Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 18 #3
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Capítulo 18 #3

Subí tras un último saludo y me adentré en el vagón.

Localicé mi asiento entre las alineadas cabezas; lo ocupé abrazada a mi bolso.

Miré por la ventanilla. Sonreí al descubrir a Elena amarrada al brazo del atractivo talibán.

En verdad parecía un tipo peligroso, aunque, al mirarla, sonreía con la inocente admiración de un adolescente.

Cuando el tren arrancó, sorprendí la mirada confundida de mi amiga dirigida hacia su flamante conquista.

Había sentido algo, de eso estaba segura.

¿Sería aquel hombre el definitivo? Solo los dioses podrían saberlo.

Me recosté en mi asiento y cerré los ojos. Había empezado el viaje hacia la felicidad.

* * *

Llegué a la Oslo Sentralstasjon, la estación central de ferrocarril, a primera hora de la mañana.

El cielo permanecía cubierto. A pesar de que mayo acababa de abrir sus puertas, la temperatura era baja.

En la inmensa y futurista estructura arqueada, dediqué unos minutos a admirar los enormes arcos que conformaban la estación.

Abarrotada de tiendas y restaurantes, los viandantes charlaban en desacostumbrados susurros.

A pesar de estar infestada de gente, el índice acústico era considerablemente bajo.

Se escuchaba perfectamente el hilo musical, los avisos.

Mi tren para Tønsberg salía en un par de horas. Decidí desayunar y leer un rato.

Tras degustar una humeante taza de café, un poco de arenque ahumado sobre una crujiente tostada y mermelada de arándanos, retomé la lectura de mi guía para aprender unas palabras básicas escandinavas. Estaba tan enfrascada en la lectura que no noté que un hombre alto se sentaba a mi izquierda.

—¿Puedo ayudarla en algo? —preguntó en correcto inglés.

Era alto y bien parecido, de clara ascendencia nórdica. Sonreía cortés. Me pregunté si sería algún trabajador de la estación.

—No, gracias, estoy perfectamente —repuse con otra sonrisa.

Reanudé la lectura, pero aquel hombre no se inmutó. Parecía atisbar por encima de mi hombro.

—Si le interesa nuestra lengua, puedo serle de mucha ayuda. ¿Qué tal un paseo por la ciudad? Seré su guía particular. Antes de que acabe el día, aprenderá más de lo que pueda enseñarle ese libro.

Negué con la cabeza; sonreí para suavizar el rechazo.

—Es muy amable, pero mi tren sale en menos de dos horas.

El hombre alzó una ceja con aire misterioso y sonrió de forma insinuante.

—No imagina la cantidad de cosas que puedo enseñarle en ese tiempo.

Por su expresión, era fácil adivinar lo que tenía en mente. Negué de nuevo, esta vez sin sonrisa. Entonces me levanté. Era obvio que no cejaría en su empeño. Era el típico hombre que no sabía interpretar correctamente los signos.

Tras una leve inclinación de cabeza a modo de despedida, me dispuse a buscar otro banco. Una mano firme y cuidada me detuvo. El hombre, sin borrar su sonrisa, se incorporó acercándome a él.

—No quería molestarla.

Estaba empezando a enfadarme de veras.

—Pues lo está haciendo, suélteme —siseé.

En ese preciso instante, un viandante distraído tropezó con él. El impacto fue tan fuerte que casi lo derribó. Una voz grave y profunda se disculpó.

El viandante estaba envuelto en una gabardina con los cuellos levantados, que ocultaban la mitad inferior de su rostro.

Un sombrero, escondía la mitad superior.

Pero, aun así, llamaba la atención su altura y corpulencia.

Pareció echarme un ligero vistazo antes de perderse entre la multitud.

Lo seguí con la mirada. Antes de doblar un recodo, volvió la vista atrás. Supe que me miraba.

Sentí algo extraño en el estómago, así que lo seguí.

Me sentí atraída por él como una mariposa por la llama de una vela.

Aceleré el paso, percibí la adrenalina bombeándome las venas.

La gente se arremolinaba a mi alrededor; en mi súbita ansiedad los apartaba con demasiada vehemencia.

Respiraba entrecortadamente cuando llegué a la esquina.

Busqué agitada entre la multitud de viajeros un sombrero de ala y lo localicé.

Corrí casi con desesperación. Llegué junto al hombre y logré agarrarlo del hombro.

Un hombre muy alto, de mediana edad, me miró malhumorado.

—¿ Som skjer ? —masculló irritado.

No es quien busco, pensé decepcionada. Pero me disculpé utilizando su idioma.

— Jeg beklager .

Me volví y caminé pensativa. Mis ganas por verlo, por estrecharlo entre mis brazos, empezaban a causar delirios. Respiré profundamente e intenté serenarme. Miré el enorme reloj que presidía la sala y busqué un lugar tranquilo donde sentarme a esperar. Pronto, me dije, muy pronto.

* * *

Llegué a Tønsberg al mediodía.

El cielo estaba despejado, tan solo algunas hebras blanquecinas rompían el azul celeste. Conforme me acercaba a mi destino, los nervios comenzaban a despuntar, atacándome la impaciencia y la inquietud a partes iguales.

