Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

—No podrá acercarse a mi esposa bajo ningún concepto —aseveró con gravedad—, no conversará con ella sin que el traductor te informe fidedignamente cada una de sus palabras y no permitirás bajo ningún concepto que leven anclas sin nosotros; en caso de que lo hagan, tendrás que arrancar el timón o inutilizarlo para retrasarlos.

Espero que no sean tan estúpidos para intentar algo.

—Entonces se dirigió a mí y lo que vi en su semblante me heló la sangre—.

Porque, si lo intentan, daré contigo, aunque tenga que atravesar el infierno para recuperarte; y cuando lo haga pienso matarlos uno a uno. No tendré piedad.

Con aquella gélida determinación en su mirada contempló fijamente a Rashid e imprimió una muda, aunque clara advertencia.

Acto seguido, me tomó entre sus brazos y me besó largamente.

Cuando me soltó, vi por el rabillo del ojo a Rashid con la cabeza gacha y las manos sujetando fuertemente la baranda de cubierta; sus nudillos habían palidecido.

La tensión también fue evidente en sus brazos temblorosos y en la línea de los hombros.

Incapaz de imaginar la tortura que lo sacudía, volví la mirada y me sentí miserable.

Gunnar me dio la espalda y con un movimiento fluido y grácil cruzó la baranda y descendió por la escalerilla que colgaba sobre el costado de la nave.

Sus hombres lo imitaron. Armados hasta los dientes se alejaron con la marea.

Una espesa y lechosa neblina emergió de la costa y envolvió el bote.

Apenas vislumbraba la difuminada silueta de Gunnar, pero sabía con toda seguridad que sus ojos seguían fijos en mí.

Aunque no eran los únicos: Rashid también me contemplaba, sin embargo, y para mi sorpresa, no había rencor, ni resentimiento, muy por el contrario mostraban un brillo peculiar teñido de una apabullante determinación.

* * *

Erik no tuvo la menor oportunidad, a pesar de que peleó como un león.

Logró derribar a cinco atacantes que lo embistieron simultáneamente, pero el siguiente grupo fue más astuto y, mientras lo distraían con ataques directos, el resto de marineros lo fulminó con ondas, incluso lograron lanzarle algún que otro tonel certero que lo envió duramente sobre la áspera cubierta.

Una vez desplomado, se abalanzaron sobre él y lo golpearon hasta dejarlo inconsciente.

Esa fue la única manera de amordazarlo y maniatarlo.

Resultaba bastante obvio que estaban más que organizados; habían esperado una oportunidad y la habían aprovechado.

En mitad de la contienda, y abrumada por el violento espectáculo, había intentado saltar por la borda con la esperanza de llegar a nado a la orilla.

Pero eso también había sido previsto. Unas fuertes manos me sujetaron prestas.

Me debatí frenética, aunque fútilmente; mi captor no estaba dispuesto a ceder ni un ápice. Me volvió hacia él y me dirigió una sonrisa triunfal.

—Ahora soy yo el que le roba a su esposa —sentenció Rashid.

—¡Suéltame inmediatamente! —exigí al tiempo que lo empujaba con fuerza.

—¡Rápido, suelten amarras! —vociferó a la tripulación.

—¡Noo…!

Desesperada busqué con la mirada a Rodrigo; si alguien podía ayudarme en ese momento, era él, pero no lo encontré. Rashid parecía escudriñar algo detrás de mí; cuando lo alcanzó, me juntó las muñecas y las rodeó con una soga; le lancé una mirada furibunda.

—Has perdido el juicio, no puedes hacer esto.

Sus negros ojos de obsidiana me taladraron. Las líneas de su rostro se endurecieron.

—¿Ah, no? ¿Y por qué? Estoy recuperando lo que me pertenece por derecho.

—Yo ya no te pertenezco —le escupí acalorada—. He intentado explicártelo, pero te niegas a entenderlo.

Sus dedos se clavaron feroces en mis brazos, ahogué una exclamación.

—Sí, me niego y me negaré siempre —replicó con vehemencia—. Una vez fuiste mía y por Alá misericordioso que volverás a serlo, no importa cuánto tarde en conseguirlo, solo sé que lo lograré. Ese maldito patán me ha subestimado y ahora va a pagar duramente las consecuencias.

—Ese maldito patán, como tú lo llamas, nos encontrará y, cuando lo haga, no podré interceder por ti, te matará.

Rashid pegó su rostro al mío, su mirada hervía de furia.

—Puedo asegurarte que la muerte sería bien acogida, mi bella Shahlaa.

—Ya te dije que Shahlaa no está.

Sus labios dibujaron una media sonrisa mordaz y autocomplaciente.

—Volverá, te lo aseguro.

En un arranque desesperado, le propiné un fuerte puntapié en el tobillo.

Dejó escapar un grito y se tambaleó, momento que aproveché para encaramarme nuevamente a la baranda, sin embargo, él fue más rápido, me sujetó por las pantorrillas y tiró de mí con brusquedad.

Caí a horcajadas sobre su pecho. Él gimió por el impacto, pero no tardó en apresarme por la cintura, rodó, me giró y me encontré sobre la cubierta con él encima y una mirada flamígera que me devoraba.

—Recordatorio número uno —ronroneó como un gato relamido.

