Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 12 #5
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Capítulo 12 #5

Fuera se escuchaban voces de hombres dando órdenes en árabe. Las melodiosas cadencias de esa lengua caldeaban mi alma al tiempo que acuciaban más la pena que anidaba en mi interior; era como si un pájaro carpintero picase de manera insistente la madera con la que intentaba protegerme.

—Están desmontando el campamento —descubrí con un dejo de tristeza.

Estaba a punto de alejarse para siempre la última oportunidad de ver a mi madre. El peso en mi pecho tiraba con fuerza hacia abajo, sentí la necesidad de asir la mano de Gunnar para alejarme del abismo que amenazaba con atraparme.

Inmediatamente me abrazó interpretando correctamente mi expresión.

Su calor me reconfortó y me aferré con fuerza a su pecho. Ahora él sería mi único asidero, mi refugio, y, esperaba, que mi consuelo, pues sabía que la nostalgia iba a atacarme de manera implacable en más de una ocasión. Una idea se formó en mi cabeza. Debía despedirme de mi madre.

—Trae a mi tío —pedí.

Se levantó y salió a cumplir mi encargo.

Tras su salida, una fresca brisa se filtró ondeando la lona, cerré los ojos y aspiré el salobre aroma que invadió la estancia.

De repente, sentí la punzada del hambre, tan aguda que me sobrecogió.

Miré en derredor, pero no vi nada comestible.

Ya me levantaba cuando otra ráfaga de aire entró precediendo a mi tío.

Llevaba un saco medio abierto del que asomaba una hogaza de pan. Otros bultos, imaginaba que más apetitosos, contorneaban la sarga. Me incorporé agradecida por aquella atención.

—Ese bárbaro cree que comes como él. Con lo que ha metido aquí tendrías para una semana.

Aunque sus palabras estaban teñidas de desagrado, me sonreía con mirada afectada.

Me entregó el saco y descolgó de su hombro un odre.

—Es uno de los mejores vinos de al-Andalus, disfrútalo por última vez.

—Quiero escribir una carta a mi madre con una despedida, un ruego y un deseo.

Estarás siempre conmigo, perdón y felicidad, en ese orden.

Además necesitaba contarle tantas cosas.

Aventuras, desventuras y sentimientos. Quería describirle a Gunnar, a Eyra, a Jimena, a Blanca, a Inga y a todos los que me habían brindado su apoyo, y pensé que más que una carta se convertiría en un legajo interminable.

Rodrigo asintió, sus cerúleos ojos se humedecieron.

—Cada vez que te miraba era a mi amigo a quien veía. En un principio, me sentí traicionado, más tarde comprendí que el amor nos zarandea como burdas marionetas. Con el tiempo olvidé mi resentimiento hacia Khaled y, a través de ti, logré perdonarlo.

Hizo una pausa, sus ojos acuosos se clavaron en los míos cargados de compresión.

—Ahora eres tú la víctima de sus caprichos y nada de lo que pueda decirte va a lograr liberarte de ellos.

Va a ser duro para todos, pero no nos queda más que aceptar tu voluntad.

—Tomó mis manos entre las suyas y con semblante grave añadió—: pienso que estás cometiendo un grave error, que ningún hombre podrá amarte más que Rashid.

No tienes ni idea de por lo que ha pasado, y ahora…

—Tío, sé que lo superará. Ahora tiene un hijo y una esposa.

Rodrigo negó con la cabeza, su cabello dorado veteado de plata se agitó alrededor de su rostro.

—Se refugiará en ellos para poder soportar el dolor, pero jamás lo superará. Realmente espero que ese gigante merezca la pena, porque acabas de condenar a un gran hombre por él.

—¿Crees que podría quedarme con él si no lo mereciera?

Luché, tío, te lo juro, hasta el último momento.

Incluso negué lo que sentía con la intención de regresar.

Comencé este viaje pensando en volver a mi hogar, a mi vida anterior, pero, a cada paso que me acercaba al reencuentro, mi corazón sangraba.

No pude resistir más. Amo a ese hombre, incluso más de lo que amé a Rashid, y no puedo vivir en contra de mis sentimientos.

—Entonces solo nos queda vivir con ello.

Se levantó bruscamente. En su rostro se reflejó la amargura, pero también la aceptación.

Se dirigió al fondo de la tienda y de un arcón extrajo un pergamino, un pequeño tintero y una pluma que depositó en un maltrecho pupitre. Sus movimientos eran pesados y lentos, teñidos de desgana.

—Ahí tienes lo que pediste.

Ya se marchaba cuando me levanté y lo detuve.

—Sé cuánto te estoy haciendo sufrir, solo espero que puedan perdonarme. —Las lágrimas que había estado conteniendo brotaron—. Tío, esta es posiblemente la última vez que nos veamos y, aunque merezca tus desaires, ¿podrías abrazarme?

Su respuesta no se hizo esperar. Me estrechó entre sus brazos y me acunó como cuando era pequeña. Cuando nos separamos, no fue capaz de mirarme, salió como una tromba envuelto en una maraña de emociones.

Había perdido el apetito.

Respiré profundamente y me enjugué las lágrimas.

Me encaminé hacia el pupitre y me arrodillé frente a él.

Alisé el pergamino y clavé la vista en la superficie amarillenta y rugosa.

