Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 12 #6
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Capítulo 12 #6

Thorffin nos alcanzó y, entregando a Gunnar su escudo, nos escoltó hacia la orilla. En ese preciso instante, nos tropezamos con Rashid que salía de la tienda con un pequeño arcón.

—¿Y mi tío?

—Creo que está a bordo.

Gunnar empujó violentamente a Rashid, que cayó despatarrado al suelo tan confundido como furioso. Exhaló un pequeño quejido, dio un paso tambaleante hacia delante y se detuvo algo inclinado.

—¿Qué demonios…?

No terminé la frase espantada por lo que vi. Una flecha sobresalía de la espalda de Gunnar.

Rashid se levantó raudo y, aturdido, lo contempló. Sostuvo su mirada sin dar muestras de dolor. Me parecía increíble que todavía permaneciera en pie y, más aun, que sujetara el escudo tras mi espalda. Lo tomé por la cintura para que se apoyara en mí, pero fue él quien me sostuvo.

—Estoy bien —confirmó.

—No, no lo estás y maldito seas si me contradices.

Sonrió y agitó la cabeza.

—No estoy tan loco.

Thorffin, Ragnar y Erik aparecieron de la nada espada en mano dispuestos a ayudar a su hersir ; tras ellos caminaba Ada con el miedo en los ojos. Ante mi asombro, Gunnar rechazó la ayuda y corrió tirando de mí como si lo que tuviera en la espalda fuera una brizna de hierba y no una gruesa flecha.

Seguros en la cubierta del navío, vimos cómo un numeroso grupo de guerreros bajaba a la playa envueltos en un atronador grito de guerra.

Los marinos soltaron presurosos amarras y lentamente nos alejamos de la orilla.

Agarrada a la baranda, distinguí una figura femenina entre aquellos fervorosos guerreros.

Iba montada a caballo, su oscuro cabello ondeaba al viento.

Permanecía inmóvil con la vista clavada en mí.

Sentí un escalofrío y giré para encontrarme con la mirada curiosa de Rashid que también la observaba.

—Es ella —murmuré, sintiendo una mano helada en la nuca.

—Ella, siempre ella —susurró a su vez con profundo pesar.

Me volví dejándolo solo y me adentré en la bodega en busca de Gunnar. Lo encontré tumbado boca abajo con la rodilla de Thorffin sobre la parte baja de su espalda y sus dos enormes manos sujetando con fuerza el extremo saliente de la flecha.

—Esto va a dolerte —advirtió.

—Como todo lo que viene de ti —repuso.

Thorffin lanzó una carcajada y sin dilación tiró con todas sus fuerzas. Tras un gruñido seco logró sacar la flecha; la sangre fluyó del orificio le empapó la túnica.

—Va a quedarte una bonita cicatriz —masculló el gigante.

Gunnar resopló y sonrió quedamente.

—Si es proporcional a la delicadeza que has tenido, seguro que será la más bonita de todas.

—No te quejes, ¿o habrías preferido que te la arrancara lentamente? —Arrugó el ceño y, frotándose la barbilla, añadió—: puedo volver a clavártela si lo deseas.

Gunnar se incorporó sobre las palmas de las manos y se puso de pie con bastante agilidad. Me admiraba la gracia natural de sus movimientos incluso estando herido.

Al girar para enfrentarse a su amigo, ahogué una exclamación al contemplar su espalda.

La herida era irregularmente circular, con los bordes desgarrados y sangrantes, y parecía profunda.

No entendía cómo era capaz de soportar el dolor si lo sentía.

Me acerqué y me planté frente a él con los brazos cruzados bajo el pecho en actitud desafiante.

—Túmbate inmediatamente o seré yo quien vuelva a clavártela.

Sus verdes ojos chispearon, su sonrisa se iluminó. Ladeó la cabeza como evaluándome y finalmente extendió los brazos con intención de atraparme en ellos. Fue ese movimiento lo que lo hizo apretar la mandíbula con fuerza, su semblante se contrajo. Fui yo la que sonrió.

—Te está bien merecido por inconsciente —lo reprendí—. Ahora acuéstate y deja que los adultos se ocupen de los niños.

Mi mirada acusatoria abarcó a todos sus guerreros.

—Vaya, Gunnar, no solo te han robado el corazón, también el poder —apuntó Ragnar.

Erik rio entre dientes. Lo fulminé con la mirada.

—A ti, ni una cosa ni la otra; careces de ambas.

Gunnar observó boquiabierto cómo sus hombres bajaban dóciles la cabeza para ocuparse de limpiar las armas.

—Si me atreviera a reír, lo haría.

—No vas a atreverte en favor de tu salud, y no hablo de la herida.

Gunnar bajó la cabeza en señal de rendición y se tumbó nuevamente.

Paseé la mirada a mi alrededor y descubrí un cubo de agua medio vacío y algunos rollos de lona para parchear el velamen.

Le pedí a Ada que me arrancara un trozo y lo humedecí en el agua que hedía a salitre.

Escurrí el trapo y lo apliqué con cuidado en la herida: la espalda se le tensó.

Sonreí y, para contrarrestar el malestar, le aparté la espesa melena y le deposité un beso en la base del cuello.

Yacía con la cabeza ladeada, los ojos cerrados y una sonrisa en los labios.

—¡Mmm… me gusta! —susurró complacido—. Si continuas, lograré olvidar que me duele, que tengo un boquete en la espalda y puede que hasta mi nombre.

Le deslicé las manos lentamente por los hombros. Le acerqué mi boca al oído y murmuré.

—Le has salvado la vida, ¿por qué?

