Los tres nombres del lobo (Lobo 1) Capítulo 11 #4
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Capítulo 11 #4

No me miraba, permanecía atenta al ajetreo en el embarcadero. En ese momento, los cascos de los caballos sacudieron los maderos mientras eran guiados al interior del barco.

—No fui yo —repitió—, aunque todos lo creyeron.

Sus níveos y frágiles cabellos ondeaban en torno a su rostro ajado. Pareció que las arrugas se intensificaban ante el peso de los recuerdos. Su mirada, ahora perdida en el horizonte, se oscureció.

Supe al instante que había sido elegida para escuchar una importante revelación.

—Me convirtieron en esclava. Me humillaron y vejaron de la forma más deleznable posible. Ese maldito Sigurd, el líder de los Ildengum, descargó su furia en mí. Odiaba a mi hermano Kodram y, para serte sincera, en ese momento, yo también.

Aspiró profundamente y agregó:

—Habían pasado los años y, por un amigo que había sido liberado, supe que había sido Kodram quien había pagado su libertad y había intentado comprar la mía, sin embargo, yo no estaba en venta. Aquello no suavizó el rencor que me consumía, pero no fui yo quien lo delató.

Me miró; en su cerúlea mirada vi franqueza, también sufrimiento.

—Aquel día me deslicé a la cabaña de Sigurd; algunos me vieron entrar en ella, por eso dieron por hecho mi traición. Pero no estaba allí por eso, nada más lejos de la realidad. Fui a matarlo, solo que lo que allí presencié me paralizó lo suficiente para salir sin cumplir mi objetivo.

Hizo una pausa, pero no para aguardar una interpelación por mi parte, más bien, para fortalecer su ánimo.

—Dentro había una persona, una mujer, que en ese momento proporcionaba a Sigurd información de sobre hermano.

Supe entonces que tenía dos sobrinos y que vivía feliz en Skiringssal.

Sigurd no perdió el tiempo. Yo tampoco. Ya salía de la cabaña con intención de avisar a Kodram cuando sus hombres me descubrieron.

Me retuvieron en ella dos días; no hizo falta mucho más tiempo.

Ya todo estaba perdido. Solo puedo decirte que Kodram escribió su destino, debió de saber lo que nos ocurriría si nos abandonaba y lo hizo; perdí a Ivar y eso jamás se lo perdoné.

Sin embargo, lo vengué. Pocas semanas después, logré mi objetivo: clavé una daga en el cuello de Sigurd y lo desangré como a un cerdo.

Escapé de allí con los pocos hombres que quedaban de mi clan.

Lo que no supe hasta después fue que estaba encinta de ese malnacido.

En un primer momento, sentí el impulso de arrancarlo de mi vientre a cuchilladas, pero después opté por tenerlo, aunque lo abandoné cuando nació.

—En sus ojos brilló un suplicio desgarrador—.

¿Sabes? Todavía escuchó su llanto agudo y estridente en mi cabeza.

Atormenta mis sueños, su alma maltrecha tortura la mía.

Tragué saliva. Aquello era más espeluznante de lo que había esperado.

Halldora era la mujer acerada que habían creado.

Una criatura templada a golpes, moldeada con sufrimientos y desengaños, abandonada al infortunio.

¿Era posible que un amor arrastrara tal caos detrás?

El amor obnubilaba, cegaba y confundía; esa era la única excusa posible, y aun así no era suficiente.

Contemplé la agónica expresión de la mujer e instintivamente alcé una mano y la apoyé en su huesudo hombro.

—¿Por qué no lo buscaste y le contaste la verdad? Podrían haber empezado desde el principio, haberse tenido el uno al otro.

Negó con la cabeza, en ese instante vi la humedad en sus ojos.

—No había consuelo alguno para mí, solo quería olvidar y verlo tan parecido a su padre lo habría hecho del todo imposible. Nada me importaba, aprendí a vivir con el dolor, hice un escudo con él y lo cargué a la espalda.

—Pero dijiste que lo habías visto siendo un mocoso.

—¡Oh, sí! Al cabo de un tiempo, me asaltó la curiosidad y al frente de mis hombres fui a Skiringssal.

Gunnar tendría unos trece años, era muy alto y corpulento para su edad, aunque su faz todavía aniñada mostraba una seriedad poco habitual para un muchacho tan joven.

Era idéntico a Kodram, aquello fue demasiado para mí y me marché sin dar ningún tipo de explicación.

En ese viaje descubrí a la mujer que había delatado a mi hermano y comprendí los motivos.

—¿Quién era?

—Una esclava, aunque irónicamente se convirtió en el ama de cría de mi sobrino.

Los latidos de mi corazón se aceleraron.

—Se llama Eyra.

Sentí como si el suelo hubiera desaparecido bajo mis pies. No podía dar crédito a aquello. Eyra no. No podía haber cometido tal barbaridad, y ¿por qué demonios…?

La anciana leyó la pregunta en mi rostro.

—Fue por despecho.

Seguí negando con la cabeza horrorizada. No podía imaginar a la Eyra sabia y compasiva cobrando semejante venganza únicamente por despecho, pero Halldora continuó su explicación.

