Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 14 #4
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Capítulo 14 #4

—Quería que recordaras —musitó apesadumbrado.

—Yo solo me acuerdo de ti. Solo te veo a ti, solo te deseo a ti. —Hice una pausa para mirarlo a los ojos y añadí—: solo te amo a ti.

Gunnar tomó de nuevo mi boca. Volcó esa vez el alivio y el sosiego que ahora corrían libres por sus venas alejando las dudas, imprimiendo en el beso la suave súplica del perdón, remarcando la intensidad de su amor por mí.

Cuando se separó, llevó una mano hacia mi vientre todavía liso y sonrió con ternura.

—¿Podrás perdonarme?

—Sí, pero tendrás que resarcirme por desconfiar de mis sentimientos. Tú mejor que nadie sabes a lo que he renunciado por ti.

—Nunca he dudado de tu amor, es solo que saberte en brazos de otro hombre… —Su mirada de nuevo se oscureció—. ¡Por los dioses, he estado a punto de perderte!

Se aferró con fuerza a mí para ahuyentar el pánico que lo había embargado.

—Corrimos como locos hasta dar con esta aldea —explicó con la mirada perdida—.

Durante el trayecto solo podía pensar en que moriría si te perdía, si los perdía —corrigió—.

Odín estaba de mi parte, un knörr salía de puerto en ese instante.

Negocié con ellos y logré que me acompañaran.

Contuve el aliento hasta que divisé aquel maldito barco.

A partir de entonces, el miedo se trocó en la furia más endiablada que he sentido nunca.

Hizo una pausa y me miró con intensidad como si indagara en mis ojos.

—¿Qué ocurrió en mi ausencia?

Pude ver cómo enrojecía súbitamente su rostro, devorado una vez más por los celos.

—Intentó convencerme de regresar a su lado.

—¿Solo con palabras?

—No me entregue a él.

Era lo único que sabía que lo apaciguaría sin faltar a la verdad. Solo que no contaba con su peculiar astucia.

—No pensé que lo hubieras hecho. Mis sospechas recaen sobre él, no sobre ti. Dijiste que había enloquecido, por lo que deduzco que intentó algo inaudito, algo que no esperabas de él. Y ese algo es lo que me desquicia. Ahora, dime, ¿qué fue lo que te hizo? ¿O lo que intentó?

Esta vez no me quedo otro remedio que mentir.

—Rodrigo llegó a tiempo.

Gunnar apretó los dientes, su poderosa mandíbula se tensó. Una vena palpitó en su sien. Los ojos refulgieron chisporroteando fuego verde.

—Debiste dejar que lo matara: intentó forzarte.

De pronto sus ojos se abrieron como iluminados por una revelación que se abrió ante él con pasmosa claridad.

—¡Por Fenrir, por eso te puso ese vestido! ¡Maldito bastardo, miserable y cobarde! Rompió la túnica que llevabas cuando te atacó. Si llego a verte con la túnica rasgada, ni su maldito dios habría podido salvarlo.

En ese momento, pareció caer en la cuenta de mi situación, me imaginó atacada y sola, a expensas de un loco. Se avergonzó de sí mismo.

El cambio en su expresión fue tan radical, parecía tan desolado que lo abracé con fuerza.

—¡Soy una bestia sin corazón, un patán sin compasión! ¡Que la furia de Thor recaiga sobre mí! En lugar de abrirte mis brazos, yo, el ser más mezquino y egoísta que campa sobre la tierra, derramo mi rabia sobre ti. No, no me perdones, no lo merezco.

No pude evitar sonreír por la exageración inherente en el carácter de aquellas gentes, y eso que Gunnar era el sujeto más comedido que me había encontrado. No obstante, el semblante mortificado que mostraba me obligó a adoptar la seriedad correspondiente.

—Puedo asegurarte que si Thor decide procurarte algún mal, tendrá que vérselas conmigo. Te diré que ni su gran martillo, ni su sobrenatural trueno podrán competir con mi genio.

Gunnar me contempló confundido y no pude reprimir la risa.

—¿Estás riéndote de mí? —inquirió abochornado.

Asentí y mis carcajadas lo contagiaron.

—Gunnar, no creo que tu comportamiento sea merecedor de todos esos reproches. Además debiste verte la cara.

Reímos juntos hasta que me dolieron las costillas. Más calmados, me besó la punta de la nariz y se levantó. Se acomodó la ropa; luego, fue hasta el rincón donde había lanzado mi vestido.

—No funcionó, ¿sabes?

Gunnar se acercó a mí y me lo entregó. Me observó expectante.

—Fue a mi madre a quien recordé. Ella lo encargó para mí; y ese día me sentí más unida a ella que nunca.

Me contempló mientras me vestía; reparaba en cada detalle de la prenda.

Terciopelo azul que se pegaba a mi cuerpo como una caricia, escote cuadrado ribeteado con un exquisito brocado de plata intercalado con gemas amarillas y blancas; ceñido, remarcaba la opulencia de mis senos; luego venían unas mangas amplias, algo abullonadas.

En el bajo de la falda se repetía el diseño del escote, de clara influencia bizantina.

—Es muy hermoso, pero no puede competir contigo.

Le dediqué una mirada seductora y le sonreí.

—Se trata de realzar a la que lo porta, no de rivalizar con ella.

Fijó sus ojos en el escote; los demoró allí.

