Capítulo 13 #5
—Te juro que van a pagar por esto, me han arrebatado toda mi belleza.
Asombrada de que nadie le hubiera dicho a ese hombre que su rostro ya era una piltrafa antes de que lo golpearan, me limité a resoplar y agité la mano para llamar su atención hacia el verdadero problema.
—¿Cuánto crees que tardará Gunnar en darnos alcance?
—Me temo que tendrá que buscar una aldea en la costa para hacerse con un barco, no sé exactamente dónde desembarcaron.
Solo espero que se hagan pronto con un knörr , porque, cuando lo hagan, nos alcanzarán enseguida, esta pesada nave no tiene nada que hacer con nuestros barcos, no hay nada más veloz en los mares.
—Pero también cabe la posibilidad de que tarden demasiado y no puedan seguirnos la pista —apostillé—. Creo que deberíamos intentar escapar antes de que nos adentremos en alta mar.
Erik negó con la cabeza.
—Seguro que ya estamos muy lejos de la costa, no pensarás lanzarte al agua, ¿no? Lo único que tenemos que hacer es destrozar el timón, dejar inservible este botarate y esperar.
Asintió para confirmar su plan y me sonrió dejando su mella al descubierto, torcí compasivamente el gesto y él raudo se cubrió con la mano.
—¡Oh, buen Thor, mis dientes! —se lamentó.
—Solo has perdido uno —señalé—, pero tienes toda la boca inflamada; cuando te cures, todo volverá a la normalidad, serás el galán que solías ser.
El semblante del hombre se iluminó esperanzado. Por qué un hombre como él gozaba de vanidad era todo un misterio.
—¿De verdad?
Asentí y me recosté dolorida buscando una manera de aliviar un poco el ardor en las muñecas. Al hacerlo, mi capa se abrió un poco y dejó ver el escote desgarrado de mi túnica. Erik clavó los ojos en él, y la furia asomó a su rostro congestionándolo más.
—¡Te han forzado! —Parecía realmente turbado—. ¡Gunnar va a matarme!
Ahí estaba la verdadera preocupación. Respiré hondo y negué con la cabeza.
—Jamás lo sabrá, ¿me oyes? Por nada del mundo debe enterarse. Esto es problema mío, y yo lo resolveré. Ahora solo tienes que decirme cómo puedo inutilizar el timón, ¿de acuerdo?
—Pero, él debe…
—No, y te repito que, si le dices una palabra de esto, te juro que la paliza que acaban de darte no será nada comparada con lo que yo te haré. Te ataré a un poste y te arrancaré todos los dientes, uno a uno, ¿entendido?
Erik asintió, aunque no de buena gana.
No podía permitir que Gunnar volviera a sentirse impotente y frustrado por no haber podido evitarlo, sobre todo porque la única responsable era yo.
Había subestimado a Rashid, lo creía un caballero y así se lo había hecho creer a Gunnar.
Jamás se me habría ocurrido imaginar que pudiera convertirse en el ser mezquino que era ahora.
En ese momento, Erik sacudió la cabeza con evidente desaprobación; en su mirada asomó el reproche, pero me mantuve firme.
—Estoy esperando instrucciones —le recordé.
—Para romper el timón, lo primero de todo es que tus manos no estén atadas a la espalda.
Lo segundo es poder subir a cubierta sin que te vean, y lo tercero es conseguir algo que haga de palanca para desencajar el engranaje de la pala del timón, pero se necesita mucha fuerza.
Así que está más que claro que es algo imposible, a no ser, claro, que logres liberarme.
Lo miré indecisa, sin saber si reír o llorar.
—Debe de haber otra opción.
Resoplé malhumorada.
—No podemos esperar, es demasiado arriesgado.
—¿Acaso no confías en Gunnar?
—Confío en él, pero desconfío de todo lo demás y ahora estamos a expensas de esa parte.
Erik se encogió de hombros y se recostó de nuevo.
—Gracias —murmuré arrepentida de mi brusquedad con él— por haberme defendido.
De nuevo se encogió de hombros.
—Tan solo cumplía órdenes —manifestó con indiferencia.
Sin embargo, y a pesar de que decía la verdad, supe que en cierto modo me había ganado su simpatía.
—Gracias de todos modos.
Emitió una especie de gruñido a modo de contestación y se arrebujó con intención de dormitar.
A solas con mis pensamientos, mi mente buscó una forma para conseguir mis propósitos.
Y de pronto supe que solo un hombre podía ayudarme y era precisamente el que no aparecía por ningún lado.
* * *
Unos pasos firmes que bajaban la escalinata me envararon. La tenue luz del alba se filtraba por la abertura. Contuve la respiración y recé para que fuera Rodrigo, pero no tuve suerte.
—Espero que hayas recapacitado —repuso Rashid.
Mantuve una expresión fría y lo miré con desdén, aunque reaccioné a tiempo. Clara como la luz del día, la solución irrumpió en mi cabeza.