A mi mente acudió un tropel de palabras desordenadas; era del todo imposible plasmarlas en aquel pequeño pergamino.

Cerré los ojos y ordené los pensamientos.

Tras un instante, tomé la pluma y, mojándola en tinta, las frases comenzaron a surgir.

Entre mis resumidas explicaciones, tan solo una frase se repetía una y otra vez “te quiero”.

* * *

Había logrado comer algo cuando unos gritos me sobresaltaron. Salí como una flecha de la tienda y mis temores se vieron confirmados.

Rashid sostenía una espada por encima de su cabeza con la clara intención de hundirla en la de Gunnar. Tenía el rostro contraído en una expresión casi demoníaca. Perdido todo el control descargó un mandoble con ferocidad.

Gunnar detuvo cada una de sus embestidas con su formidable acero sin contraatacar. Resultaba más que obvio su superioridad en aquellas lides y aguardaba paciente que el cansancio minara la ira de su oponente. Sin embargo, yo no estaba dispuesta a esperar tanto.

—¡Basta! —proferí en árabe.

El chasquido de las espadas restalló en mis oídos.

Ninguno me miró. Al contrario, el enfrentamiento se volvió más encarnizado.

Gunnar comenzaba a responder con más fervor y, en una estocada rápida, logró desarmar a Rashid.

Él, por acto reflejo, retrocedió, tropezó con una piedra y cayó sobre la arena.

Veloz como un rayo, Gunnar se le abalanzó y le apoyó la punta de la espada en el cuello.

—¡Adelante, maldito demonio, acaba con mi agonía! —exclamó entre jadeos.

Gunnar me miró sin apartar la espada. Sostuve su mirada. Me sudaban las manos y las náuseas volvieron a importunarme. Me acerqué a Rashid, me agaché junto a él y le tendí la mano. En lugar de aceptarla, tomó una daga de su cinto y me la ofreció.

—¡Acaba lo que empezaste! —exigió.

Sus negros ojos velados por la agonía me taladraron. Tomó mi mano y colocó en ella la empuñadura. A continuación, la acercó a su pecho y la presionó peligrosamente.

—Acaba de una vez, te lo suplico. No podré soportarlo, no puedo vivir sin corazón.

Tiré hacia atrás y lancé la daga todo lo lejos que pude. Gunnar retiró su espada, pero no se movió.

Me arrodillé y tomé el desolado rostro de Rashid entre mis manos.

—¡No puedes abandonar a tu hijo! ¡No vas a rendirte, maldita sea! —Imprimí en mi voz toda la furia de la que fui capaz—. ¡Escúchame bien: te he fallado! ¿Lo oyes? No merezco tu amor, no merezco ni una sola de tus lágrimas, yo…

Luché contra las ganas de llorar, cerré los ojos con fuerza y suspiré antes de poder continuar.

—Yo no soy quien era, no soy la mujer que conociste, esa mujer ya no existe.

Por eso debes olvidarme, abre tu corazón a quien sí lo merezca.

Fuiste un esposo maravilloso y estoy segura de que además eres un padre estupendo.

Un hombre como tú no debe malograrse por alguien como yo.

Piensa en tu hijo y encontrarás las fuerzas que necesitas. ¡Mírame! Shahlaa no está, ya no.

Las lágrimas acudieron a sus ojos. La expresión se le contrajo en una mueca desgarradora.

Acababa de comprender que su esposa había muerto hacía ya casi tres largos años.

Yo también lloré, porque, a pesar de no amarlo como antaño, sí perduraba en mí el cariño y la nostalgia de una relación interrumpida bruscamente por el destino.

Sentí deseos de abrazarlo, mas supe que eso tan solo empeoraría la situación, de modo que permanecí inmóvil, contemplando su desoladora aceptación.

De pronto, Gunnar me tomó del brazo y me incorporó acercándome a él en un ademán claramente posesivo.

—Debemos marcharnos cuanto antes, no alargues su sufrimiento —espetó con frialdad.

Asentí y ya me volvía cuando un extraño, pero a la vez familiar silbido, cruzó el aire.

Un grito nos sobresaltó. Uno de los marineros cayó de rodillas con una flecha clavada en el pecho.

Alguien dio la voz de alarma, pero casi inmediatamente otra ráfaga de silbidos surcó el cielo.

Por acto reflejo me encogí cuanto pude y me cubrí la cabeza con los brazos, pero Gunnar me ofreció una protección mayor, aunque más pesada.

Se lanzó sobre mí derribándome en la arena y cubriéndome con su cuerpo.

Sepultada por él, escuché gritos amortiguados y exclamaciones de sorpresa.

Intenté mirar hacia un lado y se me aceleró el corazón al ver dos flechas clavadas en la arena a menos de un palmo de donde estábamos.

Intenté girar, pero Gunnar no me lo permitió, al cabo descubrí por qué, de nuevo aquella sibilante melodía mortal descendía hacia el campamento.

Cerré los ojos y apreté los puños. Apenas percibía las alocadas carreras de los hombres que buscaban refugio y los gritos de los heridos; me sumergí en una oración repetitiva y suplicante a un dios que hacía tiempo que no nombraba.

—¡Rápido, debemos llegar al barco! —exclamó Gunnar al tiempo que me levantaba con premura. Inmediatamente busqué a mi tío y a Rashid de un rápido vistazo, pero no los encontré.