Apresó mis labios para imponerme un beso ávido y apasionado. No sin esfuerzo logré separar la boca, pero él, lejos de soliviantarse, me tomó el cuello y me paseó la lengua hambrienta por la curva de la clavícula.

—Voy a borrar cada uno de sus besos, conquistaré cada parte de tu cuerpo poniendo mi baluarte en la cima. Tal vez no sea fácil, pero no desistiré.

Tenía las manos apresadas bajo la espalda y se me clavaban en la cintura, las muñecas me dolían, así que alcé las caderas para aliviar un poco la presión. Rashid aprovechó el movimiento para demostrarme la rotundidad de su deseo y ciñó sus caderas a las mías.

—¡Basta ya! —grité. Pero los hombres que permanecían en cubierta, nos ignoraban—. ¡No puedes hacerme esto! ¡Me haces daño!

Me miró pensativo y de un salto se puso en pie.

—No, no puedo hacerlo, aquí —concretó—. Necesito un lugar más íntimo.

De un movimiento me alzó y, tirando de la cuerda como si fuera un animal, me llevó a empujones hasta la popa, donde tenía su camarote.

No podía estar pasando, pensé apesadumbrada y aturdida.

Si no hubiera estado tan angustiada, tal vez habría apreciado lo cómico de la situación.

Ahora pasaba a ser esclava del hombre con quien había soñado volver todo el tiempo.

Me sentía como si un vendaval hubiera puesto, de nuevo, todo mi mundo del revés.

Debía encontrar la manera de escapar de él.

Estaba dispuesta a todo, aunque en mi fuero interno sabía que solo un ardid podría entretener lo suficiente a Rashid para timarlo.

Y, si lo conseguía, aprovecharía la oportunidad sin dudarlo.

Nadie me separaría de Gunnar, ahora menos que nunca.

Cuando la puerta se cerró tras de mí, me volví fingiendo calma y lo miré directamente a los ojos.

—Tú no eres así, Rashid. No eres el hombre con el que me casé.

Dio un paso hacia mí, alzó la mano y deslizó la punta de sus dedos por mi mejilla.

—Lo era hasta que me rompiste el corazón, si tengo que convertirme en un demonio para tenerte, pues que así sea.

Mi mente trabajaba a toda velocidad, quería agotar cualquier posibilidad antes de emplear la seducción.

—No puedes pretender que me enamore de un demonio —le rebatí.

—¿Acaso ese gigante tuyo no lo es?

—No, no lo es.

Rashid emitió una risita cínica y se pasó nerviosamente la mano por su espeso cabello.

—¿Pues a qué llamas tu secuestrar, violar y asesinar?

Es un bárbaro que asola las costas robando riquezas y vidas, sembrando el terror, imponiendo su sangrienta ley.

—Hizo una pausa y bajó la mirada con semblante afligido—.

En verdad no puedo entender cómo una mujer como tú ha sucumbido ante alguien como él.

Cómo has podido elegirlo cuando yo te he adorado como a una reina.

No solo es despecho, Shahlaa, es incomprensión, es ira, para mí sería mucho más fácil pensar que te ha embrujado.

Me acerqué a él y esperé hasta que de nuevo me miró.

—No se trata de comparar, pues tú posees todo cuanto una esposa anhela en su hombre.

Se trata más bien de lo que mi corazón ha elegido, incluso cuando yo todavía me aferraba a tu recuerdo.

Luché por ti y perdí. Me negué a aceptar la realidad, como tú haces ahora, pero sé muy bien que es inútil, pues la verdad acaba envolviéndote.

Lo amé mucho antes de que mi mente fuera consciente de ello.

No hay más. Y sí puedo decirte que no es como piensas.

Es noble, leal y valiente. Y por su pueblo es capaz de todo, incluso de saquear si así lo ordena su jarl , pero jamás violó a nadie y nunca mató si no en mitad de una batalla o en defensa propia, estoy segura de que se arrepiente de más de una cosa, pero quién no.

Además, me ama con su alma y daría la vida por mí.

No te imaginas cuánto luchó. Sufrió hasta lo indecible, incluso renunció a mí para que volviera a tu lado.

Solo que ya era demasiado tarde. La verdad llegó a mí y me sacudió con la fuerza de un huracán.

No importa qué hagas conmigo, ni dónde me lleves, nunca dejaré de amarlo.

—Eso mismo me dijiste en una ocasión —me reprochó con la voz estrangulada.

—Y lo sentía.

—Entonces, si me olvidaste a mí, también lo olvidarás a él.

Negué con la cabeza. La húmeda mirada de Rashid estaba consiguiendo remover las polvorientas ruinas de mi pasado.

Recuerdos atesorados en mi memoria a los que había acudido incesantemente cuando la melancolía me doblegaba resurgían.

Una vida plena y feliz a su lado. Las agradables noches en el patio rodeados de la madreselva y perfumados con jazmines y rosas.

El relajante gorgoteo del agua recorriendo los canales que surcaban las baldosas formando un rectángulo, el zumbar de insectos en las tórridas noches estivales, los versos cantados a la luna y los apasionados besos entre estrofas y pausas intencionadas.

Todo me golpeó y me dejó sin resuello. Suspiré y me obligué a bajar la mirada para vivir del pasado.

—A él jamás lo olvidaré —musité en un hilo de voz.