Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Si hacía lo que me pedía, Rashid moriría allí mismo.

Si ignoraba la orden, su destino sería el mismo.

Pero en mi interior palpitaba la imperiosa necesidad de salvarlo.

No merecía pagar tan caro la desesperación que lo había llevado a cometer actos infames, pues en mi fuero interno todavía sentía la culpa tirando implacable de mí.

Sí, estaba enajenado, no era el hombre que conocía.

Yo tampoco era la misma mujer. Estaba plenamente consciente de los desatinos que el sufrimiento provocaba.

Tenía que intervenir, me preguntaba cómo.

Solo se me ocurrió una cosa.

Alcé el brazo y empuñé la daga que sostenía Rashid. Apreté con fuerza mi mano sobre la suya, de esa forma, acerqué la punta a mi garganta. Acto seguido, expresé mi amenaza en las dos lenguas.

En lengua árabe espeté:

—Si osas apartarla, me tiraré encima de ella y mi muerte caerá sobre tu conciencia.

En lengua nórdica proferí con voz serena:

—Si lo matas, moriré con él.

Los ojos se Gunnar, mostraban la angustia que lo embargaba.

—Quiero que cada uno se aleje lo suficiente y se dé vuelta.

Esto último lo repetí en ambas lenguas.

Me encomendé a todos los santos, cerré por un fugaz instante los ojos y recé con fervor por que ninguno actuara impulsivamente.

Rashid soltó la daga que yo empuñé con decisión y se alejó con lentitud; Gunnar lo imitó. A unos escasos pasos de distancia se dieron vuelta. Entonces no lo dudé.

Me dirigí rápida hacia la borda y desaté una cabilla en la que se enrollaba un cabo, lo solté y, empuñando la gruesa pieza de madera, me volví hacia Rashid. Apreté los dientes y, con toda la fuerza que pude reunir, golpeé la cabeza de Rashid.

Cayó sobre la cubierta, por fortuna inconsciente, de no haber sido así, mi plan habría ido al garete.

Gunnar abrió la boca con el rostro demudado por la impresión. Liberada del miedo y la angustia, avancé hacia él para enfrentarlo.

—No puedes matar a alguien que ya está muerto.

Gunnar se acercó al hombre que yacía desplomado en el suelo y se agachó para observarlo más de cerca.

—Todavía respira; solo está inconsciente.

—No me refería a su cuerpo. Su alma estará muerta cuando despierte; eso me dijo. Pero sé que resucitará.

O al menos en eso confiaba. Ahora me esperaba la furia del Gunnar que, imaginaba, brotaría como la lava de un volcán.

—Te has expuesto por salvarlo.

El tono lastimero de sus palabras me sobrecogió. Aquello no lo esperaba.

—No irás a creer…

—Te has enfrentado a mí por él —me interrumpió conmocionado.

Me acerqué y, para mi sorpresa, retrocedió. Sacudió la cabeza entre aturdido y herido.

—Gunnar…

—No, ahora no.

El tono gélido de su voz me estremeció.

En ese momento, apareció mi tío acompañado de Erik.

Rodrigo miró espantado el cuerpo inerte de Rashid y se arrodilló junto a él. Cuando le tomó el pulso, respiró aliviado.

—Creí que lo habías matado —musitó con marcado reproche—. Salíamos de la bodega justo cuando lo golpeaste.

—Tardaste demasiado, tuve que ingeniármelas.

Mi tío se retiró un mechón de pelo ensangrentado de la frente y lanzó una mirada reprobatoria hacia Erik.

—Este patán a punto estuvo de dejarme sin tripulación. —Dirigió una mirada espantada hacia los cuerpos caídos sobre la cubierta y agregó—: por no hablar de tu patán.

Algunos grupos aislados de hombres todavía combatían, aunque la mayoría de los marinos se había rendido sin oponer resistencia en favor de sus vidas. Resultaba más que obvio que la tripulación había sido mermada, más por heridos que por muertes.

Apenas lo atendía, no podía apartar la mirada del ceño de Gunnar.

—Será mejor que partamos de inmediato —sugerí inquieta.

Él se dio vuelta y ordenó a sus hombres la retirada. Eran apenas una docena, pero de aspecto terrorífico. Los guerreros habían maniatado a los vencidos y se dispusieron a llevárselos como botín.

—Si se los llevan, no podremos regresar; este bajel es demasiado grande para maniobrarlo entre dos —manifestó Rodrigo profundamente indignado—. ¿O acaso piensan vendernos también a nosotros?

Me dirigí a Gunnar y lo encaré.

Molesto por mi presencia, no se dignó a mirarme.

—Si permites que se los lleven, no podrán regresar —increpé.

Su semblante permanecía pétreo, impasible.

—¿Quién ha dicho que van a regresar?

—Yo lo digo —lo reté.

Esta vez sí me miró y, al punto, me arrepentí. El claro verdor de sus ojos me taladró con un dejo de decepción impreso en ellos que me provocó temblores. Necesitaba hablar con él, hacerle entender, pero ahora no era el momento como bien me había indicado tan mordientemente.

—Pues te equivocas; les prometí a estos hombres una buena captura, y la tendrán.

—Que se lleven entonces la mercancía, hay toneles de vino y sedas de damasco. Podrán venderlos por una fortuna.

—Quieren esclavos —replicó.

—¡No! —insistí.

Lo miré provista de una determinación implacable.

Gunnar me agarró del brazo y me acercó a él.

