Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 14 #3
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Capítulo 14 #3

Me senté en una piedra y me envolví un poco más bajo mi capa. No tardé en escuchar unos pasos sobre los guijarros de la playa. Sabía quién era, así que no me molesté en mirar.

—¿Te encuentras bien? Te he visto vomitar.

Aunque sus palabras denotaban preocupación, el tono de voz conservaba la frialdad.

—Sí, estoy bine, gracias—respondí simulando indiferencia.

Permaneció de pie a mi lado en completo silencio. Todavía distante, aunque ahora parecía confundido.

—Están preparando un guiso de ciervo, te traeré un plato.

No contesté, pero me moría de hambre, y el olor del caldero exaltaba mi maltrecho estómago con promesas de calor y placer.

Gunnar se alejaba cuando una de aquellas mujeres se acercó a mí.

—¿Es tuyo? —preguntó en referencia a Gunnar.

Asentí. La mujer observaba la espalda de mi esposo con expresión envidiosa.

—Ten cuidado, esa gacela lo está acechando.

Seguí la dirección de su dedo índice y me sorprendió descubrir que apuntaba a Ada. Se hallaba entre el grupo de guerreros pegada a Ragnar.

La mujer suspiró y añadió:

—Aunque no es para menos, ese hombre deja sin respiración, ya quisiera yo un macho así en mi cama. Grande, fuerte y apuesto: eres afortunada.

—Gracias, creo. Pero te equivocas respecto a la gacela —contesté bastante molesta por el interés de aquellas mujeres en Gunnar.

Porque no solo ella lo miraba, todas las demás suspiraban y cuchicheaban entre risas traviesas.

—Si tú lo dices, pero yo andaría con ojo. He visto cómo lo mira, y esa pequeña mariposa revolotea coqueta a su alrededor.

—Quieres decir cómo lo miras tú ahora —repliqué incisiva.

La mujer dejó escapar una sonora carcajada y, para mi sorpresa, me palmeó la espalda.

—No, pequeña. Yo lo miro con simple admiración, reconociendo un buen ejemplar; ella en cambio lo mira de otra manera, con un anhelo oscuro. Hazme caso y mantente alerta. No suelo equivocarme.

Me sonrió abiertamente como si se compadeciera y se alejó.

No pude resistir la tentación de echar otra ojeada a la hoguera y, para mi consternación, descubrí a Ada, que apoyaba una mano en el hombro de Gunnar, instándolo a inclinarse para escucharla; ella acercó su boca al oído de él y rio ante el comentario.

La mano de ella se demoró en su brazo más tiempo del necesario mientras le sonreía.

Pero no, no podía ser. No era coquetería lo que veía en sus enormes ojos castaños, era ¿agradecimiento?

, ¿simpatía? Tenía que serlo. Decidí no preocuparme.

Por culpa de aquella mujer empezaba a ver fantasmas donde no los había.

No obstante, paladeé un regusto amargo en la boca.

Me levanté e, impulsada por el hambre o eso me obligué a creer, caminé hasta la hoguera.

Gunnar, al percatarse de mi presencia, se envaró de nuevo; adoptó esa actitud distante que había decidido tener como pago de mi actitud en el rescate y de su desconfianza respecto de lo sucedido con Rashid. Y eso que desconocía la verdad.

Un hombre de barba hirsuta llenó un cuenco y me lo ofreció. Comí en silencio observando a Ada, que se cuidaba muy bien de mostrarse tan atrevida.

Me sentí furiosa.

Necesitaba el cariño y la comprensión de Gunnar, aunque no pensaba mendigarlos. Y ahí estaba la pequeña Ada robando, eso sí, de manera muy sutil, la atención de mi esposo. Ni siquiera fui consciente de la huraña expresión que aquellos pensamientos plasmaron en mi rostro.

—¡Eh, muchacha, parece que te estás comiendo una escudilla repleta de grillos! —exclamó Erik con una sonrisa aviesa.

—No, más bien un cuenco de las gachas que preparas —se burló Ragnar, a lo que Erik contestó con un bufido y un codazo.

Las bromas de los hombres no hicieron mella en mí.

Terminé mi ración y me alejé de nuevo. Deseaba pasear por la orilla para aspirar el aroma del mar, dejándome acariciar por la brisa, deseando que se llevara con ella mis funestos pensamientos.

Cerré con fuerza los ojos y me abracé. Esta vez no lo oí llegar hasta mí.

—Creo que teníamos una conversación pendiente —empezó con voz pausada.

Lo miré enojada y asentí.

—Sí, y estoy esperando.

—Creo que soy yo el que quiere escuchar una explicación.

—¿Me acusas de algo?

Me volví hacia él y le sostuve la mirada. Lo que había tras sus ojos me disgustó tanto que a punto estuve de abofetearlo.

—Parece ser que sí, ¿no es así? Adelante, vomita tú ahora. Sí, vomita todo tu rencor, tu desconfianza y deja que yo lo limpie, que aclare tus dudas y reafirme lo que siento. Deberías confiar plenamente en mí, y estar abrazándome y dándome consuelo.

El tono de mi voz ascendía paulatinamente del mismo modo que la ira que me sacudía.

—¡Maldita sea, haces que me arrepienta!

Lamenté aquellas palabras en cuanto salieron de mi boca. Gunnar reaccionó como si lo hubiera golpeado. Anonadada por mi desatino, no supe qué decir.

—¿Te arrepientes? —me gritó—. ¡Adelante, yo mismo te conseguiré un barco para que les des alcance!