—Sin duda realza, pero tú no lo necesitas: estarías hermosa con cualquier harapo.

—Eso no es verdad, pero me inclinaré a creerte por esta vez.

Gunnar rio; me estrechó entre sus brazos.

—Te deseo de nuevo —admitió.

—Pero si ni siquiera he terminado de vestirme.

—Ni vas a terminar, si puedo evitarlo. Además, creo que dijiste que debía resarcirte.

Me dedicó una media sonrisa que me desarmó.

—Pero no dije cómo —musité.

—¿Y bien?—inquirió—. ¿Cuál es mi castigo?

—Bésame; después se me ocurrirá algo.

* * *

Regresábamos a Skiringssal.

Era nuestra quinta jornada de viaje a través de bosques cerrados, praderas interminables y sombríos desfiladeros entre montañas imponentes. Aquella mañana contemplaba absorta la belleza del paraje.

La superficie espejada de un lago rielaba bajo los rayos del sol, las laderas colindantes, como mullidas mantas verdes, se extendían en la lontananza cubriendo el páramo. Más allá, se divisaba algo desdibujada una sierra de altas cumbres, que la distancia teñía de un desvaído tono violáceo.

Montada sobre el negro alazán de Gunnar con él tras de mí, me sentía más plena que nunca. Detrás nuestro, marchaban Ragnar con Ada, Erik y, cerrando filas, el gran Thorffin con su cabello rojo que ondeaba como una llama descontrolada.

La primavera asomaba tímida, perfumando la brisa con el húmedo y terroso perfume de brotes jóvenes. La alegre cháchara de los pájaros, el rumor del agua y el eco de los cascos de nuestras monturas conferían tal serenidad a mi espíritu que me descubría dormitando a cada rato.

En una de esas ocasiones, el caballo de Ragnar se colocó a nuestro lado y fingí dormir mientras los escuchaba conversar.

Ada participaba en la conversación casi monopolizándola, cosa que no dejaba de sorprenderme, pues a mí apenas me hablaba, como si me tuviera rencor por haberla comprado.

También me asombraba el tono jovial y dulce que usaba cuando se dirigía a Gunnar.

Desde que aquella mujer me había advertido sobre ella, la observé con más detenimiento; incluso la atrapé en un par de ocasiones espiándonos.

Su actitud me perturbaba más de lo que me atrevía a confesar. Sin embargo, no podía hacer nada, excepto estar alerta. Pero alerta ¿de qué? Tal vez coqueteaba con Gunnar, pero yo estaba demasiado segura de él para preocuparme por eso.

Me sentía como si hubiera metido en mi casa a una comadreja que tarde o temprano mordería mi mano. Lo peor de todo era que no se trataba de la primera vez que me sentía así. Y aquella primera vez, la comadreja en cuestión había resultado ser una serpiente de veneno mortífero.

Tal vez, el haber vivido aquella experiencia me había vuelto desconfiada en extremo y veía fantasmas donde no los había. O tal vez mi intuición me avisaba de algo. No obstante, solo me quedaba esperar. Pero, para no cometer errores, decidí informar a Gunnar en cuanto tuviera la oportunidad.

Abrí los ojos y descubrí a Ada a mitad de una sensual sonrisa dirigida a Gunnar que pareció languidecer al sentirse sorprendida por mí. La alarma creció. De repente tomé la determinación de dejarla en el primer pueblo que encontráramos.

El primer pueblo apenas era un villorrio. Las pocas cabañas que se apiñaban en torno a un pozo parecían destartaladas. Algunas cabras y gallinas deambulaban en busca de comida. El ladrido de unos perros de pelo largo y enmarañado anunció nuestra llegada.

Casi de inmediato, unos hombres algo andrajosos emergieron de sus hogares con semblante huraño. Sin embargo, cuando vieron el porte y las armas que lucían los guerreros, su expresión se suavizó.

—Necesitamos cobijo. Llevamos varias noches a la intemperie y nuestras espaldas se resienten —adujo Gunnar.

El mayor dio un paso al frente y sonrió: mostró una boca carente de dientes.

—Bienvenidos; no podremos ofrecerles grandes manjares, pues como pueden comprobar subsistimos con lo mínimo desde que el jarl pasó hace unos meses y se llevó cuanto teníamos de valor; por fortuna, las mujeres pudieron esconderse a tiempo.

La sola mención a aquel ser abyecto me revolvió el estómago.

—No le hagan caso a mi padre, a veces desvaría —señaló otro hombre que se adelantó con preocupación reflejada en el rostro.

—El jarl es bienvenido aquí y cuanto poseemos lo entregamos de buen gusto.

Con inteligencia, intentó reparar la ofensa de su progenitor, tal vez pensaba que los guerreros servían al jarl . No se equivocaba, salvo por el hecho de que lo despreciaban tanto como ellos.

—No se preocupe, su padre no puede ofender cuando dice la verdad —apuntó Gunnar—. También yo he sufrido su mezquindad y le aseguro que va a pagar todas sus miserias.

La sonrisa de los aldeanos resplandeció. Tras un silbido agudo, un grupo de mujeres y niños aparecieron de la nada.

—Desde aquel día, nos turnamos para vigilar desde ese cerro. Los vimos llegar y decidimos tomar precauciones.

Obviamente lo que sucedió aquel día debió de ser horrible para que aquella pobre gente viviera constantemente amenazada por el miedo. Y nadie mejor que yo sabía de su crueldad.