Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

Huyendo del pasado

Anochecía.

El sol bruñía con su dorado resplandor el ondulado horizonte del océano; ese hipnótico halo anaranjado coloreaba también el hierático perfil de Rashid.

Inmerso en sus pensamientos, no se percató de mi presencia hasta que me apoyé en la baranda de popa. Suspiró profundamente, pero no me miró.

—No sabes cuánto lamento todo esto —comencé.

Giró levemente la cabeza, la brisa marina ondeaba en su bruno cabello, su apuesto rostro permanecía impasible, aunque percibí el férreo control que ejercía sobre sus emociones.

—La culpa es de Amina.

Su voz sí translucía toda su amargura.

—Si no hubiera matado a nuestro hijo, nunca habrías descubierto que tenías un padre en Sevilla y, por tanto, no habríamos estado allí cuando fue atacada.

Sentí deseos de posar mi mano en su hombro, pero reprimí ese impulso por temor a su reacción.

—Eso ya no importa, no pierdas tiempo en buscar culpables ni razones. No podemos cambiar el curso de nuestras vidas, tan solo aceptar lo que nos depara y sobre todo creer que encontraremos la felicidad en cada cambio que sufrimos.

Continuó sin mirarme, pero vi con claridad el mohín de disgusto en sus labios.

—Para ti es fácil decirlo, tú ya la has encontrado —me increpó.

—Tú también la encontrarás, solo tienes que abrirle la puerta.

Dejó escapar un sonido gutural que pareció una risa sin llegar realmente a serlo del todo.

—¡Oh, qué fácil lo ves! —se burló irritado—. Imaginar que has muerto, refugiarme en mi hijo y en mi esposa, abrir la puerta de la felicidad, ¿algún maravilloso consejo más?

Esta vez se volvió completamente y me miró. Sus oscuros ojos llameaban, el semblante contraído por la furia me impactó y me dejó sin palabras.

Una vez más, Gunnar había tenido razón: mi presencia solo lo alteraba más, sin embargo, en lugar de dar media vuelta y regresar a la bodega, me encaré con él.

—¡Maldita sea, no sé qué decirte! Quiero consolarte, me destroza verte así, equivocadamente pensé que podría ayudarte a entenderlo.

—¡Pues no puedes ayudarme! A decir verdad, estar cerca de ti y de ese… malnacido me revuelve las tripas.

—Ese malnacido te ha salvado la vida —le recordé.

—¡Y tú me la has robado!

Sostuvimos la mirada con intensidad.

Miró mis labios y me estremecí.

De repente, me sujetó el rostro con ambas manos, y acercó peligrosamente su boca a la mía sin llegar a rozarla.

—Solo hay una cosa que deseo hacerte, y es precisamente la que no estás dispuesta a darme —susurró con los ojos cerrados.

Cuando me miró de nuevo, supe que nunca iba a olvidarme del todo y mi traición pesó doblemente en mi pecho. Iba a tener que vivir con eso, como con tantas otras cosas de mi pasado.

—¡Perdóname! —supliqué aun sospechando su respuesta.

—Nunca, nunca, ¿me oyes?

—Bien —musité profundamente apenada—. Veo que es inútil.

Ya me alejaba cuando murmuró:

—Acabarás arrepintiéndote.

Tragué saliva intentando aliviar el nudo en mi garganta.

Cuanto antes me alejara de él, mejor para ambos.

No obstante, todavía quedaba Amina. Y, en mi fuero interno, supe que solo había una manera de librarnos de ella.

De seguro estarían buscándonos por toda la costa con un solo propósito.

Venganza; Ulf ambicionaba el poder de Gunnar.

Un escalofrío me recorrió la espalda hasta la nuca, como si una gélida serpiente estuviera deslizándose por ella.

La vista se me nubló y el estómago se me revolvió sacudido por unas tremendas náuseas; me doblé en dos temiendo vomitar y me agarré al mástil que encontré a mi paso.

Me arqueé convulsionada, sintiendo ascender el contenido de mi estómago, pero finalmente nada salió de él.

Tosí violentamente al tiempo que mis pulmones se saciaban de oxígeno con desesperación.

Una mano me rodeó la cintura, mientras que otra me apartó gentilmente el cabello.

Me agité de nuevo en otra arcada, pero sin llegar a culminar en vómito.

Tras un instante en el que permanecí inclinada, libre ya de náuseas, me incorporé para tomar una gran bocanada de aire fresco. Una mano me ofreció un hiyab escarlata.

—Siempre te las arreglas para conmoverme, cuando hace un instante te habría lanzado por la borda.

Miré a Rashid, que me contemplaba. Me limpié las comisuras de la boca y le sonreí.

—Gracias, pero te aseguro que no ha sido a propósito.

—Estas enferma Shahl… Leonora —corrigió—. No creo que sea aconsejable que abandones el barco, sobre todo con el peligro que supone ahora para ti.

—Sin embargo, debo hacerlo de inmediato, no deseo alargar más tu sufrimiento.

Sacudió ligeramente la cabeza y logró mostrar una sonrisa algo sardónica.

—Mi sufrimiento es el que es, y me temo que permanecerá algún tiempo conmigo, pero, por mucho que te odie en este momento, no quiero que corras ningún peligro.

Sus hermosos ojos de ébano recorrieron con lentitud mi rostro. No fue hasta mucho después que caí en la cuenta de que todavía me aferraba la cintura. Incómoda por su proximidad, por la promesa que relucía en su mirada, decidí apartarme con sutileza. Él, previendo aquella decisión, me soltó.

