Capítulo 13 #4
—Entonces, está claro que lo que sentiste por mí no brilla con la misma intensidad.
Suspiré y me decidí a utilizar la última baza antes de degradarme ante mí misma.
—Cuando no has visto el sol, el brillo de la luna te parece hipnótico y subyugador, y sin duda lo es, pero cuando sale el sol y te golpea en el rostro, cuando las entrañas parecen hervir en tu interior y el corazón amenaza con derretirse, entonces te das cuenta de que necesitas de él para vivir, anhelas cada rayo, persigues su luz.
Y ahora más que nunca necesito su calor.
Rashid tragó saliva, apretó los puños y cerró los ojos en un intento por detener las lágrimas. Una se le escapó, se deslizó perezosa por su mejilla y le cayó por el mentón. Con el rostro desfigurado por el dolor, giró con brusquedad, incapaz de mirarme.
Mi corazón sangraba con él. No lo amaba, pero sin duda lo quería.
Y en mi interior supe que, si hubiera decidido volver junto a él, ese cariño se habría elevado a algo más y, aunque nunca se habría convertido en el sol que ahora brillaba dentro de mí, podría muy bien haberme conformado con el plateado resplandor de la luna.
Había apuntado acertadamente, ahora tan solo quedaba el golpe de gracia. Me sentí mezquina a pesar de saber que era completamente necesario.
—Rashid, has de liberarme. Gunnar me encontrará, no solo le has arrebatado a su esposa, también a su hijo.
Se volvió completamente aturdido. Abrió los ojos desmesuradamente y los fijó en mi vientre. Inconscientemente lo cubrí con las manos, en un gesto protector. Cuando clavó sus ojos en los míos, comprobó con horror que decía la verdad.
Negó con la cabeza y retrocedió tambaleante. Aquella revelación lo desoló. Se acercó a la mesa que presidía la estancia y de espaldas a mí apoyó las manos en el rugoso y envejecido tablero. Cabizbajo permaneció unos instantes temblado, sintiendo cómo el mundo de nuevo se abría bajo sus pies.
—No importa —espetó con la voz rota—. No, no me importa. Lo criaré como si fuera mío.
La pena, el dolor y la angustia se tornaron rabia y frustración. Lamenté estar maniatada porque deseaba sacudirlo para que entrara en razón.
—Este niño tiene un padre, y no voy a permitir que se lo arrebates. No puedes ser tan vil y despreciable para hacer tal cosa, ni siquiera en nombre del amor que dices tenerme. ¡Porque, si me amaras, respetarías mi decisión, maldita sea!
Rashid me encaró con los ojos brillantes de odio, negros como dos pozos sin fondo, carentes de alma, febriles y rabiosos. Me encogí, aquel hombre era un desconocido para mí.
—¡Cállate, mujer! —gritó perdido ya todo el control—. Nada de lo que me digas va a hacerme cambiar de opinión. Y, aunque no dejes de repetir que no me quieres, sé que pronuncias mi nombre en sueños, sigo dentro de ti y voy a desenterrar tus sentimientos.
Como un ser abyecto, me desgarró la túnica y dejó mis pechos al descubierto.
—Me tiene sin cuidado que tu mísero gigante acabe conmigo, que lleves en tu vientre a su hijo, nada de eso me importa, ¿lo oyes bien?
Me empujó con violencia al suelo, exhalé un gemido cuando comprendí lo que se disponía a hacer.
—¿Que pronuncio tu nombre en sueños? —inquirí desconcertada—. ¿De dónde…?
—Recordatorio número dos.
—No —supliqué—. Por favor, no lo hagas.
Sin embargo, él ya no escuchaba. Su mirada se nubló con la lujuria y la ira que lo sacudía. Se bajó las calzas y se abalanzó sobre mí totalmente enajenado.
Volví la cabeza, y le negué mi boca.
Pero sus manos acariciaban con violencia, apretando y estrujando como un náufrago agarrado a un odre de agua, con una mezcla de desesperación y entusiasmo a partes iguales.
Cerré los ojos y sollocé impotente cuando su pierna abrió las mías y se colocó hábilmente entre ellas.
La imagen de Harald el Implacable asomó a mis pensamientos, me sentí asqueada y, al contrario que en aquella ocasión, permanecí inmóvil, para dejar que aquel extraño entrara en mí y desplegara sobre mi cuerpo su propia frustración.
Paradójicamente, y a pesar de la brusquedad con que exploraba mi cuerpo, no sentí nada; tan solo un amargor y una decepción inigualables. Nada podía excusar aquello. Con Shahlaa murió Rashid, al menos el que había sido mi esposo en aquel lejano al-Andalus.
Rashid jadeaba extasiado con cada empellón.
Besaba mis lágrimas, mis pechos, mi cuello, al tiempo que se movía con ímpetu y hambre acumulada.
Cuando se derramó con un grito sofocado, clavé mis ojos en los suyos.
Aterrado por lo que vio en ellos se desplomó laxo sobre mí y sollozó con violencia entre mis senos.
Me negué cualquier atisbo de compasión.
—Esto es cuanto conseguirás de mí. Un cuerpo vacío, un alma rota y, por supuesto, todo mi desprecio —le escupí.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y recompuso a duras penas su expresión desolada con una máscara de dureza y rencor.
—Lamento que tenga que ser así, pero no me dejas otra alternativa. Eres mía, yo solo tomo lo que me pertenece. La próxima vez, no seré tan rudo… me hiciste perder los estribos.
