.
—Y tú eres mi león. Grande, poderoso e imponente. Noble y hermoso. Feroz y cariñoso. Y mío.
—De lo último, no tengas dudas, pero ¿qué es un león?
Reí mientras le rodeaba la cintura.
—Algún día te haré un dibujo.
Nos sentamos en uno de los bancos. Aguardamos.
La gente de la aldea comenzaba sus tareas matinales. Una niña nos miraba curiosa de entre las piernas de su madre. Sus enormes y curiosos ojos color índigo se clavaron en mí. No era la única; un grupo de niños de edades dispares comenzaba a arremolinarse a nuestro alrededor.
—¿Por qué despierto tanto interés?
Gunnar se giró hacia mí con una sonrisa orgullosa.
—Porque eres diferente a cuanto han visto antes. Esta aldea está perdida en un valle de difícil acceso. Está claro que no han salido de ella. Si te fijas a tu alrededor, comprobarás que casi todos sus habitantes tienen el pelo y los ojos claros, dudo que hayan visto a alguien tan oscuro como tú.
—¿Oscuro?
Gunnar asintió tomando entre sus dedos un largo mechón de mi cabello.
—Tu cabello es como una noche sin luna; tu piel es dorada como tus ojos: pareces una criatura de otro mundo, una diosa mística. A mí también me impresionaste la primera vez que te vi.
—Creí que solo te habías fijado en mí porque te recordaba al lobo de tus sueños.
—Fue tu belleza lo que me paralizó. Cuando me detuve a observarte, el sueño resurgió. De inmediato, recordé lo que habían profetizado las runas de Eyra. Aunque debo confesar que no necesitaba ninguna excusa para llevarte conmigo: te vi, te deseé y te tomé.
Eyra.
Ardía en deseos de verla, de abrazarla. Sabía que lloraría de dicha cuando supiera mi decisión de quedarme y más cuando supiera que era la esposa de su hijo.
Su hijo. Suspiré y lo miré. Debía tomar una decisión, aunque para eso tuviera que enfrentarme a ella.
Si bien en el fondo de mi corazón sabía que, si no lograba convencerla de confesar la verdad, nunca podría hacerlo sin su consentimiento.
—¿En qué estás pensando?
—En ti.
Me contempló de forma extraña. Acarició mi rostro con una mirada autocomplaciente; a continuación sonrió vanidoso.
—Todavía no creo que seas mía, pero te gané —musitó jactancioso.
Me incliné hacia él; lo besé con dulzura.
—¿Dónde la ganaste? —inquirió un niño que nos observaba interesado—. ¿En una apuesta? Dime dónde; mi tío quiere una igual.
—Conque tu tío, ¿eh? —Gunnar le sonrió y le alborotó el cabello—. Dile que tendrá que viajar muy lejos para conseguir algo parecido, pero jamás igual.
El muchacho arrugó el ceño y se rascó la barbilla, pensativo.
—No creo que pueda viajar, creo que será mejor que se la regales cuando te canses de ella; sí, eso es.
Gunnar prorrumpió en una carcajada. Los chiquillos esbozaron risillas divertidas.
—No, no creo que me canse. Aunque te prometo que, si ocurre, vendré yo mismo a traérsela.
Le di un ligero codazo en las costillas, y él emitió un quejido fingido: los niños rieron de nuevo. En ese momento, se abrió la puerta de la cabaña principal.
Una cabizbaja Ada salió con los hombros hundidos y paso desganado. Se apercibió de nuestra presencia y giró la cabeza para mascullar:
—Tú ganas.
Se dirigió al caballo de Ragnar. Esperó sumisa con los brazos cruzados sobre el pecho. En seguida la siguió; el hombre mostraba una sonrisa radiante.
—No sé si felicitarte o darte mis condolencias —bromeó Gunnar.
Ragnar le dedicó un gruñido que no mermó la sonrisa que bailaba en su boca.
—Solo pide a los dioses por mí.