Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Una puerta cerrada

Sentí el pulso que me latía desbocado en la sien. El corazón atronaba descontrolado dentro de mi pecho y los nervios encogieron mi estómago, acuciando las náuseas. La mirada alocada de Rashid me cortaba el aliento.

—Tendrá que matarme para que te suelte.

Me debatí ansiosa entre sus brazos. No podía permitir que se librara ninguna batalla. Estaba segura de que Gunnar cumpliría con su palabra, sobre todo, si tenía en cuenta la belicosidad que anidaba en Rashid.

—¡Suéltame, déjame que salve tu vida, aunque no lo merezcas!

Con la rapidez de un rayo, flexioné la rodilla y se la hinqué con todas mis fuerzas en su entrepierna, cayó entre maldiciones y gemidos.

Corrí hacia la puerta, pero no llegué a abrirla.

Una mano me agarró el tobillo, trastabillé y me golpeé contra el marco.

Otro tirón. Caí de rodillas. Sacudí con fuerza las piernas y escuché un nuevo gemido.

No miré para averiguar dónde lo había golpeado.

Estiré cuanto pude el brazo y me aferré a la puerta, ya la abría, cuando me desplomé aprisionada por su cuerpo.

Se había abalanzado sobre mí y me aplastaba contra el suelo. Grité y forcejeé sin resultado alguno. Una de sus manos me giró la cabeza y cubrió mi boca. Acercó sus labios a mi oreja. Noté su cálido aliento en ella.

—No te librarás de mí —susurró sibilante—. No, ahora que vuelvo a probar el dulce néctar de tus labios.

Su lengua se deslizó por el lóbulo, mordisqueándolo.

Había perdido el juicio, era incapaz de razonar con lógica. Horrorizada ante lo que se avecinaba, supe que debía mostrarme sumisa.

—Está bien, de acuerdo, haré lo que me digas.

—Así me gusta. Ahora quiero que salgas y le grites que vuelves conmigo, que te deje en paz.

Sus dedos acariciaban mi barbilla y mi cuello. Asentí nerviosa, y él como recompensa besó mi mejilla.

—Bien Shahlaa, espero que seas lo suficientemente convincente, porque no me gustaría matarlo; al fin y al cabo le debo una vida.

Había perdido la cordura. Si hubiera pensado con lucidez, habría sabido que Gunnar jamás me abandonaría y menos llevando un hijo suyo en mis entrañas.

Rashid se incorporó y me ayudó a levantarme. La capa yacía arrugada en el suelo. Fijó la mirada en la túnica rasgada y arrugó el ceño pensativo.

—Será mejor que te cambies. Anoche traje algunos de tus vestidos.

¡Oh, por supuesto!, pensé. Si Gunnar veía el desgarro en mis ropas, adivinaría con total facilidad que me había forzado; eso sí que sería su perdición. Para algunas cosas parecía estar bastante cuerdo.

Fuera, gritos y pasos apresurados se entremezclaban formando un caos que aceleraba mis latidos. Me pregunté dónde se encontraba Rodrigo y qué estaría haciendo ahora que su plan no tenía cabida. Entretanto, Rashid, que simulaba calma, rebuscaba en un arcón envejecido.

—Aquí está.

Ante mí extendió un hermoso vestido azul noche y plata que me resultaba incómodamente familiar.

—¿Lo recuerdas?

Asentí. Era el vestido que llevaba la primera vez que lo había visto cuando vino con su padre a anticipar la boda.

Si pensaba que la prenda me traería recuerdos románticos, se equivocaba, pues lo único que sentí fue una amarga melancolía por el recuerdo de mi madre, junto a mí, frente al espejo de mi cuarto.

Su sonrisa y el brillo de sus hermosos ojos claros, tan reales que me dejaban sin aliento, clavaban en mi alma un dardo envenenado.

—Póntelo, amor mío.

Se lo arrebaté de las manos con cierta brusquedad y lo miré indignada.

—Vete, creo que tus hombres te necesitan; por si lo has olvidado, están a punto de abordarnos.

Rashid sacudió la cabeza indiferente, como alejando la realidad, en favor de aquella absurda fantasía que se había empeñado en tejer.

—Ni hablar, quiero contemplarte mientras te cambias. Además, tu tío sabrá manejar la situación mejor que yo; no es la primera vez que se enfrenta a unos piratas.

Resoplé harta de aquella farsa.

Con los nervios despuntados y la paciencia moribunda, me desnudé ante él, aunque sin ningún asomo de sensualidad, más bien todo lo contrario, con movimientos rápidos y toscos.

Libre de ropa, me atreví a mirarlo y, por su expresión, adiviné que debía acelerar el proceso si quería evitar un nuevo ataque.

Por fortuna se mantuvo inmóvil; al parecer, disfrutaba del espectáculo.

—Sigues siendo la mujer más bella que he conocido, mi dulce Shahlaa.

—En cambio a ti no te conozco nada —rezongué con desdén.

Para mi asombro, Rashid no pareció molesto. Sus ojos brillaban divertidos, incluso sonrió burlón.

—Cuando regresemos y pueda respirar tranquilo, te prometo que volveré a ser el que era, amor mío, pero convendrás que las circunstancias —me dedicó una mirada acusadora— han forzado el cambio. Debiste mostrarte más razonable desde el principio.

Bufé airada y lo encaré.