—Sí, he recapacitado.
Abrió los ojos con asombro, aunque la desconfianza todavía le prendía el semblante.
—Me alegra oírlo, ¿y de qué manera lo has hecho?
—Aceptando mi nueva situación.
Se arrodilló junto a mí y, no sin suspicacia, me escrutó el rostro.
—¿Y piensas que voy a creerte después de los juramentos que me has dedicado?
—Admitirás que te los has ganado, te creía más galante y paciente.
Rashid rio con ganas, aunque el brillo que titilaba en sus negras pupilas no era de diversión.
—No vas a engañarme, me odias, no puedes simular la aversión que te causo.
—“Decepción” sería más adecuado.
Dejó en el suelo la bandeja que llevaba y me alzó el rostro.
—Tú también me has defraudado, y eso no ha cambiado lo que siento.
—Porque yo no he cambiado, excepto en mis sentimientos hacia ti. En cambio, tú… Tú eres pérfido y cruel, no puedo encontrar en ti al hombre del que me enamoré. Si pudieras hacerlo regresar, quién sabe, tal vez…
Recé para mis adentros. Rogué por que mordiera el anzuelo.
—¡Vamos, confiesa tu plan! No vas a embaucarme con tus encantos después de todo lo que me has hecho pasar. ¿Qué es lo que pretendes?
—Está bien. Te propongo un trato.
Rashid me acarició la mejilla, instintivamente retrocedí.
—Quiero ver a mi tío, necesito su consuelo y su apoyo, a cambio haré que regresé Shahlaa. Me tendrás de nuevo, pero como siempre soñaste, con el mismo entusiasmo de antaño. Y, si Gunnar no viene a buscarme, entonces aceptaré volver a tu lado. Pero solo si prometes traer de vuelta a mi Rashid.
Aquella promesa ablandó de inmediato se feroz expresión. Sus ojos se tornaron soñadores y supe que había conseguido mi objetivo. Aunque me pregunté cómo iba a conseguir convertirme en alguien que no existía.
—Quiero una prueba —exigió.
Tragué saliva y cerré los ojos ahuyentando a Gunnar de mi mente.
—Desátame.
Esta vez no puso objeciones.
Sacó una daga del cinto y sesgó la gruesa soga que me oprimía las muñecas. Una vez liberadas, suspiré aliviada al sentir cómo la sangre inundaba de nuevo mis manos. Las abrí y cerré hasta que dejé de sentir aquel hormigueo molesto.
Me dolían todos los huesos por haber dormido sobre la dura, fría y húmeda cubierta de la bodega, por no hablar de las náuseas matutinas, pero deseché cualquier malestar y me centré en un solo objetivo.
Rashid aguardaba ansioso, expectante e ilusionado.
Me acerqué lentamente a él. Coloqué mis manos en sus hombros y los acaricié en círculos, a continuación ascendí hasta la nuca y le masajeé la zona como sabía que le gustaba.
Sonrió y cerró los ojos encantado con aquella sensación.
Lo oí suspirar satisfecho. Muy despacio acerqué mis labios a los suyos y los rocé.
Mordisqueé su labio inferior y le sentí temblar.
Por fin lo besé evocando tiempos mejores, intentando plasmar una pasión que no sentía, y una dulzura forzada.
Rashid gimió descontrolado. Sus manos me rodeaban la cintura, y me ceñí con fuerza a su cuerpo.
Mi lengua entraba en su boca enlazándose con la suya, al tiempo que mis manos recorrían su espalda provocando estremecimientos.
Jadeaba completamente extasiado con mi entrega. Finalmente me separé.
—Esto es solo el principio de lo que obtendrás si consientes el trato.
—¡Shahlaa! —musitó todavía con los ojos cerrados—. Claro que consiento, ya sabes que daré cualquier cosa si vuelves a mi lado.
—Entonces llévame hasta él.
Rashid me puso en pie y, tomándome de la cintura, me arrastró fuera de la bodega. Antes de salir, capté una mirada reprobatoria de Erik, negaba con la cabeza. Sin embargo, ambos sabíamos que no había otra opción.
Me condujo hasta la cubierta principal, a un lateral de la toldilla, donde se abría una puerta. Abrió con una llave y se soltó en el umbral.
—Tuve que retenerlo aquí para evitar que se inmiscuyera. No creo que esté muy contento, pero acabará por comprenderlo. —Hizo una pausa y sonrió—. Al igual que tú.
Me limité a sonreír.
—Volveré por ti dentro de un rato, tu prueba me ha puesto al límite.
No contesté, me adentré en la oscura estancia y choqué contra algo, era el camastro donde mi tío parecía dormir. Al instante, la puerta se cerró tras de mí.
—¡Tío, despierta, soy yo!
—¿Leonora? ¿Eres tú?