—No habrá próxima vez. Antes de que te des cuenta tendrás a Gunnar sobre ti arrancado la vida de tu cuerpo.
—No volverás a pronunciar el nombre de ese bárbaro.
Se apoyó sobre las palmas de las manos y se levantó.
Lo miré con todo la aversión que me inspiraba.
—Ese “bárbaro” jamás me habría forzado de la manera que tú lo has hecho, nunca voy a perdonarte esto.
Él se levantó turbado y tembloroso. Su apuesto rostro se contrajo en una mueca feroz y agónica.
—No necesito tu perdón como tú no necesitas el mío.
Si comparamos el dolor que nos hemos prodigado, estarás de acuerdo conmigo en que mi sufrimiento no es comparable con el tuyo, de modo que estamos en igualdad de condiciones.
Estoy preparado para recibir todo tu odio, ya nada me importa siempre que te tenga cerca de mí.
Resoplé furiosa, apoyándome en las manos logré sentarme para aliviar el escozor que latía en mis magulladas muñecas.
—Recibirás algo más que mi odio —proferí con voz helada—, también mi compasión, porque si te importa más una mujer que te desprecia, que tu esposa, tu hijo y tus creencias, entonces eres el ser más bajo y estúpido que camina sobre la faz de la Tierra.
No contestó. Se acomodó la ropa incapaz de sostener mi mirada, luego giró y rebuscó en un estante. Tomó una capa y me cubrió con ella.
—He traído algunos de tus vestidos —musitó—. Traeré el arcón para que elijas.
Dejé escapar una risita desdeñosa.
—Desátame, la soga está desollándome.
—No soy tan obtuso —contestó mordiente—. Aunque, si te lastima, la sustituiré por algo más cómodo.
Deseaba abofetearlo, pero me limité a encogerme de hombros. Comprendí que la única manera de escapar era mostrarme dócil y sumisa, hacerle creer que acataba la decisión de volver. Sin embargo, necesitaba hablar con Erik si es que estaba consciente; debía planearlo con él.
—Entonces soy una esclava, ¿no?
—Hasta que desees dejar de serlo —espetó.
—No seré otra cosa para ti, así que mi lugar está en la bodega, porque, si paso un minuto más a tu lado, voy a acabar vomitando y no por culpa de mi estado.
Rashid torció el gesto; con el ceño fruncido, se acercó a mí, me levantó del suelo, acomodó la capa sobre mis hombros y me empujó hacia la puerta.
—Si lo prefieres, pues que así sea. Necesitas estar sola para asimilar todo esto y, cuanto antes lo hagas, mejor. Vuelves a tu tierra con los tuyos, acabarás dándome las gracias.
Solté una espantosa risotada.
—Gracias ¿por qué? ¿Por ultrajarme? ¿Por separarme de mi hombre?
¿Por negarle a mi hijo un padre? ¿Por convertirme en la mujer más desdichada del mundo?
¡Jamás! —Clavé mis ojos en él, que ardía colérico—.
Me equivoqué contigo, Rashid ibn Taliq, temeroso de Alá, hijo del gran imán, benévolo y respetado comerciante.
Sí, cuánto me equivoqué, no eres nada a mis ojos, y en ellos solo verás un solo “recordatorio” del demonio en que te has convertido, pues ahora es lo único que veo.
Me sacó a empellones del camarote y me llevó hasta la bodega envuelto en el silencio.
Su rostro estaba enrojecido, no supe si de vergüenza o de ira, tampoco me importó.
Me sentó en una esquina y me ató a la parte inferior del palo de mesana.
Fue tan brusco que tuve que apretar los dientes para no gritar, pues tironeaba de la soga que me rodeaba las muñecas mientras la deslizaba por el mástil.
Sin dirigirme ni una sola mirada se volvió y me dejó allí maltrecha de cuerpo y mente.
Contrita, miré en derredor y descubrí algo más allá a Erik. Estaba tendido de costado en el suelo, inconsciente y encadenado a una de las cuadernas. Lo llamé con insistencia. Al cabo, detecté un tenue movimiento.
—¡Erik! —siseé—: ¡despierta!
Un leve quejido seguido de un gruñido aturdido.
—¡Erik, maldita sea, nos han capturado! ¡Ragnar estará riéndose de ti, y Gunnar va a despellejarte vivo!
El maltrecho guerrero pareció volver en sí muy lentamente. Se incorporó a medias y se desplomó de nuevo, incapaz de reaccionar.
—¡Rápido, levántate, van a cortarte el pelo!
Aquello sí funcionó. El guerrero se incorporó como accionado por un resorte, miró a ambos lados con la mandíbula desencajada y aturdido sacudió la cabeza para alejar aquel sopor que lo envolvía. Cuando logró enfocar la vista me localizó.
—¡Por los dioses, estamos metidos en un buen lío!
Tenía un ojo medio cerrado, una brecha a un lado de la cabeza que rezumaba sangre sobre el lado izquierdo de su rostro y la nariz del tamaño de un rábano e igual de roja.
—No te preocupes, muchacha, Gunnar nos alcanzará —añadió con una abierta sonrisa que mostró una boca sanguinolenta a la que le faltaba un diente. Con la lengua tanteó la oquedad y arrugó el ceño.
—¡Maldición, me falta un diente!
—Créeme, ese no es el peor de tus problemas —repliqué—. Espera a verte la cara.
Abrió el ojo sano con asombro y con la mano se tanteó cada magulladura.