Estaba fuera de sí.

Comenzó a pasearse a mi alrededor al tiempo que se pasaba las manos por la cabeza, contrariado y nervioso.

—No debí decir eso.

—De modo que se te ha escapado, ¿no? Porque es evidente que lo piensas. ¡Salvaste su vida porque todavía sientes algo por él! ¡Maldición!

Colérico, dio una patada a los guijarros, que salieron disparados en todas direcciones. Acto seguido, se plantó frente a mí y me espetó:

—¡Dime que ocurrió en ese barco! ¿Te sedujo? ¿Te hizo ver lo mucho que te amaba y tú recordaste? —Me agarró hoscamente por los brazos y me estrechó contra su pecho—. ¡Contéstame!

Gritaba desaforado al tiempo que me sacudía. No pude soportarlo más y lo abofeteé.

—Si crees eso, maldito bárbaro del demonio, ¿por qué estoy aquí junto a un hombre despiadado y cruel? Pude haberte golpeado a ti.

Con los ojos inyectados en sangre y el rictus trémulo, bajó la cabeza hacia mí; demostraba un exagerado interés.

—Dímelo tú.

Respiraba agitada, recibía reproches y gritos en lugar de caricias y mimos, era más de lo que podía esperar. Por un breve instante, decidí confesarle la verdad. Gritarle a la cara que me habían violado una vez más; por fortuna, todavía me quedaba un delgado hilo de cordura al que agarrarme.

—Si no lo sabes, es que además de necio estás ciego.

Me contempló compungido, todavía con vetas iracundas en los ojos. Por alguna razón, fijé mi vista en la firme y cuadrada línea de su mandíbula para ascender hacia su boca, llena y tentadora. Él vio mi anhelo, que debió de ser desgarrador, pues a pesar de todo, deseaba el olvido de un beso.

Esperé alguna reacción por su parte y, al ver su impasibilidad, cerré los ojos aplacando las ganas de llorar. Fue entonces cuando llegó.

Fue como la primera lluvia tras la sequía, que penetra en la tierra quebradiza colmando de vida cada grieta y quebranto, llenando con frescura las oquedades, llamando a la vida, instando a los incipientes y adormecidos brotes a resurgir vigorosos.

Me besó con ímpetu, con hambre, pero también imprimió en él la angustia y la furia.

No me importó.

Me aferraba a su abrazo y abría invitadora la boca para dejar que la sedosa suavidad de su lengua enlazara la mía; saboreé aquella dulzura que restaba fuerza a mis piernas: me elevaba, me hacía gozar de la sensación de miles de mariposas que aleteaban inquietas en mi pecho.

El beso, largo, intenso y deliciosamente minucioso, encendía hogueras por doquier, alimentaba un fuego que crecía sin control. Lo deseaba dentro de mí como nunca antes.

Gunnar emitía roncos gemidos salidos del interior de su garganta. Sujetaba mi cabeza con ambas manos de modo que me inmovilizaba. Yo, en cambio, lo acariciaba con pasión. Recorría su espalda, le clavaba las uñas, me pegaba insinuante a su cuerpo. Supe que me deseaba tanto como yo a él.

Me soltó abruptamente y a punto estuve de perder el equilibrio.

No habló, tan solo me contempló con la mirada nublada por el deseo. Miró a ambos lados y localizó una pequeña cabaña bastante destartalada. Me arrastró apremiante hacia ella. Casi corría tras él.

De una patada abrió la puerta y nos adentramos en ella.

No había nada, tan solo un suelo cubierto por cañizo y junquillos.

Me quitó la capa y la extendió sobre la cubierta vegetal.

Me tumbó encima y cayó sobre mí poseído por la lujuria.

Se detuvo un instante a contemplar mi vestido y el ceño regresó a su rostro.

Inmediatamente lo besé disipando el enojo.

Y él ya no vio nada más.

Ciego de deseo, me desnudó: besaba y lamía cada protuberancia, cada llanura y cada pliegue; palmo a palmo me llevó al delirio.

Creí morir de placer. Abrí las piernas. Se coló entre ellas colmándome de dicha.

Estaba tan excitado que no tardó en culminar.

Alcanzamos juntos el clímax en un gemido compartido.

Puntitos de luz flotaban a mi alrededor, como pequeñas estrellas suspendidas en la noche; mi cuerpo ya colmado se relajó laxo.

Gunnar se echó a un costado y me abrazó con ternura, con su rostro apoyado en mi pecho.

Permanecimos en silencio, asimilando lo que sentíamos y acompasando el ritmo de nuestra respiración.

—Los celos me nublaron la razón —confesó en un susurro.

Acaricié su cabello y le besé la frente.

—Parecías tan decepcionado de mí, que por un momento temí que dejaras de quererme.

Alzó la cabeza y me observó con asombro.

—¿Dejar de quererte? Si cuando el barco zarpó sin mí, creí que me faltaba el aire; nunca en toda mi vida pasé tanto miedo, tanta angustia.

Y, cuando te encontré junto a él, defendiéndolo, yo…

perdí la cabeza. Todavía tiemblo de rabia de solo pensarlo, de imaginar las cosas que intentaría hacer para reconquistarte. Ese vestido…

Clavó los ojos en la prenda que ahora descansaba arrugada en un rincón.

—Ese vestido es solo eso, un vestido.

—No soy estúpido. Sé que es importante para él por el motivo que sea.

—Lo llevaba puesto el día que vino a casa a anunciar la fecha de nuestra boda.