Tanteé en la penumbra hasta que hallé su mano. Inmediatamente la envolvió y me acercó a él abrazándome con suavidad. El pequeño ventanuco que se abría al fondo apenas lograba iluminar el estrecho camarote.
—¿Qué ha pasado? Escuché el alboroto, pero no me dio tiempo a ver nada. Alguien me golpeó.
Maldije para mis adentros.
—Lo que pasa es que Rashid ha enloquecido, y solo tú puedes ayudarme.
Le conté lo sucedido sin escatimar ningún detalle y aliviada comprobé el horror en su rostro mezclado con incredulidad.
—Sin duda, ha perdido el juicio; comprendo que esté herido, que esté sufriendo un calvario, pero nada lo exime de la culpa de lo que te ha hecho, sobre todo en tu estado. ¡Oh, querida mía, tenemos que remediarlo de alguna manera!
Me abrazó de nuevo con infinita ternura. Ya no pude contener más las lágrimas. Me desahogué a conciencia, empapando su hombro.
—¡Ya, pequeña, todo se resolverá, te lo prometo!
Ahogué un sollozo y limpiándome la nariz lo contemplé esperanzada.
—Tío, tienes que inutilizar el timón para dejar el barco a la deriva, tenemos que darle tiempo a Gunnar para que nos alcance.
Rodrigo recordó de pronto a mi esposo y su rostro se demudó en una expresión de auténtico terror.
—¡Por Cristo! Ese gigante tuyo va a matarnos a todos.
—No si puedo evitarlo.
Aquello no lo tranquilizó lo más mínimo.
—¿Y cómo se supone que voy a hacer eso estando aquí encerrado?
—Le haremos creer que estás dichoso de que haya decidido regresar, yo me encargaré de que te libere. Sé perfectamente cómo entretenerlo, pero has de ser rápido; cuando lo hayas hecho, baja a la bodega y libera a Erik, no se me ocurre nada más.
Por el brillo de su mirada cerúlea supe que a él sí.
—Cuando Rashid descubra nuestras artimañas no tendremos escapatoria. No, creo que sería mejor arriar el último bote y que escapes en él. Yo lo retendré.
Ultimábamos detalles cuando Rashid irrumpió sin previo aviso.
—No puedo esperar más —confesó bastante animado.
Visiblemente agitada, me abracé de nuevo a Rodrigo. Muchas cosas podían salir mal, la sola idea de que le ocurriera algo malo me descomponía.
—Deseo pedirte que lo liberes. Le he contado que aceptaré volver y está encantado con la idea.
Rashid miró con perspicacia a Rodrigo para luego indagar en mi rostro.
—No hasta que estemos más alejados de estas costas.
Me acerqué a él y lo miré con dulzura.
—Me prometiste volver a ser el que eras, además, te repito que Rodrigo desea lo mismo que tú.
—No puedes imaginar la alegría que acaba de darme. —Frunció el ceño y señaló acusador a Rashid con el dedo índice antes de añadir—: a pesar de que desapruebo las maneras. Nunca vuelvas a hacerme algo así. La cabeza todavía me da vueltas.
Rashid asintió y, tomándome de la mano, me arrastró fuera.
—Bien, entonces ordena a los hombres que desplieguen la vela mayor —dispuso dirigiéndose a Rodrigo—. Hemos de alejarnos cuanto antes de estas tierras.
—Así lo haré, hijo, sin pérdida de tiempo.
Fui conducida de nuevo hasta el camarote de Rashid.
—Bien, Shahlaa, estoy esperando mi recompensa.
Trémula, aunque decidida, me acerqué a él y lo besé de nuevo. Sin embargo, el rechazo que me produjo provocó una rigidez que él rápidamente notó.
—Yo… voy a necesitar tiempo —inventé.
—Deja que alimente tu deseo, mi adorada Shahlaa.
Haciendo acopio de valor asentí y permití que fuera él quien tomara el control.
Me besó suavemente, como tanteándome. Reprimí el impulso de alejarme, de golpearlo.
Traté de sofocar la ira que de nuevo me dominaba.
Sus labios tersos y amorosos se prodigaban en mi cuello, en el lóbulo de mi oreja, en un intento por encender mi deseo.
—Es solo que… no es tan fácil.
Se pasó las manos por el pelo retirándolo de la frente en un gesto irritado.
—¡Basta! —exclamó furioso—. No pienso dejarte ir, ahora debes elegir cómo quieres que te tome, por las buenas o por las malas, porque te juro por la palabra del profeta que no pasará ni un solo día sin que seas mía, hasta que te acostumbres de nuevo a mí, hasta que olvides que una vez existió otro hombre.
Se me abalanzó y me tomó entre sus brazos.
—De acuerdo —concedí esperando aplacar su ira—. Cálmate, voy a cumplir mi palabra.
Un grito nos paralizó, Rashid no me soltó; me pegó a él en un ademán posesivo. En su mirada asomó el miedo.
—¡Nos atacan! ¡Piratas a estribor!