Capítulo 11 #3
Le narré lo sucedido aquel fatídico día y, muy a mi pesar, descubrí que el dolor resurgía de nuevo, el odio no me había abandonado y menos cuando la principal causante de él continuaba intentado destrozarme. Cuando acabé lloraba en sus brazos.
—Eyra es una mujer muy sabia, sus remedios suelen funcionar. Tendremos hijos, estoy seguro, tenemos algo muy importante a nuestro favor.
—¿Y es…?
—Que nos encanta buscarlos, ¿me equivoco?
Negué con la cabeza. Agachó la cabeza y me besó el ombligo, su melena cosquilleó mi vientre.
—¿Cuándo dejaste de tomarlas?
—Cuando te marchaste.
Estábamos abriendo todas las puertas ocultas y liberando nuestros demonios; los sentía volar sobre nosotros despertando rencores y miedos. Era necesario hacerlo para que ni una sombra de malos sentimientos pudiera germinar amenazando con extenderse nuevamente.
Los ojos se le oscurecieron, su semblante se ensombreció con una máscara de rabia y amarga frustración.
—No puedes imaginar cómo me sentí. —Su mandíbula se endureció, en su voz se translució un hondo resentimiento—.
Había consagrado mi vida a proteger a mi pueblo, lo había salvado de invasiones, rebeliones e incluso de la hambruna, sin embargo, fui incapaz de proteger a la persona que más amaba.
Me derrumbé. No sabes lo que fue verte en ese estado.
—Tomó aire y cerró los ojos, sus facciones se contorsionaron por los recuerdos—.
Tenías el rostro amoratado, inflamado, grotescamente deformado por los golpes y una costilla rota.
Ese perro había abusado de ti de la forma más cobarde y mezquina, y yo no pude hacer nada.
Sin embargo, sé que peleaste como una fiera.
Vi su cara y me juré terminar el trabajo.
Me sentí como un miserable, no creí merecerte, por eso decidí alejarme.
En ese momento, supe que lo mejor para ti sería regresar con los tuyos y después cobardemente buscaría el único consuelo posible para mí: la muerte.
Aunque no antes de haber cobrado venganza.
Pero cuando volví a verte estuve a punto de flaquear, cuando bailaste para mí fue como si hubiese caído a la hoguera, yo… ardí.
—Y entonces apareció oportunamente Sigrid —repuse indignada.
Solo pensar que esa víbora había disfrutado de sus caricias, de su pasión, me sacaba de las casillas.
De una forma u otra, las mujeres que me odiaban lograban robar como cuervos arteros una noche con los hombres que amaba, tal vez era un pequeño tributo que había de pagar por disfrutar de un amor tan profundo.
En realidad, era una mujer afortunada. ¿Cuántas podían jactarse de haber conseguido enamorar a dos hombres maravillosos?
—Sí, y no fue como imaginas.
Alcé la cabeza y lo miré intrigada, me pareció ver un brillo avergonzado en su mirada.
—No la traté como debía, yo… ni siquiera la besé, solo le levanté la falda y… ya sabes, me porté como un animal, estaba fuera de mí. Fue bastante impersonal, tan solo un acto de pura necesidad. Aunque ella no se quejó.
—¿Quejarse? Estaba consiguiendo lo que tanto había ansiado.
No conseguí aplacar la irritación.
—Pues si es eso cuanto espera, empiezo a compadecerla.
—Yo no, para nada, la odio.
Gunnar sonrió y se puso sobre mí.
—Me encanta verte celosa, estás preciosa cuando arrugas disgustada la nariz y tus ojos echan chispas doradas.
—Espero que no te guste tanto para provocarme celos con otra, porque te aseguro que la próxima vez no solo te voy a fulminar con la mirada.
Besó la punta de mi nariz y apoyó su frente en la mía.
—No habrá próxima vez porque no habrá otra mujer en mi vida, no es posible cuando tengo a la mejor.
Sonreí.
—Te amo, Gunnar.
* * *
Desperté entre sus brazos, arrebujada y calentita. Él me observaba ensimismado. Sonrió complacido.
—¿Cuánto tiempo llevas despierto?
—No mucho.
Una luz mortecina se filtraba por el quicio de las pesadas contraventanas.
Fuera, el bullicio matutino de las gentes de Tønsberg llegaba nítido hasta nuestros oídos.
Cacareos de gallinas, ladridos de perros, conversaciones femeninas y el golpeteo rítmico de algún utensilio.
También llegó a mi olfato el aroma del pan recién horneado. Mis tripas gruñeron.
—Me muero de hambre —confirmé.
—Yo también, pero contemplarte mientras dormías bien merecía la espera.
Me incorporé sobre un codo y lo besé. Gunnar tomó mi rostro entre sus manos y me devolvió el beso.
—Tengo algo que darte.
Salió de la cama y, completamente desnudo, se agachó para buscar algo entre la ropa esparcida por el suelo. Encontró el morral y sacó algo de su interior. Se acercó lentamente.
—Toma, es tu morgingjölf .
El morgingjölf era el presente que el esposo entregaba a la esposa la primera mañana de su vida en común.
Abrí la mano, y él dejó caer en ella un anillo.