—¿Acaso no lo sabes? —susurró—. Por ti, por supuesto, y también por mí. No habría soportado ver la culpa en tu rostro y que lo idolatraras como a un mártir caído. Será mejor para ambos que viva feliz con su esposa y su hijo.

Lo miré impávida.

—¿Cómo diablos sabes que…?

—¿De verdad pensaste que iba a estar presente en ese encuentro sin entender una palabra de lo que se decía?

Abrí la boca y volví a cerrarla. A mi cabeza acudieron frases incómodas y me sonrojé.

—No me fue difícil convencer al traductor.

—Alzó con cuidado un brazo y con el dedo índice se señaló la frente—.

Está todo aquí, palabra por palabra. Te juro que aguanté más de lo que imaginaba.

Compadezco a ese hombre, pero también lo odio porque te tuvo.

—Hizo una pausa y agregó—: y porque te ama casi tanto como yo.

Aunque no entiendo cómo puede tomar a una mujer amando a otra.

El recuerdo de Sigrid puso un deje amargo en mi garganta.

—Tú lo hiciste —le recordé.

Ladeó más la cabeza y me contempló un instante.

—No, yo no tomé una mujer, tan solo busqué un alivio momentáneo a mi tortura; jamás me habría casado con ella.

De nuevo cerró los ojos y sonrió a medias, a pesar de su expresión grave.

Me tumbé a su lado en aquel estrecho camastro destartalado y pegué mi nariz a la suya.

—Te amo.

Su mirada brilló, su expresión se dulcificó.

—¿Desde cuándo? —inquirió curioso—. He estado preguntándomelo.

—Creo que incluso desde antes de ser consciente de ello.

Primero fue la atracción, me contrariaba la facilidad con que respondía a tu pasión.

Se suponía que era yo la que debía engatusarte y no al revés, aquello fue el principio.

Luego, tras entregarme por primera vez a ti, me negué que hubiera algún sentimiento, pero lo había.

El tiempo en el que fui tu esclava el sentimiento creció hasta desbordarme por completo.

Sin embargo, luché contra él, tal vez por lealtad a Rashid o en favor de mi regreso al hogar; amarte significaba renunciar a demasiadas cosas, pero finalmente me rendí.

Era ya demasiado grande para fingir que no existía.

Comprendí que nada me importaba si no estabas a mi lado.

—Afortunadamente para mí te rendiste justo a tiempo. Aunque faltó poco.

—¿Me habrías entregado si no te hubiera confesado que te amaba?

Permaneció un instante en silencio observando mi rostro, pero con la mirada lejana, meditando para sus adentros, indagando en su alma. Cuando volvió a hablar, su voz pareció resquebrajarse.

—Creo que no hubiera podido. ¿Arrancarme el corazón y entregárselo a un desconocido? No. Creo que no.

—¿Y entonces? ¿Tu separación, tu indiferencia, tu propia lucha?

—Intentos fallidos, patéticos y lastimosos.

Aunque bienintencionados. Por un lado, no quería obligarte a estar conmigo; por otro, no me dejabas otra alternativa.

Partí hacia Haithabu con el alma hecha pedazos, debatiendo conmigo mismo la posibilidad de llevarte a la fuerza o de dejarte marchar.

Todavía andaba en esa lucha cuando tu cambio de actitud me dejó fuera de combate.

Nunca olvidaré el beso que me robaste junto aquel arroyo, ni tu descarado coqueteo cuando cabalgábamos juntos.

—Su mirada se humedeció—. Creí estar soñando, incluso llegué a pensar que eran imaginaciones mías, que había perdido el juicio, pero cuando me dijiste que me amabas…

Habría entregado mi alma inmortal a Loki para que jugara con ella a su antojo a cambio de eso. Nunca he sido tan feliz.

Sus palabras, su voz, su mirada y la enternecedora expresión de su rostro me colmaron el corazón de gozo. Sonreí y le besé fugazmente los labios.

—Prometo hacerte feliz cada día.

—Ya lo haces, Freya, estar junto a mí es cuanto necesito.

Gunnar envolvió con su brazo mi espalda y me apretó contra él. Allí, de costado, nos fundimos en un abrazo. Me besó con fervor y olvidamos que éramos observados. Pero, cuando nos separamos, fueron unos ojos negros los que me encogieron el estómago.

Rashid nos observaba con el semblante demudado.

—Saberlo es una cosa; verlo, otra muy distinta.

Y, sin más, giró y ascendió la escalerilla hacia la cubierta principal.

Tragué saliva y me incorporé. Gunnar intentó retenerme sin conseguirlo.

—No vayas tras él, no alargues su agonía.

—¿No lo entiendes? Me siento mal, lo veo sufrir por mi culpa y eso me consume, yo… lo quise mucho y lo he traicionado. Si hubiera una forma de aliviar su pena…

Gunnar apretó la mandíbula. Sus labios se convirtieron en una línea fina y pálida.

—No creo que debas sentirte culpable, tú también fuiste una víctima.

Me levanté y alisé como pude mi túnica.

—Le he fallado en todo, deja al menos que lo acompañe en estos momentos.

—Te estás equivocando, luego no digas que no te advertí. Recuerda, si intenta algo, no tendré piedad.

—Es un caballero y ha comprendido que ya no le pertenezco.

—Puede ser, pero en ocasiones hasta el más hidalgo de los hombres se deja arrastrar por sus más bajos instintos, sobre todo, uno tan despechado como él.

Lo miré un instante, su desagrado era más que evidente, pero no le contesté; decidí hacer lo que sentía.