Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Pues no tienes muy buena pinta, estás más pálida que el culo de Ragnar a la luz de la luna.

Ragnar lo golpeó ligeramente con el pie.

—Tampoco creo que tu culo sea algo digno de ver, los dioses solo te adornaron con esa estúpida mata de pelo, todo lo demás es pura bazofia.

Erik se encaró con su amigo hinchando el pecho.

—Por lo menos, tengo pelo.

Ragnar gruñó ofendido y se rascó la despoblada cabeza.

—¿Puedes preguntar a cualquier mujer a quién preferiría de los dos? —rezongó altanero.

En ese instante parecieron acordarse de mí y me miraron.

—¿Y bien? —repuso Erik.

—No pretenderán que elija, ¿no? Porque, si es así, diré que preferiría encerrarme con una docena de serpientes venenosas a estar con cualquiera de los dos; al menos, las serpientes no hablan.

Los guerreros me miraron boquiabiertos, pero enseguida estallaron en abruptas carcajadas.

Al cabo y algo más calmados se alejaron sacudiendo la cabeza; entre murmuraciones repetían “al menos las serpientes no hablan” y de nuevo reían ante el comentario.

Ada se limitaba a sonreír, aunque cuando la sorprendí se cubrió con su habitual mutismo.

Cuando Gunnar regresó, sus amigos todavía se limpiaban las lágrimas. Me miró asombrado y dejando sobre mis rodillas un cuenco con gachas y algunas tajadas de carne, se limitó a contemplar a sus hombres.

—¿Qué demonios les pasa?

—Se atrevieron a preguntarme a cuál elegiría —contesté mientras me lanzaba sobre el desayuno.

Thorffin, que había estado observando mientras comía una enmohecida rebanada de pan ácimo con miel, masculló:

—Sí, y parece que las ganadoras en la lucha de egos fueron las serpientes.

Apenas masticaba entre bocado y bocado. Me sentía famélica y aquello me sorprendió.

Ciertamente me notaba distinta, algo había cambiado en mí.

No me encontraba particularmente enferma exceptuando las náuseas y los mareos, claro, y de repente recordé una ocasión en la que había sentido algo parecido…

Casi me atraganté cuando la verdad de lo que me ocurría me golpeó.

No había sangrado desde hacía dos lunas llenas, justo cuando empecé el viaje.

—No comas tan aprisa o va a sentarte mal.

Me aconsejó Gunnar que me observaba con curioso asombro.

Mastiqué más lentamente y sonreí para mis adentros, albergaba una vida en mi interior, un hijo del hombre al que amaba; la felicidad me inundó, la vela de mi interior, algo trémula por los últimos avatares acontecidos, brilló con renovado brío, más alta y cegadora.

Cuando terminé con la última migaja del cuenco, giré y regalé a Gunnar la más luminosa de las sonrisas; me abalancé sobre él y lo besé con entusiasmo.

Me tomó entre sus brazos algo confuso, pero igual de sonriente.

—Desconocía que te gustaran tanto las gachas insípidas.

Reí y lo besé de nuevo.

—En realidad, las aborrezco.

Alzó las cejas; sus ojos de gato me escrutaron.

—El martillo de Thor nos ha golpeado con fuerza.

Pareció todavía más confundido, pero cuando deslicé una de sus manos hacia mi vientre su semblante se demudó.

Abrió los ojos, sus labios se despegaron de asombro incapaces de articular sonido. Cuando consiguió hablar, su voz sonó trémula, aunque llena de regocijo.

—Estás… Voy a ser… quiero decir, vamos a ser…

—Padres —completé embargada por la euforia.

Gunnar logró cerrar la boca y me contempló durante un instante sumergiéndose en mis ojos.

Los suyos brillaban emocionados al tiempo que la noticia cobraba forma en su mente.

Observé cómo su aturdimiento inicial daba paso al entusiasmo más desbordante seguido de una mirada enamorada e increíblemente afectada.

Acto seguido, me estrelló contra su pecho, y me apretó tanto que pensé que, en lugar de reventarme el corazón de gozo, lo harían mis pulmones por falta de aire.

—¿Tienes la más remota idea de lo que significa esto para mí?

Lo sabía. Para él tener una familia era cuanto había aspirado tras perder a la suya de forma tan trágica. Con el rostro hundido en la vasta, cálida y dura superficie de su pecho, sonreí para mis adentros, colmada y plena.

Se separó de mí y tomó mi rostro entre sus manos encallecidas y poderosas; con mirada grave y refulgente susurró:

—Te juro por todos los dioses de Valhalla que consagraré mi vida a hacerte tan feliz como lo soy yo en este momento. Tienes mi cuerpo, mi corazón y mi alma en tus manos, eres parte de mí y por eso estamos unidos más allá de todo lo comprensible y para toda la eternidad. Soy tuyo, amada Freya.

Entreabrí los labios, ansiosa por recibirlo, y él los apresó con frenesí, plasmando en ellos toda su entrega, sellando su promesa; y en aquel instante, algo se abrió en mi interior.

Sentí un relámpago cruzar mi pecho, acompañado de un hormigueo, escalofríos repentinos y un calor abrasador.

De repente me sentí flotando fuera de mi cuerpo como un extraño halo nebuloso para meterme dentro de él, de la misma manera que sentía la etérea presencia de su halo penetrando en los confines de mi alma.