Era de oro; en su superficie labrada que simulaba la piel de un reptil se enroscaban dos serpientes, sus cabezas se enfrentaban altivas, los ojos de ambas eran dos minúsculas gemas, esmeralda en una y ámbar en la otra.
La perfección en los detalles era asombrosa, tal labor de orfebrería podía ser solo digna de un gran maestro.
—Es hermoso.
—Perteneció a mi madre y a mi abuela antes que a ella, e imagino que al resto de mis antepasadas; es muy antiguo.
Tomó mi mano entre las suyas y deslizó el anillo en mi dedo anular; como me quedaba demasiado holgado, lo cambió al dedo corazón, esta vez, encajó a la perfección. Se arrodilló ante mí, tomó mi mano y pegando el anillo a su frente hizo un nuevo juramento.
—Juro protegerte con mi vida, amarte con mi alma y venerarte con mi cuerpo. Me entrego a ti hasta el fin de los tiempos.
Mi miró fijamente, sus ojos mostraban su absoluta entrega. Aquella franqueza me desarmó. El amor que sentía por él se expandió por todo mi cuerpo. Me lancé a sus brazos. Conmovida lo miré de nuevo.
—Esas serpientes somos nosotros dos —agregó tan emocionado como yo—; nuestras almas.
—Siempre seré tuya, amor mío, ahora lo sé.
—Va a sonarte pretencioso, pero yo siempre lo supe. Estábamos destinados. Solo que me costó algo de tiempo convencerte.
Cerré fuertemente los ojos, pegué el rostro a su pecho y rogué con todas mis fuerzas a Dios para que nunca me lo arrebatara. Sus poderosos brazos me ciñeron con fuerza.
Todavía quedaban dos temores, uno suyo y otro mío. Dos puertas esperando ser abiertas. Su temor tenía nombre de hombre, el mío era su venganza. Por cómo me apretaba, supe que estaba pensando lo mismo que yo.
—Nos queda el último tramo —musité.
—Sí, el más pedregoso y empinado. Pero lo conseguiremos.
De pronto, sentí un escalofrío; sentí como si una mano helada me apretara el corazón; por un instante, dejé de respirar.
Un mal augurio, habría dicho Eyra. No dije nada, pero el malestar permaneció en mi pecho. Rogué en silencio con más ahínco. No, por favor, repetí una y otra vez.
* * *
Aprovisionamos el barco bajo la atenta mirada de Halldora.
En su semblante, se debatían dos emociones encontradas.
Una era alivio por vernos partir; la otra, una especie de pesadumbre inquietante que me desconcertó.
Lo último que esperaba ver en aquella pétrea mujer era un deje de nostalgia, tal vez Gunnar se pareciera mucho a su padre y acudieran a ella remordimientos tardíos. No encontraba otra explicación.
Gunnar la ignoraba deliberadamente; para él no existía. El rencor que había surgido tras el encuentro con su única pariente viva era apenas contenido bajo un yugo de control admirable. Era furia reprimida y dolor, mucho dolor.
Yo apenas si era capaz de comprender cómo alguien podía entregar la vida de su hermano, por muchos errores que hubiera cometido.
Era más que obvio que nada de lo ocurrido había sido directa e intencionadamente provocado por él, tan solo había sido culpable de enamorarse de alguien inadecuado; lo ocurrido eran las funestas consecuencias de esa acción, totalmente desmedidas, en mi opinión.
Crucé los brazos y cerré los ojos. Me dejé acariciar por la brisa del mar, fría y húmeda, pero reconfortante.
Aspiré embebiéndome de cada olor. Salitre, madera quemada, estiércol, el peculiar aroma de la cebada fermentada y la sutil fragancia de los pinos.
Escuché el rítmico vaivén de las olas que lamían la orilla, el tintineo de un herrero forjando algún utensilio de metal, resoplidos de caballos, cacareos de gallinas, niños alborotando y las estridentes conversaciones de los hombres.
Todavía me maravillaba la vehemencia con la que hablaban, casi siempre a los gritos, de manera jactanciosa y tremendamente exagerada acompañada de gestos y ademanes igual de desproporcionados.
Eran gente alegre que disfrutaba el día a día con intensidad; todo en ellos era impetuoso sin comedimiento alguno: espontáneos, viscerales y en esencia auténticos. Eran libres para hablar y opinar de cualquier cosa sin temor a ser reprendidos ni juzgados por los demás.
Imaginaba que aquello era producto de la total ausencia de autoridad eclesiástica, de tabúes y estrictos reglamentos morales y, aunque ellos se regían por una serie de normas cívicas que eran respetadas a rajatabla, ni de lejos eran tan estrictas como las que yo conocía.
Sin duda, la presencia de la iglesia en aquellas tierras, y por ende la de sus representantes, acabaría con aquella estimulante libertad.
Casi al instante me sentí culpable. Estaba poniendo en tela de juicio todas mis creencias, todo cuanto me habían inculcado, pero ¿cómo no hacerlo?
El paganismo era preferible, no erigían catedrales, ni nombraban ministros; no redactaban normas, ni malinterpretaban versículos apostólicos y, lo más importante, la mujer era igual al hombre.
—No fui yo.
La gutural voz de Halldora me sobresaltó; todavía ensimismada en mis pensamientos, la miré interrogante.