Con la furia desfigurando su rostro, tomó mis hombros y me clavó su flamígera mirada. Gunnar me soltó y se dirigió a sus hombres. Permanecí ahí, con el corazón que todavía me golpeaba el pecho, con latidos irregulares y abruptos, nunca había sentido la cólera de él de aquella manera tan abrumadora.

Al cabo, y tras una dura negociación, los prisioneros fueron liberados. Cuando regresó por mí, rubicundo y agitado, habló sin mirarme.

—Despídete, porque si ese miserable despierta, no respondo.

Mi tío, que permanecía junto a mí y que en ese momento me sostenía, pues sentía las piernas como si fueran de mantequilla, intuyó el mensaje y me abrazó con fuerza.

—Cuídate, muchacha, y no olvides que tienes una familia al otro lado del océano.

Ahogué un sollozo y me apoyé en su hombro.

—Jamás lo olvidaré. Entrégale la carta y dile que no ha habido una madre mejor, como tampoco pude tener un tío mejor. Siempre fuiste un padre para mí.

Rodrigo acarició mi cabello con dulzura y sonrió entre lágrimas.

—¿Y qué le digo a Rashid?

—Dile que rezaré por él y por que algún día encuentre el perdón en su corazón. Dile que me olvide y… que se merecía que lo golpeara por insensato.

Rodrigo me estrechó entre sus brazos de nuevo. Esta vez por última vez; cuando me soltó, espetó con voz estrangulada.

—Cada primavera, siempre que mis rentas me lo permitan, enviaré un barco mercante a Haithabu para comerciar; me ha sorprendido el floreciente mercado de esa pequeña ciudad, así que he entablado algunas conexiones.

Quiero decirte con esto, que si te quedas sola, si decides que tu aventura aquí ha llegado a su fin, pregunta por mí, di tu nombre completo y te traerán de vuelta.

Asentí, aunque esperaba no tener que hacer uso de ese salvoconducto.

Gunnar me agarró de la muñeca y nos separó.

—Adiós, pequeña Leonora, suerte con tu gigante. Veo que te ama con locura.

En ese preciso momento, no había mucho amor en sus ojos, aunque sí locura.

Con ademanes bruscos, Gunnar me tomó en brazos y me condujo al knörr .

Miré por última vez el cuerpo de Rashid.

En ese momento, lo alzaban dos marineros y lo cargaban hacia un camarote.

Sentí cerrar la primera puerta. Acababa de romper definitivamente aquel lazo y ahora quedaba otra puerta, mucho más peligrosa y cercana.

Gunnar captó mi mirada, y la oscuridad que ya nublaba su talante se acrecentó.

—Tenemos que hablar —musité, ansiosa por encontrar su calor.

Lo había tomado del brazo cuando ya se marchaba.

—Ahora no —repitió con sequedad—. Tengo que devolver este barco.

Antes de darme tiempo a replicar, se alejó hacia el timón.

Su frialdad me oprimió el corazón. Sentí ganas de abofetearlo, de gritarle a pleno pulmón. Sin embargo, otra urgencia se impuso. Una violenta arcada me convulsionó, me sentí débil y recordé que no había probado bocado.

Bajé a la bodega y busqué algo comestible. En un rincón descubrí algunas vituallas, me lancé voraz sobre una hogaza de pan negro y, mientras masticaba, sentí cómo mi cuerpo volvía a la normalidad. También volvía el cansancio. Libre de la ansiedad y la tensión, me arrebujé en un agradable sopor.

Me dormí a mitad de un bocado.

* * *

Cuando desperté, descubrí que no estaba en el suelo, sino en un camastro. Una cálida y suave piel de marta me cubría hasta la barbilla. Sonreí. A pesar de su enfado, cuidaba tan gentilmente de mí como siempre.

Miré en derredor, pero no vi más que toneles y baúles, aparejos y trozos de paño. El rumor de las olas había cambiado, apenas era un tenue susurro; además escuché un barullo de conversaciones distantes y lo que me pareció el inconfundible sonido de las gaviotas.

Aquel último descubrimiento me incorporó de golpe. Sin duda, habíamos arribado a un puerto.

Salí del lecho, me cubrí con la piel y ascendí a cubierta.

La brisa fresca terminó de despertarme. El aroma a salitre, pescado fresco, salazón y vinagre arrancó de mi ser unas náuseas sofocantes. Me incliné sobre la borda y vomité, esta vez, vaciando todo el contenido de mi estómago.

Cuando me recuperé, comprobé disgustada que el barco estaba anclado a un quejumbroso embarcadero del que asomaba un pueblecito salpicado de pintorescas cabañas con efigies de dragones y serpientes y que, por ende, yo era la única tripulante.

A lo lejos vi un grupo de hombres en torno a una hoguera de la que pendía un caldero que humeaba. Una de esas inmensas siluetas estaba de pie con una mano sobre la frente para evitar el sol y poder divisar algún movimiento en el barco. Con una mano hizo un gesto para que me acercara.

¡Vaya, el muy mentecato no pensaba ayudarme a desembarcar! Pues que así sea, pensé, quiere guerra, la va a tener.

Bajé del barco no sin esfuerzo, pues por un instante vi dos pasarelas. Un grupo de niños jugaba en la orilla. Al otro lado, unas mujeres conversaban animadas al tiempo que molían grano. Decidí ignorar a Gunnar; me dediqué a observar a aquellas rubias y lozanas damas.