—Creo que eres tú el que no parece obrar con sensatez. Te niegas a la realidad, pero ya no me importa.

Pero sí me importaba. En aquellas condiciones, abogar por su vida cuando Gunnar se le echara encima iba a resultar inútil. Y, sin embargo, no podía permitir que lo matara, aunque yo misma sentía ese impulso.

Fuera, unos aterradores silbidos impactaban contra el casco del barco. Rashid pareció salir de aquella nube ilusoria que flotaba a su alrededor. Preocupado, corrió a la puerta, la abrió y asomó la cabeza.

—¡Demonios!

En mitad de su estupor no me detuvo cuando yo también eché un vistazo.

Un knörr navegaba prácticamente junto a nuestro bajel. Los asaltantes nos habían atrapado, literalmente, clavando largas lanzas en el costado de nuestra nave que estaban atadas a unas gruesas sogas que en ese preciso momento arriaban con fuerza unos feroces guerreros.

El corazón me saltó en el pecho, cuando divisé a Gunnar en la proa. Su rostro era una máscara feroz. No tuve tiempo de más. Rashid me agarró de nuevo y me arrastró al interior.

—Tendrás que perdonarme, querida, pero tu gigante me obliga a utilizar algunas tretas que no son de mi agrado.

Sin previo, aviso sacó del cinto una daga curva de doble filo y, poniéndose a mi espalda, me apuntó al cuello con ella.

—Estás cavando tu tumba —mascullé alterada.

—No temas, no voy a hacerte daño, solo voy a amenazar con ello. Si tanto te ama dará la vuelta.

Sus curiosos razonamientos me pasmaban, a pesar de que a esas alturas no entendía cómo todavía me sorprendía.

—¡Suéltame de inmediato, estúpido! —exigí casi a gritos.

Rashid no replicó; me empujó hacia la entrada y salimos al exterior.

Justo en ese momento, los guerreros, ataviados con pieles, escudos y yelmos, abordaban la cubierta esgrimiendo espadas, hachas y mazas.

Ante nuestros ojos, el combate tomó forma.

Los chirridos del acero competían en intensidad con alaridos de dolor y gritos de guerra.

El caos se desató a nuestro alrededor con un solo color predominante: el rojo.

Cerré los ojos con fuerza y grité hasta que sentí quebrarse mi garganta.

Entre el clamor de la batalla, solo un hombre distinguió mi angustia.

Gunnar corrió hacia mí, espada en mano, con la tormenta en el rostro y relámpagos en los ojos.

Rashid clavó amenazante la punta de su daga en mi cuello, me encogí ante el contacto.

—Dile que no dé un paso más —murmuró.

No hizo falta, Gunnar retrocedió con la alarma reflejada en el rostro.

—Ha enloquecido —dije—, pero no va a hacerme daño.

Agradecí al cielo que no hablaran el mismo idioma.

—No puedo arriesgarme —repuso.

Temblaba, no supe si de rabia o de miedo, ambas cosas bailaban en su rostro enrojeciéndolo y oscureciendo su mirada.

—Veo a Loki en sus ojos —añadió.

Sin duda, el dios del engaño, maléfico e imprevisible, gobernaba la razón de Rashid.

—Adelante, dile que vendrás conmigo —me instó frenético.

—Gunnar, será mejor que te marches con tus hombres.

La mirada de asombro fue tan aguda como la determinación de ignorar mis palabras. Apretó con fuerza los puños, su enorme espada refulgía con la luz de la mañana.

—Mi tío está de mi parte, me ayudará a escapar en un bote. Justo en este momento planeaba hacerlo. Tan solo has de esperarme en la orilla.

Gunnar me recorrió con la mirada. Se detuvo en mi nuevo atavío, lo que acentuó su ceño. Después, fijó sus claros ojos en Rashid evaluando las posibilidades de derribarlo.

—Si crees que voy a abandonar este maldito barco sin ti, es que también tú has perdido el juicio. Además, ¿cómo pensabas distraerlo?

Sacudió la cabeza en su dirección, con un gesto de desprecio.

Negó con la cabeza para detener mi explicación. Su furia crecía.

—No, no me lo digas. Al ver lo que llevas puesto, puedo imaginarlo.

Su voz, grave y profunda, retumbó con la fuerza de un trueno, afilada y mordaz.

No pude sostener el hielo de su mirada. Sentí que se me secaba la garganta y mi rostro ardía.

—¿Qué demonios le estas diciendo? —inquirió Rashid, preocupado.

—Estoy intentado convencerlo —respondí en un susurro.

—Voy a matarlo, lo sabes, ¿no? —musitó Gunnar mientras escrutaba mi rostro.

—No tiene por qué morir más gente si te marchas ahora. Confía en mí —le supliqué.

Pero mis palabras no lograron aplacarlo; surtieron el efecto contrario.

Gunnar apretaba la mandíbula en un intento de mantener el poco control que le quedaba.

Se asemejaba a un enorme depredador a punto de abalanzarse sobre su presa, con los ojos entrecerrados, la cabeza algo adelantada, ese enorme pecho subiendo y bajando al ritmo de su pulso, incluso las aletas de su nariz parecían dilatadas; era como un toro dispuesto a embestir con toda su fuerza.

—A una señal mía, clávale el codo en el estómago y agáchate, lo demás corre por mi cuenta.

El pánico me invadió.