Tønsberg era el típico pueblo noruego de casas de madera pintada rodeadas de espesa y verde vegetación.

Todo limpio e incólume, cuidado y tranquilo.

Por la expresión beatífica de la gente, deduje que la vida allí era plácida, una paraíso dentro del modélico modo de vida escandinavo.

Noruega estaba considerado el mejor país del mundo para vivir.

Era un país rico a raíz del descubrimiento de petróleo en el Mar del Norte en los años 60.

Se trataba de una sociedad moderna e igualitaria, donde primaba la familia y no el trabajo: la envidia de toda Europa.

Por donde mirara había cabezas de un rubio claro, ojos celestes y sonrisas corteses. Una amable anciana me indicó un establecimiento en el que alquilaban coches y, después de unos simples trámites y un jugoso intercambio de coronas, salí con un Toyota Aigo de color rojo.

Sentada frente al volante, rebusqué en mi bolso el papel con las indicaciones.

Contemplar aquella caligrafía me encogía el corazón de una manera especial.

Sonreí. Céntrate, me dije. Respiré hondo y leí con atención.

Mi destino era un fiordo llamado Steinsfjorden en el municipio de Buskerud.

La primera indicación me señalaba que debía tomar la calle Nedre Langgate.

Debía seguir por allí hasta la intersección con la E18; luego, tomar esa autovía con dirección a Oslo.

Previo pago de varios peajes, y tras 81 kilómetros de recorrida, se me indicaba que saliera por la E16 con dirección Hønofoss/Sandvika/Bergen.

Inmediatamente, me encontraría con una rotonda en la que debía tomar la segunda salida en dirección Ringeriksveien/E16 y, tras unos 18 kilómetros, había que salir hacia Nes i Hole.

Y así continuaba con metódica precisión detallando cada giro y desvío.

Bueno, pensé, gracias al cielo tengo un GPS instalado en el Toyota, porque de otra manera seguro que se secaría el dichoso fiordo antes de que yo lo encontrara.

Ingresé la ruta en el ordenador de a bordo y me dijo incluso cuándo llegaría. Una hora y treinta minutos me separaban de él; 122 kilómetros a través de parajes de ensueño hasta mi hogar. Metí la llave y encendí el motor.

* * *

Llegué sin ningún problema hasta mi destino.

El fiordo era impresionante, rodeado por altas montañas de un verde intenso, pequeñas cabañas se diseminaban aquí y allá como migas de pan sobre un mantel esmeralda.

Algunas tenían porches sobre el agua y veleros amarrados a pequeños embarcaderos.

El lugar era de una belleza arrebatadora.

Las indicaciones se completaban con el ascenso por un serpenteante camino hacia la cima de una rocosa colina.

Arranqué de nuevo, puse primera y aceleré.

El Toyota gruñó y salió disparado hacia arriba.

La pendiente era pronunciada; giraba rodeando la montaña.

Cuando llegué a la cima, me detuve en una explanada abierta y salí del coche.

Lo que vi me dejó sin respiración: una inmensa cabaña de madera de cedro se erguía orgullosa asomada al acantilado.

Era una réplica exacta de un skáli , pero con mejoras.

Amplios ventanales se abrían al frente, una chimenea asomaba junto a una buhardilla que, curiosamente, poseía un amplio balcón.

Un porche inmenso se abría en la entrada principal con todo el mobiliario necesario para disfrutar de una comida al aire libre.

Junto a la cabaña, una leñera y lo que parecía un cobertizo.

Más allá, colindando con un prado brillante y espeso, una cerca blanca delimitaba el campo de juegos de vacas y cabras.

Un perro salió entre ladridos a mi encuentro. Era un enorme animal negro, un terranova de dimensiones apabullantes.

—Bien, bien, tranquilo —le susurré cuando llegó hasta mí.

Acaricié su gran cabeza peluda y le rasqué las orejas. De pronto escuché un sonido extraño. Un toc-toc hueco, como el picoteo de un enorme pájaro carpintero. Provenía de la leñera que había tras la cabaña.

Me dirigí hacia allí seguida por mi inusitado anfitrión.

Entonces, el corazón se me detuvo. Frente a mí, un hombre con el torso desnudo cortaba leña.

Su amplia y musculosa espalda se contraía en ondulaciones cada vez que descargaba el hacha.

Pero lo que me secó la garganta fueron las cicatrices que surcaban su espalda. Eran casi las mismas que Gunnar tenía.

Su cabello rubio oscuro bailaba sobre sus abultados hombros.

Mis ojos recorrieron con avidez cada palmo de aquel cuerpo apolíneo.

La estrecha cintura, las nalgas firmes, y las piernas largas y musculosas estaban enmarcadas por unos estrechos vaqueros desgastados. Un aletazo de excitación me embargó.

Suspiré de manera inconsciente. El hombre se detuvo, congelado en sus movimientos. Sin mirarme clavó el hacha y respiró hondo.

—¿Gunnar?

Y entonces, giró hacia mí.