—Había sido esclava de nuestro clan, aunque yo nunca había reparado en ella.

Se había convertido en una de las amantes de Kodram, por lo visto con bastante asiduidad, y se había enamorado de él.

Ninguna mujer era capaz de resistir a sus encantos, y él lo sabía: las trataba como a princesas, aunque fueran simples esclavas.

Ella albergó la idea de casarse con él, pero sus sueños se evaporaron con la llegada de Bera.

Cuando Kodram la vio, las demás mujeres dejaron de existir, Eyra incluida.

Imagino que ese varapalo fue demasiado para ella, incluso llegaron a contarme que se enfrentó a Bera; Kodram por supuesto la expulsó del pueblo y la condenó a morir de hambre.

No sé qué le pasó después, pero sin duda no fue algo bueno.

No es difícil imaginar el odio que germinó en su interior en ese tiempo, aunque desconozco si ella conocía el alcance de su venganza o si, por el contrario, la sorprendió; en honor a la verdad, pienso que sabía exactamente que estaba condenándolo a muerte.

Esa cruel faceta de Eyra desmoronaba todo cuanto pensaba de ella. Era del todo impensable para mí y, sin embargo, algunas piezas en mi mente comenzaron a desplazarse encajando con asombrosa facilidad en los escasos huecos que permanecían todavía oscuros.

Su interés por que conquistara a Gunnar, por que lo enamorara, como si quisiera revivir a través de mí su propia vida, pero con una final feliz.

Creía por alguna razón que yo sí lo conseguiría.

Otra pieza se movió. Tal vez solo ansiaba la felicidad de Gunnar como compensación por la pérdida que ella misma había provocado o, tal vez, para aliviar sus propios remordimientos.

Deseé verla, hablar con ella, escuchar su verdad y sus motivos, pero sobre todo deseé escuchar su arrepentimiento.

De repente, miré a Halldora recriminatoriamente.

Aquella confesión solo me había cargado de pesar y de una duda que tendría que madurar con cuidado.

¿Debía contarle a Gunnar la verdad? ¿O saber la verdad solo lo haría más desgraciado?

El pasado no se podía cambiar, él lo había aceptado, pero saber que la mujer que ´había estado a su lado y que prácticamente había ejercido de madre había sido la culpable de la muerte de toda su familia, sin duda, resultaría devastador.

Era mejor dejar las cosas como estaban, nada se ganaba con remover el dolor.

—¿Fuiste capaz de dejarlo con la culpable de su desgracia? —la increpé.

Halldora resopló, una misteriosa sonrisa asomó a sus labios.

—Cuando la descubrí, mi primer impulso fue llevarlo conmigo, pero cuando la enfrenté y me confesó toda la verdad, decidí marcharme para siempre.

En ese instante sentí que no debía preguntar nada más, que prefería permanecer en la más absoluta ignorancia; intuía con meridiana claridad que esa verdad sería demasiado para mí. Sin embargo, me escuché decir:

—¿Qué pudo contarte para que optaras por no volver nunca más?

—Supe que a pesar de todo él estaba en las manos que debía, malas o buenas.

Hizo una pausa para mirar a Gunnar que en ese momento cargaba un pesado baúl. Él se detuvo para limpiarse el sudor de la frente y nos miró extrañado.

—Lo dejé con su madre.

Aquella verdad fue un golpe en el estómago, contuve la respiración y abrí la boca sin poder articular palabra; maldije el momento que Halldora había elegido para revelarme la verdad, justo cuando Gunnar nos observaba con atención.

Como pude intenté recomponer de inmediato mi expresión, pero, como no lo lograba con la suficiente rapidez, me volví hacia ella.

—¡Maldición!

Halldora me sostuvo la mirada para evaluarme.

—No viviré mucho tiempo y estoy segura de que no volveré a verlo, no podía llevarme el secreto a la tumba, y tú eres la persona que más lo conoce. Sé que te he cargado con una gran responsabilidad, pero decidas lo que decidas será lo correcto. Lo amas y eso me garantiza que velarás por él.

Todavía estaba aturdida, impresionada y paralizada; tartamudeé cuando volví a hablar.

—No… no puede ser.

—También me resistí a creerlo, pero ella despejó todas mis dudas.

Cuando Kodram se enamoró de Bera, ella descubrió que estaba embarazada y, pensando que era una carta que jugaba a su favor, se lo contó a ella, pero le salió mal.

Kodram montó en cólera y, como ya sabes, la expulsó de la aldea, pero con el paso del tiempo pensó en su hijo.

Ya estaban en Skiringssal, y Bera no conseguía concebir, así que partió en busca de Eyra y del niño que tenía pocos meses.

Se lo arrebató impunemente, no le importó lo más mínimo sus sentimientos, y se lo entregó a su mujer.

Para sorpresa de ambos, dos años después quedó embarazada de un varón.

Afortunadamente, quería a Gunnar tanto como a su verdadero hijo.

Respecto de Eyra… puedes imaginar el odio que la embargó, el dolor que segó su alma.

Kodram tentó al destino no una vez, sino dos, y pagó caro su atrevimiento.

—Pero dijiste que Gunnar tenía los ojos de su madre y te referías a Bera, Eyra no los tiene…