—Con esta luz tus ojos ambarinos parecen anaranjados, como la miel tostada que tanto me gusta. —Hizo una pausa y suspiró lentamente—. He soñado tanto con ellos…

Sus dedos me recorrieron el mentón. Alejé mi rostro de su contacto.

Pero él no retiró la mano de inmediato, la mantuvo ahí imaginado mi contorno; el dolor afloró de nuevo a su semblante.

Cerró los ojos con fuerza en un intento por buscar las riendas del autocontrol con que conseguía mantenerse firme.

—Será mejor que vuelvas con él, porque, si permaneces un solo instante más a mi lado, te aseguro que tendrá que subir y matarme para que te suelte.

Giré sobre mis talones y me alejé a la carrera con el corazón tronándome alocado en los oídos. Bajé por la escotilla y solté el aire contenido antes de enfrentarme a la mirada de Gunnar.

Por fortuna, se hallaba de espaldas. Tal vez estaba dormido, así que permanecí al pie de las escaleras recomponiendo mi semblante y aplacando los deseos de llorar.

El resto de los guerreros se hallaban al fondo de la bodega en torno a un tonel jugando y bebiendo, Ada se encontraba acurrucada en un jergón, aparentemente dormida, aunque me pareció que escrutaba tras la capa con la que se abrigaba.

Apenas me dedicaron una fugaz mirada y me ignoraron. Respiré hondo varias veces y me tumbé en un estrecho banco de madera próximo al camastro de Gunnar.

Fijé los ojos en su espalda. Como si adivinara mis pensamientos, se giró reprimiendo un gemido y clavó sus ojos en mí.

—Parece que no te ha ido muy bien.

Abrió invitador los brazos y sin pensarlo dos veces me levanté y casi corrí a ellos. El jergón era demasiado estrecho para los dos, pero de costado y muy abrazados podríamos apañarnos. Me arrebujé en su poderoso y cálido pecho y acomodé la cabeza bajo su mentón.

Sentí sus dedos recorriendo mi espalda con suavidad, de arriba abajo, enredándose de cuando en cuando con mi pelo hasta llegar a la nuca, y allí se detuvo para masajearla con delicadeza. Dejé escapar un gemido de placer, sentí como todo mi cuerpo se desinfló y cayó laxo a un sopor embriagador.

—¿Qué ha pasado? —insistió en un susurro adormilado.

—Nunca me perdonará.

—¿Acaso esperabas otra cosa? —inquirió con algo de asombro.

—No —admití—. Aunque no pedí su perdón por mí; soy consciente de que no lo merezco, lo pedí por él. Creo que, si lograra perdonarme, podría mitigar en algo la rabia que lo consume, le sería menos difícil empezar de nuevo, sin cosas pendientes, sin rencores ni odios.

—Hay algo que no has tenido en cuenta —musitó mientras enterraba sus dedos tras mi oreja para apartarme unos mechones—: el tiempo.

—Hizo una pausa y bajó la cabeza para mirarme—.

Acaba de enterarse de que te ha perdido, de que un bárbaro del demonio —sonrió al pronunciarlo— le ha robado a su esposa.

No puedes esperar que en tan poco tiempo se muestre comprensivo y asuma esa tragedia.

Necesita tiempo, aunque incluso con él, dudo de que pueda acabar comprendiéndolo.

* * *

Despertamos al alba cuando la luz incipiente apenas grisaba las penumbras. El rumor del mar contra el maderamen, tranquilo y regular, resultaba relajante. Un intenso aroma a salitre, a madera húmeda, a robín y a lúpulo algo rancio inundaba la curva estancia.

Gunnar se hallaba sentado en el borde opuesto del camastro estirando con cuidado los brazos, haciendo círculos en el aire y reprimiendo sin mucho éxito gemidos dolorosos. Incluso para un hombre de su tamaño y fortaleza aquella flecha había mermado considerablemente su destreza.

Más allá, eructos, sonoros desperezos y ruidosos escupitajos terminaban de acompañar los sonidos sordos de la cubierta superior compuestos por conversaciones, algún grito a los marineros, pasos y el metálico tintineo de ollas.

Ante ese último ruido, mis tripas rugieron exigentes. Gunnar se volvió y me sonrió divertido.

—¿Es tu estomago el que habla? Dale los buenos días de mi parte.

—Creo que no le bastará con tus buenos deseos.

Me levanté y un mareo inesperado me tambaleó. Cerré los ojos y volví a sentarme.

—Ayer apenas comiste, estás muy débil.

Rodeó el jergón, se sentó junto a mí y apoyó un brazo alrededor de mis hombros.

Sentía un hambre voraz, apremiante y doloroso. Mi estómago rugió de nuevo, más enfadado que antes.

—No te muevas, voy a traerte una bandeja con todo lo que encuentre.

Subió los peldaños de la bodega como una exhalación, admiré su agilidad. Me tumbé y cerré los ojos deseando que el desayuno no se atrasara demasiado. Un golpe sacudió el camastro. Molesta, abrí los ojos y me encontré con Erik y Ragnar frente a mí.

—Muchacha, ¿estás enferma?

Parecían realmente preocupados y me agradó ver esa nueva faceta en ellos.

—No, estoy bien, solo terriblemente hambrienta.

Erik sacudió levemente su larga melena dorada y frunció el ceño.