Fue una unión intensa, inmortal e inexplicable, unidos más allá de la vida y la muerte, más allá de lo tangible, absolutamente extraordinaria y mágica.

Me sentí completa, plena y extraña. Él era mi destino, mi fin y mi principio, mi todo.

Abrumada por aquellas sensaciones, lo miré y descubrí que aquella unión todavía lo embargaba.

Temblando me abrazó de nuevo y musitó:

—Siempre supe que eras tú, desde el primer instante en que te vi —suspiró y se estremeció—; la otra mitad de mi alma.

—En cambio yo… siempre negué mis sentimientos.

—Fue por tu sentido de la lealtad. Eras una mujer casada y, aunque me duela reconocerlo, querías a tu esposo. Yo te arranqué impunemente de tu mundo, sentías rabia, rencor y melancolía. Y yo era el culpable de todo eso.

Acarició mi mejilla con extremada dulzura.

—Pero no me arrepiento —agregó rotundo—. Habría arrasado con todo con tal de tenerte.

Sentí una tibia humedad salir de mis ojos, y deslizarse perezosa por las mejillas hasta depositar su salado sabor en mis labios.

Sí, quise a Rashid, de eso no cabía duda.

Pero, a pesar de ello, no se podía equiparar a lo que Gunnar provocaba en mí.

El de Rashid había sido un amor dulce y joven, entregado y hermoso; el de Gunnar en cambio era como una tormenta devastando todo a su paso, intenso, profundo y arrollador, vibrante y especial.

Y, ahora, un ser culminaba esa unión prodigándonos el cenit a nuestro amor.

Gunnar me alzó del suelo y, poniendo mi cuello a la altura de su boca, me mordisqueó juguetón el lóbulo de la oreja. Pataleé en el aire entre sofocadas carcajadas.

—¡Bájame o te harás daño! Tienes un agujero en la espalda, ¿recuerdas?

—¿De veras? Lo había olvidado, esposa mía.

Me bajó lentamente, deslizándome sinuosamente por su musculoso cuerpo. Sus ojos verdes y salvajes como la hiedra se oscurecieron con un velo que dejaba entrever sus pasiones más bajas. Aquel contacto encendió la lujuria. Sentí sus manos aferrando mis nalgas contra su cálida dureza.

—¿Siempre está tan… alerta? —murmuré divertida.

—Siempre y cuando estés cerca.

—Recuerda que no estamos solos —le advertí.

Sonrió abiertamente y me guiñó un ojo.

—Ahora sí.

Asombrada descubrí que tenía razón; en algún momento, sus guerreros habían salido. Me pregunté cómo demonios lograba que todo mi alrededor se diluyera en sombras cuando estaba con él.

—No osarás…

—Sí, mi bella esposa, no creerás que he despachado a mis hombres para nada, ¿no?

—¿Cuándo has hecho tal cosa? —inquirí anonadada.

—Oh, cuando me senté a tu lado mientras te embutías con entusiasmo esas horribles gachas. No he pegado ojo en toda la noche pensando en todas las cosas que deseaba hacerte.

Comenzó a besarme en la base del cuello, besos cortos y rápidos que encendían pequeñas hogueras en mi piel.

—No sabes cuánto agradezco tanta preocupación y, para que te sientas mejor, me sentaré tranquilamente en el camastro dejando que seas tú la que lleves las riendas. Aunque, te aviso, que el caballo que vas a montar no es sumiso, más bien todo lo contrario.

—¿Un semental desbocado, quizá?

Lo empujé suavemente sobre el jergón y me senté a horcajadas en su regazo remangando la túnica alrededor de mis caderas.

—Mmm… muy desbocado.

Pasé mi lengua por sus labios y del interior de su garganta escapó un gruñido lascivo.

—Si te lastimo, házmelo saber —repuse mientras enredaba mis manos tras su leonada melena castaña, acariciándole con la punta de los dedos la nuca.

Sonrió y se mostró más que divertido con mi comentario.

—Lo mismo digo —apostilló al tiempo que sus grandes manos contorneaban mis nalgas.

Tomó mis labios con ahínco y a partir de ese instante una pasión ciega y arrasadora nos envolvió en su capa relegando al resto del mundo a un segundo plano, muy, muy lejano.

* * *

El barco atracó en una ensenada resguardada por altos acantilados.

Gunnar decidió desembarcar a bordo de un bote para inspeccionar el terreno.

No estaba dispuesto a caer en otra emboscada.

Iría acompañado de Thorffin y Ragnar y dejaría a Erik como mi custodio con la orden expresa de no apartarse de mi lado y de mantener los ojos bien abiertos por si surgían dificultades.

Para mi sorpresa, Ada decidió marchar con ellos.

Habían arriado un bote que, bamboleado por la corriente, se entrechocaba contra el maderamen del casco produciendo un sonido hueco y regular, parejo al palpitante pulso que me latía en la sien y que me llenaba de inquietud.

Por la expresión de Gunnar, no me fue difícil adivinar que también le preocupaba separarse de mí, aunque fuera a tan corta distancia.

Aunque lo que más lo alteraba era dejarme sola junto a Rashid, me había advertido de que en su ausencia intentaría un nuevo acercamiento, para lo cual aleccionó debidamente a Erik.